España. Geografia. GEOG.
Categoria:
Geografía
Estado del sudoeste de Europa que abarca la mayor parte de la península Ibérica (47 provincias), las islas Baleares (una provincia; v.) y las Canarias (dos provincias; v.), con un total de 504.750 Kmz. Por razones obvias en Geografía nos referimos aquí al territorio español peninsular, excluyendo, pues, los dos archipiélagos mencionados, así como las plazas españoles de Ceuta (v.) y Melilla (v.); aun así resulta ser el segundo país europeo, después de Francia, por lo que atañe a la extensión, y el quinto si se tiene en cuenta la población absoluta (después de Alemania Federal, Reino Unido, Italia y Francia). El rasgo más característico de E. es, sin duda, el ser país de fuertes contrastes geográfico-físicos y humanos. La Historia da cuenta de muchos de estos contrastes, pero al geógrafo compete limitarse a, o al menos insistir, sobre los que se derivan de la Geografía.1. Situación y configuración. Como uno de los factores principales de la variedad paisajística española es preciso estudiar la situación que el solar hispano ocupa en el mundo. La configuración horizontal y vertical del territorio colabora con él en la explicación de este mosaico variado de paisajes que es E.Situación. Los dos hechos a destacar, por ser los de mayor trascendencia, son éstos: es un país subtropical y de encrucijada. Está situado dentro de la zona templada, entre los 4304T24" de lat. N, correspondientes a la Estaca de Vares (La Coruña), y los 36° 00’03’ de lat. S, relativos a la isleta de Tarifa (Cádiz). Por consiguiente, todo el territorio español se encuentra más cerca del Trópico de Cáncer que del Círculo Polar Ártico: Estaca de Vares dista menos de aquél que de éste. E. se halla, pues, al S de la zona templada, en lo que muchos geógrafos llaman zona subtropical. Ello equivale a decir, principalmente, que se encuentra en la parte sur del área de interferencia y frontogénesis entre las masas de aire frío de origen polar y las de aire cálido tropical; que las borrascas formadas por. las ondulaciones del llamado frente polar le afectan mucho menos que a las regiones europeas situadas al N; que en el verano, retirado el frente polar a latitudes septentrionales, de acuerdo con el ascenso en el mismo sentido de la corriente en chorro de los altos niveles de la troposfera, E. queda dominada por las altas presiones subtropicales, responsables de la sequedad estival que afecta a la mayor parte del territorio español, salvo la fachada litoral del norte y del noroeste. Esto quiere decir, en segundo lugar, que E. pertenece tectónicamente a lo que se ha convenido en llamar Europa joven, la del sur, cuyo relieve fue, en sus grandes rasgos, determinado por el plegamiento alpino-himaláyico de la Era Terciaria.País subtropical de las costas occidentales del continente euroasiático, se encuentra entre el Mediterráneo (v.), un mar cerrado, y el Atlántico (v.), un gran océano; ambos son profundamente distintos, no sólo en lo que concierne al color de las aguas y a las mareas, prácticamente inexistentes en el Mediterráneo y con amplitudes de 3,303,40 en el Atlántico, al oleaje, débil en aquél y fuerte en éste, o la salinidad (35-26%.w en el Atlántico, 37-38%o en el Mediterráneo) y, por consiguiente, a la densidad (más ligeras las aguas del primero que las del segundo), sino sobre todo a la temperatura superficial; en agosto la temperatura media es la de 18° frente a las costas cantábricas y a Vigo y de 25° en los alrededores de las Baleares, y la amplitud anual de 5° en el primer caso y de 11° en el segundo; el Mediterráneo es un gran depósito de calor, y por tener casi total ausencia de mareas y elevada salinidad posee una riqueza pesquera muy inferior a la del Atlántico.E. es un país puente entre Europa y África, entre el Mediterráneo y el Atlántico. Como dijo Vicens Vives, Galicia, las Canarias, el estrecho de Gibraltar y las Baleares son "las cuatro llaves hispanas de los caminos mundiales". Las cuatro grandes rutas, la europea, la africana, la mediterránea y la atlántica no han dejado de funcionar simultánea o sucesivamente a lo largo de la historia. Si desde el punto de vista geográfico los Pirineos centrales forman una clara frontera, esto no sucede ni en los orientales ni en los occidentales; históricamente E. es Europa y geográficamente también, siempre que no se limite abusivamente dicho concepto a la Europa centro-occidental, porque europea, muy europea, es la región mediterránea del viejo mundo. Tampoco el estrecho de Gibraltar (v.), que tiene una anchura mínima de unos 14-15 Km., ha sido un obstáculo al ir y venir de pueblos y culturas de Europa a África y sobre todo en sentido inverso; negar que E. debe a esto último una buena parte de su "personalidad" sería negar la evidencia. Por último; E. se halla en la ruta Mediterráneo-Atlántico; histórica y geográficamente E. es más mediterránea que atlántica; las Baleares son el testimonio de la tendencia mediterránea en la historia de E., como las Canarias lo son de la atlántica. No se olvide en este sentido que E. es la más occidental de las naciones europeas, el Finisterre del viejo mundo: el cabo de Toriñana se halla a 9° 18’ 18" de long. O (el de Roca a 9° 29’50") del meridiano de Greenwich que pasa cerca de Castellón de la Plana. Sin embargo, E. no ha podido aprovechar al máximo las ventajas de su excelente situación geopolítica entre dos mares y dos continentes que le ha hecho recibir aportes culturales muy varios (E. es un crisol) y también experimentar fuertes presiones raciales, económicas y políticas; y ello por la particular configuración de su solar.Configuración. Todos los geógrafos, desde la Antigüedad, han subrayado estos tres importantes puntos: E. es un país de formas macizas, de elevada altitud media y de relieve muy compartimentado. En los tres se asienta .buena parte de la "personalidad", de la originalidad geográfica de E. en relación al resto de las penínsulas mediterráneas europeas.Semejante a la piel desplegada de un toro, cuyo cuello lo forma la parte que toca con la Galia, decía Estrabón que era la forma de la península Ibérica: sus 4.100 Km. de costas (3.904 correspondientes a