Española,la. Historia. HIST.
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Historia
La isla llamada La Española por Cristóbal Colón comprende las actuales repúblicas de Haití y Dominicana. Sus primitivos habitantes la denominaron Quisqueya o Haití, Babeque y Bohío. Estaba poblada por los taínos, agrícolas y neolíticos, que se extendían por el valle del Cibao y la costa del Sur; los macorixes o ciguayos, que ocupaban en el Norte la península de Samaná, llamaron mucho la atención a Colón (v.), por parecerles distintos de los otros que había conocido en la isla. Las Casas (v.), en su Apologética Historia, dice que estos indios tenían su provincia junto al golfo de las Flechas, con Mayabonex como cacique, y en Historia de las Indias de nuevo los menciona haciendo constar su diferencia con los otros aborígenes por el uso de "cabellos muy luengos, como en nuestra Castilla las mujeres" y de arcos "grandes como los de Inglaterra", así como de "un lenguaje extraño, cuasi bárbaro, porque eran estas lenguas diversas entre sí y diferentes de la general de la isla".El número de habitantes no es fácil precisarlo debido a las exageradas cifras que han dado ciertos historiadores; algunos opinan que superaban el medio millón. Habitaban en chozas de base rectangular y techo a dos aguas llamadas bohíos, y en otras de base circular y techumbre cónica denominadas caneys. El ajuar interior era muy elemental; se reducía a hamacas para dormir y algún banquillo para sentarse.La primitiva economía de estos pueblos se limitaba a cultivos de maíz, yuca (empleada para la fabricación del casabe), batata, algodón y tabaco; estos dos últimos eran de capital importancia, ya que con el primero tejían, aunque desconocemos la técnica, las hamacas, las redes y las pocas piezas que componían su vestuario. El tabaco se usaba en ritos medicinales y religiosos, aspirándolo en polvo por la nariz o fumándolo en hojas enrolladas. Practicaban la caza, aunque en la isla no existían grandes animales de carne; disponían sólo de algunos pequeños como las jutías, el agutí y el perro mudo; la dieta se completaba con iguanas y murciélagos. Sin embargo, en la pesca eran muy diestros; utilizaban para ella, según relata Oviedo, los más variados sistemas: calabaza, rémora, disfraz con ramajes, redes, anzuelos y arpones.Andaban semidesnudos con sólo una especie de corto brial sujeto a la cintura. En las grandes ceremonias, algunos jefes usaban en torno a las caderas una especie de cinto ancho o sayo, confeccionado con plumas de colores, tejidas o de algodón con huesecillos y escamas de pescado. Las mujeres llevaban faldas cortas de algodón llamadas naguas y las solteras sólo se cubrían con un pequeño delantal del mismo material y forma de hoja de naranjo. Las enseñanzas y tradiciones se conservaban y transmitían por medio de cantos y bailes rituales que los taínos llamaban areitos y que solían ir acompañados musicalmente por el sonido de toscos tamboriles, silbatos y flautas de caña, brazaletes y maracas. Nada o poco sabemos de la letra de los cánticos populares, y sólo tenemos las noticias que de ellos da Oviedo: el director, llamado "tequina", recitaba cantando, con voz moderada, improvisadas estrofas a las que el grupo, a coro, respondía en tono más alto.De lo que se refiere a su vida espiritual se tienen noticias por el religioso fray Román Pané, que por orden de Colón indagó sobre las creencias de este pueblo, y por los misioneros que más tarde pasaron por la isla, si bien no poseemos, a pesar de ello, una visión clara. Parece ser que no tuvieron verdadero concepto de un ser supremo; admitían la inmortalidad del alma, y su animismo religioso se inclinaba más hacia el culto de los malos espíritus que al de los buenos. Centraban todas sus creencias religiosas en el turey (cielo), donde residía Louquo, aunque también rendían culto a los antepasados y veneraban cráneos y huesos humanos (cemiísmo). La sociedad tuvo caracteres matriarcales y era colectivista. La tierra no constituía propiedad individual y sí del grupo. El cacicazgo lo heredaba el hijo de la hermana mayor del cacique, siguiéndose la línea femenina; pudiendo ser este cargo desempeñado entre los taínos por la mujer. El ejemplo más clásico de este tipo fue Anacaona, cacica de Jaragua. Asimismo, a cargo de la mujer estaban las artes útiles, la cestería, el hilado de algodón y la fabricación del cazabe y tenían una activa participación en los bateyes o juegos de pelota y en los areitos o danzas rituales.A la llegada de los españoles, la isla estaba divida en cinco grandes cacicazgos, con la siguiente denominación: