Empresa. Sociologia. SOCIOL.
Categoria:
Sociología
La e., tal como hoy existe, es una institución societaria que tiene como finalidad la producción y/o la distribución de bienes y servicios económicos.Aunque los términos de esta definición se explicarán con mayor detalle al tratar de su estructura, adelantaremos ahora que la e. se caracteriza por poseer organización unitaria, orientada a la consecución de un fin instrumental, y por no exigir para su existencia (aunque sí para su mejor funcionamiento) la presencia de espíritu comunitario y de relaciones personales entre sus miembros.1. Evolución histórica. En un enfoque sociológico de la evolución histórica de la e. consideraremos: a) que la e. es el requisito institucional básico de la revolución industrial; b) que la e. ha experimentado un proceso ininterrumpido de reformas desde su aparición; y c) que, con independencia de la motivación y procedencia de las reformas, éstas han ocasionado, tomadas globalmente y por término medio, el incremento de la producción, la expansión del mercado, la reducción de los conflictos internos y externos y el incremento de la influencia o poder social, político y económico de las e.Al decir que la e. es el requisito institucional básico de la revolución industrial no queremos significar que sea una creación cultural de ésta. Algo así ha apuntado Aron cuando, al intervenir en la discusión sobre los caracteres de la sociedad industrial, ha aludido al hecho de que el lugar de la producción esté separado del de la vida familiar. Pero tal separación podemos encontrarla en épocas muy anteriores. Así, en el caso de lo que Max Weber denomina ergasterion, y que viene a ser la fábrica medieval, en donde trabajaban juntos obreros y artesanos, en un lugar instituido al efecto por un señor feudal, un convento o una universidad. Un fenómeno próximo se halla en los bazares orientales, conjunto de pequeños talleres, físicamente conexos a una unidad comercial. También en el mundo antiguo, y fundamentalmente en Egipto y en Grecia, existieron factorías industriales de producción en gran escala, constituyendo instalaciones ad hoc, independientes de las residencias familiares. Así, pues, la concentración de obreros en un lugar de trabajo único no es extraña al mundo preindustrial. Como señala Ferrarotti, la distinción radical no reside en el hecho de trabajar juntos, fuera del hogar familiar, sino en que en la época preindustrial se daba el trabajo en común, mientras que es característico de la época industrial el trabajo en colaboración. Y esto lleva consigo, como factores necesarios, división del trabajo, especialización, coordinación de tareas, metas productivas comunes, dirección unitaria. Tampoco hay que olvidar que en la sociedad preindustrial ya existían talleres que precisaban de división del trabajo y coordinación de actividades (fundiciones, herrerías, fábricas de cerveza, molinos, etc.).En términos generales, parece que las condiciones técnico-organizativas ya estaban presentes a fines del s. XVl, y que se fueron generalizando y desarrollando al amparo y como efecto del progreso técnico general, gestándose con ello la e. industrial. En opinión de Max Weber, este desarrollo tuvo lugar fuera del ámbito artesanal, introduciéndose, por el contrario, primeramente, con la elaboración de nuevos productos, como el algodón, el brocado, la porcelana, etc. Sea o no cierta esta afirmación, ello no afecta para nada a este tema. Lo que queremos decir al afirmar que la e. es el requisito institucional básico de la revolución industrial es que, en el orden institucional, es el requisito que hizo posible la organización industrial del trabajo; esto es, la aplicación al campo de la producción de los progresos de la técnica. Se sigue de aquí que sin la existencia de la e. como institución no habría sido posible la industria moderna. En tanto que para el mundo preindustrial la fábrica es una forma más de la realización del trabajo, y de escasa importancia, en la sociedad industrial la e. es la única institución social correlativa al trabajo industrial, aunque subsistan otras formas, vinculadas a etapas productivas anteriores.La mencionada correlación entre industria y e. hace que ésta cambie a medida que aquélla se desarrolla, de modo que la historia de la revolución industrial es, paralelamente, la historia de las constantes transformaciones de la e. Estas transformaciones proceden del desarrollo tecnológico, de las relaciones entre empresarios y trabajadores, de las orientaciones ideológicas, religiosas y científicas, y de las actuaciones de los Estados y demás instituciones políticas, nacionales y supranacionales. Por lo que se refiere al progreso de la técnica, desde la más elemental mecanización hasta la automatización integral, ha tenido repercusiones sobre todos los aspectos de la e., tanto en la organización administrativa de la misma como en el prestigio profesional de las tareas. Pero ha influido especialmente sobre la diversificación de las funciones; es decir, sobre la división técnica del trabajo. Lo que, a su vez, ha repercutido en la necesaria especialización profesional en el seno de la e. (distribución humana de las tareas). De tal fenómeno se deriva, por su parte, una nueva coordinación y jerarquización de los puestos de trabajo y de los individuos que los ocupan y desempeñan, y, correlativamente, nuevas posibilidades de promoción profesional, económica y social, aprovechando los márgenes de movilidad creados por la