E.) son pocos en relación a la superficie; lo cual equivale a decir que E. es un país de formas macizas, de costas poco recortadas, frente a la delgadez, al afilamiento de la península itálica y al fraccionamiento de la helénica, y que buena parte del territorio español se encuentra excesivamente alejada del mar, lo que condiciona importantes hechos de geografía física y de geografía humana. Con razón se ha podido decir que E. es, más que una península, un pequeño continente; el hecho se refuerza por la inexistencia, con excepción del golfo de Valencia, o la pequeña anchura de la plataforma continental en las costas españolas, que confinan con enormes taludes por los que se desciende a grandes profundidades submarinas.Este pequeño continente que es E. tiene una elevada altitud media: en 660 m. se la estima, casi doble que la altitud media de Europa, ninguna de cuyas naciones le aventaja en esto (si ventaja fuera), salvo Suiza, que alcanza los 1.300 m.; nada menos que el 25% del territorio español se halla por encima de los 1.000 m., y los dos tercios por encima de 500. Ello se debe a la gran extensión que ocupa la Meseta, otro hecho que afirma el carácter continental de E., el cual, finalmente, se ve reforzado por la disposición de los grandes sistemas montañosos que hacen de barrera, de obstáculo, en lo que atañe a la penetración hacia el interior de las influencias marinas y al trazado de las vías de comunicación. Un pequeño continente muy compartimentado: eso es, en resumen, E. De ahí que los geógrafos insistan en asemejarla más que a Italia o a Grecia, a la península de Anatolia o al África Menor.Las grandes unidades o regiones geomorfológicas a distinguir en la E. peninsular son: 1) la Meseta central con sus rebordes montañosos; 2) las depresiones o cuencas sedimentarias del Ebro y del Guadalquivir; y 3) las cordilleras exteriores o periféricas: Pirineos, cordilleras Catalanas y sistemas Béticos.La Meseta (v.) central es una extensa e importante unidad tectónica, un macizo, que consta de un viejo zócalo, principalmente paleozoico, arrasado por la erosión, endurecido, que ante el empuje alpino reaccionó fracturándose, combándose o flexionándose; así se originaron el Sistema Central (v.), los Montes de Toledo (v.), las depresiones del Duero, Tajo y Guadiana y Sierra Morena; y de una cobertera sedimentaria, mesozoico-paleógena, plegada y adosada al zócalo por los bordes norte (cordillera Cantábrica) y este (Sistema Ibérico), y neógena, horizontal o subhorizontal en las combaduras cóncavas del zócalo (cubetas del Duero, Tajo y Guadiana). Desde el punto de vista geomorfológico, la Meseta abarca, no sólo las llanuras o altiplanicies del macizo, sino también las cordilleras que lo accidentan en el interior (Sistema Central y Montes de Toledo) y las que lo contornean a modo de cíngulo: Sierra Morena (v.), Sistema Ibérico (v.), cordillera Cantábrica (v.) y macizo galaico-lusitano. Las llanuras quedan divididas por el Sistema Central en dos porciones, Submeseta norte y Submeseta sur, la primera más elevada que la segunda y más perfectamente rodeada por montañas, a semejanza, según P. Birot, de las cubetas africanas.Responden las altiplanicies meseteñas a dos tipos genéticos diferentes: a) superficies de erosión modeladas sobre el zócalo (muy amplias desde Extremadura a Galicia) o sobre la orla de plegamiento (p. ej., en el Sistema Ibérico); b) plataformas estructurales o subestructurales (nordeste de la Meseta), elaboradas sobre las calizas pontienses de los páramos y que los ríos han erosionado en el plioceno y Cuaternario reduciéndolas en algunos sectores a cerros u oteros, al mismo tiempo que modelaban amplias llanuras onduladas a expensas de las margas y arcillas infrayacentes a las calizas. Ambas Submesetas se inclinan hacia el Atlántico, al que envían sus aguas los grandes colectores Duero (Submeseta septentrional), Tajo y Guadiana (Submeseta meridional).Al NE de la Meseta y delimitada por su reborde montañoso que es el Sistema Ibérico, las cordilleras Catalanas, los Pirineos y la porción oriental de la cordillera Cantábrica, se encuentra la compleja cuenca de subsidencia oligo-miocena del Ebro, de forma triangular y cuyas tierras se hallan principalmente entre los 200 y los 500 m. de altitud. La Depresión del Ebro se originó en el Terciario al hundirse el viejo macizo, que en su lugar hubo quizá desde la primera mitad del Paleozoico, y levantarse los Pirineos, el Sistema Ibérico y las cordilleras catalanes; fue colmatada por los sedimentos continentales aportados por estas montañas y dispuestos en aureolas concéntricas desde la periferia conglomerática y areniscosa hacia el centro, en donde dominan las margas, yesos y calizas; la erosión ha modelado un relieve de cuestas, plataformas estructurales o muelas, cerros testigos y llanuras onduladas (parecido al castellano), allí donde los estratos permanecieron horizontales o subhorizontales, y un relieve de tipo jurásico (valles y combas anticlinales, crestas, sinclinales colgados), allí donde fueron plegados principalmente del lado pirenaico, donde con frecuencia los pliegues son de tipo diapírico, originados por halocinesis; desde fines del Terciario se modelaron una serie de glacis de erosión sobre roca blanda y de terrazas fluviales.La Depresión del Guadalquivir, también de forma triangular y originada con ocasión del plegamiento alpino, que creó la flexión-falla de Sierra Morena e hizo emerger las cordilleras Béticas (v.), se diferencia de la del Ebro: 1) porque está ampliamente abierta hacia el Atlántico; 2) porque tiene una altitud más baja (menos de 200 m. en gran parte de su extensión); 3) porque los sedimentos que la colmataron son de facies principalmente marina, depositados primero (mioceno) en un brazo de mar que comunicaba el Mediterráneo con el Atlántico, más tarde (en el plioceno) reducido a un golfo abierto hacia el oeste y que fue progresivamente colmatado desde el Cuaternario por los aportes procedentes del este y sudeste; 4) porque se trata de sedimentos predominantemente de grano fino (en especial, margas) sobre los que la erosión del Guadalquivir y sus afluentes han modelado un paisaje de llanura