Marién, gobernado por Guacanágarix; Maguaá, por Guarionex; Higüey, por Cayacoa; Maguana, por Caonabó y Jaragua, por Bohechío.1. Descubrimiento y conquista. El 24 dic. 1492, la flotilla mandada por Cristóbal Colón llegaba a las costas de una isla mucho mayor que las descubiertas a partir de su encuentro con el Nuevo Mundo (12 de octubre) y con unos atractivos naturales que, a simple vista, hicieron ver a los arriesgados navegantes que arribaban a una tierra excepcional y más promisoria. Fue Pinzón (v.) quien, adelantándose con su navío, tocó primero en el lugar denominado Quisqueya, al que Colón cambió su nombre por el de Hispaniola o Española. La arribada de este último fue un tanto accidentada, encallando en un banco de coral en la tranquila noche del día 25. Este accidente, sufrido por la Santa María, embarcación pesada y poco apta, motivó en cierto modo el establecimiento de la primera población española en América. No era posible recoger toda su tripulación en la otra nave, La Niña, y se creyó más conveniente verificar un asentamiento para el que se aprovecharon los elementos de la nave siniestrada. La población indígena, pacífica y maravillada de sus inesperados huéspedes, contribuyó a la evacuación de la nave y construcción del fuerte. De esta forma surgió La Navidad, cuyo mando se encomendó a Diego de Arana, bajo la protección del cacique indígena Guacanagarix. Con este acontecimiento finalizó la primera expedición descubridora de América y fue el de las grandes realizaciones posteriores.En el segundo viaje, las naves de Colón, tras avistar la región del Samaná, al norte, recalaron (28 nov. 1493) en el puerto de La Navidad. El espectáculo que apareció ante los ojos del almirante era desolador, pues del fuerte sólo quedaban las ruinas y en sus inmediaciones se encontraban los cadáveres de los hombres de la guarnición. Se indagó el motivo de lo que había ocurrido entre los indígenas y se sospechó en una traición de los caciques Guacanagarix y Caonabó, aunque también había indicios de que los acontecimientos se habían desarrollado por la actitud provocadora de los hombres dé la guarnición que se habían dividido en facciones, dedicándose sus miembros al pillaje y a la toma de mujeres indígenas, con la natural molestia de los indios. El Dr. Chanca dice que Colón "no sabía qué hacer" y, tras deliberar, "acordó... tornásemos por la costa arriba por do habíamos venido de Castilla, porque la nueva del oro era fasta allí". Puso rumbo al E y, cerca del puerto de Gracia, en "un llano, que estaba junto a una peña bien aparejada para edificar en ella una fortaleza", fundó (6 en. 1494) la primera población española permanente en las Indias, a la que dio el nombre de La Isabela, en memoria de la reina. Pronto se dieron órdenes para la construcción de los edificios de más urgente necesidad: una iglesia, un hospital, una casa fuerte para morada del almirante, al mismo tiempo que se iniciaban los trabajos del trazado de calles y plazas y reparto de solares, poniendo todos tanto interés que hasta los hidalgos trabajaron en la empresa. Poco después, el P. Boyl y 12 sacerdotes que le acompañaban celebraban allí la primera Misa en tierra americana.Cristóbal Colón envió poco después dos expediciones, una mandada por Alonso de Ojeda (v.) hacia el valle del Cibao, y la otra con rumbo al E, bajo las órdenes de Ginés de Gorvalán. Las informaciones que ambos suministraron acerca de las riquezas y la hospitalidad de los habitantes de aquellas tierras fueron excelentes; noticias que hizo llegar a España por el conducto de Antonio Torres, que partió con nueve barcos cargados de madera, algún oro y 500 esclavos. Para la administración del gobierno del primer municipio hispano en el Nuevo Mundo, se constituyó una junta de Gobierno de la que formaban parte el P. Boyl y mosén Pedro Margarit, encargado este último , de la conquista y pacificación de la isla, mientras Colón salía a la busca de la corte del Gran Khan.Muy pronto surgieron los primeros problemas indianos. El cargamento de esclavos que condujo Antonio Torres a España fue considerado un acto totalmente improcedente y causó una deplorable impresión en una corte en la que Talavera y Cisneros exponían puntos de vista completamente distintos al establecimiento del tráfico esclavista. La impericia gubernamental de Cristóbal Colón, al fijar a los indios un tributo en oro, le trajo serias complicaciones, pues éstos, además de negarse a tributar, no trabajaban y huían a los montes. La tensión aumentó aún más, cuando el P. Boyl y mosén Pedro Margarit, tomando partido, se rebelaron contra la autoridad de Diego Colón (v.) y se marcharon a España en las naves en que había llegado Bartolomé, el hermano del almirante, y expusieron a su llegada a la corte que éste presionaba a los pobladores privándolos de alimentos y dándoles castigos que llegaban incluso a la horca.La situación en La Isabela, por tanto, adquiría características similares a la de la antigua Navidad, pues los indios, conscientes del malestar interno de los españoles, fueron perdiendo el miedo y aumentaron su fuerza mediante la alianza de cacicazgos, obligando a los hispanos a huir y refugiarse en el interior, mientras realizaban en esta fuga toda clase de pillajes. Al regresar de su viaje el almirante y tras conocer la crítica situación por la que pasaba la isla, tuvo la alarmante noticia de que en la fortaleza de Santo Tomás de Jánaco, fundación realizada por el propio Colón en 1494, se encontraba sitiado el hábil y bizarro Alonso de Ojeda por las huestes que capitaneaban los caciques Caonabó y Guarionex. Inmediatamente salió con fuerzas y levantó el sitio, obtuvo la sumisión de Guarionex y fundó la fortaleza de Concepción. Sin embargo, el indómito Caonabó, que personificaba el heroísmo de su raza, hostilizó de nuevo la fortaleza de Santo Tomás y obligó a Colón a salir de nuevo a campaña y librar la batalla de La Vega del Real (25 mar. 1495).Alonso de Ojeda, para eliminar el peligro constante que significaba Caonabó, concibió el plan de hacerle preso, y hallándolo un día bañándose en un río, ofrecióle un par de grillos que el cacique ajustó a sus piernas creyéndolo un símbolo de autoridad o pulseras de adorno, instante que aprovechó Ojeda para conducirlo a lomos de su caballo como trofeo de guerra, ante la atónita hueste española. Tras estos acontecimientos, llegó a La E. (noviembre 1495) un hombre llamado Juan de Aguado con el carácter de comisario regio y con la misión de investigar los informes que acerca del almirante habían llevado a la corte el P. Boy1 y Margarit. La actitud con que Aguado comenzó a ejercer sus funciones (llegó pregonando franquicias) bastó para que Cristóbal Colón decidiera marchar a Castilla con la intención de aclarar la tensa situación (10 mar. 1496), y dejó a su hermano Bartolomé como adelantado y a Diego como su sustituto. El primer paso que dio el adelantado, al hacerse cargo del gobierno insular, fue la organización y explotación de las minas de oro de la margen izquierda del río Haina, ordenando la construcción de la fortaleza de La Buenaventura. Puso después la primera piedra de Nueva Isabela (Santo Domingo de Guzmán), fundó Santiago de los Caballeros y sofocó rebeliones de los indígenas, demostrando así sus dotes de gobernante.Francisco Roldán, llamado por Pedro Mártir "Roldanus quemdam Ximenum facinorosum...", designado alcalde mayor de la isla por Colón, no acogió de buen grado su subordinación a los otros dos hermanos. A él se unieron otros descontentos y asaltaron La Isabela (1498), ya en plena decadencia, saqueando los almacenes del Estado y declarándose en abierta rebelión contra la autoridad. Su actitud envalentonó a los indios para una nueva insurrección, que Bartolomé Colón reprimió duramente. A raíz de estos hechos, y después de dos años de ausencia de la isla, el almirante anclaba de nuevo en La E. (agosto 1498). La postura para con los rebeldes fue otro de sus grandes errores, pues, queriendo llegar a un acuerdo bondadoso para concluir con los disturbios, concedió tierras gratuitas a los alzados, dio pasaje gratis a los que quisieran volver a España y nombró a Francisco Roldán alcalde mayor perpetuo.Mientras Colón se entregaba de nuevo a la organización de La E., las noticias que sobre las Indias llegaban a España sólo hablaban del desorden y anarquía imperantes lo cual convenció a la corona de la impericia gubernamental de su virrey. Como tampoco eran satisfactorios los tributos que se le entregaban, se hizo necesario terminar definitivamente con las irregularidades existentes en la isla, y con este fin se nombró un representante de la corona para que pusiese orden y administrase justicia.2. La isla en el siglo XVI. En agosto de 1500 llegaba a Santo Domingo Francisco de Bobadilla (v.), caballero de la Orden Militar de Calatrava, hombre llano, humilde y nada codicioso, pero revestido de plenos poderes y con muchas cédulas en blanco firmadas. Ocurría esto cuando Colón y Roldán sofocaban una rebelión capitaneada por Adrián de Moxica, y el espectáculo de unos cadáveres aún calientes balanceándose en las horcas, dejó profundamente impresionado a Bobadilla. La primera actuación del comendador fue abrir una investigación de los hechos, al