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Nos limitamos a estudiar las f. monumentales, erigidas por el hombre con carácter ornamental; no a las naturales, ni tampoco a las votivas que, como residencia de ninfas o genios o como símbolos de fuerzas de la naturaleza, han sido veneradas no sólo en preculturas como la celta, sino incluso en la Hélade, en los siglos de gestación de la cultura clásica.Las f. monumentales no son privativas del arte occidental, a pesar de que la casi totalidad de las que existen en la actualidad se hallan en el ámbito cultural de Occidente y, más concretamente, en Europa. Sabemos, no obstante, a través de textos literarios, que en muchas otras culturas ha sido habitual el amor a las f. y que éstas podían tener, al igual que en Europa a lo largo de los últimos cinco siglos, una triple misión de integración en la arquitectura, en el urbanismo o en el paisaje. Así, p. ej., en los tiempos en que la cultura asirio-babiló; nica reelaboró la herencia de la de Sumer, se alzaron en Babilonia numerosas f. cuya misión era embellecer y, tal vez, atemperar el ambiente en los famosos jardines de la ciudad (v. BABILONIA II).Entre las f. griegas, la más famosa de Atenas era la Kaliroe (hermosa) o Eneabrukos (de nueve caños), terminada de embellecer y de dotar de agua suficiente en tiempos del tirano Pisístrato (v.), a partir del 590 a. C. Era bellísima también la f. triangular, erigida en tiempos alejandrinos, ca. el 300 a. C., en el mercado de Mileto. La coronaba, inverosímilmente, un pedestal igualmente triangular, que sostenía una columna.Los soberanos islámicos tuvieron, asimismo, durante los siglos creadores de su cultura, gran amor por las f. y por las frondas. Esto pudo deberse, en la rama árabe de esa cultura, a la nostalgia del agua, pero fue también habitual entre persas y turcos. En los palacios omeyas del desierto, en los alrededores de Damasco, abundaban las f. erigidas en la primera mitad del s. viii, pero ninguna subsiste. Más impresionantes aún debían ser las del palacio abasí de Bagdad, instaladas, hacia el año 800, sobre el gran estanque redondo del salón principal del palacio. En el centro del estanque emergía un árbol con ramas de plata y oro y piedras preciosas.Entre las f. árabes que todavía subsisten, la más impresionante es la de los Leones, en el patio de igual nombre, en la Alhambra (v.) nazarí. Fue erigida en tiempos de Mohamed V, en la segunda mitad del s. XIV, y se armoniza, en su perfecta integración arquitectónica, con la esbeltez de las columnas germinadas y con los gráciles arcos de los porches del patio.En el ámbito europeo occidental, se erigieron f., entre utilitarias y ornamentales, desde los tiempos de la Baja Edad Media, pero la boga de las mismas comenzó a partir del Renacimiento. Entre las más puras de dicho periodo destaca, por su monumentalidad sobria y por sus sensuales esculturas de ninfas, envueltas en paños, de inspiración helénica, la de los Inocentes, en la callz Saint Jacques de París, realizada por Jean Goujon (v.), hacia 1550.En el extremo opuesto cabe señalar, por su ausencia de empaque y por su gracia popular, la f uentecilla del hombre y las ocas, contemporánea de la anterior (1556), realizada por Prankraz Labenwolf para Nuremberg (v. NUREMBERG II).En la época barroca era la f. la que daba su sentido a la plaza, sirviendo de centro ordenador. Se dirigía además al agua, hasta convertirla así en forma monumental en movimiento. Hay en esas f. figuras contorsionadas y con un modelado concebido para que se revalorizase bajo la incidencia de la luz. La obra maestra del género es la f. de los Cuatro ríos, en la plaza Navona de Roma, una de las más grandiosas creaciones de Bernini (v.). A partir de entonces, Roma se convirtió en la gran ciudad europea de las f., tanto adosadas como exentas, caracterizadas todas ellas por su notable movilidad. La influencia de Bernini se dejó sentir en Alemania, sobre todo en la f. monumental alzada por Antonio Dario ante la catedral de Salzburgo, entre 1664 y 1680. También en Francia es patente el influjo de Bernini en los proyectos de f. a la italiana, con abundancia de rocas e incluso de árboles, propuestos por lean Le Patre y por su discípulo Gilles Oppendort, dibujadas hacia 1715. Estas últimas preludiaban ya la mentalidad rococó, cuando la f. inspiró en Francia objetos de adorno o de uso cotidiano, como las cartelas de P. E. Babel o los centros de mesa de J. A. Meissonmer.El gran barroco austriaco tuvo su genial eclosión tras la victoria sobre los turcos, en 1683. A partir de entonces, se erigieron en Viena sus movidas f., entre las que destaca la del Mercado Nuevo, obra de Georg Raphaél Donner.A medida que iba avanzando el s. XVIII se fue remansando en Francia la furia ornamental. El mejor ejemplo de la nueva manera lo constituye, hacia 1755, la f. de las Cuatro Estaciones, en la calle de Grenelle de París, obra de Edme Bouchardon.En España, una vez que Ventura Rodríguez (v.) convirtió en realidad el deseo de Carlos III, de embellecer el paseo del Prado, de Madrid, se alzaron en él sus tres populares y equilibradas f.: la de Neptuno, obra del notable imaginero Juan Pascual de Mena, la de la Cibeles, obra del italianizante Francisco Gutiérrez y la de Apolo y las cuatro estaciones, la más delicada de todas, obra del académico Manuel Alvarez (v.).En París, en el s. XIX, destaca la f. de las Cuatro Partes del Mundo, obra de lean Baptiste Carpeaux (v.).En el s. XX, en los ejemplos más avanzados, o se estilizan las figuras hasta convertirlas en formas casi abstractas (como acaece en la f. de los Delfines, obra de Gaston Lechaise, en el Whitney Museum de Nueva York) o desaparecen por completo, no empleándose más formas que la del agua y la de la luz policroma, que la atraviesa en cambios inacabables. Entre las f. más hermosas dentro de esta nueva modalidad de abstracción en movimiento, destaca, con sus gigantescas proporciones, la erigida en 1928, por Carlos Bohigas, al pie del parque de Montjuich de Barcelona. Nació así una nueva modalidad de integración en el urbanismo, que tuvo amplias repercusiones en todo el mundo a lo largo de los últimos 45 años.CARLOS AREÁN.
BIBL.: R. HUYGUE, El Arte y el Hombre, III, Barcelona 1965 (con breves descripciones de las más importantes fuentes europeas); V. JUARISTI, Las fuentes de España, Madrid 1944; L. TORRES BALBÁS, La Alhambra y el Generalife, Madrid 1953; C. AREÁN, Artes aplicadas en la España del siglo XX, Madrid 1967.
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