suavemente ondulada, salpicada en las márgenes, y a expensas de los estratos calcáreos o areniscosos, de cerros o alcores, y que hacia el oeste da paso a la más perfecta llanura de acumulación, en parte marismeña, de E.Exteriores a la Meseta son, finalmente, las dos cordilleras mayores, las más elevadas de E., las de tipo más alpino: los Pirineos (v.) al N, que culminan a 3.404 m. en el Pico de Aneto, y el complejo conjunto de las cordilleras Béticas al S, que alcanzan en el Mulhacén (Sierra Nevada) la mayor altura de la península Ibérica (3.478 m.); y también las cordilleras Catalanas, extendidas de NE a SO entre la terminación oriental de los Pirineos y el Sistema Ibérico y formadas por dos alineaciones serranas paralelas a la costa y separadas por una depresión tectónica.2. Contrastes geográfico-físicos. E. es el paraíso de los geógrafos, tal es la variadísima y fuertemente contrastada gama de paisajes que ofrece.El roquedo: las tres Hispanias. Desde el punto de vista litológico y también morfológico y paisajístico, E. Hernández Pacheco habló de tres Hispanias; silícea, calcárea y arcillosa. La primera se corresponde con los afloramientos del viejo zócalo; abarca Galicia y oeste de Asturias, la penillanura zamorano-salmantina, gran parte de Extremadura, el Sistema Central, los Montes de Toledo y Sierra Morena; y pequeñas extensiones en el Pirineo central, Sistema Penibético, cordilleras Catalanas y Sistema Ibérico. A los tres tipos de rocas principales de la E. silícea (granitos, pizarras, cuarcitas) corresponden paisajes morfológicos diversos. Sobre el granito y las rocas afines lo característico son los berrocales, en las regiones donde la meteorización química es grande, y los canchales esquinudos y las cresterías recortadas en aquellas que, por estar situadas a gran altura, son modeladas principalmente por gelivación. Sobre las pizarras, muy blandas, la erosión modela territorios suavemente ondulados, mientras que las cuarcitas, muy duras, quedan siempre en resalte; si unas y otras alternan, las cuarcitas originan siempre serranías y las pizarras vallonadas (relieve apalachiense); Extremadura y Sierra Morena proporcionan buenos ejemplos de ello.La E. calcárea, constituida esencialmente por calizas y margas, corresponde, grosso modo, a los terrenos sedimentarios del Mesozoico y paleógeno que, en forma de Z invertida, afloran por el Prepirineo y cordillera Cantábrica, desde Gerona a Asturias, por el Sistema Ibérico y las montañas Subbéticas desde la costa alicantina hasta el estrecho de Gibraltar; sobre las calizas abundan las formas topográficas cársticas: lenar o lapiaz, torcas o dolinas, uvalas y poljés, simas y cuevas, cañones, congostos y foces, pitones, puentes y rocas horadadas; la Ciudad Encantada de Cuenca (v.) y el Torcal de Antequera son magníficos ejemplos; las margas, en cambio, por ser más blandas, son fácilmente erosionadas, abarrancadas, ofreciendo paisajes parecidos a los de la E. arcillosa. Abarca ésta los terrenos más modernos sedimentados en cuencas continentales o marinas a partir del paleógeno: la del Duero o de Castilla la Vieja, la cuenca media del Tajo, La Mancha, las cuencas del Guadiana extremeño y las del Ebro y Guadalquivir; con las arcillas abundan en estas cuencas también las margas, calizas y yesos; sobre las arcillas, las lluvias, escasas y violentas en gran parte de estas regiones, crean el típico paisaje de.cárcavas o bad-Lands; otras veces se trata de llanuras suavemente alomadas de las que emergen los restos de la vieja superficie de relleno: páramos, oteros, muelas, alcores.Los contrastes climáticos. Más importantes todavía que los contrastes litológicos son los climáticos, debidos a la ya mencionada situación que ocupa E. en la circulación general atmosférica y a las modificaciones que introduce la configuración horizontal y vertical del solar español.La España interior y la España periférica. Desde el punto de vista térmico, la E. interior destaca netamente frente a la periferia. Un perfil norte-sur de las temperaturas medias anuales nos daría una serie de contrastes entre la costa cantábrica, con medias térmicas del orden de 13-14°, y la atlántico-andaluza, con 18°, pasando por los 10-12 de la altiplanicie septentrional y los 15-16 de las tierras extremeñas; otros tantos contrastes entre las costas gallegas (13-13,5°) y las estepas del sudeste español, con 17,5-18,5°, a través de La Mancha que tiene temperaturas medias anuales del orden de 14°.Mayores son los contrastes en los meses extremos: enero y agosto. En enero son muy fuertes los existentes entre la Meseta y la periferia marítima: la altiplanicie de Castilla la Vieja y León (media térmica entre 2 y 4°) tiene con respecto a las costas galaico-cantábricas (9°) un déficit térmico de 5 a 7°, y la de Castilla la Nueva (5-6°) con respecto a las costas de Andalucía (12-13°) del orden de 70 y de unos 5° respecto a las levantinas. Las tierras de la cuenca media del Ebro son en enero como un apéndice de las frías mesetas castellanas, mientras que las campiñas del Guadalquivir se relacionan mejor con la E. subtropical o mediterránea. Agosto es, por el contrario, el mes más expresivo de los contrastes térmicos en lo que se ha convenido en llamar, con Brunhes, Iberia húmeda e Iberia seca. La costa atlántica es la de temperaturas medias más moderadas (18-20°), seguida de la Meseta septentrional (19-21°), centro de la cuenca del Ebro, Meseta meridional y Levante con 24-25°, y campiñas de Jaén, Córdoba y Sevilla con 27-28°.Mucho más reales y expresivos que los contrastes deducidos del examen de las temperaturas medias son los que resultan al analizar las extremas o absolutas. Las mínimas absolutas corresponden a las estaciones meseteñas y a las de su cíngulo montañoso oriental; León, Ávila, Salamanca, Soria, Teruel y Cuenca suelen registrar las temperaturas más bajas. Las heladas, por otra parte, se prolongan en la Meseta y altas tierras del Sistema Ibérico hasta el mes de mayo, y aun a veces ocurren en junio. La cuenca del Ebro también conoce mínimas muy bajas, pero en ella no se dan heladas en mayo, y las de abril son excepcionales. Por el contrario, en la costa atlántica lo normal