mismo tiempo que libertaba a Moxica y reducía a prisión a Colón y a sus dos hermanos, enviándolos encadenados a España a bordo de la carabela Gloria. El jefe de la embarcación, Alonso de Vallejo, quiso quitarle los grillos a Colón, pero éste se negó diciendo: "que si por autoridad de los Reyes se los había puesto Bobadilla, no quería que otras personas se los quitase y que tenía determinado guardarlos para memoria del premio de sus muchos servicios y para testimonio de lo que pueden dar el mundo y sus vanidades".Colón procuró en la corte española el restablecimiento de sus derechos y privilegios; sin embargo, las continuas noticias de los marinos que surcaban los mares demostrando la vasta extensión de las tierras indianas contribuyeron eficazmente al derrumbamiento del monopolio colombino y la solicitada devolución de sus privilegios. Promesas alentadoras no le faltaron al almirante por parte de los reyes, pero el resultado positivo fue el nombramiento de Nicolás de Ovando (v.), comendador de Lares en la Orden de Alcántara, para desempeñar el cargo de gobernador y justicia suprema de las Indias, que en estos momentos suponía el mando de La E., núcleo radical de la empresa americana. La sustitución de Bobadilla por Ovando suponía un paso más en el control de la corona sobre los asuntos de América y el afianzamiento en la colonización de la isla.En el mismo año que llegaba el comendador de Lares a La E., Colón, cansado por sus males físicos y preocupaciones espirituales, realizaba su último viaje al Nuevo Mundo. Se le reconocieron sus privilegios y los de sus sucesores, aunque por el momento no podía ejercer ninguna de sus funciones y se le prohibía ir a Santo Domingo. Obligado por la necesidad de reparar algunos de sus barcos (29 de junio) y guarecerse de un huracán que preveía por sus conocimientos de la mar, pidió permiso para fondear en la isla, a lo que Ovando se negó, y para justificar su decisión consultó a pilotos de una numerosa escuadra que estaba preparada para zarpar rumbo a España. Éstos, burlándose de sus predicciones, opinaron en contra y no dudaron en partir con sus naves, alejándose de La E., bajo el azote del terrible huracán, mientras Colón, refugiado en Puerto Hermoso con su flotilla, no experimentaba daño alguno. Los efectos del huracán afectaron también a Nueva Isabela (Santo Domingo), que quedó destruida, circunstancia ésta que, unida a la aparición de una plaga de hormigas, decidió a Ovando a fundarla en el lugar donde actualmente se encuentra, en la que se construyeron edificios como La Fuerza, El Homenaje, San Francisco, San Nicolás, etc., que todavía existen y recuerdan el paso de este gobernador por la isla.El comendador Ovando se mostró muy activo en la pacificación del territorio. Apenas recién llegado, tuvo noticias de los planes subversivos de los indios de Higüey y de la muerte que éstos habían dado a varios españoles. Para combatirlos designó al sevillano Juan de Esquivel al mando de un grupo de vecinos de Santiago, Concepción, Bonao y Santo Domingo, las cuatro villas existentes entonces en La E. La acción de castigo terminó con éxito por parte de Esquivel y sus hombres. Tras la captura y muerte del cacique Catubamaná, se fundó la fortaleza de Higüey. El dominio total de la isla lo consiguió Ovando, prácticamente, con la derrota y eliminación de la cacica Anacaona. Su acción punitiva fue en esta ocasión un tanto dura, pues la cacica fue ahorcada y gran parte de sus súbditos hallaron la muerte a manos de los españoles. El gobernador estimó en esta ocasión que, obrando de esta manera, pondría fin a los peligros y amenazas que suponía para los españoles el alzamiento de la región de Xaragua.Posteriores fundaciones, como Santa María de la Vera Paz, Santa María de la Yaguana, Salvatierra de la Sabana, Yáquimo, San Juan de la Maguana, Azu de Compostela, Puerto Real, Lares de Guahaba y otras, aseguraron la pacificación completa del territorio de La E., y el gobernador procedió a su organización, dictando normas de orden administrativo que contribuyeron a un mejor funcionamiento de los servicios públicos y al progreso económico. Se estima que por esa época La E. contribuía a los gastos de la metrópoli con una suma que se acercaba al medio millón de ducados anuales, procedentes en su mayor parte de las fundiciones de La Vega y Buenaventura; el cultivo de la caña traída de las Canarias hizo que la ciudad de La Vega fuera la primera elaboradora de azúcar; la cría de ovejas, cabras, caballos y burros aumentó considerablemente, así como la exportación de sebo, cueros, tocino, caoba, cedro y roble. El estado de la