Francia, IV. Historia Antigua y Medieval. HIST.
Categoria:
Historia
1. Los orígenes. De la abundancia de restos prehistóricos arqueológicos (v. III) da idea el que la nomenclatura de los periodos se ha tomado de los yacimientos franceses, cuyo estudio comenzó, en el del s. XIX, I. Boucher de Perthes. Así, el yacimiento de Levallois dio su nombre a la cultura Levalloisiense, Aurignac a la del Auriñaciense (v.), Solutré a la del Solutrense (v.), Frére-en-Tardenois a la del Tardenoisiense. Junto a estos yacimientos merecen citarse, por su riqueza en restos culturales, el de Lespugne, de donde procede una de las más famosas venus prehistóricas. A partir del s. vti a. C. el país fue invadido por tribus celtas (v.) que se repartieron por el territorio. Estas tribus llegaban de las regiones del Danubio, y por la lengua y costumbres pertenecían al grupo indoeuropeo, pero lo que puede parecer un pueblo homogéneo no era tal, sino más bien una lengua y una civilización más o menos uniforme, cuyos yacimientos más importantes se han encontrado en Téne (v., cerca del lago Neuchátel) y Hallstatt (v.).El Imperio celta tuvo corta vida y, poco a poco, cayó bajo la dominación de Roma. En la época de la conquista se calcula que existían en F. 400 ó 500 tribus que integraban los 72 clanes. Muchas de estas tribus dieron su nombre a distintas ciudades francesas; así los parisü a París, los lexovii a Lisieux, los ebroici a Évreux. A comienzos del s. I a. C. un observador romano podía prever que la atomización sociopolítica de los galos o celtas no podría resistir el empuje de la República romana. Efectivamente, ya Mario (v.) tuvo que intervenir en Galia (Aix-en-Provence) para frenar la invasión de cimbrios y teutones. La debilidad gala con respecto a otros bárbaros europeos, iba a obligar a Roma a asegurarse directamente el control de las fronteras del país. En el 58 a. C. el procónsul de las dos provincias en que se había dividido la Galia (la transalpina y la cisalpina), era julio César (v.) que pensó utilizar la inferioridad gala ante otras tribus, como plataforma política y militar de su ambición. La ocasión se la ofreció una de tantas disputas tribales, la de los sequanos y eduos, que acarreó la intromisión de un caudillo germano, Ariovisto. La intervención de César y su dureza provocaron una sublevación general de los galos, a cuyo frente se puso el joven caudillo Vercingetórix, hijo del jefe de una de las tribus, los arvenes. Pero la sublevación fue reducida y en el sitio de Alesia murió el caudillo galo. La conquista había terminado después de una larga guerra de 10 años. Tras la conquista, vino una profunda romanización que había de durar cinco siglos, en los que F. formaría parte de las provincias del Imperio (v. GALIA).En el primer tercio del s. v d. C., galos y romanos se esforzaron por detener la avalancha de los hunos (v.; derrota de Atila en Chálons sur-Maine), pero 40 años después el Imperio de Occidente desaparecía y Galia caía de este modo en el caos bárbaro. La situación política fue en extremo confusa. Un mosaico de reinos bárbaros desgarró la antigua provincia de Roma. No existía un Estado organizado, sino bandas guerreras acaudilladas por jefes que traspasaban sus poderes sobre los distintos territorios a delegados militares: comites y luces.2. Los merovingios. La historia de F. comienza realmente a finales del s. v d. C., cuando Clodoveo (v.) recibe la corona de los francos (v.). Esta fracción de los pueblos germánicos se había situado al norte del país, desde Bretaña al Rin, en tanto los burgundios ocupaban la zona sudeste y los visigodos (v.) todo el sur, de mar a mar, y del Loira a los Pirineos. El triunfo de Clodoveo pudo lograrse en buena parte gracias a su alianza con la ya poderosa iglesia cristiana francesa (v. VI). A pesar de ser pagano, sus relaciones con el episcopado cristiano podían ser más fáciles que las de los caudillos burgundios o visigodos que, aunque cristianos, habían aceptado ya la herejía arriana (v. ARRIO Y ARRIANISMO). Su matrimonio con la cristiana Clotilde le llevó a una conversión muy conveniente políticamente, que le