Ganivet, Ángel
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Biografía GER
Biografía. Ensayista, novelista y dramaturgo español, Ángel Ganivet y García n. en Granada el 13 dic. 1865 y m. trágicamente en Riga (Letonia) el 29 nov. 1898. Como ensayista, es una de las figuras más importantes de su tiempo, y su ideología influyó poderosamente en la generación del 98 (v.). La infancia y la juventud de G. transcurrieron en su ciudad natal, en un ambiente modesto. Desde niño manifestó un talento y una voluntad poco comunes. A los 14 años ingresó en el Inst. de Granada para cursar bachillerato. Desde muy joven le atrajeron las letras, así como las cuestiones sociales y políticas de su época; fruto de estas preocupaciones fueron algunos artículos juveniles publicados en El defensor de Granada, periódico de su ciudad natal. Terminado el bachillerato, se trasladó a Madrid en 1885 y se matriculó en la Facultad de Derecho; allí cursó Filosofía y Letras, que terminó en 1888. Sus estudios fueron muy brillantes, pese a las dificultades que tuvo que vencer y a las privaciones que siempre se impuso. Obtuvo en 1889, por oposición, el ingreso en el escalafón de Archiveros Bibliotecarios, y pocos meses después se doctoró en Filosofía con la tesis España filosófica contemporánea. En 1891 hizo oposiciones a la cátedra de griego de la Univ. de Granada, y no la obtuvo. En estas oposiciones coincidió con Unamuno (v.), con quien le unió una buena amistad que duró toda la vida, y a la que debemos una de las correspondencias epistolares más interesantes de aquel tiempo. Tenían las mismas aficiones y gran afinidad en las ideas; coincidían asimismo en idéntica preocupación por el porvenir de España. La inquietud que agitaba a G., su deseo de buscar nuevos horizontes, le llevaron a la carrera consular, obteniendo brillantemente el ingreso en el cuerpo de cónsules con el número uno.Por esta época, el 1 feb. 1892, tuvo lugar un hecho que influyó poderosamente en su vida: en un baile de máscaras de la Zarzuela conoció a una joven llamada Amelia Roldán, de la que se enamoró intensamente, y con la que no llegó a contraer matrimonio, pese a vivir con ella y tener una hija, que murió al poco de nacer, y un hijo. Estas relaciones, que tuvieron diversos altibajos, duraron hasta la muerte del escritor. Poco después de este episodio, fue nombrado vicecónsul en Amberes, donde se estableció seguidamente. Al principio de su estancia en la ciudad belga, y durante una corta temporada, llevó una vida social bastante brillante, como lo dan a entender las cartas dirigidas a sus amigos de Granada; pero la llegada de Amelia Roldán, el hecho de tener que apartarla de los círculos sociales en que se desenvolvía hasta entonces, y el mayor gasto que representaba su estancia, le devolvieron a su vida retraída de siempre. Durante esta primera época de Amberes parece ser que escribió la mayor parte de su novela La conquista del reino de Maya, en donde el tono violento y agresivo (ausente en otras obras de G.) es una de las notas dominantes; él mismo la califica de obra salvaje. Poco se sabe de su vida íntima, pues, pese a que escribía constantemente a sus amigos granadinos, siempre guardó celosamente sus sentimientos personales y su intimidad afectiva; pero no hay duda de que la intensa pasión por su amada sufre en estos momentos una aguda convulsión, que desemboca en una gran desilusión sentimental; ignoramos las causas y cualquier suposición se asienta en el terreno de lo hipotético. Desde finales de 1894 se advierte en G. la iniciación de una cierta crisis espiritual: en el Epistolario, el tono violento va cediendo a una tristeza cada vez más honda (pero más resignada, próxima a la tristeza pacífica y dulce del Pío Cid de Los trabajos), derivada de su desilusión sentimental y del escepticismo sistemático que G. padecía al resquebrajarse su fe en los valores vitales del hombre.A finales de 1895 fue nombrado cónsul de Helsinki, donde se trasladó a primeros de enero del año siguiente. Allí, en el periodo de 1896 a 1898, trabajó intensamente en su vocación literaria. Salvo su primera novela (La conquista del reino de Maya, ed. 1897), el resto de su producción literaria corresponde a este periodo: Granada la bella y Cartas finlandesas aparecen en forma de artículos en El defensor de Granada (1896-97); da forma asimismo a su Idearium español (1897), a Hombres del Norte (estudios críticos no terminados sobre Ibsen, Lie y Bjórnson; ed. 1905), y escribe la novela Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898), que quedó sin terminar, y el drama El escultor de su alma (1904). En Finlandia vivió en compañía de sus dos hermanas, de Amelia Roldán y de su hijo Ángel, a quienes envió a España cuando, en la primavera de 1898, se cerró el consulado en Helsinki. Al poco, el 8 jun., le llegó el nombramiento de cónsul en Riga, y allí se trasladó a mediados de agosto. Se le diagnosticó una parálisis general progresiva, cuyo síntoma más acusado era la manía persecutoria, que junto con el anuncio de la llegada inminente de Amelia Roldán, le condujeron al suicidio, arrojándose a las aguas del río Dvina, en un momento de intensa depresión. No era ésta una decisión impensada, pues era muy antigua su determinación de suicidarse. Aparece obsesivamente en sus escritos, como un acto de incompatibilidad con la sociedad; no hay duda que, desde 1893, y quizá antes, G. había considerado seriamente la idea de poner término voluntário a su vida. La enfermedad