Filología, II. Lenguas Clásicas.
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Cultura
1. Antigüedad. Grecia. Si por f. c. entendemos la toma de contacto con el hecho lingüístico y literario en función de la mejor composición o interpretación de los textos clásicos, no hay duda de que ya Homero (v.), en los mismos albores de la literatura griega, ofrece gérmenes de tratamiento filológico (V. GRECIA XII). El poeta sabe que los carios hablan lengua bárbara o balbuciente, distinta de la griega; conoce un lenguaje de los dioses, diferente del de los hombres, en que llaman, p. ej., Janto al río Escamandro o Briáreo al gigante denominado por los humanos Egeón; explica a sus oyentes nombres raros, como el de la planta mágica llamada móly o el de la constelación del carro; inicia incluso juegos etimológicos, como el que pone en relación el nombre de Odyseús con el verbo odyssomai, odiar, porque los dioses persiguen al héroe (éste es procedimiento muy utilizado después por los líricos y trágicos: Edipo se llama así porque apareció con los pies hinchados, Helena porque fue causa de que las naves aqueas sufrieran un desastre). El famoso libro de Leumann, Homerische Wórter, ha mostrado además cómo los pasajes recientes de la Ilíada ya se dejan influir filológicamente por los más antiguos con sus inventos de palabras a base de genitivos mal interpretados como nominativos o vocablos indebidamente cortados.En Hesíodo (v.) quizá se inicia un rudimento de crítica literaria si en Teogonía 27 hay una censura moral a las mentiras de Ulises; el lírico Estesícoro se rebela contra el irrespetuoso trato dado por Homero a Helena e inicia, con su famosa Palinodia, la leyenda de una heroína inocente que más tarde recogerían Gorgias y Eurípides; Pisístrato (fines del s. vi a. C.) se ocupa ya de que el texto homérico sea copiado, enmendado y recitado en las fiestas Panateneas; y Anacreonte (v.), por las mismas fechas, conoce el orden de los casos empleado por la Gramática tradicional. Ciertos sonidos empiezan a ser preferidos o evitados: el poeta Laso de Hermíone (ca. 550 a. C.) se esmera en componer un poema del que falte el desagradable sonido silbante de la sigma. En los alrededores del 500 continúa la polémica en torno a Romero: Píndaro (v.) se niega a admitir mitos indecorosos, mientras que Teágenes de Regio crea la escuela alegórica con su idea de que la respetabilidad de las divinidades homéricas debería quedar intacta, puesto que en ellas se representaba el fuego, el aire, la luna, etc. Los conocimientos gramaticales están por entonces en un estadio embrionario: Heráclito (v.) confunde bíos `vida’ con biós ,arco’, pero ya Sófocles (v.) sabe hacer distingos semánticos, y Heródoto (v.), en pleno s. V, niega que algún poema del llamado ciclo épico sea de Homero.La verdadera F. en sentido lato (abarcando lo que hoy sería F. en sentido estricto, es decir, ciencia de los textos y su interpretación y Lingüística) empieza ya en la sofística. Protágoras (v.) se interroga sobre las razones para el género masculino o femenino de los objetos, según vemos en Las nubes de Aristófanes; Pródico, contemporáneo de Sócrates, se preocupa por los sinónimos; Hipias es el primero en emplear la palabra archaiología en el sentido de "estudio de la Antigüedad"; y, en el mismo siglo, Demócrito (v.) escribe ya un libro Sobre Homero con especial atención a las glosas o palabras raras, que son estudiadas en la escuela: un fragmento de la comedia Los convidados de Aristófanes presenta a un maestro interrogando a un discípulo sobre puntos difíciles de f. homérica, y nos dicen del fogoso Alcibíades que arremetió a bastonazos contra un pedagogo por carecer éste de un buen texto del antiguo poeta. Lo cual era inexcusable: a finales del s. v, el comediógrafo Eupolis habla de un mercado librero; Sócrates (v.) dice en su Apología que cualquiera puede comprar las obras de Anaxágoras por el módico precio de una dracma, y Aristófanes (v.) se queja de la verdadera plaga de malos libros que invade su celestial ciudad de Las aves.Platón (v.), como en tantas cosas, también en este campo resulta adelantado de los siglos futuros. Ataca las ficciones de Homero y los poetas, a quienes expulsa de su república, pero no sin demostrar conocerles muy bien; explica magistralmente un difícil fragmento del lírico Simónides en el Protágoras; y dedica un diálogo entero, el Crátilo, a tema lingüístico tan apasionante como el de si las cosas recibían sus nombres physei, en virtud de la propia naturaleza del objeto, o thései, por una convención humana; e intuye el parentesco del griego con el frigio, de modo que se anticipa en más de 20 siglos.Aristóteles (v.) sabe igualmente introducir sus métodos sistemáticos en la materia filológico-lingüística; en De interpretatione, De anima y Categorías pueden hallarse muchas ideas dispersas para una clasificación de los sonidos, partes de la oración, géneros, sujeto y predicado; en los Problemas homéricos, explicación de lugares poco claros y su Poética será base para muchos siglos de clasificación y estudio de los géneros literarios (v.): recuérdese la famosa definición -de la tragedia como espectáculo que produce en el espectador una catarsis o purificación, provocada por la compasión y el terror. Su sucesor Teofrasto compila ya un epítome de La república de Platón; escribe obras Sobre la poética, Sobre la comedia, Sobre la música y se convierte en modelo para una intensa, aunque quizá algo superficial, investigación en que descolló la escuela peripatética con Aristóxeno, historiador de la música; Heraclides Póntico, etimólogo; Dicearco, mitólogo; Cameleonte, biógrafo de literatos un poco fantástico; Praxífanes, posiblemente el primer gramático científico; el filósofo y político Demetrio de Falero, compilador de las fábulas de Esopo; etc.Periodo alejandrino (v. 1, 2). A partir de los finales del s. IV a. C., los filólogos y escritores acuden desde la Grecia propia a Alejandría y, a lo largo de casi diez siglos, hasta la conquista árabe, Egipto se convierte en sede indiscutible de la actividad erudita. Debemos a los maestros alejandrinos que hayan preservado muchas obras que en caso contrario se habrían perdido y hayan procurado transmitir un texto más cuidado de infinidad de autores. El gran mérito de esta época áurea corresponde a una serie de geniales filólogos, algunos de ellos directores de la Biblioteca: Filitas, al que llama Estrabón "poeta al mismo tiempo que crítico", porque, en efecto, por una parte compiló también él glosas homéricas y por otra fue el creador