es que la temperatura no descienda apenas de cero grados y, excepcionalmente, hay heladas fuera del mes de enero. Pero los mejores climas de invierno son los de la costa mediterránea y, en especial, los de la Costa del Sol donde sigue siendo un hecho insólito que el termómetro marque cero grados. En cuanto a las temperaturas máximas, éstas se dan en las campiñas andaluzas del Guadalquivir, Extremadura, La Mancha y el centro de la Depresión del Ebro, siguiendo después el Levante y el sudeste y, por este orden, la Meseta septentrional y la E. atlántica.La España húmeda y la España seca. Al contraste térmico invernal entre la E. interior y la periférica se añade otro más importante y rico en consecuencias, el que se establece, por lo que atañe a las precipitaciones, entre la E. húmeda y la E. seca. La región más lluviosa es la que bordea el Atlántico desde Partugal hasta Navarra, prolongándose hacia Cataluña por el eje de la cadena pirenaica (más de 1.000 mm. anuales). El resto de E., la E. seca, recibe precipitaciones muy inferiores: alrededor de 400 mm. en la Meseta, un poco menos en la Depresión central del Ebro, 200 en el sudeste, etc. Más interesante que la cuantía de las precipitaciones anuales y su distribución espacial es, sin duda, el régimen pluviométrico; el primer hecho a destacar en este sentido es la sequedad estival de casi toda E., lo que hace que sea un país primordialmente mediterráneo. Las máximas lluvias se dan en primavera y otoño en la Meseta y Valle del Ebro, en otoño en el Levante y prácticamente todo el año en la E. atlántica septentrional. Por otra parte, las precipitaciones caen en un promedio de 125 días al año en esta región, 80 en la Meseta, 70 en Extremadura y Depresión del Guadalquivir, 50-60 en el litoral mediterráneo y 25 en el sudeste.En resumen, en E., como país mediterráneo, las mínimas precipitaciones, a veces nulas, coinciden con las máximas temperaturas, por lo que la mayor parte del territorio es árido. J. Dantin y Revenga distinguieron las siguientes zonas de aridez media anual creciente: 1) E. húmeda (26,9% de la superficie), que abarca el norte del país hasta una línea que siguiera las faldas meridionales de los Pirineos y la cordillera Cantábrica más los islotes montañosos del Sistema Central y Sierra Nevada; 2) E. semiárida (38,9%), extendida por los altos páramos de Palencia y Burgos, el somontano pirenaico navarro-aragonés y el sur de Cataluña, las altas tierras del Sistema Ibérico y de los piedemontes norte y sur del Sistema Central y la mayor parte de Extremadura y Andalucía; 3) E. árida (32,4%), que cubre la cuenca del Ebro aguas abajo de Logroño, la del Duero aguas abajo de Aranda, las cuencas del Guadiana y media del Tajo, el bajo Valle del Guadalquivir, la región de Granada y Levante; 4) E. subdesértica (1,8%), equivalente a la estrecha faja litoral desde Guardamar, en Alicante; hasta el este del cabo Sacratif (Granada). En agosto toda E., salvo la orla cántabropirenaica y Cataluña, es plenamente subdesértica.Contrastes en la vegetación natural. Los contrastes climáticos, y particularmente los establecidos entre la E. húmeda y la E. seca, se traducen, como es lógico, en otros acentuados contrastes de paisajes vegetales.En la orla cantábrica y atlántico-septentrional, el óptimo natural o clímax de la vegetación es el bosque mesofítico y caducifolio constituido principalmente por hayas y robles, estos últimos, a su vez pertenecientes, sobre todo, a dos especies, marojo (Quercus pyrenaica) y carvallo (Q. robur). Antes de la intervención humana, robledales y hayedos cubrirían la mayor parte del territorio de la E. húmeda; los carvallos, exigentes en humedad y ensuelos profundos, ocuparían los valles y partes llanas desde Roncesvalles a Portugal; los marojos, menos exigentes en humedad y más resistentes al frío que los carvallos, abarcarían un área mayor, que desborda la de la E. húmeda, y abundarían sobre todo en Galicia, porque se trata de especies forestales amantes de los suelos silíceos o descalcificados; las hayas, que también desbordan los límites de la E. húmeda, crecerían por las montañas por encima del piso de los robles, aunque llegando en el país vasco hasta las proximidades del litoral; son muy exigentes en humedad y manifiestan ciertas preferencias por los suelos calcáreos, por lo que casi estarían ausentes de Galicia. Alisos, álamos, fresnos, sauces, etc., crecerían junto a los ríos y, salpicando los carvalledos, habría cerezos silvestres y tilos.El hombre ha modificado notoriamente este paisaje vegetal norteño-atlántico de bosques planicaducifolios, sustituyendo carvallos y marojos por castaños y pinos de los tipos rodeno (P. pinaster) o insignis (las coníferas son en la E. húmeda fruto de la repoblación artificial) o, más modernamente, por eucaliptos; y favoreciendo el paso desde la formación clímax de bosque a la de matorrales, a través de una serie de etapas subseriales; hoy las landas de brezos y tojos y los helechales, que también crecen como sotobosque de robledales y hayedos, son un elemento típico del paisaje vegetal de la E. húmeda, lo mismo que los prados, verdes todo el año y que ocupan los claros del bosque, las laderas y hasta el fondo de los valles. Por último, la encina sólo crece, en la E. húmeda, en los terrenos calcáreos y en las vertientes solanas; allí se refugiaría en los periodos fríos del Cuaternario.La encina (Q. ilex), el alcornoque (Q. suber) y determinados pinos (P. halepensis, p. ej.), cubrirían, antes de la intervención humana, la mayor parte del solar de la E. seca. Se trata de bosques esclerófilos (hojas coriáceas y de gruesa cutícula) y perennifolios, poco densos, y bien adaptados a la sequía del clima. El más importante de estos árboles mediterráneos, el que tiene mayor área de difusión, es la encina; sólo escasea o está ausente de la E. húmeda, las altas montañas, las depresiones interiores de inviernos rigurosos, los suelos excesivamente húmedos, salinos o arenosos. Extremadura, Sierra Morena, Andalucía y el Sistema Ibérico tienen hoy, y tuvieron siempre, los mayores encinares españoles. Por el contrario, el alcornoque, que es más termófilo que la encina, exige más