aseguraba el apoyo de los obispos. Mediante este matrimonio y su política de eliminación sistemática de rivales sin reparar en medios, Clodoveo logró extender su reino hasta los Pirineos. Luchó contra los visigodos, a los que venció en Vouillé (507 d. C.), unificó la Galia, y sus hijos aseguraron esta situación con la victoria sobre los burgundios (532). Esta unificación no significó la creación de un Estado, ya que los merovingios utilizaron el reino como una propiedad particular a dividir en herencia. Uno de los hijos de Clodoveo, Clotario, vio agrupado de nuevo todo el país en sus manos, desde el 555 al 561, en que sus hijos volvieron a repartírselo. Con ello aparecieron las luchas fratricidas, que a su vez fortalecían la posición de la aristocracia, los leudes, y pronto el país estuvo dividido en tres reinos independientes, Neustria al oeste, Austrasia al este, y Burgundia en el sur. Esta división se mantuvo durante los últimos merovingios, denominados "reyes holgazanes", época en que los jefes administrativos de la corte (Ir:aior-clornus) habían ido suplantando al rey en su actuación y centralizando en torno suyo la actuación de la nobleza. La invasión árabe, detenida en Poitiers (v.) por uno de estos mayordomos, Carlos Martel, acrecentó el prestigio de la "dinastía", ya afirmado con el dominio sobre Neustria y Austrasia, y cuando murió en el 741 el gobierno fue ejercido por sus hijos Pipino y Carlomán, reconocidos por la aristocracia franca. Al retirarse Carlomán, quedaba el poder unificado en manos de Pipino, proclamado rey en el 751, y comenzaba con él la dinastía carolingia (v. CAROLINGIOS).3. Los carolingios. Aliada la nueva dinastía con el Papado, recibe de él la consagración oficial a cambio de su ayuda para expulsar a los lombardos de los dominios del Papa. Se inicia así una política de expansión, que llega a su culminación con Carlomagno (v.) al extender su poder por la Europa central y por el norte de la península Ibérica.Carlomagno no fue precisamente un creador; heredó de su padre, Pipino, el reino de los francos y una tradición de alianza con el Papado. Reinó durante 43 años y ’ello le ayudó a consolidar una gran obra de gobierno acompañada de un intento de renacimiento cultural que le ha consagrado como protector de la tradición romana. Pero sus 43 años de reinado fueron también una continua guerra de expansión. Conquistó primero los reinos que habían formado parte del Imperio romano, Lombardía y Aquitania; luego mantuvo una lucha constante contra los bárbaros invasores, sajones, eslavos, bávaros. Su intento de anexionarse España en este proceso expansivo terminó en el desastre de Roncesvalles (v.), donde la expedición del rey franco, que volvía de Zaragoza, fue gravemente desbaratada y donde halló la muerte su sobrino Rolando. Este episodio, sin ninguna repercusión política ni militar, dio origen al cantar de gesta más importante de toda la épica francesa, La Chanson de Roland (v.). Nuevas intervenciones en defensa del papa León III le valieron, como compensación, ser coronado en Roma corno Emperador de los romanos, en el 800. Así, su intento de crear un Imperio cristiano hallaba confirmación oficial. Su sistema administrativo, en cambio, nada había heredado del romano. Carlolrnagno dividió su reino en territorios entregados en feudo a un comes o un marqués (cuando los territorios eran fronterizos se denominaban marcas) que, a su vez, eran controlados por enviados personales del Emperador (’miss¡ dominici), que viajaban en parejas cuya composición era simbólica: un conde y un obispo. Sin embargo, la idea del Imperio como una unidad territorial no había cuajado todavía, pese al ingente esfuerzo realizado. Carlomagno, además, se preocupó grandemente por la propagación y extensión de la cultura, creó escuelas, atrajo a su corte prestigiosos hombres. de estudio (p. ej., v. ALCUINO, etc.).A su muerte estalló de nuevo la división: sus hijos se repartieron el Imperio por el tratado de Verdún (v.) de 843, y el título imperial conservó solamente el prestigio de una unidad moral, mientras aumentaba la fuerza de una aristocracia centrífuga