Esquilache, Marqués de (Leopoldo de Gregorio)
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Biografía GER
Ministro de Carlos III (v.). N. en Mesina (Sicilia) de familia humilde. Se desconoce la fecha de su nacimiento. Pudo ser ca. 1700. Según la información proporcionada por M. Danvila y Collado (o. c. en bibl., 11,299) se dio a conocer en la guerra de Italia, en 1742, en los servicios de intendencia del ejército. Retirado a su ciudad natal en 1748, fue llamado por Carlos VII de Nápoles (luego Carlos 111 de España), que le encargó la administración de las aduanas. Dos años después fue nombrado secretario de la Hacienda napolitana, puesto en el que confirmó su capacidad para obtener recursos con que aumentar el erario público. Cuando D. Carlos heredó el trono de España (1759), le hizo también su secretario de Hacienda, en sustitución del conde de Valparaíso (9 dic. 1759). En 1763, sustituyó en la secretaría de Guerra a Ricardo Wall. Junto con éste, como secretario de Guerra y Estado; Alfonso Muñiz, marqués del Campo del Villar, secretario de Gracia y Justicia; y Julián de Arriaga, secretario de Marina e Indias, formó el primer Gabinete de Carlos III. Tenía a su lado a un reformista anglófilo y regalista (Wall), a un colegial enemigo de las reformas (Muñiz) y a un aristócrata de la pequeña nobleza, conservador (Arriaga), que no representaba ningún peligro para la política reformista de E. Éste buscó el consejo de Ensenada (v.) y la colaboración de sus partidarios. No son de extrañar las reformas de E., fuera de la competencia de su departamento, pues gozaba de la confianza del rey, que vio en él la persona adecuada para cambiar el aspecto externo de una España que no le agradaba demasiado (sobre esta cuestión puede consultarse la correspondencia de Carlos 111 con su antiguo ministro en Nápoles, Bernardo Tanucci). E. llegó a ser una especie de primer ministro, de tendencia anglófila en su política exterior, que chocó con la francofilia de Grimaldi, secretario de Estado desde 1763.E. representa la nueva mentalidad ilustrada y reformista que trae a España Carlos III (v. DESPOTISMO ILUSTRADO). Hasta su caída en 1766 caracteriza un periodo de la política interior española dirigida por extranjeros principalmente, al igual que la política exterior. Su rápida carrera, su imprudencia, tan ostentosa como la indiscreción de su mujer María Verdugo, así como su condición de extranjero y la rapidez en llevar a cabo las reformas sin tener en cuenta las circunstancias y la idiosincrasia de la gente, le valieron la casi total enemistad del país, encabezada por la alta nobleza. De E. disgustó a los españoles su "modo" poco diplomático, y aunque las medidas adoptadas eran convenientes para la higiene y moralidad pública, resultaban tan incómodas, que desagradaron, sobre todo la prohibición de armas de fuego y juegos de azar, la rebaja de sueldos y el cambio de la capa larga y el sombrero de ala ancha por la capa corta y el sombrero de tres picos, a fin de evitar el embozo y la ocultación de personas. Esta medida, de simple policía urbana, no era nueva. En el reinado de Felipe V ya se había prohibido el embozo, pero sin resultado, porque, entre otras cosas, la capa hasta los tobillos y el sombrero redondo de ala ancha y caída, se consideraban piezas castizas, de uso nacional.También se atrajo E. la enemistad del clero, al pretender aplicar algunos artículos del Concordato: obligación de los clérigos residentes en la corte de reincorporarse a sus parroquias abandonadas, prohibición al clero de confiscar los bienes de los laicos sin intervención del brazo secular, pago de contribuciones en desuso a los eclesiásticos poseedores de bienes de manos muertas, restricción de la jurisdicción eclesiástica en beneficio de los tribunales reales. Tales medidas fueron consideradas anticlericales y atentatorias a una situación de privilegio