de la nueva escuela poética alejandrina; Zenódoto, sagaz editor de Homero e introductor de signos críticos como el óbelo, señal de no autenticidad para un pasaje; Alejandro el etolio, filólogo también y al mismo tiempo perteneciente a la llamada Pléyade, un grupo de mediocres poetas trágicos; Licofrón, que aprovechó su gran conocimiento del lenguaje para llenar de palabras oscurísimas su ilegible tragedia Alejandra; Arato, erudito y autor de un poema astronómico llamado Los fenómenos; Calímaco (v.), cuya poesía culta muestra huellas de gran saber filológico; Apolonio de Rodas (v.), que se empeñó en reintroducir la vieja poesía épica con sus Argonáuticas, y, sobre todo, Eratóstenes (v.) geógrafo, cronólogo, matemático y poeta, el primero que prefirió ser conocido como philólogos que como grammatikós o kritikós porque la palabra abarca también el conocimiento histórico, arqueológico, real, etc., de los textos, y los dos grandes maestros de la f. alejandrina, Aristófanes de Bizancio (ca. 250 a. C.) y Aristarco (una generación más joven), a quienes se debe el estado en que los manuscritos nos han llegado por lo que toca a crítica textual, puntuación, acentuación, división en libros, métrica, concisas notas adicionales de carácter literario (argumento, cronología, juicios estéticos), lexicografía, cánones o listas de los escritores ordenados por géneros, etc. Esta actividad no se extiende sólo a los épicos, líricos y trágicos, sino que también los prosistas, por ej., Heródoto, empiezan a ser comentados.Pérgamo. Paralelamente a esta gran escuela surge un nuevo centro de estudios en Pérgamo, en el Asia Menor, bajo la égida de los reyes Atálidas: allí se emplea preferentemente, para los libros, el pergamino, preferible en aquellas regiones al papiro, hecho con planta que sólo se daba en Egipto; allí, representada, entre otros, por Orates de Malos, sigue floreciendo la interpretación alegórica de Homero: las capas del escudo de Aquiles (Ilíada XVII1,478-608) se identifican con las zonas del cielo, y para explicar el mal trato dado (ib. 1,590-594) por Zeus a Hefesto se introduce en la explicación nada menos que al dios caldeo Belo o Baal. Crates pertenecía a la escuela estoica, que, en forma más sobria por parte de Zenón, Crisipo y Diógenes de Babilonia, dio grande y acertado impulso a los estudios gramaticales. Los conceptos estoicos sobre fonética, partes de la oración, nombres de los casos, sintaxis, etc., se reflejan bien en la famosa Gramática de Dionisio el tracio, de finales del s. ii a. C., libro breve, pero definitivo en la historia de la lingüística griega, en la que dominó hasta el s. xvtti. Aquí se puede abandonar ya la materia lingüística, que a lo largo del fin de la Antigüedad y épocas sucesivas queda muy especializada y separada de lo puramente filológico.Roma. A partir de la edad de Augusto el centro de interés filológico pasa de la ya relativamente decadente Alejandría a Roma, cabeza del Imperio. Allí encontramos a Dionisio de Halicarnaso, historiador y gran retórico que se convierte en sostén teórico del movimiento llamado aticismo, vuelta a los modelos literarios de la antigua Atenas. Importante es también el sagaz tratado Sobre la sublimidad, falsamente atribuido a Longino y que inspiró las ideas retóricas de Boileau y Pope. En los siglos sucesivos descuellan como polígrafos y conocedores de lo clásico Dión Crisóstomo (v.); Plutarco (s. i-tt d. C.; v.), Pausanias, autor de una utilísima guía arqueológica de la antigua Hélade; el polifacético y satírico Luciano (v.), el filósofo y médico Galeno (v.); Ateneo, cuyos Sabios en el banquete contienen multitud de noticias de interés anticuarial; una serie de léxicos de tendencia aticista, como los de Frínico, Harpocración y Pólux, en que se corrigen solecismos y voces menos autorizadas; Diógenes Laercio, cuyas biografías de los antiguos filósofos son todavía hoy utilizadísimas; el neoplatónico Plotino (v.) estudioso de su maestro Platón, y, ya en pleno s. iv, Temistio, Libanio e Himerio, que representan, frente al cristianismo, uná resistencia pagana que quiere enraizarse románticamente en los modelos antiguos. Todos los escritores citados merecen el nombre de filólogos clásicos por alternar su obra creadora con estudios merced a los cuales pueda entenderse mejor la herencia del pasado.Pero tampoco la erudición cristiana, cada vez más pujante, comete el error de despreciar lo clásico: Clemente de Alejandría (s. ti-iit; v.), transmite infinidad de fragmentos que sólo gracias a él conservamos; Eusebio de Cesarea (v.) sienta bases preciosas en Historia y cronología de la Antigüedad; S. Gregorio Nacianceno (v.) es elegante imitador de los antiguos en prosa y verso, y S. Basilio (v.), del s. iv como él, autor del bello escrito A los jóvenes para que se sirvan de la Literatura griega, no condena en bloque a los autores paganos, sino que los muestra como inspiradores de virtudes y modelos de educación. Poco más tarde (s. cv-v) tenemos otra figura singular en Sinesio de Cirene, cristiano y aun obispo de Ptolemaida, pero muy inspirado por la filósofa pagana Hipatia, muerta por la plebe de Alejandría en 415. Los tratados y cartas de Sinesio están impregnados de un perfecto conocimiento de lo clásico. Pero después de él apenas podemos ya citar en este aspecto sino al mediocre poeta Nonno de Panópolis, continuador de Homero, al neoplatónico Proclo y a los lexicógrafos Hesiquio y Esteban de Bizancio y el antólogo Estobeo, todas ellas autoridades del s. v sin las que el conocimiento de la Antigüedad sería mucho más deficiente.Aportación en lengua latina sobre temas griegos. Como es sabido, y como el viejo lema Graecia capta ferum uictorem cepit indica, Roma se dejó cautivar desde un principio por las ideas y letras griegas, indicio de una cultura superior. Ya en el s. tii a. C. traduce Livio Andrónico (v.) al latín una Odisea que las escuelas utilizaron durante cientos de años. El propio Livio, Nevio (v.) y Ennio (v.) imitan el teatro clásico, y, aunque el viejo Catón (s. III-II; v.) aboga por la resistencia cultural frente a Grecia y consigue que los filósofos y retóricos helénicos sean expulsados de Roma en el 161, tres años antes Tiberio Graco había compuesto un discurso en griego perfecto, lo que revela el arraigo que tales estudios iban tomando en la urbe. Los polígrafos Varrón (v.) y Cicerón (v.; s. ii-i a. C.), los grandes poetas Virgilio (v.) y Horacio (v.; s. i a. C.), Séneca, retórico, y Séneca (v.), filósofo (s. I a. C.