Federico I de Alemania, Barbarroja
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Biografía GER
N. en 1122, hijo del duque Federico II de Suabia y de su esposa, Judith, de la Casa Bávara de los Welf (Güelfos), no estaba destinado en principio para la monarquía, sino que sucedió a su padre en el Ducado, en el año 1147. Sin embargo, al ser designado sucesor por su abuelo Conrado III, fue elegido por los príncipes del reino, el 4 mar. 1152, rey de los romanos, en Frankfurt del Main, no solamente porque perteneciera a la dinastía de los Hohenstaufen y de los Welf (Güelfos), sino con la esperanza de que arreglara las ya tan largas rivalidades existentes. F. tenía además una personalidad íntegra y sin complicaciones que unido a su aspecto exterior (llamado por los italianos Barbarroja a causa de su barba) y su alegre temperamento, sabía ganar los corazones y correspondía ampliamente a la imagen ideal de la época caballeresca. F. consiguió el esperado arreglo en Alemania, en parte por medio de un acuerdo con los príncipes, por el que confirmaba el proceso de disolución de los ducados hereditarios, mediante la formación de principados medianos (separando Austria y la marca de Estiria de Baviera, Moravia de Bohemia y Westfalia de Sajonia) y sin poner obstáculos a la territorialización de los principados. Los peligros que con ello podían resultar al reino trató de eludirlos, colocándose él mismo al frente de esta territorialización. Por medio de la herencia, compra y cambio, extendió el territorio del reinado, que al final llegaba desde la Alsacia y Suabia, vía Franconia y Alto Palatinado, hasta la actual Sajonia. El centro de gravedad fue trasladado al territorio del Lago de Constanza, y por medio de la protección de los pasos de los Alpes y también por su matrimonio con Beatriz, heredera del Franco Condado de Borgoña, en el año 1156, después de que su matrimonio con Adela de Vohburg fue declarado nulo en el año 1153 por el papa Eugenio III (v.), estuvo vinculado a la política italiana. Ministros del reino se encargaban del gobierno en estos territorios. Allí se efectuaba la fundación de ciudades desde el punto de vista estratégico o fiscal, con lo cual el pensamiento feudal de F. estaba reservadamente frente a la burguesía que aspiraba a la autonomía. F. ligó la nobleza dinástica al reino con la formación de una enérgica pirámide feudal, con lo cual resultaba una delimitación de su calidad de príncipes de aquellos que recibían sus feudos directamente del rey. Por el Derecho feudal se decidía también la posición de los príncipes eclesiásticos; el compromiso de lealtad de los príncipes al rey resistió la pesada carga de la lucha con Alejandro III (v.). Al mismo tiempo, este sistema mostró su eficacia en el proceso contra Enrique el León, duque de Baviera y Sajonia. F. había soportado la oposición de su primo Enrique en Baviera y Sajonia y su política de lucro despiadada, a pesar de las quejas frecuentes por parte de sus pequeños príncipes, con objeto de evitar una competición de fuerzas. Sólo después de que el Güelfo se negó a prestar ayuda militar en Chiavenna en 1176, contribuyendo con ello a la derrota de Legnano y desde que a partir del año 1177 reinaba la tranquilidad en Italia, abandonó F. su actitud de reserva. Enrique el León no estaba obligado a prestar ayuda jurídicamente, pero había faltado al principio ético de fidelidad. En la Dieta celebrada en Espira en 1178, F. aprovechó entonces la ocasión de la queja de los príncipes de la Alemania del Norte para abrir una causa de Derecho común contra el Güelfo e infligirle el destierro si no comparecía. Su no aparición al juicio equivalía al menosprecio de la dignidad imperial, y causó además un proceso de Derecho feudal que condujo a la abolición de todos sus feudos imperiales en enero de 1180. La destrucción del poderío Güelfo (Westfalia fue adjudicada al Arzobispo de Colonia y Baviera al Conde palatino Otón de Wittelsbach) se adaptaba de esta manera a la formación de principados más pequeños. En el anuncio de su elección, habló F. al papa Eugenio 111 (v.) de la reforma del Imperio. Su