mantenida durante largo tiempo. Y la verdad que lo eran, pero estaban inspiradas por el espíritu regalista del ministro y su monarca, y por un afán, tal vez noble, de delimitar competencias, pretendiendo más bien impedir la intromisión de la Iglesia en asuntos que no eran de su estricta competencia.Para inclinar el ánimo real en contra de su ministro favorito, se acusó a E. de ser fácil al soborno. Incluso se decía que era un marido complaciente, aunque nada tuviera que ver esto con las reformas. E. quiso terminar con los vagabundos. A este fin destinó los beneficios de la renta de loterías, que sufragaban los gastos de vigilancia y recogida de vagos, a los que se procuraba trabajo. La beneficencia recibió cierto impulso con la creación, además, de montepíos para viudas y huérfanos de militares. La fisonomía de Madrid cambió con obras de urbanización, saneamiento e iluminación de calles. Por obra suya se crearon las intendencias de Cuba y Luisiana (1765), las primeras de América, no con idea de fomento, como posteriormente ocurrió, sino para cuidar de la administración económica de las tropas allí estacionadas y como organismo burocrático encargado de la administración y dirección de las rentas reales (intendencias de Ejército y Real Hacienda). Su iniciativa la recogió José de Gálvez (v.), siendo secretario de Indias (1775), al establecer nuevas intendencias (v.), pero con una forma y organización diferentes.Motín de Esquilache. Lo que se conoce con el nombre de motín de E. es considerado por algunos como una conjura, por la existencia de un plan, una organización y un objeto (cfr. V. Rodríguez Casado, o. e. en bibl., 132). De su participación en la conjura se culpó a Ensenada, a los jesuitas y a otros que fueron desterrados. Efecto inmediato del motín fue la caída de E., enviado a Nápoles (13 abr. 1766), y el alejamiento de la corte de Ensenada y otros inculpados. Un año después, fueron expulsados los jesuitas. El motín constituyó por sus consecuencias, el punto de partida de una nueva etapa en el reinado de Carlos 111, por la españolización de su Gobierno. Precisamente, una de las peticiones de los amotinados fue la expulsión de los ministros extranjeros.El antecedente más inmediato del motín, su pretexto, fue una real orden publicada el 10 mar. 1766, prohibiendo el uso de la capa larga y el sombrero ancho, que debían sustituirse por la capa corta y el sombrero de tres picos. Pero en el malestar del pueblo pesaban también otras razones: carestía del pan y alza de precios. El contraste entre la vida lujosa de E. y la pobre situación de la clase más popular era evidente. Estas circunstancias pudieron aprovecharlas los conjurados para fomentar el motín, que tuvo lugar en Madrid (23-26 mar. 1766) y repercutió en otras poblaciones. Carlos 111 aceptó las demandas de los amotinados, pero no las cumplió en lo que se refería a la supresión de la guardia valona, extinción de la junta de Abastos y disminución de los precios de los alimentos. Poco después, pueblo y nobleza adoptaron la capa corta y el sombrero de tres picos. E. fue nombrado embajador de Carlos 111 en Venecia, y desempeñando el cargo murió en dicha ciudad el 15 sept. 1785. De su gestión en España pueden considerarse aspectos positivos, como la política económica de liberalización (libre comercio de granos, 1765).CARLOS R. EGUIA.
BIBL.: V. RODRÍGUEZ CASADO, La política y los políticos en el reinado de Carlos 111, Madrid 1962; M. DANVILA Y COLLADO, Reinado de Carlos 111 en Esparta, Madrid 1856; C. EGUíA Ruiz, Los jesuitas y el motín de Esquilache, Madrid 1947; 1. NAVARRO LATORRE, Hace 200 años. Estado actual de los problemas históricos del motín de Esquilache, Madrid 1966; C. E. CORONA, El motín de Zaragoza del 6 de abril de 1766, "Zaragoza), XIV (1961); íD, El poder real y los motines de 1766, Zaragoza 1969.
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