y particularista. De estas luchas intestinas nació la nueva F., al romper con el Imperio (recaído en el poseedor de Austrasia) y nombrar como rey al conde de París, Odón, feudatario carolingio, hijo de Roberto el Fuerte (887). Pero el fraccionamiento feudal de F. era muy grave. Entre los a. 873 y 890, cuatro señores feudales se hicieron coronar reyes en los territorios de Aquitania, Borgoña (v.), Provenza (v.) y Lorena (v.). A lo largo de todo el s. x, F. estuvo prácticamente sometida a la monarquía alemana, con cuyo asenso, los nobles, una minoría de ellos, eligieron rey al conde de París, Hugo Capeto (987). Con él comienza una nueva dinastía y una nueva etapa.4. Los Capeto: la Francia de la Alta Edad Media. La pulverización del Imperio carolino en una serie de Estados feudales obliga a la nueva dinastía a intentar la reorganización del Estado, y en este empeño se ocupa durante toda la Alta Edad Media, aunque debe comenzar por reconocer al Imperio, a cambio del placet en su elección real, el dominio sobre Provenza, Borgoña y Lorena. Los Capeto (v.) comienzan su reinado prácticamente reducidos a la Isla de Francia y se contentan con sobrevivir, asociando a sus hijos en vida a la corona para luchar contra el sistema electivo.Los grandes rivales feudales, los duques de Aquitania, Anjou (v.) y Normandía (v.), los condes de Flandes (v.) y de Blois, se consideraban más poderosos que el rey. En realidad la unidad de F. podía salir tanto de los duques aquitanos de Tolosa como de los condes de la Isla de Francia, recién ascendidos a reyes. La dinastía contaba, sin embargo, con algunos triunfos. El rey Capeto ocupaba el centro del país, la Iglesia lo sostenía, los rivales feudales estaban divididos y sus ambiciones los convertían en enemigos recíprocos, y el pueblo se sentía atraído por la alianza rey-Iglesia, que prestaba al monarca un carácter sagrado, un derecho divino y el prestigio de la herencia del emperador Carlomagno. La decadencia de la dinastía fue grave en el reinado de Felipe I (1060-1108). En realidad no existía una política real sino intereses regionales. A lo largo del s. x11 la monarquía encontró el enemigo más poderoso de la reunificación francesa en el feudo de Normandía, cuyos duques habían conquistado Inglaterra (v.) y fundado allí una monarquía poderosa, que disputaba a los Capetos (v.) la primacía en F. sublevando a la nobleza francesa. La maniobra cíe Luis VI (1108-1137) de casar a su heredero con Eleonor de Aquitania abrió a los Capeto la expansión hasta los Pirineos; pero la torpeza de su hijo, al repudiarla, permitió al rey anglo-angevino, Enrique Plantagenet, desposarla a su vez y extender su dominio por más de la mitad de F. A pesar de ello, la continua lucha de ambos bloques fue prestigiando a la monarquía francesa, gracias a la devoción popular. Los reyes procuraron atraerse firmemente esta simpatía con su política filo-eclesiástica, en una época en que la corona inglesa hacía asesinar a Tomás Becket (v.) y la alemana protegía a un antipapa. Con el advenimiento de Felipe I I Augusto, v. (1180), F. se decidió a conseguir la unidad mediante una política centrípeta. Para ello fue preciso el sometimiento de los Estados feudales del Nordeste (Flandes, Champaña, Borgoña) y luego el enfrentamiento con el bloque anglonormando-angevino en su cabeza inglesa. Esta política determinó la ocupación de los territorios franceses de los Plantagenet, previo juicio a luan sin Tierra por rebeldía feudal con su señor natural, el rey de F. Posteriormente, fue derrotada la coalición anglo-angevina en Bouvines (1214) y, con ella, sus aliados imperiales y flamencos.5. La Baja Edad Media. La primera consecuencia de la doble victoria de los Capeto fue la posibilidad de anexionarse el condado de Toulouse (v. PROVENZA II), lo que realizó la corona aprovechando la crisis espiritual del condado, cristalizada en la herejía cátara (v. CÁTAROS), que ofreció la oportunidad de una invasión bajo el pretexto de cruzada religiosa, dirigida por Simón de Monfort. Hacia 1242, la autoridad real se había afirmado en el mediodía de F., superadas las veleidades rebeldes