convicción de figurar como sucesor de los salios motivó su voluntad de restaurar el Imperio tal como había sido antes de Enrique IV (v.), pero al mismo tiempo creó algo nuevo. La base era, lo mismo que antes, la idea de la gran monarquía franca. Poco tiempo después de la canonización de Carlomagno (1165) por el antipapa Pascual 111 a instancias de F., que quería así reforzar el prestigio imperial, F. formulaba: "seguimos el ejemplo de los reyes y emperadores divinos que nos precedieron, particularmente del más grande, el glorioso emperador Carlos, lo mismo que su forma de vivir y de gobernar a los súbditos, y en calidad de sucesores suyos, los tenemos siempre presentes, y los imitamos defendiendo el derecho de las iglesias, la integridad del Estado y la inviolabilidad de las leyes en todo nuestro imperio". Aunque los reyes vecinos serían tratados con el despreciable título de rex provincialis o de regulus, tomado del Derecho romano, que demostraría su segundo rango, F. no se consideraba destinado para el dominio universal, sino que consideraba que la responsabilidad de este mundo, que también encerraba una responsabilidad hacia la Iglesia, era una tarea del Imperio. Dios le había confiado esto de una manera directa. Este pensamiento tenía un acento especial después de que la unidad del Imperio y de la Iglesia había sido quebrantada en la guerra de las Investiduras (v.).La creciente comprensión para los principios autógenos del poder temporal fue expresada con el uso por vez primera del concepto de "Sacro Imperio", revelando con ello una refundición de los antiguos conceptos romanos. Desde que la nobleza y dignidad de Roma habían decaído, el Franco, conforme al sentido de la palabra, había -atraído a la nobleza, que continuaba en Roma en una lucha valiente. Con este argumento se había tendido un puente hacia el antiguo Imperio; F. rogó a su tío, el obispo Otón de Freising, que narrara en la historia de los grandes Imperios universales también la última, la romana, hasta la víspera de su reinado. La política activa del emperador Manuel incitaba por lo demás a la imitación de los modelos bizantinos; ya su antecesor Conrado se había nombrado Emperador antes de la coronación imperial, y F. hizo también coronar a su hijo mayor Enrique> en el año 1169, como heredero. Bajo estas circunstancias, la política italiana no podía ser una continuación de la reforma del Imperio en Alemania, sino que era principalmente una esencial parte integrante de los esfuerzos de restauración en el marco del nuevo pensamiento imperial. El tratado de Constanza del año 1153 entre F. y Eugenio 111 (v.), se proyectó no sólo para renunciar a la política de alianza de Conrado 111, una defensa en común contra la actividad bizantina, sino también como una ayuda recíproca sobre la base de la solidaridad de los dos poderes más importantes del Occidente. F. emprendió con ello una restauración del sistema otónico-sálico de la Iglesia imperial, siendo la curia sólo una reactivación de la función protectora del gobernador imperial, después de que durante la guerra de las Investiduras la primacía de lo espiritual en el Papado les había sido reconocida. De estos diferentes conceptos resultaron ya pronto tensiones.En la primera expedición a Italia, receló F. en Sutri, a finales de 1154, un símbolo de su propia dependencia del vasallaje al Papado. Sin embargo, tomó el día 18 jun. 1155, de acuerdo con la tradición, la corona imperial de manos del papa Adriano IV. El gran influjo de Reinaldo de Dassel, Canciller desde mayo de 1155 y electo de la silla metropolitana de Colonia en 1159, contribuyó a la agravación de las tensiones mediante absurdos rigores; con ello volvió el significado de la palabra beneficio, con la que, en un escrito papal, la corona imperial estaba caracterizada, al sentido de feudo en la dieta de BesanQon. La política de recuperación imperial en la segunda expedición a Italia condujo finalmente a la ruptura. Las quejas de las ciudades de Lodi y Cremona sobre Milán dieron el impulso a una satisfacción en nombre del Imperio, y con ello también a una restauración