enseñanza era precario, ya que los religiosos se dedicaban principalmente a ganar prosélitos y a instruir a los indios en los moralizadores principios de la fe cristiana. Sin embargo, en el monasterio de San Francisco funcionaban algunas cátedras que eran frecuentadas en su mayoría por los hijos de los hombres más importantes de la isla.En 1508 se dio la gobernación de La E. a Diego Colón, primogénito del almirante, a quien se le reconocieron los derechos y privilegios de este último. Sin embargo, pese a sus calidades y título de virrey, almirante y gobernador, su autoridad efectiva era más limitada que la de Ovando, ya que no afectaba a los funcionarios que dependían directamente de la corona. Instalado en la isla con una verdadera corte, acompañado de su esposa, familiares y caballeros nobles, pronto surgieron dificultades en su gobierno. Los problemas fundamentales eran el trato y utilización de los indios, a quienes defendían los dominicos, y las intransigencias y roces en cuanto a la autoridad y derechos entre gobernante y gobernados. Para resolver el primer problema se dieron las Leyes de Burgos (1512) y, al no resultar efectivas, se enviaron tres frailes jerónimos (1516) con instrucciones concretas sobre el trato que debía darse a los indios y normas para fundar pueblos o reducciones de los mismos. Los religiosos encontraron graves dificultades en su cometido y, aunque lograron organizar unos 30 pueblos, abandonaron su empresa y la isla.Las intransigencias, en cuanto a la autoridad y derechos del gobernador y los colonos españoles, dividieron a estos últimos en dos bandos: los que se denominaron "servidores del rey", encabezados por Miguel de Pasamonte, y los partidarios de D. Colón. Para evitar las consecuencias de estas luchas y bandos se nombraron en la corte española tres jueces con atribuciones judiciales y administrativas que constituyeron la primera Audiencia indiana (1511). Con ello la autoridad y jurisdicción de D. Colón se vio muy reducida. Los disturbios y las intrigas le obligaron a trasladarse a España, primero en 1515 y, de una manera definitiva, en 1523, dejando el gobierno en manos de fray Luis de Figueroa, quien más tarde sería nombrado presidente de la Real Audiencia y obispo de La Vega. En 1526 sorprendió la muerte a D. Colón en Montalbán (Toledo), sin haber conseguido resolver sus asuntos ante la corte. Por los mismos días, extraña coincidencia, ocurrió en Santo Domingo la muerte de Miguel de Pasamonte, tenaz rival del hijo del descubridor y principal protagonista de sus dificultades en la gobernación de La E. Cabe destacar, entre sus actividades como gobernante, la pacificación y gobernación de los territorios que le pertenecían: Puerto Rico, Cuba, etc. De la organización de Cuba (v.) encargó a Diego Velázquez (v.). En el orden religioso, bajo su mandato se inició la construcción de la catedral.Durante estos años disminuyó en gran manera la población indígena, no acostumbrada al régimen laboral impuesto por los españoles y a causa de enfermedades desconocidas entre ellos, como la gran epidemia de viruela de 1517. Esta situación dio pie para que se incrementase, paulatinamente, la intromisión de esclavos negros iniciada unos años antes. El número de éstos llegó a ser lo suficientemente importante para que tuviese lugar una rebelión de los mismos (1522). En 1528 se designó para la gobernación de La E. a Sebastián Ramírez de Fuenleal, quien tuvo que hacer frente a la sublevación capitaneada por Enriquillo, cacique indígena que, aunque convertido al cristianismo, no aceptaba de buen agrado el dominio de los colonos y autoridades españolas. Sus actuaciones subversivas pusieron en peligro la estabilidad de la isla, causando graves trastornos de todo orden. Ante las características y resistencia de los rebeldes fue necesario dar cuenta de ello a las autoridades metropolitanas, para cuya solución se envió desde España a Francisco de Barrionuevo. Este supo utilizar la influencia que sobre Enriquillo ejercía Las Casas y consiguió negociaciones de paz con el cacique. En virtud de ellas, se abolía la esclavitud de los indios, ya muy reducidos en número, unos 4.000, a los que se dieron tierras para cultivo propio en Boyá. Los indígenas, en cambio, se comprometieron a reconocer y acatar la autoridad de los reyes españoles y sus delegados en la isla.Puede decirse que con el gobierno del lic. Alonso de Fuenmayor se inicia en La E. la Edad Moderna, al mismo tiempo que se acusan los síntomas de la despoblación, debido a las constantes expediciones que habían salido para Puerto Rico, Cuba y Costa Firme, llegándose casi a