de los nobles, acrecentadas en la regencia de Blanca de Castilla por minoría de Luis IX. Esta autoridad sobre el sur, no supuso pérdida de autonomía para los grandes Estados jeudales del Poitou (v.) y Auvernia (v.), ya que estaban controlados por parientes muy próximos a la corona y se contaba con su fidelidad.Ahora, en el s. XIII, se establecen ya los gérmenes de una larga trayectoria de la política francesa sobre las bases del interés en las relaciones mediterráneas y atlánticas. El reinado de S. Luis IX (v.) reafirmó el prestigio de la corona en el interior y, con la expedición a Nápoles, de Carlos de Anjou, se iniciaba la primera política exterior de la monarquía de los Capeto, que se perfilaba ya como una potencia en Europa. Al morir en 1270, legaba a su hijo un prestigio muy superior al que él mismo había heredado. Este hijo, Felipe III el Atrevido, fue, en cambio, un rey débil y se vio envuelto ya en los conflictos con Aragón, dimanantes de la actuación de su tío Carlos en Nápoles. En 1288, la guarnición francesa en Palermo fue asesinada (v. VÍSPERAS SICILIANAS) y Sicilia (v.) se entregó a los aragoneses aun en contra de la voluntad papal. Felipe III fue lanzado a una cruzada contra los aragoneses que resultó un fracaso completo.A comienzos del s. XIV, Felipe IV el Herinoso (v.) completa el trío de los grandes Capeto con una política de gran estilo, tanto en su intento de hegemonía sobre Flandes como en su política de someter la Iglesia francesa al Estado; por ello, se enfrenta al papa Bonifacio VIII (v.), a quien vence; se inicia así el periodo papal de Aviñón (v.; 1303). En este año la influencia francesa determinó la elección del arzobispo de Burdeos para el pontificado. Fue Papa con el nombre de Clemente V (v.) y, a la vista de la inseguridad que Roma ofrecía en semejante coyuntura, se instaló en Aviñón en 1309, para lo que compró la ciudad, cuyo territorio, el condado Venaisin, ya era propiedad de la Santa Sede. Allí residieron los Papas, de 1309 a 1377, sometidos enteramente a los reyes de Francia (v. v1, 5).En otro aspecto, la política centralista y autoritaria de Felipe IV se manifestó decidida en el famoso proceso a los Templarios (v. ÓRDENES MILITARES). La potencia económica y militar de la Orden atrajo la atención del rey que les acusó de herejía y consiguió su supresión, auxiliado por su ministro el legista Nogaret y apoyado por la opinión pública y la condena de Clemente V, y les confiscó los bienes, que era la finalidad primaria (1314). Con esta política se iniciaba la tesis de que el poder real era superior al religioso (v. GALICANISMO) y, con ella, la pérdida progresiva de la autoridad papal en el terreno político.En tanto se realizaba el proceso de centralización de la monarquía francesa, surgía una cultura que, sobre la base de las realizaciones eclesiásticas, produjo algunos de los elementos fundamentales de la cultura europea medieval: la reforma del monacato (v. VI), la Univ. de París (v. XII), la escuela de filosofía escolástica (v. VII), la producción arquitectónica medieval: el románico y el gótico (v. X) y la creación de la lírica amorosa (v. IX).Cuando la creciente administración real se desarrolló, con los Capeto, se hizo patente la necesidad de secretarios y legistas que fuesen al mismo tiempo buenos teólogos. De ahí nació la Universidad, que en su origen fue un gremio más, de profesores y alumnos. Su precedente lo constituyen las escuelas catedralicias donde se enseñaba la gramática, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música. La famosa Univ. de La Sorbona de París se inició con Abelardo (v.) que, al impedírsele profesar sus enseñanzas dentro de la misma cité de París, se trasladó a la otra orilla del Sena, creando allí un centro de estudios. En 1235, Robert de Sorbonne fundó el primer colegio de la Univ. de París, y de él tomó su nombre la futura institución, desde donde el maestro de los intelectuales medievales, S. Tomás de Aquino (v.), realizó su intento de síntesis de las culturas cristiana y pagana, ensanchando el horizonte filosófico y científico de Europa.6. Los Valois. Cuando en 1328 