-i d.C.), sirven de sólidos puentes por los que la Historia, la elocuencia, la lírica, la filosofía estoica van transmitiéndose a la sociedad romana y lo mismo ocurre más tarde con Quintiliano (v.), Tácito (v.), Plinio (v.), Suetonio (v.), Frontón, historiadores y grandes críticos los dos últimos (s. I-ii). Aulo Gelio (s. II) recoge una extensa miscelánea, las Noches Áticas, -de noticias sobre las dos culturas; el De die natal¡ de Censorino (s. III) transmite también mucho de la antigua historia y cronología.? Los estudios retóricos y las poesías de Ausonio (v.), que vive en la Galia a lo largo del s. tv, muestran ya una base griega mucho menos firme, como corresponde a tiempos de mayor decadencia cultural. Este autor es ya cristiano de nombre, si no de corazón; Símaco (s. Iv-v) es un verdadero filólogo en su estudio de los antiguos autores latinos y siente, como era de esperar, simpatía hacia lo pagano; el gramático y también filólogo Donato y Servio, famoso comentarista de Virgilio, ambos del s. IV, responden a una verdadera tradición en estudios itálicos propiamente dichos. Y, en paralelo con lo antes dicho sobre la f. griega, un verdadero genio en temas humanísticos no sólo griegos y latinos, sino también hebraicos surge en S. Jerónimo (s. Iv-v; v.), auténtico renovador, en el aspecto sobre todo de la traducción al latín, de los estudios bíblicos, seguido una generación más tarde por S. Agustín (v.), buen conocedor y transmisor de Platón, Cicerón, Virgilio y tantos otros clásicos. Menos importancia tienen los Saturnalia de Macrobio, algo más joven, que recopila afanosamente temas de literatura y religión romana; la enciclopedia de Marciano Capella, africano como Agustín, que vive en pleno s. v (Mercurio y Philologia se desposan alegóricamente teniendo como madrinas a las siete Artes liberales) y los poemas clasicistas de Apolinar (v.) Sidonio, representante, a fines de dicho siglo, de la aún floreciente cultura de las Galias, donde también coexiste Ennodio, algo pagano aun en espíritu, con los fundamentalmente cristianos S. Paulino de Nola (v.), Hilario de Poitiers (v.), Mario Víctor y S. Ambrosio (v.). Clausuran la Edad Antigua a este respecto dos grandes sabios (n. ca. 480), Boecio (v.) y Casiodoro (v.); con ellos lo que todavía restaba de la vieja cultura intenta injertarse, mediante compilaciones monumentales y obras creativas nada despreciables, en el Medievo que nace; y es curioso que S. Benito (v.), coetáneo de ellos y fundador del bastión cultural de Montecassino (v.), sea ya generalmente incluido en un mundo francamente medieval, aunque tenía casi 50 años en la -fecha de dicha fundación, el 529, cuando el cierre de la escuela platónica de Atenas, ordenado por Justiniano, vino de hecho a poner fin a la Antigüedad clásica (v. LATINA, LENGUA; LITERATURA I).2. Medievo. Bizancio. A lo largo de casi un milenio, los estudios griegos se mantuvieron en un nivel discreto, aunque sin grandes aportaciones originales, de forma que permitió más tarde un fructífero empalme renacentista con lo poco que Occidente había logrado salvar en los siglos oscuros. A finales del s. vi destaca en Constantinopla, como mediano tratadista y gramático, Jorge Querobosco; tres siglos más tarde resulta benemérito el patriarca Focio (v.), recopilador de textos poco conocidos en su Biblioteca y autor de un monumental Léxico; su discípulo Aretas comenta a escritores clásicos y eclesiásticos indiscriminadamente; los Emperadores León VI el Sabio (886-911) y Constantino VII Porfirogénito (912945) se ejercitan ellos mismos en la imitación de los antiguos y compilan también extractos de muchas obras; Constantino Céfalas, por la misma época, recoge muchísimos epigramas clásicos y posclásicos en la celebérrima y llamada hoy Antología Palatina; el s. X presenció la aparición del gran léxico que solía llamarse "de Suidas", pero al que ahora se prefiere llamar "la Suda", sin que se sepa bien qué es lo que esto significa. En el s. xi, un periodo de relativa estabilidad y prosperidad, con Constantino VIII y sus tres yernos que le sucedieron, sirvió para que floreciera el gran Psellos (v.), filósofo, gramático y filólogo ya en el verdadero sentido de la palabra, puesto que comenta con tino a muchos clásicos; en cambio, el prolífico Tzetzes, del s. XII, pobre y pedigüeño, luce más por la masa de sus escritos que por el acumen desplegado en ellos. Al mismo momento pertenecen la princesa Ana Comnena, comentarista de los antiguos, y el arzobispo Eustacio, persona muy inteligente que no sólo trabajó en forma magnífica sobre Homero, sino que representó una fuerte tendencia de vuelta en lo posible a la cultura clásica. Por entonces ya los viajeros de Occidente estaban empezando a hallar en la gran ciudad desconocidos tesoros, sobre todo manuscritos que iban siendo enviados a Europa, y es lástima que la conquista de Constantinopla por los latinos, en 1204, haya representado la destrucción de muchísimos códices valiosos.La época de los Paleólogos, más tranquila en lo interno aunque latente siempre la amenaza turca, ofrece ya verdaderos filólogos que en casi nada se diferencian, o incluso aventajan, a los sabios renacentistas de la Italia del XIV y XV: Máximo Planudes, Manuel Moscopulo y Tomás Magister, de entre el s. XIII y el XIV y Demetrio Triclinio, en este último siglo, vuelven a ser, como los filólogos de la helenística Alejandría mutatis mutandis, verdaderos editores y hermeneutas de lo clásico. Por otra parte, puede decirse que desde el. s. IX hasta el fin de Bizancio son muy pocos los autores griegos que se han perdido; así como también que la toma misma de la ciudad por los turcos, en 1453, no resultó excesivamente calamitosa en este concepto, pues ya desde hacía tiempo llegaban _a Occidente millares de estupendos códices.Los s. VI-VII representan tal vez el más bajo nivel de las Humanidades en Occidente: el papa S. Gregorio Magno (v.) desconoce el griego, se confiesa incapaz de seguir las normas de Donato y condena las frivolidades estilísticas de Cicerón y las idolatrías narradas por Livio; Gregorio de Tours (v.), historiador de los francos, escribe muy mal latín; Venancio Fortunato (v.), conocedor de muchos clásicos, ignora por completo la prosodia, y sólo alguna mejor preparación muestra el senequista S. Martín de Dumio (v.). En el s. vii, un gramático que se llama a sí mismo "Virgilio Marón" presenta a los dómines de su tiempo preguntándose por el vocativo de ego o llegando a las manos tras larga discusión sobre los verbos incoativos, y es curioso que una todavía débil e imprecisa luz haya llegado a este respecto de Irlanda, donde