humedad y además es silicícola y se halla principalmente por Extremadura, Cataluña y Cádiz-Málaga. Disputando el terreno a la encina, se extendería por casi toda la E. húmeda el quejigo (Q. lusitanica), algo más resistente que aquélla a los fríos invernales y más exigente en humedad estival; la Meseta y la Depresión central del Ebro serían sus áreas predilectas, como lo son de los quejigales subsistentes en nuestros días. Todavía más resistente que el quejigo a los fríos invernales, muy sobrio en exigencias hídricas estivales y amante de los suelos calcáreos, la sabina albar (Juniperus thurifera) ocuparía la Depresión central del Ebro y las altas tierras orientales de la Meseta; en dichas regiones se hallan hoy las más importantes reliquias de sabinares. Por último, desde el Llobregat hasta Portugal, y a poca distancia del mar, el palmito (Chamaerops humilis) y otras especies termófilas, como la coscoja, el lentisco, el acebuche, el algarrobo, etcétera, constituirían el piso inferior a la encina infrailicino.Hoy, sin embargo, lo más típico de la vegetación natural de la E. seca no son los bosques, sino los matorrales, en su mayor parte derivados de aquéllos por intervención del hombre. A cuatro familias botánicas pertenecen principalmente las especies que los pueblan: leguminosas, cistáceas, ericáceas y labiadas. Desde el punto de vista fitogeográfico, pueden agruparse los matorrales de la E. seca en dos tipos, maquis o maquia y garriga, no siendo esta última probablemente más que, una fase subserial de degradación o retroceso de la maquia. El maquis es una formación cerrada, espesa, que no deja ver el suelo y que dificulta la marcha, constituida por arbustos y arbolillos perennifolios y xerófilos como brezos, retama, aulaga, mirto, lentisco, madroño, jara, etc.; p. ej., los jarales de Sierra Morena. La garriga es, por el contrario, una formación subarbustiva, poco densa (el suelo presenta el aspecto de piel de pantera), con especies de menor porte y pobres en hojas: coscoja, tomillo, espliego, romero, etc. La última etapa de la degradación antropozoógena sería, en la mayor parte de E., la estepa o, mejor aún, la xero-estepa, sin perjuicio de que en algunos sitios (E. subdesértica) sea una formación espontánea; el esparto es su especie vegetal típica.Puesto que las montañas presentan, dentro de ambas E., la húmeda y la seca, tipos climáticos particulares, también habrá que considerarlas aparte en el análisis de su vegetación natural. Sólo el Pirineo ofrece, a este respecto, una facies alpina, pues sólo en él se da un escalonamiento bioclimático bastante completo: encinas, robles pubescentes y pinos negrales, pinos silvestres, hayas y abetos, pino negro, rododendros, arándanos y enebros y prados alpinos. En las montañas orientales y meridionales de E., este escalonamiento se simplifica a espensas de los árboles planicaducifolios, entrando en contacto muchas veces el piso basal de encinas con los superiores de coníferas; incluso en Sierra Nevada los robles (marojos) ocuparon un estrato arbóreo importante. En la cordillera Cantábrica la simplificación se verifica a expensas del piso basal esclerófilo y de los de coníferas, superponiéndose al carvallo el marojo y a éste el haya, que falta prácticamente de las montañas gallegas, casi exclusivamente silíceas.Provincias hidrológicas. Prescindiendo de los grandes ríos (Miño, Duero, Tajo, Guadiana, Guadalquivir, Segura, Júcar y Ebro; v. las voces correspondientes), que tienen un régimen complejo, todos los cursos fluviales de E. pueden agruparse, teniendo en cuenta su régimen, en estas cuatro provincias hidrológicas: atlántica, mediterránea, del interior y de montaña. La primera abarca desde el Miño hasta Navarra, y comprende, no solamente los ríos directamente tributarios del Cantábrico o del Atlántico, sino también los altos cursos afluentes al Duero por la orilla derecha, al O del Pisuerga, y la cabecera del Ebro y sus afluentes cantábricos hasta el Ega inclusive, esto es, la parte más importante de la E. húmeda. Se caracterizan los ríos de esta provincia hidrológica por su gran caudalosidad, su pequeña irregularidad, sus modestas crecidas y estiajes y por tener una curva sencilla de variaciones estacionales de caudal, con un bloque de altas aguas de estación fría y otro de bajas aguas de estación cálida; este régimen hidrológico pluvial oceánico se modifica ligeramente por influencia de la nieve en el caso de los ríos que nazcan en las montañas más altas, como el Besaya, Deva, Nalón, Navia, etc. (régimen pluvio-nival oceánico).En la provincia hidrológica mediterránea se incluyen los ríos que desembocan en este mar entre el cabo de Creus y el de Gata, con excepción de los que nacen en el Pirineo (Ter, Llobregat) o tienen un largo curso (Ebro, Júcar y Segura; v. las voces correspondientes). Son ríos cortos, de cuenca pequeña, de fuertes pendientes en los primeros kilómetros de su curso, de pobre caudal y gran irregularidad, de temibles crecidas otoñales y estiajes profundos y de una animada curva de variaciones estacionales de caudal; características que se deben al clima mediterráneo y a la presencia, cerca de la costa, de las cordilleras Catalanas, de la Ibérica y la Subbética. Parecido al de los mediterráneos es el régimen de los afluentes del Ebro por su orilla derecha a partir del jalón.Los ríos mediterráneo-béticos situados al oeste de la cuenca del Segura tienen, en cambio, un régimen emparentado con el de la mayor parte de los ríos del interior de E. que no nacen en las altas montañas con nieves abundantes: ríos manchegos y los originados en Sierra Morena y Montes de Toledo, afluentes del Guadiana y Tajo. A esta provincia hidrológica del interior puede llamársele también atlántico-mediterránea, por servir de transición entre las dos anteriores, aunque la verdad es que el régimen de sus ríos está más emparentado con el de los mediterráneos que con el de los atlánticos: caudalosidad escasa, irregularidad grande, estiajes profundos; se diferencian en cambio por el menor volumen de sus crecidas y, sobre todo, porque las curvas de variaciones mensuales de caudal presentan dos máximos equinocciales y dos mínimos, uno secundario