subía al trono la nueva dinastía, en la persona de Felipe VI, F. era la primera potencia europea y su ambición se centraba en el dominio de los Alpes, una posible anexión italiana, más o menos completa, y la dominación, definitiva de Flandes, Bretaña (v.) y el conglomerado de señoríos de Guyena (v.). En este proceso expansionista forzosamente había de tropezar con los intereses británicos y provocar una larga contienda en la que se iba a gestar la F. moderna: la guerra de los Cien Años (v.).En 1328, el viejo problema de las interferencias inglesas en los territorios franceses alcanzó su punto culminante con la muerte de Carlos IV de F., que no dejaba herederos. Tres eran los pretendientes a la corona francesa, Eduardo III (v.) de Inglaterra (hijo de Isabel de F. y nieto de Felipe IV el Hermoso; v.), Felipe de Évreux (hijo de Juana de Navarra y yerno de Luis X Hutin) y Felipe de Valois (nieto de Felipe III el Atrevido), cuya candidatura acabó por imponerse por la desconfianza que producían el inglés y el navarro. Así, subía al trono la dinastía Valois (v.) y se enfrentaba a Eduardo 111 en la primera etapa de la guerra de los Cien Años.En 1340 los ingleses poseían el más moderno ejército de Europa y la ambición de completar, con la posesión de Flandes y su rica industria pañera, su propio proceso económico de producción lanera. La guerra fue una extraña mezcla de caballería y mercadería. F. apoyaba al conde de Flandes. En Crécy, Eduardo destrozó la caballería feudal francesa con sus arqueros galeses (1346), estableciendo I una nueva táctica bélica, apoyada en una infantería bie~ armada. Al comenzar la segunda etapa de la guerra, F. (tenía un nuevo rey, Juan II el Bueno, e Inglaterra un ’,héroe casi legendario, el príncipe Negro, hijo de Eduardo III, que comenzó una conquista sistemática del Languedoc, tomó prisionero al propio rey de F. y afirmó la superioridad de la nueva infantería. F. quedó bajo la regencia del delfín Carlos, y se sumió en una crisis que parecía anunciar la debilidad definitiva de la corona frente a la nobleza feudal y las comunas ciudadanas. En los "Estados Generales" de 1356, el obispo Le Cocq y el preboste de los mercaderes de París, Esteban Marcel, propusieron reformas que hoy consideraríamos democráticas, pero que fracasaron a la larga, después de la dictadura de violencia que Marcel impuso en París y de la revolución de campesinos (la Jacquerie). La paz de Bretigny no era sino una pausa, ya que las posesiones inglesas se vieron incrementadas con el Poitou, Périgord, Limousin y otras. La actividad de Carlos V (v.) de F., el antiguo regente de 1356, se apoyó en un militar de prestigio, Bertrand du Guesclin, y a su muerte, en 1380, casi había erradicado de F. a los ingleses. Pero cometió un error importante: permitir el matrimonio de su hermano Felipe II el Atrevido, duque de Borgoña, con la heredera del ducado de Flandes, uniendo así en una sola casa las provincias más fuertes, cuyas ambiciones feudales cobraron entonces una dimensión desmesurada.La locura de Carlos VI favoreció estas veleidades, y Felipe de Borgoña, primero como regente y luego como gobernante, saqueó el país. La lucha por el poder dividió a los feudales, Borgoñones contra Orleáns (a los que dirigía Bernardo de Armagnac; v.), y la corona inglesa se aprovechó de esta situación. Enrique V resucitó sus pretensiones al trono de F. e inició de nuevo la guerra. Una vez más, en Azincourt, la caballería francesa se dejó aplastar por los arqueros ingleses y la división de Borgoñones y Armagnacs entregó prácticamente el país a sus enemigos. Un regente inglés, el duque de Bedford, gobernaba París, y un delfín no reconocido, Carlos VII, no se decidía a defender su derecho con las armas. Fue entonces (1429) cuando surgió "la doncella de Orleáns". Juana de Arco (v.) levantó la moral francesa y coronó a Carlos VII como rey de F. Prisionera de los ingleses en Compiégne fue condenada a la hoguera (1431). Poco después, en 1435, se sometía el duque de Borgoña y con ello se liquidaba la guerra civil. Veinte años después, los ingleses no conservaban en F. más que la plaza de