Floridablanca, Conde de (José Moñino y Redondo)
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Biografía GER
N. en Murcia el 21 oct. 1728, fue hijo del notario mayor de la Curia eclesiástica de aquella ciudad e hizo sus primeros estudios en el seminario de Orihuela. En 1748 fue recibido como abogado por el Consejo de Castilla, y en 1758, ya reconocidas sus indudables dotes intelectuales, fue nombrado fiscal. Como tal, redactó una serie de dictámenes notables y, especialmente, por sus repercusiones históricas, el referente al extrañamiento de los jesuitas. Intervino, además, en un complejo conflicto político-religioso internacional. En efecto, el 30 en. 1768 el Papa publicó su famoso Monitorio de Parma en el que se enumeraban los agravios de la Santa Sede frente a dicha Corte y se calificaba su autoridad de ilegítima. En Madrid causó enorme sensación el documento romano, considerado como un insulto que afectaba a todos los Borbones y motivó, entre los ilustrados españoles, un movimiento de protesta reflejado en el Consejo de Castilla, que encargó a Campomanes (v.), uno de sus fiscales, rebatiese jurídicamente las afirmaciones del Monitorio. Campomanes redactó su juicio imparcial, que desató las protestas de varios prelados, los cuales lo denunciaron a Carlos III por herético. El monarca encargó entonces al otro fiscal, F., la introducción en el Juicio de las convenientes correcciones. La satisfacción del rey por este trabajo realzó el prestigio político de F.Política reformista. Gracias a ello y a su ideología regalista, en 1772 fue nombrado embajador en Roma, entrando en contacto directo con la alta política vaticana. Por los éxitos alcanzados en este puesto entre los que destaca su gestión en pro de la extinción de los jesuitas, F. fue llamado por Carlos III a la Secretaría de Estado (1776). Desde ella se convirtió en el poderoso gobernante que imprimió un sello personal a la política de su tiempo e inició una serie de medidas reformistas de enormes repercusiones. F. llegó al más alto puesto de la política española cuando la situación internacional era especialmente tensa. Las colonias inglesas de Norteamérica se habían alzado contra su metrópoli y, aprovechando la ocasión, Francia y España, que en el tratado de París de 1763 habían padecido las duras condiciones impuestas por los ingleses, quisieron desquitarse ayudando a los rebeldes americanos. Hasta la firma del tratado de Aranjuez entre los dos monarcas (12 ab. 1779), la ayuda española había sido indirecta y no muy abundante. En estas circunstancias, un enviado del Congreso, John Jay, llegó a España con el propósito de lograr el reconocimiento de su país, la firma de un tratado de alianza y ayuda económica. Sólo logró el tercer objetivo y no en la cuantía que los norteamericanos deseaban, ya que F. buscó en las negociaciones un equilibrio en el que Inglaterra saliese debilitada, pero sin que las colonias norteamericanas adquiriesen una total independencia; pretendía evitar la creación de cualquier poder fuerte cerca de las posesiones españolas.Con F. culmina el programa reformista del Despotismo ilustrado (v.) español; pero, a diferencia de otros políticos e ideólogos de la Ilustración (v.) que pecaban de utópicos, F. fue siempre un gobernante realista. Considerando que no hay Estado estable en un país pobre ni una nación fuerte sin una hacienda sana, intentó realizar su programa sin menoscabo del tesoro estatal. En este campo hacendístico, su política tendió a simplificar y ordenar el fisco, cargando la presión fiscal sobre los económicamente fuertes y aliviando en cambio a los sectores contribuyentes débiles. Igualmente, consideraba F. que un Estado poderoso debía apoyarse en un Ejército y una Marina eficientes. Su obra en este campo implica, al mismo tiempo que el pacifismo, la atención por el equipamiento militar del Ejército y la Marina. Fomentó la enseñanza náutica, el comercio de cabotaje y la pesca de altura, en especial de ballena y bacalao.Los intelectuales europeos del "siglo de las luces" tuvieron dos preocupaciones esenciales: combatir la ociosidad elevando al mismo tiempo el prestigio de determinados oficios manuales, considerados hasta entonces, por las clases elevadas, como indignos; y fomentar la agricultura que, de acuerdo con las doctrinas fisiocráticas (v. FISIOCRACIA), se consideraba la única fuente de riqueza. F. encaja perfectamente en este contexto. Se propuso el castigo y reducción de los vagos, mendigos y malentretenidos; tomó medidas para la rehabilitación social de los gitanos, la fijación de domicilio y