y la llegada de Amelia fueron los catalizadores que cristalizaron esta antigua decisión: fueron los pretextos, pero no las causas. Unamuno dice: "... en las cartas que a mí me escribió, el trágico problema de la muerte palpitaba siempre".A su muerte, G. era un escritor casi desconocido; sus amigos granadinos, especialmente Navarro Ledesma (18691905), movilizaron todas sus energías para lograr su difusión, y posteriormente, cuando en 1925 fueron trasladados sus restos a España, se le tributó un gran homenaje póstumo en el que estaba representado lo más brillante de la intelectualidad.Creación literaria. La obra más importante de G. es el Idearium español; con prosa clara y tersa, sobre un fondo de pesimismo que se deriva del tema, pero que, como hemos visto, era también su tono personal que lo emparentaba con Larra (v.), pasa revista a los problemas de la España de su tiempo en relación con los problemas de Europa. En su visión, G. denota gran cultura y un pensamiento penetrante y claro; exalta las virtudes de la raza a través de los clásicos y de las lecciones del pasado, y señala caminos y soluciones, muchas de las cuales todavía tienen validez en la actualidad. En 1919, Navarro Ledesma publicó su Epistolario; la mayoría de sus cartas, excluidas aquellas de valor puramente autobiográfico, pueden considerarse como verdaderos ensayos; de ahí que en los libros de ensayos, como Granada la bella (donde piensa, más que siente, sobre los problemas de su ciudad), lo sintamos muy próximo a la técnica epistolar. Sus obras de creación son fundamentalmente proyecciones estéticas de un fenómeno personal; esto explica su constante simbolismo. La conquista del reino de Maya narra la llegada de Pío Cid al reino de los mayas, el modo que tuvo de convertirse en legislador y las reformas sociales llevadas a cabo. En Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, el protagonista, que tiene mucho del mismo G., ya no es el aventurero y reformador humorista de la novela anterior, un tanto convencional y muy utópico, sino un hombre real; en él late en todo momento la preocupación sociológica de G., ya que la idea fundamental de la novela es la transformación de la sociedad por medio de una serie de inventos, no materiales, sino espirituales. El drama en verso El escultor de su alma fue concebido como formando uno de los capítulos de la segunda parte de Pío Cid, que G. no llegó a escribir; es una obra simbólica en la que están patentes las preocupaciones religiosas de su autor: el escultor Pedro Mártir crea una estatua (su alma) que no cobra vida ni sentido hasta que no es iluminada por la divinidad; esta luz parece que G. la identifica con el cristianismo.Esto lleva a considerar un problema de extraordinaria importancia en G.: el de su angustiada fe religiosa. Gran mayoría de críticos se inclinan a negarle esa fe, porque, sin duda, se han desorientado con las aparentes paradojas de su pensamiento. Pero no hay duda de que en toda la producción de G. aflora una verdadera preocupación religiosa en su acepción más lata, aunque, naturalmente, sólo en un sentido plenamente heterodoxo es posible llamarlo cristiano. Al igual que Unamuno, G. afirma la supremacía de la fe sobre la razón, defendiendo así su vocación contemplativa frente a la razón contemporánea, que se le presentaba como un positivismo negador del hecho religioso. No obstante, en el pensamiento religioso de G. se distingue claramente una evolución, polarizada en dos momentos. Durante la época de Amberes, G. vacila entre la atracción espiritual que en él ejercen el cristianismo y la actitud intelectual de la crítica positivista en la que se ha educado; así, p. ej., tal como dice en su Epistolario y en La conquista del reino de Maya, admite que Jesús es admirable como hombre, pero no cree en su divinidad. A partir de 1895, la tendencia ascética de G. toma un ímpetu nuevo: en lo externo, aumenta su austeridad, al tiempo que realiza un esfuerzo ético encaminado a liberar el espíritu de las turbias inclinaciones de la carne e inicia una evidente preocupación religiosa. Pero es un año después, en su Idearium español, donde llega a la plenitud de su idea religiosa: sostiene que el cristianismo es el centro eterno al que siempre ha de volver el hombre (idea que luego será el eje central de El escultor de su alma); y la esencia de este cristianismo es el misticismo, no la escolástica. G. se muestra, por tanto, sentimentalmente cristiano, y para él, el cristianismo español, de base emocional y mística, es el auténtico cristianismo. En esta visión agónica y angustiada de su fe, es donde G. se aproxima más a Unamuno.La máxima importancia de G. radica en su pensamiento; de ahí que escoja cualquier procedimiento (el ensayo, la carta, la novela, el drama, la poesía lírica) para ponerlo de manifiesto. Únicamente así cobran sentido todas sus obras y sus múltiples contradicciones.E. VERES D’OCÓN.
BIBL.: La ed. más manejable y actual es: Obras completas, pról. de M, FERNANDEz ALMAGRO, Madrid 1951.-Estudios: M. DE UNAMUNO, Ganivet y yo, "La Nación", Buenos Aires 29 jun. 1908; M. FERNANDEz ALMAGRO, Ángel Ganivet. Su vida y su obra, Madrid 1925; 1. CASALDUERO, Descripción del problema de la muerte de Ángel Ganivet, "Bulletin Hispanique" XXXIII (1931) 214-246; L. SECO DE LuCENA, juicio de Ángel Ganivet sobre su obra literaria (Cartas inéditas), Granada 1962; 1. HERRERO, Ángel Ganivet: un iluminado, Madrid 1966.
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