la completa extinción de la raza indígena. Las conquistas continentales disminuyeron la importancia de La E. en todos los aspectos, y su jurisdicción territorial se vio mermada al crearse en 1535 el virreinato de Nueva España (v. MÉXICO 111, 2). Bajo el mandato de Fuenmayor se inició la construcción de las murallas de la ciudad de Santo Domingo; se fundó la Univ. Pontificia de Santo Tomás de Aquino (1538), que conquistó para la ciudad de Santo Domingo el merecido nombre de "Atenas del Nuevo Mundo", de donde salieron hombres como Cruzado, Bonilla, Valverde, etc., que aumentaron la cultura intelectual de La E. o fueron a llevar sus luces a los nuevos territorios descubiertos. En 1540 concluyen las obras de la construcción de la catedral y, en el mismo año, Luis Colón, nieto del primer almirante de las Indias e hijo del virrey Diego, cedía a España sus derechos al virreinato, a cambio de los títulos de duque de Veragua, marqués de Jamaica y una pensión de mil doblones.Tras el mandato de Alonso López Cerrato (1544), fue nombrado cinco años más tarde Alonso de Fuenmayor, que iniciaba de esta forma su segundo periodo de gobierno. Arzobispo y presidente de la Real Audiencia, reunió en una sola mano el mando civil, militar y religioso. Se ocupó de continuar la construcción de las murallas de la ciudad de Santo Domingo y de iniciar la edificación de la fortaleza de San Felipe en Puerto Plata, así como del cabildo metropolitano. Se sucedieron después las presidencias de Alonso Maldonado, Arias Herrera, Arias Mejía, González de Cuesta y Antonio Osorio; hacia finales del siglo se inició un caótico periodo de inestabilidad en todos los órdenes, cuando más débil estaba el país.En 1586, y como consecuencia de la guerra que había ocasionado el enfrentamiento de Felipe II con Francia, Holanda e Inglaterra, la reina de este país, Isabel I (v.), envió al célebre corsario sir Francis Drake (v.) para hostilizar las posesiones españolas del Nuevo Mundo. El corsario, después de sufrir algunos contratiempos en las Canarias, salió con 25 naves en dirección a La E. decidido a saquearla. En enero, sus naves fondeaban en las playas de Güibia y en la desembocadura del río Haina, comenzando a desembarcar hombres que emprendieron su marcha hacia la ciudad. La sorpresa fue indecible y aunque se trató de establecer la defensa, era ya demasiado tarde. Aterrorizado, el presidente Ovalle no acertó a dar las disposiciones convenientes y se refugió con los demás oidores en La Isabela, mientras la población huía desmoralizada de la ciudad, que podría haber resistido, pues se hallaba amurallada en más de dos terceras partes. El general inglés y su tropa, después de haber demolido edificios y saqueado la ciudad a su antojo, se mantuvo en ella 25 días, al término de los cuales se celebró un acuerdo y transacción para redimirla o rescatarla, proponiendo a los vecinos retirarse si le entregaban la cantidad de 25.000 ducados, a lo que consintieron los españoles gracias a la aportación casi general de las mujeres, que sacrificaron sus joyas.Evacuada la ciudad por las huestes británicas, los vecinos volvieron a sus faenas acostumbradas. A pesar de tanta calamidad, el P. Acosta asegura que se podía hablar de prosperidad por las considerables remesas que se hacían a España. En 1587, afirmaba que en la flota despachada del puerto de Ozama a Sevilla se embarcaron géneros y efectos como 48.000 arrobas de cañafístola, 56.000 de zarzaparrilla, 134.000 de palo de Brasil, 898 cajas de azúcar y 5.444 cueros de vaca. Esa flota era anual y por ello cabe ratificar ese índice de prosperidad, pero la atención de los nuevos países conquistados agotó en la isla este recurso, y los holandeses, viendo que España apenas podía atender con su comercio a sus vastos territorios, se apoderaron del tráfico y proveyeron con sus exportaciones a las necesidades de La E. Los puertos del norte de la isla, descuidados hasta entonces, ofrecían ahora un movimiento extraordinario con el consiguiente engrandecimiento de las ciudades del litoral.En 1597 continuaron las desgracias y contratiempos que concurrieron más adelante a acelerar la decadencia de la isla. Los temblores de tierra se hicieron sentir por todas partes y la ciudad de La Vega, quedó destruida. No fue ésta la única que se arruinó con el terremoto; Santiago de los Caballeros sufrió también las consecuencias del fenómeno sísmico. Siendo gobernador y capitán general Diego Gómez de Sandoval, se desarrolló por segunda vez la enfermedad de la viruela que produjo los mismos efectos desastrosos que en la primera; con ella, puede decirse que en La E. desapareció