la creación en ellos del hábito del trabajo. Se interesó por los regadíos, ya que tenía plena conciencia de que eran la única forma de compensar la falta de lluvias regulares del país. Como ejemplo de esta preocupación pueden citarse el impulso dado a las obras de los canales de Urgel y de Castilla, a las del Manzanares y la creación de tres grandes pantanos: Lorca, Valdeinfierno y Puentes. En este mismo ámbito, limitó (1779) algunos de los privilegios de la Mesta (v.).Un tema siempre importante, cuando se trata de describir la mentalidad de un ilustrado, es el de sus relaciones con la Iglesia. Por supuesto, son indudables su respeto a la fe, su obediencia al Papa en materia espiritual y su sinceridad religiosa. Ahora bien, como servidor de un monarca absoluto, intentó hacer compatible todo ello con el regalismo (v.). Así, antes que tratar con Roma, prefería el acuerdo con los prelados del reino en asuntos de materia mixta. Sin embargo, era opuesto a la celebración de concilios nacionales por temor a la influencia en ellos de los obispos contrarios a las regalías. Amordazando la oposición en cuestión de regalías, como buen servidor del absolutismo, intentaba que el clero prestase su colaboración desde el púlpito y las escuelas, y se convirtiera en un instrumento del Gobierno, por su influencia sobre la opinión.Hombre de confianza de Carlos III (v.), el rey le encomendó (1787) la redacción de la llamada Instrucción reservada, cuya finalidad era servir de guía programática a la recién creada junta de Estado, organismo que puede considerarse como precedente inmediato del Consejo de Ministros y que estaba destinado a orientar el gobierno del futuro soberano. Este documento, junto con las 13 relaciones enviadas a la Secretaría de Estado a partir de 1792 y que son conocidas como su "testamento político", constituyen la fuente más importante para el conocimiento de su ideología. Para F., el poder supremo, aunque radicado primordialmente en el rey, debería ser ejercido por el equipo ministerial, con el fin de repartir entre los distintos "especialistas" una tarea imposible de sobrellevar por un solo hombre. Este poder del monarca y su Gabinete debe oscurecer la influencia de los Consejos, que para el estadista murciano no son más que rémoras. En este punto clave se diferencia F., jefe del llamado partido golilla, de su antagonista el conde de Aranda (v.), jefe del partido aragonés, que propugnaba un sistema de contrapesos entre el poder real, el ministerial y el polisinodal de los Consejos.Pérdida del poder. Ya como ministro de Carlos IV (v.) desde 1788, las violencias anejas a la Revolución francesa y el camino radical que ésta tomó, provocaron un cambio aparente en la mentalidad de F., innovador con Carlos III y mucho más prudente ahora. Así, con la intención de librar a España del "contagio revolucionario", trató de controlar la introducción de libros y papeles de Francia; estableció tropas en la frontera para preparar la invasión y mandó hacer una matrícula general de todos los extranjeros residentes en el país, ordenándoles jurar fidelidad a la religión, al rey y a las leyes españolas. Fue precisamente esta política la que iba a perderlo. El Gobierno francés, no deseando la ruptura a la que empujaba F., presionó e intrigó en la corte de Madrid para conseguir su destitución. Estas maquinaciones tuvieron éxito. F. fue depuesto de su cargo (1792), procesado y preso bajo la acusación de malversaciones y abuso de poder.En 1795, indultado por el rey, salió de la prisión de Pamplona y se trasladó a Murcia, donde permaneció alejado de la vida pública hasta su tardía reaparición como figura decorativa, en la crisis de 1808. Sin embargo, todavía jugó un último papel político gracias a su pasado prestigio, que intentaban atraerse en aquellos momentos las distintas tendencias, al inclinarse por Fernando VII e imponer la necesidad de un Gobierno común frente a la amenazadora desintegración regional de las juntas provinciales. Elegido presidente de la Junta Suprema Central (v. INDEPENDENCIA, GUERRA DE LA), se trasladó a Madrid y más tarde a Sevilla, donde le sobrevino la muerte el 28 dic. 1808.A. LAZO DÍAZ.
BIBL.: C. ALCÁZAR MOLINA, El Conde de Floridablanca, Murcia 1934; A. RUMEU DE ARMAS, El testamento político de Floridablanca, Madrid 1962; V. RODRÍGUEZ CASADO, Iglesia y Estado en el reinado de Carlos 111, Sevilla 1948; ÍD, La política y los políticos en el reinado de Carlos 111, Madrid 1962; V. PALACIO ATARD, Los españoles de la Ilustración, Madrid 1964.
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