Calais.F. se preparó para su unidad nacional, y el prestigio de Carlos VII se reconstruyó en Europa en muy pocos años. El fortalecimiento de sus relaciones exteriores le sirvió para comenzar la empresa de domeñar a los grandes feudales franceses de sangre real. Una segunda generación de nobleza rebelde le disputaba la corona. Fue la rebelión de la Praguerie, a la que incluso se sumó el delfín, el futuro Luis XI (v.). Llegado al trono, él fue quien venció a los poderosos vasallos coaligados en su contra en la llamada "Liga del Bien Público", dirigida por los duques de Berry, Lorena, Borbonesado, Borgoña y Alencon. Había tomado el nombre de su pretendida actuación "para poner las cosas en orden y proteger al pobre pueblo". Respondía, en realidad, a los esfuerzos de una nobleza a quien la larga guerra había acostumbrado a la anarquía y la independencia de la corona. Pero F. había conseguido algo moderno en el crisol de la guerra de los Cien Años: el sentimiento nacional (v. v, 1). Actuando en este sentido, Luis XI, político hábil, realista y duro, destrozó la coalición, primero con su diplomacia y luego con su actuación militar. La autoridad real salió reforzada de la larga crisis de la guerra de los Cien Años.Como consecuencia de esta represión, Luis XI dio el golpe definitivo a los regionalismos centrífugos creando la unidad territorial de F. En el proceso se anexionó primero Normandía, luego Bretaña, los feudos de Armagnac, Nemours y la Guyena y, por último, se enfrentó a Carlos el Temerario, duque de Borgoña, a quien venció en Nancy (1477). A pesar de esta victoria, no pudo realizar su intento de anexionarse toda Borgoña por la intromisión del emperador Maximiliano. Éste había casado con la heredera del ducado y se enfrentó a las reivindicaciones políticas de la corona francesa. Con Luis XI se instauró, pues, la monarquía autoritaria y centralista y se continuó la antigua ilusión de hegemonía europea con la anexión del Rosellón (v.) y la Gascuña aragonesa, aprovechando las luchas civiles entre catalanes-aragoneses en la época de Juan II.V. t.: III; VI; GALIA.C. ALVAREZ SANTALÓ.
BIBL.: Entre los repertorios bibliográficos, siguen siendo importantes aún, G. MONOD, Bibliographie de l’Histoire de France, París 1888; y A. MOLINIER, Les sources de 1’histoire de France des origines aux guerres d’ltalie, París 1901-06 (se completan con las entregas bibliográficas que aparecen periódicamente).-Como obras clásicas de historia general de F.: E. LAVISSE, Histoire de France dépuis les origines jusqu’á la Révolution, 9 vol., París 1901-11; G. HANOTAUX, Histoire de la Nation Française, 15 vol., París 1920-27 (con diversos puntos de vista); E. PERROY, Histoire de la France pour tous les franpais, París 1950; A. MAUROIS, Historia de Francia, Barcelona 1961.-Para la historia antigua, siguen siendo básicos: C. JULIAN, Histoire de la Gaule, París 1908; H. HUBER, Los celtas, Barcelona 1943.-Para la historia medieval: F. LOT, Les derniers carolingiens, París 1891; G. Dou, Les Valois: histoire d’une maison royale, París 1934; G. GLOTZ, Histoire du Moyen Age, París 1930; J. CALMETTE, Le grand regne de Louis XI, París 1838; R. FAWTIER, Les Capétiens et la France: leur rôle dans sa construction, París 1942; J. CALMETTE, Charlemagne, París 1945; E. PERROY, La Guerre de Cent Ans, París 1945; F. LOT, Naissance de la France, París 1948; J. CALMETTE, Le Réveil Capétien, París 1948.-Para los aspectos culturales e institucionales en general: F. COULANGES, Histoire des institutions politiques de 1’ancienne France, París 1894; S. D’IRsAY, Histoire des Universités franpaises et étrangéres, París 1933; CH. PETIT-DUTAILLIs, Les communes franeaises. Caractére et évolution des origines au XVIII siécle, París 1947; E. SALIN, La Civilisation Mérovingienne, París 1950; M. BLocH, Les caractéres originales de 1’histoire rurale franeaise, París 1952; A. LATREILLE Y OTROS, Histoire du catholicisme en France, París 1957; Y. RENOUARD, La Papauté d’Avignon, París 1959; G. DUBY y R. MANDROU, Historia de la civilización francesa, México 1966.
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