nace hacia el 543 el monje S. Columbano (v.), aceptable escritor en latín que fundó en Italia el monasterio de Bobbio, verdadera cuna de los clásicos relativamente redivivos con 666 manuscritos latinos en su primer catálogo. Algo parecido hizo su compatriota S. Galo con la creación del monasterio de St. Gallen, en Suiza, tan importante como el de Bobbio en esta fundamental misión. Entre el s. vi y el vii sobresale S. Isidoro (v.), obispo de Sevilla, cuyos Origines representan una compilación enciclopédica destinada, como ocurrió algo más tarde en Bizancio con lo griego, a salvar todo lo disperso que en cuanto a Antigüedad andaba por la antigua Hispania. Poco a poco, las actividades humanísticas van des-de entonces reavivándose: Beda el Venerable (v.) en Inglaterra y S. Bonifacio (v.) en Alemania (s. VII-VIII) representan un escalón ascendente más, como, entre el s. viIi y el tx, Alcuino (v.), que pasó de Inglaterra a Francia para ser cabeza del llamado renacimiento carolingio, inspirado por Carlomagno, el cual cristalizó en la creación de multitud de escritorios dedicados a la copia de los antiguos manuscritos. El propio Alcuino escribe una serie de tratados sobre Gramática, Retórica, etc., y demuestra conocer bien a Virgilio y Horacio, pero ignora casi todo de Homero. Su sucesor, en la dirección de lo que pudiéramos llamar la escuela, fue prácticamente Teodulfo, poeta latino excelente, y una rama de la misma pasó a Alemania en la persona del polígrafo Rabano Mauro. Todos estos autores y promotores de cultura se centran principalmente en los clásicos latinos, pero sin olvidar a los griegos, tanto menos cuanto que, p. ej., Carlomagno abrigó proyectos de alianza y aun matrimonio con la casa imperial de Constantinopla.El s. IX presencia la invasión de Inglaterra por los daneses y, con ello, nueva dispersión de los beneméritos monjes irlandeses; entre ellos el gran erudito Juan Escoto Eriúgena (v.) se establece otra vez en la corte del que era entonces Emperador, Carlos el Calvo. Pero vuelven los malos tiempos: en el s. X apenas se salvan la monja alemana Rosvita, que nos transmite seis comedias de estilo terenciano y el papa Gerberto (Silvestre II; v.), laborioso trabajador sobre los clásicos. En el s. XI, las personalidades humanísticas son casi nulas, pero se hace cada vez más intenso el trabajo de copia en la escuela de Chartres y en otras, y el s. XII ofrece un gran apogeo de la llamada escolástica (v.), muy importante por lo que trae consigo de búsqueda de fuentes aristotélicas, pero estéril en lo propiamente filológico. Mientras tanto, en España, donde ya Avicebrón (v.) en el xt había percibido ecos neoplatónicos a través de fuentes árabes, Avempace (v.) y Averroes (v.) y el judío Maimónides (v:) resultan fundamentales en este aspecto. Bien conocidos entre nosotros son los logros de la escuela de traductores de Toledo (v.), en que se ocuparon, durante los s. XII-XIII y como valiosos transmisores de sectores de la filosofía y ciencia griega a través del árabe, una serie de estudiosos españoles y extranjeros. Ésta es aportación básica en el orden filológico a la cultura occidental.3. Renacimiento. Italia. La relativa elevación del nivel de vida después de los siglos más calamitosos de la Edad Media trajo consigo una mayor libertad para la dedicación a esta clase de estudios, que desde siempre se habían tenido por apasionantes. El enciclopedista Brunetto Latini y su inmortal discípulo Dante Alighieri (v.) pueden ser considerados, entre el s. xiii y el xiv, como precursores en este aspecto de una corriente que iba a hacerse impetuosa ya en Petrarca (v.), entusiasta de unos clásicos a los que apenas intuía, pues desconoció el griego y no pudo tampoco leer a muchos autores latinos. Pero su influencia fue, sin duda, lo que indujo a Boccaccio (v.) a convertirse en un verdadero, aunque incipiente, humanista, que conoce ya relativamente bien la literatura latina, se trae a Italia al mediocre Leoncio Pilato para que enseñe en Florencia convirtiéndose en el primer profesor de griego en Occidente y se jacta de ser el primer italiano que, a duras penas y con ayuda, se ha acercado al texto original de Homero.La floración de humanistas en Italia es extraordinaria; nos limitaremos aquí a citar, entre los s. XIV y XV, a Coluccio Salutati, descubridor de Catón y de parte de las cartas ciceronianas, uno de cuyos éxitos consiste en haber invitado al humanista bizantino Manuel Crisoloras para que fuera profesor de griego en Florencia, como foco de propagación de lo helénico; Poggio Bracciolini, infatigable recuperador de códices latinos; Aurispa, que hizo lo mismo con los griegos, entre ellos el famoso A de la Ilíada; Filelfo, que se trajo muchísimo material de Constantinopla;- Ciriaco de Ancona, colector de inscripciones y obras de arte; Leonardo Bruni, traductor de obras griegas; Guarino de Verona, ya helenista y latinista a la vez; Victorino da Feltre (v.), que funda en Mantua una verdadera escuela de Humanidades con espíritu pedagógico; y algunos griegos que recorrían en exilio las tierras occidentales, como el neoplatónico Gemisto Pletón y el cardenal Bessarion (v.), fundador de la célebre biblioteca Marciana de Venecia. A lo largo de los s. xv y xvi a esta corriente inmigratoria vendrían á sumarse el gramático Teodoro Gaza, los traductores Jorge Trapezuntio y Juan Argiropulo y el principal, Demetrio Calcóndiles, al que se tuvo por un segundo Platón y que figura con Ficino y Poliziano en un fresco de Ghirlandajo, y algo más tarde, Constantino y Jano Láscaris, no emparentados entre sí. El primero es autor de un pequeño manual de Gramática que fue el primer libro impreso en griego; profesor y copista industrioso, resulta importante para España porque muchos de los códices copiados o poseídos por él, que había legado a la ciudad de Messina, terminaron en la Biblioteca Nacional de Madrid. En cuanto a Jano, merece mención, entre otras cosas, porque fue uno de los introductores del Humanismo (v.) clásico en Francia, con su ayuda a Francisco I en la fundación de la Biblioteca Real de Fontainebleau y sus lecciones de griego a Budé.Entre los italianos, es inexcusable mencionar al papa Nicolás V (1447-55; v.), gran colector de manuscritos y autor de un ambicioso proyecto de traducción de los principales prosistas griegos al latín. Entre sus colaboradores en esta tarea, que quedó muy incompleta, están Poggio y Guarino, pero especialmente, como traductor de Heródoto y Tucídides, Lorenzo Valla (v.), escritor elegantísimo en latín y humanista de gran finura de