de enero y otro principal de verano que culmina en agosto.La influencia de la fusión de las nieves en el régimen fluvial, influencia que es tanto mayor cuanto mayor sea la altura de las montañas y cuanto más elevada sea la latitud a que éstas se hallen, permite hablar de una provincia hidrológica de alta (más de 2.500 m.) y media montaña (2.000-2.500 m.). Los ríos de alta montaña (Pirineo central) tienen gran caudalosidad, irregularidad escasa, la más baja de todos los ríos españoles, fuertes pendientes y, por tanto, crecidas grandes, rápidas y tumultuosas de fines de primavera o comienzos de verano, fruto de la fusión de las nieves, y estiajes invernales, por retención nival. Las curvas de variaciones estacionales de caudal pertenecen a dos tipos: nival puro (las más altas aguas se alcanzan en junio, los caudales de mayo superan a los de julio, y los de septiembre no alcanzan el valor medio anual) y nival de transición (las más altas aguas se dan en mayo y hay un ligero pico otoñal de origen pluvial).Los ríos de montaña media tienen menor caudalosidad, mayor irregularidad, menos violentas y rápidas crecidas y unas curvas de variaciones estacionales de caudal de dos picos de altas aguas, uno de primavera y otro de otoño, ocurriendo aquél muchas veces en mayo-abril (categoría nivo-pluvial) y otras en marzo-febrero (categoría pluvio-nival). Los afluentes pirenaicos del Ebro en sus cursos medio y bajo y los ríos procedentes de las altas cumbres de la cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico, cordillera Central y Sierra Nevada pertenecen a estos dos últimos tipos; los ríos que nacen en el Pirineo central tienen, en su curso alto, regímenes nival puro o nival de transición.En E. no hay muchos ni grandes lagos, aunque existen de muy diversos tipos genéticos. De carácter estepario son las lagunas que se forman en las llanuras endorreicas de la Tierra de Campos, La Mancha, el Sistema Ibérico (Gallocanta), el Bajo Aragón y la Depresión Bética. Entre los lagos litorales o penilagos merecen mencionarse el Mar Menor (Murcia) y la Albufera de Valencia. Las lagunas de Ruidera son un buen ejemplo de lagos cársticos, así como el de Bañolas (Gerona), aunque éste, en parte, sea también de tipo tectónico. En el Campo de Calatrava y en la región de Olot existen pequeñas cuencas lacustres en los antiguos cráteres volcánicos. Y, por último, el lago de San Martín de Castañeda o de Sanabria (Zamora), algunas lagunas de la Demanda, Urbión, Guadarrama, Gredos, Sierra Nevada y, sobre todo, del Pirineo central (ibones, estanys) pertenecen a la categoría de lagos glaciares.3. Contrastes demográficos y de tipos de poblamiento. En 1965 la población española fue de 31.965.565 hab., que dan 63 hab/Km2 (37.272.192 hab. en 1980, 74 hab/Km2). Excluida la URSS, E. era quinta en Europa por su población absoluta, después de Alemania Occidental, Reino Unido, Italia y Francia, y uno de los más bajos por su densidad, ya que ésta era inferior solamente en Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia, Irlanda y Andorra. Dentro de E. las desigualdades en el reparto espacial de la población y en los tipos de poblamiento son tan grandes, si no mayores, como los contrastes físicos interregionales.Distribución de la población. En primer lugar existe el contraste, señalado por R. Perpiñá hace varios decenios, entre el interior y la periferia litoral; mientras que aquél (Meseta y Valle del Ebro) tiene una superficie equivalente al 60% de la de E., sólo alberga el 38% de su población.Dentro de la Meseta central, a la que corresponden 20 hab/Km2, sin contar Madrid-ciudad (30, contándola), se pueden señalar unas fajas de densidades débiles, inferiores a los 20-25 hab/Km2, que envuelven a otras de población relativa superior; las más bajas densidades corresponden a las regiones cuyo territorio se extiende por las altas tierras del Sistema Ibérico desde Soria a Cuenca; así, las provincias de Soria, Guadalajara y Cuenca tienen, respectivamente, 12,4, 13,2 y 15,7 hab/Km2; siguen a continuación las regiones montañosas del Sistema Central y sus piedemontes (provincias de Ávila y Segovia 27 y 23,9 hab/Km2) y las extendidas por los afloramientos occidentales del Paleozoico meseteño (Cáceres 24,7). En todos los casos se trata de áreas poco favorables por su clima y suelo a la agricultura y más propicias a la ganadería y a la explotación forestal. Las densidades más altas corresponden a las campiñas modeladas sobre los sedimentos terciarios de las cuencas del Duero, Tajo y Guadiana, acercándose o superando los 50 hab/Km2; la agricultura de secano, más próspera, y los regadíos lo explican. Solamente la provincia de Madrid (400 hab/Km2) tiene densidad superior a la media nacional, por razones obvias. Parecido es el contraste demográfico que en el Valle del Ebro se da entre las áreas de ricas vegas del centro de la cuenca y las montañas silvopastoriles circundantes por el norte (Pirineos) y sur (Sistema Ibérico); así, las provincias de Huesca y Lérida tienen densidades de 14,6 y 28, respectivamente, y la de Teruel 13,4, mientras que a las de Logroño, Navarra y Zaragoza corresponden 45,5, 41 y 46,5.Por el contrario, las provincias de la periferia, incluidas las del Valle del Guadalquivir, alcanzan densidades superiores a la media española, salvo Huelva, Almería y Castellón; particularmente elevadas son las correspondientes a Barcelona (435,4), Guipúzcoa (284,2) y Vizcaya (408), todas ellas muy urbanizadas e industrializadas. Prescindiendo de los límites provinciales, puede decirse que en la periferia hay los siguientes focos de alta densidad: la región industrial catalana, las huertas levantinas, el Bajo Guadalquivir, la región minera asturiana y las comarcas fabriles vascongadas; menos densas son, en cambio, las regiones del delta del Ebro, Maestrazgo, el Sudeste entre los cabos de Gata y Palos, la costa gallega comprendida entre las rías altas y bajas y la divisoria montañosa gallego-asturiana, por razones evidentes de naturaleza morfoclimática y edafológica. El paso de las altas densidades periféricas a las bajas del interior es casi siempre brusco: p. ej., de Barcelona a Lérida, de Valencia (146,6) a