casi por completo la raza indígena, de la que sólo quedó un número insignificante reunido en el pueblo de Boyá. No se limitó aquel mal exclusivamente a los indios, pues los negros africanos que se habían introducido fueron también diezmados por las enfermedades, con la consiguiente pérdida para los españoles, que acusaron la falta de brazos indígenas y la disminución de los que se habían llevado para suplir su carencia.3. El siglo XVII. Al comenzar el s. XVII la situación de La E. no era muy halagüeña. Había conocido ya ataques de los piratas y sus prometedoras perspectivas de los primeros tiempos se vieron desplazadas por las más brillantes realidades de los países continentales. Todo ello repercutió, gravemente, en su economía, su comercio, y originó una gran regresión demográfica. Esto último de dos maneras distintas: por una parte, la emigración de los colonos a otros lugares de América y el rápido descenso de inmigrantes peninsulares; y, por otra, la reducción de la población indígena, incluso la de esclavos, por falta de medios para su compra. Las cifras demográficas son un buen ejemplo de lo ocurrido a lo largo del s. xvi. De unos 70.000 hab. (la mayoría blancos) en que se estimaba la población hacia 1517, ya se habían reducido a la mitad para 1550. En los primeros años del s. xvtt no llegaba a 20.000 su número, de los que más de la mitad eran de color. Los ataques de los piratas continuaron, como el llevado a cabo por Newport (1606), que destruyó la Yaguana. Tampoco faltaron calamidades telúricas, de las que buen ejemplo son la serie de movimientos sísmicos ocurridos en 1617. La piratería y el contrabando determinaron que las autoridades españolas ordenasen la evacuación de la zona norte de la isla, acontecimiento de graves consecuencias posteriores.Los habitantes del norte de La E., descendientes de los primitivos españoles y familias dedicadas, en su mayor parte, al comercio marítimo, tuvieron que dirigir su actividad económica hacia otros medios de mayor utilidad, por lo que abandonaron la zona costera y penetraron hacia el interior de la isla para dedicarse a la agricultura y crianza de ganado, actividad que vieron muy favorecida por las grandes extensiones de sabanas y la abundancia y fertilidad de los pastos. El hato fue el sistema agrario que observó La E. Era una posesión que comprendía el terreno correspondiente a las acciones que se obtenían, llamadas "derechos de tierra", y en la que el dueño estaba facultado para criar cuantos animales quisiera.La isla conoció en los primeros decenios del siglo una gran transformación. Se destruyeron muchas de las antiguas ciudades por la continua emigración que despoblaba la isla en beneficio de las nuevas tierras conquistadas: Lares de Guaba, Salvatierra de la Sabana, Santa María del Puerto, Puerto Real, Bonao, entre otras muchas, dejaron de existir y se convirtieron en haciendas de crianza que pronto ocuparon una tercera parte del territorio total de La E. La procreación del ganado vacuno y caballar se acrecentó de tal manera que, no pudiéndose contener las manadas bajo la vigilancia de sus dueños, se hicieron montaraces y se extendieron en todas las direcciones. La piratería experimentó a mediados de la centuria un giro que determinaría más tarde la segregación de la isla en dos mitades. En 1632, los piratas habían formado en la isla de San Cristóbal un establecimiento para desde allí acechar a los galeones que conducían caudales y tesoros a España. El establecimiento fue atacado por el general Federico de Toledo y, viéndose estos piratas fugitivos, se unieron a holandeses e ingleses tratando todos de elegir un lugar a donde conducir sus presas; como sitios más idóneos se consideraron Port Margot y la isla fronteriza de La Tortuga, que convirtieron en la base estratégica desde la que iniciaron las irrupciones a la parte occidental de La E. Sus actividades fundamentales fueron el robo del ganado, cuya carne preparaban ahumada y de ahí su nombre de bucaneros (de ahumar -bucanla carne), mientras otros se dedicaban a la rapiña y merodeo por las costas, llamándoseles filibusteros (del inglés-f reebooter- merodeador).Tras las presidencias de Gabriel Chaves y Osorio (1627), que mandó construir el castillo de San jerónimo, y Juan de Bitrián y Biamonte (1636), con sucesos más o menos notables acontecidos entre españoles y filibusteros, ocupó el gobierno político y militar el conde de Peñalba, Bernardino Meneses (1655). Durante su mandato, Oliver Cromwell, que gobernaba en Inglaterra, creyó oportuno aumentar su poder con la conquista de La E., que parecía a sus ojos abandonada