espíritu, aunque quizá menos técnico que otros como crítico. Algo parecido cabe decir de Marsilio Ficino, alma de la Academia platónica patrocinada en Florencia por los Médicis, que no sólo tradujo al gran filósofo en forma impecable, sino que se propuso como ardua tarea la de armonizar las enseñanzas platónicas con el cristianismo. Figura singular de la Academia fue también el malogrado Pico della Mirándola (v.), que aspiraba a la imposible labor de síntesis de todos los conocimientos. e ideas humanas; así como Angelo Poliziano, probablemente el primer italiano que conocía el griego clásico como los inmigrantes bizantinos. Gran poeta en varias lenguas, se muestra también consumado filólogo en sentido estricto con su Miscellanea, publicada en 1489, verdadera colección de artículos científicos.Otra Academia importante con objetivos parecidos fue la creada en Nápoles durante el reinado de Alfonso V de Aragón (v.); allí actuaron, p. ej., los poetas Pontano y Sannazaro (v.), célebre este último por su introducción en Italia de la imitación bucólica. Roma, por el contrario, desde la muerte de Nicolás V pasó por un periodo en que los Papas se desinteresaron algo de las Humanidades. Pero ya en tiempos de julio 11 pinta Rafael su Escuela de Atenas, probablemente basada en ecos del cenáculo platónico de Florencia; Erasmo (v.) visita Italia trayendo alientos a sus humanistas, y la Academia romana, que languidecía, cobra nuevo espíritu como un presagio de la época dorada de León X (1513-21), llena de entusiasmo hacia lo clásico y con figuras como la del Bembo (v.), consumado latinista, al que, algo más tarde (pues su larga vida se extiende hasta 1585), sucede Pedro Victorio, como buen helenista italiano y el máximo, y en cierto modo final, representante de esta brillante eclosión humanística. Sus ediciones correctísimas y sus Variae lectiones son ya especímenes de lo que iba a ser y en parte estaba ya siendo la menos estetizante f. de la escuela francesa.Hay que referirse al trascendental acontecimiento, sin el cual la floración humanística habría sido imposible, que presentó la invención de la imprenta y la elaboración de tipos griegos para ello. En 1465, Fust y Schoeffer editaron en Maguncia el De of ficiis de Cicerón; en el mismo año, Swynheym y Pannartz dieron a la luz en Subiaco el De oratore; al 1476 corresponde- la citada edición milanesa de Láscaris; dos o tres años más tarde aparece en Milán un Esopo, y en 1494, el Museo impreso en Venecia por Aldo Manucio, a quien tantos clásicos griegos se deben entre dicho año y el 1515, fecha de su muerte. Manucio, además, no se limitó al aspecto material de la impresión, sino que creó una nueva Academia para el mejor estudio de los textos; atrajo a Venecia a buenos especialistas griegos, como lano Láscaris y el cretense Musuro, discípulo suyo y se relacionó con humanistas no italianos, como el inglés Linacre y sobre todo Erasmo, que en 1508 pasó nueve meses junto a él cuidando varias ediciones y traducciones.Difusión europea de la Filología clásica y Humanismo. Erasmo representa en varios aspectos (cosmopolitismo; afán de difusión del Humanismo, sobre todo en dirección a los países nórdicos; gran visión educativa; depurada técnica filológica; atención por igual al latín y al griego; aspiración a la libertad crítica incluso en materias espinosas como el N. T., que editó en 1516) lo que luego iba a ser el ideal de las sucesivas escuelas filológicas francesa, inglesa y alemana. Su reputación fue enorme, y a ella se debe, p. ej., que injustamente le sea atribuido el sistema de pronunciación del griego llamado erasmiano, a pesar de que fue Nebrija (v.) su promotor. Los estudios clásicos españoles cronológicamente se anticipan a los del resto de Europa, salvo Italia, aunque, en cambio, su volumen e influencia no han sido demasiado grandes. Sin embargo, los precedentes del Renacimiento clásico español son antiguos. Los primeros años del s. xiv presencian las expediciones a Oriente de los catalanes y aragoneses, que tantos horizontes abrían en este sentido, y en virtud de las cuales, y de otros sucesos similares, el reino de Aragón es el primero en abrirse al culto de lo antiguo: el gran maestre Fernández de Heredia (m. 1396) fomentando las traducciones de obras griegas, Lo somni de Bernat Metge (v.) con imitaciones de Cicerón y Ovidio, el rey Pedro IV (v.) extasiado ante las ruinas de la Acrópolis. En 1443, Alfonso V crea el citado centro humanístico en Nápoles, del que son astros, con los italianos antes mencionados (y con Filelfo, Peggio, Jorge Trapezuntio, Bessarion, Teodoro de Gaza, Valla, todos protegidos por él), españoles como su sobrino el príncipe de Viana, traductor de Aristóteles. Bastante antes, en 1365, el cardenal Albornoz (v.) había fundado en Bolonia el Colegio de S. Clemente, en el que tantos humanistas habrían de formarse, y los Conc. de Constanza (1414; v.) y Basilea-Ferrara-Florencia (1431-45; v.) dieron lugar también a influencias e intercambios beneficiosos.Verdaderos humanistas, son, pues, ya Alonso de Cartagena, Enrique de Villena, Juan de Mena (v.), el marqués de Santillana (v.), cuya labor literaria es bien conocida, y es posible hallar rasgos platonizantes, p. ej., en Ausiás March (v.). Son, con todo, los Reyes Católicos quienes, influidos por buenos maestros como la Latina Beatriz Galindo (v.) y con la asesoría de humanistas italianos venidos a España, Lucio Marineo el siciliano y Pedro Mártir de Anglería (v.), ponen de moda en la corte las Humanidades (jugaba el rey, eran todos tahures: estudia la reina, somos agora estudiantes, anota irónicamente Juan de Lucena) y apoyan al gran propulsor de empresas humanísticas que fue el cardenal Cisneros (v.), fundador de la Univ. de Alcalá y director de la gran Biblia Políglota (v. BIBLIA VI, 8), orgullo de la España de entonces, cuyo texto griego del N. T. se anticipó dos años al mencionado de Erasmo, aunque no saliera realmente al público hasta algo después. Surge entonces el portugués Arias Barbosa, antiguo alumno del Poliziano, que enseña griego en Salamanca; y en seguida Elio Antonio de Nebrija, que se formó durante nueve años en Italia y fue luego humanista completo en Sevilla, Salamanca y Alcalá: autor de una gramática latina, dos grandes diccionarios latino-español e hispano-latino, multitud de comentarios, etc. Otros humanistas españoles de talla son Hernán Núñez de Valladolid, el llamado Pinciano, editor de Plinio, Séneca y Mela; Francisco y Juan de Vergara, helenistas consumados y autor el primero de una excelente Gramática griega (1537); Francisco Sánchez de las Brozas (v.), autor de la Minerva, manual de lengua latina que gozó de gran reputación; Andrés Laguna, traductor y enmendador de Dioscórides; López de Villalobos, traductor de Plauto; Antonio Agustín, jurista, arqueólogo, colector de códices y libros, comentador de muchos clásicos; el ciceroniano Ginés de Sepúlveda; Pérez de Oliva, que se atreve, probablemente antes que nadie, a traducir a una lengua moderna (el castellano) tragedias de Sófocles y Eurípides; los aristotélicos Pedro Simón Abril (v.) y Pedro Juan Núñez, editor del lexicógrafo Frínico; los platónicos León Hebreo (v.) y Miguel Servet (v.); Pedro Chacón, estudioso de los realia romanos, y en Portugal el muy notable latinista Aquiles Estacio. Esta larga y brillante serie abarca todo el s. xvi y llega hasta los principios del xvtt, en que el jesuita Juan Luis de la Cerda edita magníficamente a Virgilio. A. Bell ha relacionado tales figuras con un generoso sustrato, en pueblos y ciudades, de docencia y cultura humanísticas, que es realmente característico de aquella España (cfr. o. c. en bibl.).Desgraciadamente, tanto esfuerzo quedó sin apreciable continuación a lo largo de los siglos siguientes. Luis Gil ha estudiado las razones de la rápida decadencia, que no lo fue tanto, según él, porque los panegíricos acerca del Renacimiento español han sido excesivos. Esto es algo discutible, pero resulta evidente que en el mediano éxito de los humanistas españoles, frente a los logros de Italia y de otros países, influyó ante todo lo que se ha llamado "integralismo" de la formación española renacentista, una propensión a desatender el pormenor filológico y crítico en aras de la búsqueda del "hombre entero" realizado en la creación política, militar o artística. Se desecha, pues, el latín para preferir el más práctico y más fácil castellano; se buscan celeridad y éxito rápido en las carreras; los métodos pedagógicos no se perfeccionan; el humanista carece de prestigio social; ciertos estudios filológicos son mirados con recelo y aun perseguidos (no se olvide el gran influjo de Erasmo sobre figuras como Luis Vives, los Vergara, los Valdés, Cristóbal de Villalón, aunque el gran humanista -non placuit Hispania- nunca llegó a visitar este país); la política internacional y otras circunstancias provocaron aislamiento cultural nada provechoso; la penuria económica y la falta de medios editoriales eran grandes, y, en fin, Felipe II se equivocó al crear su soñado gran centro de estudios humanísticos en la soledad y lejanía de El Escorial (v.).Algunos de estos hechos contrastan totalmente con lo que por entonces ocurría en Francia, y ello explica la aparición allí de una poderosa escuela que se caracteriza por gran sobriedad y precisión en los métodos filológicos, pero que, por lo demás, tampoco duró mucho tiempo. En ella descuellan Guillaume Budé (s. XV-XVI), autor del folleto propagandístico De Plhdologia, que persuadió a Francisco 1 para que fundara lo que luego sería el Collége de Franco; Julio César Escalígero, italiano avecindado en Francia, cuyo De causis Latinae linguae se hizo famosísimo; marginalmente, el gran escritor Rabelais (v.), y, ya bien entrado el xvi, Roberto Étienne o Estéfano, Turnébe, el traductor plutarquiano Amyot, Pierre de la Ramée o Pedro Ramus, Lambin; Muret, que terminó su vida en Italia; Enrique Estéfano, hijo de Roberto, editor de Platón y autor de un Thesaurus Graecae Linguae al que todavía hoy se remonta la mayor parte de los diccionarios; La Boétie y su muy amigo Montaigne (v.); la insigne estrella de los estudios latinos que fue José justo Escalígero, hijo de Julio César, y otro gran erudito, Isaac Casaubon, yerno de Estéfano el joven, que vivió hasta 1614 después de dejar una excelente labor en f. griega. Al lado de tales figuras desmerecen un tanto los más inmaduros humanistas de otras tierras europeas: Nicolás de Cusa (v.) y Rodolfo Agrícola (s. xv), Reuchlin y el protestante Melanchthon, v. (s. xv-xvi) y Camerarius (s. xvi) en Alemania; Canter (s. xvi) en Holanda; el mencionado Linacre (s. xv-xvi) en Inglaterra; Gesner (s. xvi) en Suiza; el grupo humanístico formado (s. xv) en torno al rey húngaro Matías Corvino; etc.4. Del siglo XVII a la actualidad. El s. xvtt es más bien en toda Europa una época de estancamiento y trabajo, quizá intenso, pero poco lucido: cabe citar - con elogio los nombres del gran latinista holandés justo Lipsio, que estuvo en relación con Quevedo (v.), única figura notable del Humanismo español de entonces; el inglés Francis Bacon (v.); el gran polígrafo alemán Vossius; Hugo Grocio (v.), holandés, maestro de juristas; los franceses Salmasius y Du Cange, autor este último de varios diccionarios fundamentales; los poetas ingleses Milton (v.) y Dryden (v.); Gronovius, hamburgués y muy buen latinista; los franceses Mabillon y Montfaucon, padres de toda la Paleografía griega y latina; etc.Las tres primeras cuartas partes del s. XVIII ofrecen, en lo que atañe a lo humanístico, un curioso contraste: por una parte, de acuerdo con el ideario de la Ilustración (v.), que cree en el constante progreso de la Humanidad, los autores griegos y latinos son juzgados menos interesantes y refinados que los modernos: es la famosa querelle que con tanto apasionamiento se desarrolló, sobre todo en Francia. Pero, por otra parte, los mismos avances científicos de ese progreso recurren sin cesar al griego para los neologismos técnicos; el descubrimiento de Pompeya y Herculano con la aparición de estatuas y papiros, corrobora el interés hacia lo clásico; el conde de Caylus, viajero y tenaz coleccionista de obras de arte, llama la atención nuevamente sobre los modelos clásicos; la tragedia, concebida por Boileau (v.) según el patrón de las tres unidades pseudoaristotélicas, llena los escenarios europeos; la poesía anacreóntica es practicada hasta la saciedad y no es España, gracias a Meléndez Valdés (v.) y otros, de los países menos distinguidos en este género; e incluso en los finales del siglo, tras los dramas de la Revolución francesa, percibimos la moda de lo antiguo en las posturas teatrales de los oradores políticos, amigos de compararse con Demóstenes o Catón.Pero, a pesar de todo, la f. c. vuelve a mostrar languidez y amaneramiento en varios países. Desde luego, en España. Aquí tenemos muchas noticias del gran retraso en que se encuentran estos estudios, salvo logros aislados como el buen catálogo de los códices griegos de Madrid debido a Juan de Iriarte. Apenas había imprentas que dispusieran de tipos helénicos, y la ignorancia