Cuenca. Más fuertes aún son los contrastes a escala regional; así, mientras que la huerta de Valencia tiene una densidad (prescindiendo de los habitantes de la capital) superior a 800 hab/Km2, las regiones situadas en su hinterland montañoso no pasan de 30.Evolución demográfica. El hecho de estar más poblada la periferia que el interior de E. parece que data de hace pocos siglos, según los historiadores. En el s. xvi la situación era inversa: todavía en 1600 la Meseta septentrional y el Cantábrico albergaban el 73,2% de la población de E.; a partir de entonces preponderan las tendencias centrífugas de la población. Así, mientras en 1860 la E. interior tenía el 43% de los habitantes del país, en 1960 sólo albergaba al 38%, y eso contando que en ella se halla la ciudad de Madrid. La Meseta norte y el Valle del Ebro son las regiones de mayores pérdidas demográficas. Por el contrario, -la E. periférica tiene en ambos años una población equivalente al 57 y 62% de la total. Cataluña y el Valle del Guadalquivir duplicaron, aproximadamente, sus habitantes entre 1860 y? 1960. Los mayores incrementos regionales corresponden también, desde 1960, a las áreas industriales de Cataluña y País Vasco y a Madrid. Si la tasa nacional de crecimiento fue de 5% en 1960-65, la de Álava ascendió a 24,7%, la de Vizcaya a 21,2, la de Guipúzcoa a 18,7, la de Madrid a 22,3 y la de Barcelona a 17%; las mayores tasas de decrecimiento en el mismo periodo correspondieron a Cuenca (-14,8% ), Soria (-12,9), Guadalajara (-12,4), Teruel (-12,2), Badajoz (-10,8), Zamora (-10,1) y Cáceres (-9,2). Como ha señalado J. Bosque Maurel, en los últimos decenios "un gigantesco movimiento que lleva hacia el norte a los habitantes de la mitad meridional española" se ha añadido al tradicional movimiento centrífugo. Pero, sobre todo, el hecho fundamental radica hoy en el trasiego intenso de la población desde las áreas rurales a los núcleos urbanos que son los que polarizan la mayor parte de la actividad industrial; pero de esto se tratará luego.Veamos ahora cómo ha sido la evolución demográfica de E. en su conjunto. Los historiadores dan, en general, las siguientes cifras de población absoluta partiendo de los 9 millones de hab., poco más o menos, que tendría E. en tiempos de los Reyes Católicos: 11,4 millones en 1600, 7,8 en 1730, 9.160.000 en 1786, 10.268.000 en 1787, alrededor de 12 millones en 1808. Desde 1857 (15,2 millones), año del primer censo oficial de la población, los datos son más seguros. El gran impulso demográfico tiene lugar en nuestro siglo: 18.594.405 hab. en 1900, 21.303.162 en 1920, 25.877.971 en 1940, 30.430.698 en 1960, 34.032.801 en 1970 y 37.272.192 en 1980.El crecimiento en el siglo xx de la población española se debe, sobre todo, al descenso de la mortalidad: 26,6%o de media en el período 1900-04, 16,6 en 1930-34, 10,2 en 1950-54, 8,5 en 1965, 8,4 en 1975, 7,7 en 1980; especialmente grande ha sido la disminución de la mortalidad infantil, que pasó de 172,4%0 en el período 1900-05 a 108 en 1940, 64 en 1950, 35 en 1960, 20,8 en 1970 y 11,1 en 1980. Pero también descendió la natalidad: 35%o en 19001904, 27,6 en 1930-34, 20,3 en 1950-54, 21,1 en 1965, 18,8 en 1975 y 15,1 en 1980. De estos datos se deduce que el crecimiento natural de la población española fue en general inferior al 11%0 hasta 1950, entre el 11 y 13%0 en 1950-70 e inferior al 11%, desde 1970.Migraciones. E. ha visto gracias a ello incrementarse su población a pesar de que son varios los millones de españoles que emigraron fuera del país desde el descubrimiento de América. El año de máxima salida de emigrantes fue 1912 (194.433); luego se reduciría notablemente esta cifra con motivo de la I Guerra mundial, aumentando al acabar ésta hasta adquirir otro punto álgido en 1920 (150.500); la crisis económica mundial iniciada en 1929, la Guerra española de 1936-39 y la II Guerra mundial frenaron de nuevo la emigración ultramarina española que ha tenido como principales países de destino Cuba y Argentina y, a mayor distancia, Venezuela y Brasil. Desde 1950 y, sobre todo, 1956-60, la emigración exterior española se dirige primordialmente a Europa occidental (Alemania Federal, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica); se trata más bien de una emigración temporal, integrada sobre todo por jóvenes solteros; entre 1960 y 1963 salieron de promedio anual 149.705. A partir de 1966, y por primera vez desde 1960, es mayor el número de retornos que de salida de emigrantes; el salto migratorio con Europa (excluido el Reino Unido) fue de 83.818 en 1964, 60.600 en 1965, -1.085 en 1966 y -25.000 en 1967. Otro tanto ha sucedido con la emigración ultramarina; desde 1955 el saldo positivo disminuye para convertirse en negativo a partir de 1964.A la emigración exterior hay que añadir las migraciones interiores que en los últimos años han afectado también a varios millones de españoles: la emigración neta de 1901-30 fue de 1.828.000, y la de 1931-60 de 2.433.000. Las áreas principales de salida han sido Andalucía (956.000 emigrantes netos en 1901-60), Galicia (647.000), Valle del Duero (519.000), Valle del Ebro (277.000) y las de recepción, Madrid, Barcelona y su cinturón urbanoindustrial y el País Vasco; a Cataluña corresponde una inmigración neta para el periodo 1901-60 de 1.415.000 personas, a Madrid 1.244.000 y a la E. cantábrica 107.000.Son las ciudades las principales beneficiarias del éxodo rural por ser ellas también los principales núcleos fabriles. Así, las capitales de provincia sumaban en 1900 el 16,8% de la población total, 30,8 en 1960 y 36,3 en 1980; Madrid y Barcelona son las que más acusaron esta concentración demográfica. Madrid tenía 539.800 hab. en 1900, 952.800 en 1930, 2.259.900 en 1960 y 3.265.093 en 1980; y Barcelona 533.000, 1.005.600, 1.557.900 y 1.733.849, respectivamente, contando esta última ciudad una corona de importantes aglomeraciones urbanas progresivas como Hospitalet, Badalona, Mataró, Sabadell, Tarrasa y Manresa. En menor escala, Bilbao, Zaragoza, Sevilla, Valladolid, Avilés, etc., han constituido, y siguen constituyendo, importantes focos de atracción demográfica.Todos estos cambios han sido, lógicamente, paralelos