e indefensa. Una numerosa escuadra, bajo las órdenes de Mauricio Penn, desembarcó 9.000 hombres a las órdenes del general Venables en la desembocadura del río Haina. Cuando se supo la invasión extranjera, el general Bernardino Meneses convocó a todos los cuerpos militares de la isla y con ellos hizo una defensa’ heroica, causó gran número de bajas al enemigo, capturó otro igual de prisioneros y obligó al general Venables y al almirante Penn a reembarcarse con la mayor precipitación, borrando así la huella vergonzosa que había dejado en la isla la invasión de Drake. En conmemoración de la victoria obtenida, abrió el conde de Peñalba, en el bastión de San Genaro, la Puerta que luego se llamó del Conde, donde más tarde (27 feb. 1844) se dio el grito de independencia.La división de la isla en dos colonias comenzó a acentuarse con la intervención de los aventureros que desde hacía años se habían apoderado de algunos puntos de la parte occidental de La E. y que tenían su principal asiento en la isla Tortuga. Constituyeron un núcleo considerable en Port Margot, en la costa noroeste, y obtuvieron el reconocimiento por el Gobierno francés de Bertrand D’Ogeron como gobernador, quien invadió (1673) la parte oriental de la isla y fue rechazado por las enérgicas medidas del entonces gobernador Ignacio Zayas Bazán. Un tanto repuesto de su fracaso, y con miras a adueñarse de toda la isla, organizó D’Ogeron una expedición de 500 hombres al mando del filibustero Delisle, que desembarcó en Puerto Plata y se apoderó de Santiago, cuyos moradores huyeron hacia La Vega y sus campos, lo cual aprovechó el pirata para saquear la ciudad y exigir un rescate, que le fue pagado, de 25.000 pesos; a continuación reembarcó.La paz de Nimega, entre Francia y España, originó una pequeña tregua entre las dos colonias, lo que permitió a sus gobernadores (1679), de parte española Francisco Segura Sandoval y de la francesa M. Poinci, el establecimiento de límites provisionales, para los que señalaron la línea natural del río Rebouc. Al asumir el gobierno de La E. Andrés de Robles, las autoridades francesas ordenaron (1684) a M. De Cussy, que se apoderara de La E. Cumplió éste las órdenes recibidas, estimulado en su propósito por el ofrecimiento que se le hizo de con-’ ferirle el mando de toda la isla. Invadióla por el norte y llegó a Santiago de los Caballeros y, tomando como pretexto la alarmante mortalidad de sus huestes que fingió interpretar como efecto de envenenamientos, incendió la ciudad, cometiendo antes de su retirada toda clase de excesos.Como justa represalia a estas invasiones francesas, el rey de España ordenó (1691) al gobernador de La E., Ignacio Pérez Caro, que castigara esos desmanes, y, a tal efecto, se alistaron fuerzas, aumentadas con contingentes que vinieron de México y se pusieron a las órdenes del ex gobernador Sandoval y Castilla, el cual libró (21 de enero) la batalla de Sabana Real o de La Limonade, en la que vencieron las tropas españolas. M. Ducase, sucesor de M. De Cussy, muerto en la batalla, obtuvo el gobierno de la parte francesa de La E. y se propuso organizar una nueva invasión, pero, sin conocerse el motivo, desistió de ello y dirigió sus actividades hacia Jamaica.De acuerdo españoles e ingleses, invadieron con ejércitos por mar y tierra las posesiones francesas (1695), destruyeron varias poblaciones e hicieron innumerables prisioneros. Después de mutilada la extensión territorial de la isla, se sucedieron en el gobierno Giel Correoso, Severino Manzaneda, Ignacio Pérez, Sebastián Cerezeda, Guillermo Morfi y Pedro de Niela, sin que nada interrumpiera durante ese tiempo la paz en la ya dividida isla. El tratado de Ryswick (1697) entre España, Holanda, Alemania y Francia, que en nada mencionaba a La E., fue tendenciosamente interpretado por los ocupantes de la isla, en el sentido de que autorizaba la cesión, en favor de Francia, de la citada porción de la isla, que de hecho y desde hacía años ocupaban los franceses, con lo cual quedó consumada la mutilación del territorio, cuya defensa había costado tanta sangre a la metrópoli y a sus colonos de La E. (V. DOMINICANA, REPÚBLICA III).I. GIL-BERMEJO.
BIBL.: F. MORALES PADRóN, Historia del descubrimiento y conquista de América, 2 ed. Madrid 1971; fD, Manual de Historia universal, V, Madrid 1962; F. PICHARDO MOYA, Aborígenes de las Antillas, México 1956; A. DEL MONTE Y TEJADA, Historia de Santo Domingo, Santo Domingo 1953; G. A. MEJfA, Historia de Santo Domingo, Santo Domingo 1954; O. GIL DíAz, Apuntes para la Historia, Santo Domingo 1969.
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