del griego y hasta del latín era general. Sólo unos pocos traductores (Estala, Canga Argüelles, algo más tarde Ranz Romanillos) destacan algo; pero los vetustos Pedro Juan Núñez y el Brocense siguen siendo utilizados como libros de texto, y el relativo reducto de Humanidades que representaban los colegios de jesuitas desaparece con la expulsión de éstos; además, Feijoo (v.) y Jovellanos (v.), empeñados en encarrilar a España por la senda del progreso y de las luces a la francesa, atacan la educación clásica como fuente de atraso y rutina.Pero tampoco en el resto de Europa surgen grandes talentos filológicos entre 1700 y 1750 salvo quizá en Holanda, donde destaca el helenista Tiberio Hemsterhuys, y, desde luego, en Inglaterra, que, un poco en tono menor, ostenta la primacía humanística con genios como Richard Bentley, brillantísimo filólogo, descubridor de la no autenticidad de las cartas de Fálaris y de la digamina homérica; Pope (v.), gran traductor de Homero; Markland, Taylor y otros algo más tardíos como Tyrwhitt y Porson, extraordinario helenista. Todo ello apoyado por una buenísima enseñanza de las Humanidades en los colegios, de modo que los grandes políticos y oradores Chatham, Burke, Fox y Pitt y el historiador Gibbon, autor del famoso Decline and Fall of the Roman Empire, escribían y actuaban totalmente impregnados de las más puras esencias clásicas. En el continente, aunque, como dijimos, haya también imitación externa y culto "romántico" de los antiguos, no merecen mención sino, en Alemania, el genial Leibniz (v.), no profesional de las Humanidades, pero bien dotado para ellas; los excelentes filólogos Juan Matías Gesner y Juan Jacobo Reiske y en Francia, d’Ansse de Villoison, cuya publicación de los escolios venecianos a Homero llamó la atención de Wolf. Con lo cual, anota Sandys, el último erudito de la vieja escuela había forjado inconscientemente las armas del primero de la nueva.Porque, efectivamente, una profunda renovación, en campo tan invadido entonces por el tecnicismo y la rutina, representa el nuevo aire que los grandes prerrománticos alemanes traen consigo: Winckelmann (v.), padre de toda una Arqueología moderna basada en los objetos y no en los libros; Lessing (v.), creador de una nueva estética; Mieland (v.), que aporta ideas nuevas a la literatura comparada; Herder (v.), filósofo de la Historia, de la F. y de la Lingüística; W. von Humboldt (v.), fundador, con un nuevo espíritu, de la Univ. de Berlín; Niebuhr (v.), el excelente historiador de Roma, en cierto modo, aunque no alemán de nacimiento, el inmortal poeta Leopardi (v.), que pudo haber sido magnífico f. c. y con gran sensibilidad hacia la Antigüedad, y con ellos, influyendo profunda, aunque marginalmente, en la F. con su ideario lleno de luz, Goethe (v.), Schiller (v.), Hólderlin (v.) y los Schlegel (v.) entre otros.No es extraño que, junto a estos que pudiéramos llamar teorizantes, apareciera una pléyade de verdaderos filólogos, más interesados en la interpretación de los textos en sí que en la formulación de difíciles y vagas tesis. A la cabeza de la nueva era se suele situar al insigne Federico Augusto Wolf, que en 1777 se matriculó en Gotinga como el primer studiosus Philologiae y escribió, entre otras cosas, los Prolegomena ad Homerum, que, resucitando una teoría de Hédelin d’Aubignac, planteaban nada menos que la gran cuestión homérica. Pero a Wolf había precedido, ya dentro de la nueva escuela, un gran filósofo como Cristián Gottlob Heyne, y contemporáneo suyo era Voss, magistral traductor de Homero. Son, en cierto modo, la primera generación de una larga serie de grandes filólogos alemanes: Jacobs, el filósofo Schleiermacher (v.), Hermann, Lobeck, Thiersch, Welcker, Bekker, Boeckh, Meineke, Lachmann, K. O. Miiller, Ritschl (v.), Haupt, Droysen, Sauppe, Bergk, Jahn, Curtius, Zeller, Mommsen (v.), Nauck, el arqueólogo Schliemann (v.) Bernays, Kirchhoff, Westphal, Ribbeck, Bursiam, Hübner, Usener, Blass, etc. Junto a tan deslumbrante sucesión palidecen un poco en el resto de Europa, donde, sin embargo, la f. clásica va alcanzando extraordinario nivel, las figuras del griego Korais; los ingleses Elmsley, Gaisford y el historiador Grote con, algo más tarde, Jebb; el danés Madvig, el holandés Cobet; los franceses Boissonade, Cousin, Littré, con los beneméritos editores Didot y Nisard; italianos como el paleógrafo Mai, Comparetti y el gran poeta Carducci (v.), no filólogo de profesión, pero sí fino humanista, y, en fin, una lista interminable de nombres.Las citadas son casi todas ellas personalidades nacidas antes de 1843, fecha a la que sigue una década brillante, no sólo por el auge extraordinario de los estudios clásicos en Alemania (ya por entonces están bien prestigiadas las rev. Rheinisches Museum y Philologus, a las que algo más tarde seguiría Hermes), sino porque en ella nace otra magistral generación de humanistas también alemanes; Nietzsche (v.), que luego derivaría hacia la Filosofía, en 1844; Rohde en 1845; el gran Wilamowitz, probablemente el mayor filólogo clásico de todos los tiempos, en 1848; Kaibel en 1849, y luego una serie de figuras que llenan la segunda mitad del siglo pasado y primer tercio del actual; Beloch, Bethe, Bticheler, Leo, Meister, Meyer, Norden, Pohlenz, Schmia, Schwartz... Por entonces destacan, en el resto de Europa, el gran latinista inglés Lindsay; los franceses Croiset y Bérard, con el malogrado Graux, que tanto se ocupó del Humanismo español; grandes maestros italianos como Pais y Bignone, paralelos en F. a los inmortales poetas humanistas del tipo de Pascoli (v.) y D’Annunzio (v.); el polaco Zielinski... Son años en que el mundo comienza a apasionarse por los sensacionales hallazgos egipcios, que dan lugar a una potente ciencia, la Papirología (v.), en que ya entonces se afanan los ingleses Kenyon, Grenfell y Hunt, los franceses Jouguet y Collart, el italiano Vitelli, el alemán Wilcken y el austriaco Wessely.El estado de cosas sucesivo a la II Guerra mundial lo hemos podido apreciar más directamente. La política alemana, incómoda ya para quienes permanecieron en el país de entre los discípulos de Wilamowitz, como Klingner, Latte, Regenbogen, Schadewaldt y Snell, provocó además una emigración de consumados filólogos hacia Inglaterra (E. Fraenkel, Jacoby, Maas, Pfeiffer) y América (H. Fraenkel y Jaeger, que bien puede llamarse fundador de un nuevo humanismo más "humano" que el muy tecnificado de la vieja escuela germánica). Esto y los avances incesantes de la Papirología (en que, con la figura estelar del inglés