a las transformaciones experimentadas por la estructura de la población activa: la empleada en el sector primario en 1900 equivalía al 66% de la total, mientras que en 1950 al 47,6%, y en 1967 sólo al 29,4%; el crecimiento de la población activa ha aumentado, pues, considerablemente en los sectores industrial y de los servicios, a los que en 1967 correspondía el 36,3 y el 34,3% respectivamente (v. III).Tipos de poblamiento rural. Tan notorios como los demográficos son los contrastes entre las diversas regiones en lo relativo al habitat rural, es decir, al modo de presentarse las viviendas rurales, dispersas o en diverso grado de aglomeración. Los dos términos extremos podían ser Galicia y La Mancha. En aquélla hay más de 32.000 entidades de población, la mitad de las cuales tienen menos de 50 hab. y, del 90 al 95%, menos de 200; el 28% de la población gallega vive en casas aisladas o en muy pequeñas aldeas y el 80% en entidades inferiores a 2.000 hab. Algo parecido sucede en Asturias, Santander y País Vasco, donde, como en Galicia, a la dispersión del poblamiento y a la pequeña aldea se asocian el minifundio y el policultivo.La Mancha constituye el polo opuesto. Jessen constató que, por término medio, en cada hoja del Mapa Topográfico Nacional, que abarca una extensión de 504 Kmz, hay en La Mancha tres pueblos; en la de Socuéllamos no hay ninguno, sino solamente unas cuantas casas, molinos y ventas desperdigadas; en la de Romeros, al norte de Manzanares, no se encuentran pueblos de importancia y en la de Alameda de Cervera sólo hay unas casas miserables; en total, entre estas tres hojas y la de Tomelloso, que cubren una extensión aproximada de 2.016 Kmz, sólo existen dos pueblos grandes y varias casas aisladas. El tipo de poblamiento característico de La Mancha es, por consiguiente, el de grandes pueblos de 5 a 20.000 hab. (ciudades campesinas) separados entre sí por enormes distancias casi deshabitadas o con viviendas temporales de agricultores y ganaderos. Este tipo de poblamiento se extiende por Extremadura y Andalucía (especialmente la Depresión Bética), aunque aquí con una mayor abundancia de cortijos habitados permanentemente entre las ciudades campesinas (alrededor del 20% de la población vive en ellos); en todos los casos hay una estrecha relación entre la gran propiedad y el tipo de poblamiento.Toda una gama de transiciones existe entre esos dos extremos. En Castilla la Vieja y León (donde al 94% de los propietarios tienen menos de 30 Ha.), el tipo de poblamiento característico es el de aldeas de menos de 2.000 hab., con predominio de las comprendidas entre 500 y 1.000; parecido es el caso de las tierras de la Meseta meridional, extendidas entre el Sistema Central y el Tajo. En Levante, a la población concentrada en grandes pueblos se añade, particularmente en las huertas, la de numerosas viviendas dispersas; en el Valle del Ebro domina igualmente la concentración. Y en Cataluña, mientras en los territorios de la antigua Marca (Cataluña húmeda) abunda el poblamiento disperso y hasta en ocasiones predomina, en el resto se da sobre todo la concentración, sea en pequeñas aldeas (áreas montañosas) sea en aldeas mayores (Cataluña seca).Conclusión: las diversidades regionales. De lo que llevamos dicho se deduce que el mayor contraste geográfico es el establecido entre la E. húmeda septentrional cántabro-atlántica y la E. seca. Aquélla, que abarca Galicia, Asturias, Santander, Vascongadas y el nordeste de Navarra, se asemeja mucho al resto de las regiones templadoatlánticas del oeste de Europa. La E. seca pertenece al mundo mediterráneo pero en diversos grados; el Levante lato sensu abarca Cataluña (menos Lérida), Baleares, Valencia y Murcia (sin Albacete); en el sur se engloba Andalucía; la Meseta incluye por un lado León y Castilla la Vieja (menos Santander y Logroño) y por otro Extremadura, Castilla la Nueva y Albacete; el Valle o Depresión del Ebro comprende Logroño, Navarra, Aragón y Lérida. Ésta es una división tradicional en los tratados de Geografía, sin que ello quiera decir que sea satisfactoria. El criterio en que se basa es principalmente de tipo fisiográfico, morfoclimático. Hoy, sin embargo, los geógrafos y los economistas se inclinan más bien por aplicar, en los trabajos de regionalización, criterios de complementariedad basados en la heterogeneidad; una región es un espacio de terreno integrado por unidades fisiográficamente diversas y complementarias. En este sentido, p. ej., parece natural incluir en Cataluña la provincia de Lérida, no sólo por razones históricas sino geoeconómicas. Aunque ya se han hecho varios intentos en este sentido todavía no se ha llegado a una división regional satisfactoria, tanto para los geógrafos, como para los economistas, políticos, etc. La diversidad grande entre las tierras y los hombres de E., fruto de los contrastes geográficos y de los aportes variados de una historia milenaria, hacen que la empresa, aunque tentadora y prometedora, no sea de ninguna manera fácil.V. t.: Voces correspondientes a las regiones y provincias españolas.A. FLORISTÁN SAMANES.
BIBL.: Geografía de España y Portugal, dir. M. DE TERÁN, 6 vol., Barcelona 1952-67; P. BIROT Y P. GABERT, La Méditerranée et le Moyen Orient, 1, 2 ed. París 1964; S. M. HousTON, The Western Mediterranean World, Londres 1964; M. DRAIN, Géographie de la Péninsule Ibérique, París 1964; H. LAUTENSACH, Geografía de España y Portugal, Barcelona 1967; J. VILÁ, La Península Ibérica, Barcelona 1968 (con amplia bibl.); M. TERÁN, L. SOLÉ y COL., Geografía regional de España, Barcelona 1968 (con amplia bibl.); E. HERNÁNDEZ PACHECO, Fisiografía del solar hispano, Madrid 1955; J. DANTíN CERECEDA, Regiones naturales de España, Madrid 1942; L. SOLÉ SABARN, Sobre el concepto de Meseta Española y su descubrimiento, "Homenaje a A. Melón", Zaragoza 1966, 15-47; V. MASACHs, El régimen de los ríos peninsulares, Barcelona 1948; J. NADAL, La población española. Siglos XVI a XX, Barcelona 1965; J. GARCÍA FERNÁNDEZ, La emigración exterior de España, Barcelona 1965; A. GARCÍA BARBANcHo, Las migraciones interiores, Madrid 1967.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.