nueva situación empresarial, tecnológicamente inducida. Cada transformación de la maquinaria crea nuevas actividades técnicas y, como de ello se siguen nuevas especializaciones profesionales, surge, como efecto operativamente lógico, la reestructuración de la e.: en la producción, en la administración, en la organización del personal, en la estructuración del mercado, etc.Las relaciones interhumanas en el seno de la empresa han constituido la causa de las más importantes fricciones y disfunciones de la institución casi desde los comienzos de la revolución industrial. Los conflictos, latentes o manifiestos, entre empresarios y trabajadores (v. EMPRESARIO; PROLETARIADO), tuvieron su raíz en la mentalidad (e ideología) empresarial, para la cual el trabajo, desprovisto de su dimensión humana, era un factor más de la producción económica, a lo que se unía el cálculo, pretendidamente racional, que atribuía al costo del trabajo la cantidad mínima suficiente para garantizar la subsistencia de los trabajadores. Pero esta conducta, si bien maximizaba los beneficios a corto plazo, fue la causa y razón de los conflictos internos de la e. y de los movimientos obreros. Las motivaciones de las concesiones empresariales, al ceder a las demandas de los trabajadores, no fueron, al menos en términos generales, éticas, sino pragmáticas, ya que, fieles a la racionalidad del cálculo, atendían a las demandas sólo en la medida en que la correspondiente disminución de los beneficios quedara compensada por la eliminación de las pérdidas directa o indirectamente ocasionadas por las tensiones y conflictos, o fuera superada, incluso, por eventuales beneficios derivados de un incremento de la producción a consecuencia del mejor trato. Piénsese, p. ej., en la introducción de las human relations en las grandes e. americanas, a raíz de la divulgación por Elton Mayo de las enseñanzas del experimento Hawthorne, y en la actitud delatora de los sindicatos del país, que vieron en la introducción de tales "relaciones humanas" un nuevo mecanismo de explotación de los trabajadores.Es ciertamente irónico que la mejoría en el trato humano y económico de los trabajadores fuera, en muy gran proporción, la consecuencia de que el cálculo racional empresarial iba descubriendo paulatinamente la racionalidad de dicho mejor trato. Incurriríamos en una deformación de los hechos, si sostuviéramos la existencia de una posición empresarial única, de clase; y si ignorásemos los movimientos moralizantes surgidos en el seno de los propios grupos empresariales. Sin embargo, forzados a describir un proceso global en sus términos más generales, diremos que los empresarios, buscando el bien útil particularista, tienden históricamente a desembocar en el bien honesto altruista. Aunque condicionado por el propio interés, ese cambio ha producido una profunda reforma de la estructura de la e., a lo largo de un proceso de ritmo desigual, pero nunca interrumpido.Aunque distinto en las motivaciones iniciales y en el planteamiento, el movimiento obrero sigue también un camino de creciente racionalidad, que le lleva a aproximarse hacia un mayor entendimiento con los empresarios. Los trabajadores pasan de la aflicción paciente al revolucionarismo escatológico, que pretende cambiar el mundo para que cambie la e., y de ahí, por la vía de un pensamiento práctico cada vez más realista, a la persecución de logros parciales mediante peticiones ininterrumpidas y crecientes. Así, las reivindicaciones de lo que es justo suelen entenderse, p. ej., en el sindicalismo norteamericano, de lo que es justo en la situación, hic et nunc. De este modo, las reivindicaciones obreras que comienzan orientándose hacia el bien utópico, terminan centradas en el bien posible.Las relaciones entre empresarios y trabajadores, ora conflictivas, ora contrastadas, ora dialogadas; a nivel de e., de rama de la producción, de país, o a nivel internacional, van alcanzando trascendencia bajo la forma de modificaciones efectivas de la estructura de la e., que, frecuentemente, se plasman en normas jurídicas que dan consistencia formal y sanción pública a los acuerdos. Así sucede, p. ej., con la duración de la jornada de trabajo, el descanso dominical, la seguridad en el empleo, la protección del salario, las condiciones del despido, el trabajo infantil y el femenino, las vacaciones, las condiciones ambientales del trabajo, etc.Las voces de la Iglesia (v. IV) y de los intelectuales coadyuvan también al desarrollo y aceleración de este proceso, pero sin duda es más eficaz la actuación de los Estados que, rompiendo el neutro esquema liberal, abandonan la actitud inhibitoria inicial para intervenir autoritariamente en las disputas obrero-patronales, imponiendo exigencias mutuas en aras de la paz social y del mantenimiento del orden. Las motivaciones y fundamentos ideológicos de los distintos Estados, así como sus medidas concretas, no pueden ser aquí objeto de consideración, pero, en términos generales y a la larga, su actuación tiende a paliar los fundamentos objetivos del conflicto, induciendo directamente en la reforma de la e.Pero quizá lo más asombroso de este proceso constante de reformas sea el que, consideradas globalmente y por término medio, así como con independencia del origen de la iniciativa y las motivaciones de las mismas, dichas reformas han producido: 1) el incremento de la producción, 2) la expasión del mercado, 3) la reducción de los conflictos internos y externos y 4) el incremento de