de la autoridad del Imperio. En la campaña de Roncaglia en Piacenza, mandó F. comprobar por esto las regalías, según las normas que habían sido elaboradas por los juristas de Bolonia. Retiró aquellos derechos salidos en el Imperio durante el s. xi y los emitió renovados a cambio de rendimientos financieros. Una guerra abierta era inevitable, la cual, con una corta interrupción, duró del año 1158. a 1177; y el Papado estuvo de nuevo al lado de los Estados lombardos. La doble elección de Alejandro 111 (v.) y Víctor IV en otoño de 1159, dio a F. la ocasión de convocar un concilio en Pavía con la convicción de que la Providencia divina había designado al Imperio romano para la salvación del mal. El se decidió, naturalmente, por Víctor, porque éste vivía de acuerdo con las ideas de la nobleza y veía en el Emperador al señor de la Iglesia. Los reinos occidentales europeos estaban, sin embargo, tan alejados del concepto del mundo del Emperador y de la misma comprensión del Imperio que no acudieron al Sínodo de Pavía, sino que en un Concilio en Toulouse, en 1160, reconocieron a Alejandro formalmente. Particularmente el reino francés se empeñó tan bien como el alemán en la sucesión de Carlomagno, que F. se decidió en el año 1165 a canonizar al gran modelo Carlos a través del sucesor del antipapa Pascual III.La muerte de Reinaldo de Dassel, en 1167, trajo primeramente una lenta debilitación del frente. F. tuvo que reconocer que el paso que dio Enrique II de Inglaterra (v.) de obediencia al antipapa en 1165, solamente había tenido motivos de táctica, para colocar bajo presión a Alejandro III. En 1171 se encontraron F. y Luis VII de Francia en Vaucouleurs. Al mismo tiempo intentó F. llegar a un acuerdo con Alejandro, con lo cual conseguía una separación de los lombardos del Papado, que era necesaria. Sin embargo, el intento de una separación le llevó a la lucha sin éxito en Lombardía, de 1174 a 1176, y por último a la militar, aunque no decisiva, derrota de Legnano. La paz con Alejandro en Venecia, en 1177, y el tercer Concilio de Letrán en 1179 pusieron fin a la disputa. El Papa y el Emperador se reconocieron mutuamente y dejaron en lo esencial las condiciones de la actual situación de la política eclesiástica. La paz con las ciudades de la Italia septentrional se hizo en Constanza en 1183. F. reconoció la liga lombarda y la admitió en la paz del Imperio, y con respecto a las regalías llegó a ceder en puntos decisivos. La especial celebración de la fiesta de Pentecostés en 1184, en el día de la Corte de Maguncia (ceremonia en que se armaron caballeros a sus hijos Federico y Enrique) y la boda llena de esplendor de Enrique con Constanza, tía y heredera del rey de los normandos Guillermo II (v.), en Milán, en 1186, debían demostrar el poderío del Imperio. Pero en el fondo no estaba aún nada resuelto. Ni se habían impuesto las ideas del tratado de orden del Imperio en los países vecinos (la alianza de los Staufen y de los Capetos contra los Güelfos y los Anjou en Toul en 1187 fue una pura alianza sólo de intención), ni había el Papado cedido en principio en las cuestiones político-eclesiásticas. La amenaza del Estado eclesiástico por la perspectiva de la herencia de Sicilia, la contraria promesa imperial retenida por la bondad de Matilde y la lucha del obispado de Tréveris, condujeron a nuevas tensiones con el papa Urbano III (v.). No llegaron, sin embargo, a un comienzo abierto porque F., el día de la Corte de Cristo Jesús en Maguncia, en el año 1188, llevó la cruz y se decidió a emprender la tercera Cruzada. También la cuestión güelfa quedó abierta porque Enrique el León volvió del exilio inglés en 1189 (F. había emprendido entonces su viaje a Jerusalén), se apoderó del importante puerto de Lübeck y concertó en 1190 con Enrique VI (v.), regente del Imperio, una paz sólo provisional. En su recorrido por los Balcanes y Asia Menor se ahogó F. al cruzar a nado el río Salef (actualmente Tarsus Cayi), el 10 jun. 1190. La decisión cayó por esto principalmente sobre su nieto Federico II.ODILD ENGELS.
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