Lobel y un maestro como el suizo Víctor Martín, ocupa lugar importante Italia con Calderini, Medea Norsa, Terzaghi, Vogliano), lleva consigo un cierto desplazamiento del centro de gravedad filológico hacia Inglaterra (con Murray como cabeza del movimiento y, con él o tras él, Bowra, Denniston, Dodds, Page, Powell y, no lejos de ellos, el historiador Toynbee, v.) y la propia Italia (Pasquali, Perrotta, Rostagni, Ussani), siendo no menos intenso el cultivo de las Humanidades en Francia (Carcopino, Chantraine, Dain, Ernout, Lejeune, Marouzeau, Mazon), Holanda (van Groningen y muchos otros), Austria (Lesky, p. ej.), Suecia (Lófstedt, Nilsson), etc.Esta magnífica situación ha traído consigo el hecho muy positivo de que, de manera más o menos directa, las ideas y mitos clásicos hayan sido vitales en la obra de prácticamente todos los escritores de los que nos consideramos hoy deudores en nuestro modo de entender la vida y la literatura, desde Mallarmé (v.) a Dürrenmatt (v.).Es, mientras tanto, un gran contraste el que se produce durante el s. XIX en España, donde, a causa principalmente de las guerras napoleónicas, las Letras clásicas llegan al más bajo nivel: entre 1796 y 1806 sólo 17 alumnos de griego se matriculan en Alcalá, y únicamente 39 entre 1825-37. El rendimiento de la enseñanza universitaria a lo largo de todo el siglo fue escaso: profesores como González Garbín, Brieva o Soms y Castelín no pasan de un mero cumplir en la Univ. de Madrid, donde destacan algo más, en parte por sus pintorescos rasgos, Camús, celebrado por Menéndez Pelayo, y D. Lázaro Bardón; un pequeño foco helénico es mantenido en Vitoria por los traductores Baráibar y Apraiz, y en Barcelona enseñan algo más a la europea Bergnes de las Casas, figura también estudiada por Olives y Balar¡. En los institutos, la eficacia es ínfima en latín y casi nula en griego, que acaba por desaparecer desde fines de siglo hasta 1938. Además, hay que señalar la mala fortuna del Humanismo español, que, después de haber sido pospuesto en el s. xvi y xvti a la formación "integral" y en el xvtii a la educación "europea", ve a los más prometedores de sus jóvenes estudiantes terminar por dedicarse a la crítica literaria, como Menéndez Pelayo (v.), que ya se iniciaba en f. latina, o a la literatura creativa, como Valera (v.) y Maragall (v.), o al ensayismo, como Ángel Ganivet (v.), que aspiró antes a ser helenista. El caso más claro es el de Miguel de Unamuno (v.), que, aunque ocupó con dignidad su cátedra de griego en Salamanca, no dejó nunca de considerar más importante que estos estudios el empeño regeneracionista que siguió al 98. Es notable, en cambio, que algunos escritores sin muchas Letras clásicas se hayan esforzado en dar a sus obras un meritorio tinte humanístico: Gabriel Miró (v.) y Pérez de Ayala (v.) y en alguna medida, Pérez Galdós (v.), Palacio Valdés (v.) y Antonio Machado (v.); o incluso Baroja (v.) en uno u otro pasaje.A partir de 1931, y como consecuencia de la actuación en las cátedras de una generación (González de la Calle, Pabón, Vallejo, Galindo, Moralejo, Balcells, Segalá, Bassols, el P. Errandonea, Echauri, García de Diego, Pariente) formada en mayor contacto con la f. extranjera, los estudios se reforman positivamente para las Humanidades en Madrid y Barcelona, y por entonces surgen la primera colección bilingüe (Bernat Metge, catalana, creada por Cambó, v.) y el primer grupo de estudios (Centro de Estudios Históricos) con la primera revista, Emerita. No es probablemente temerario relacionar estos avances con el sustrato clásico que empieza tímidamente a aparecer en una parte de la pintura de Picasso (v.), en el teatro de García Lorca (v.) y en rasgos aislados, p. ej., de Alberti (v.) y Cernuda, y, desde luego, hay aliento ya francamente humanístico en la producción poética del mallorquín Costa i Llobera (v.) y de los catalanes Carles Riba (v.), excelente llelenista, y Salvador Espriu (v.); mientras, en castellano, las filosofías de Ortega y Gasset (v.) y d’Ors (v.) dejan traslucir bases humanísticas y Marañón (v.), Pemán (v.), Buero Vallejo (v.) y Cunqueiro se muestran muy atentos a lo clásico en parte de sus respectivas obras. Ni tampoco en Hispanoamérica ha desaparecido un tenue, pero tenaz, contacto académico con los clásicos, que se refleja en filólogos notables como el P. Restrepo y figuras geniales como Rubén Darío (v.) y, últimamente, dentro del excelente momento literario que están viviendo, grandes autores como Jorge Luis Borges (v.) y Gabriel García Márquez (v.). Por lo demás, los años 1940-70 han sido francamente alentadores en España para un cultivo intenso de la f. c. y el porvenir se muestra despejado y apenas entenebrecido por la inconstancia estatal en cuanto a la permanencia del griego y latín en los planes de estudios medios y universitarios.V. t.: I; ANTIGUA, EDAD; CLASICISMO; HUMANISMO.MANUEL FERNÁNDEZ-G.ALIANO.
BIBL.: J. APRAIZ, Apuntes para una historia de los estudios helénicos en España, Madrid 1874; A. F. G. BELL, Notes on the Spanish Renaissance, "Rev. Hispanique" LXXX (1930) 319-652; R. R. BOLGAR, The Classical Heritage and its Beneficiaries, Cambridge 1963; J. K. DEMETRIUS, Greek Scholarship in Spain and Latin America, Chicago 1965; M. FERNÁNDEz-GALIANO, Sobre el pasado, el presente y el porvenir del griego en España, "Anales del Instituto `Isabel la Católica’", Madrid (1950) 61-78; A. FONTÁN, Introducción al Humanismo español, "Atlántida" 22 (1966) 443-453; L. GIL, El humanismo español del siglo XVI, "Estudios Clásicos" XI (1967) 209-297; F. HIGHET, The Classical Tradition. Greek and Roman Influences on Western Literature, Oxford 1959; W. KROLL, Historia de la Filología clásica, Barcelona 1941; M. MENÉNDEZ PELAYO, Bibliografía hispano-latina clásica, Madrid 1950-53; ÍD, Biblioteca de traductores españoles, Madrid 1952-53; I. MUÑOZ VALLE, Actitudes ante la cultura clásica a lo largo de la Historia, Madrid 1971; R. PFEIFFER, History of Classical Scholarship from the Beginnings to the End of the Hellenistic Age, Oxford 1968; G. RIGHI, Historia de la Filología clásica, apéndice de J. ALsINA, Barcelona 1967; D. RUBIO, Classical Scholarship in Spain, Washington 1934; 1. E. SANDYS, A History of Classical Scholarship, Cambridge 1908; A. TOVAR, Lingüística y Filología clásica. Su situación actual, Madrid 1944; R. G. VILLOSLADA, Renacimiento y Humanismo, en Historia general de las Literaturas hispánicas, 11, Barcelona 1951, 317-433; U. vox WILAMOWITZ, Geschichte der Philologie, Leipzig 1959.
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