la influencia o poder social, político y económico de las e. Nos referimos, claro está, a la e. como institución, y no a tal o cual e., o a tal o cual tipo particular de e. Este hecho revela una característica de la e. industrial como institución que es de la máxima importancia para su evolución, desarrollo y pervivencia: su enorme capacidad de asimilación. En un vasto proceso de asimilación, la e. se ha incorporado, sin destruirse, tanto los adelantos de la técnica como las limitaciones de la ley. y las exigencias del mercado, y todo ello sin que redundara en su menoscabo, sino, antes bien, progresando.Para valorar más correctamente este progreso hay que tener en cuenta que no ha habido una sola corriente ideológica ni una sola reforma política que no haya perseguido, y aun logrado, reformas sustanciales en la estructura de la e. En muchos casos, ha sido la propia institución empresarial la que, a la larga, ha terminado por vencer las pretensiones políticas e ideológicas, imponiendo su línea de desarrollo racional. Tal es el sentido de las modificaciones que en los últimos años se están realizando en las e. estratificadas de las economías socialistas. Esta solidez de la e. como institución, a prueba de reformas tanto endógenas como exógenas, es un efecto lógico de la correlación antes apuntada entre e. y desarrollo industrial. La e. es la más genuina creación social y cultural de la revolución industrial y se perfecciona en su estructura y funcionamiento, desplegando potencialidades ocultas, al compás del progreso de la tecnología y de la industria. Por eso pudo decir Durkheim que, en algunos aspectos, la e. -como institución vital- tendía a desplazar a la familia en la sociedad moderna, ya que en ella se gestan los problemas y las esperanzas que enmarcan la vida de los hombres actuales, a la par que centra los intereses y los afanes de los mismos.2. La estructura de la empresa. Los factores centrales y determinantes de la estructura de la e. son sus finalidades productiva y lucrativa (v. I). De esta doble finalidad se deriva la exigencia de conseguir una organización racional, en la que el trabajo se monte sobre principios técnicos, las tareas se distribuyan según criterios de idoneidad personal, los distintos puestos y actividades se coordinen entre sí espacio-temporalmente y según su conexión causal, y el poder fluya de una fuente única, comunicando unidad de organización y de funcionamiento al todo. Estos caracteres muestran que la e. es una institución, en el sentido que esta palabra tiene en Sociología, ya que es un ámbito social intermedio que posee una meta concreta a realizar, claramente establecida, de la qué se derivan las actividades y papeles que la organización reduce a unidad funcional. Junto a esto hay que señalar el carácter claramente societario de la e., ya que sus fines son instrumentales y las motivaciones de sus miembros no son normalmente desinteresadas y altruistas. La organización, establecida en orden a la consecución de la meta instrumental (organización formal), constituye un orden externo al que los individuos tienen que adaptarse por necesidad o por conveniencia, para alcanzar los propios fines personales. Tal es una de las razones por las que en la e. (que es una institución societaria típica) tiene tanta importancia el control racional (control de los resultados de la acción: de la e., de una sección, de un taller, dE un hombre...) y el control normativo (adaptación de las conductas a las normas de trabajo, de régimen interior... ). La contraprestación (do ut des) sólo, puede mantenerse mientras las dos partes respeten las reglas del juego y conserven la confianza recíprocamente; por eso, el incumplimiento o la desconfianza suelen ser la causa de los conflictos internos de la e. Pero ninguna organización formal, por estricta que sea, podrá evitar que entre sus miembros se desarrollen vínculos afectivos y relaciones personales, no coincidentes con el sistema de relaciones preestablecido.El descubrimiento de la organización informal de la e. es uno de los más importantes derivados del experimento Hawthorne, y ha demostrado la influencia de las relaciones personales sobre el buen o mal funcionamiento de la e. La colisión entre organización formal e informal crea una duplicidad organizativa que impide el correcto funcionamiento de los controles formales, alterando las líneas de jerarquía y de comunicación, y repercutiendo sobre la productividad. Este hallazgo resultó sorprendente hacia los años 30, porque. la concepción empresarial del trabajador reducía a éste a un ser individual, guiado únicamente por intereses económicos e influido en un rendimiento sólo por factores ambientales de tipo físico. Que la e. pudiera convertirse para el trabajador en ámbito de relaciones personales y que éstas pudieran repercutir sobre los fines instrumentales de la misma, era algo que no encajaba dentro de la concepción anterior. Los sociólogos europeos acogieron con reservas los hallazgos de Elton Mayo y sus colaboradores, especialmente en lo referente a la organización informal, por entender que tal fenómeno era consecuencia de ser emigrantes la mayor parte de los trabajadores americanos, por lo que carecían de los vínculos comunitarios naturales, de la familia, la vecindad, el grupo de amigos, etc., no siendo presumible que existiera en Europa, donde los trabajadores poseían por lo común tales vínculos.Sin embargo, las investigaciones empíricas desvanecieron estos argumentos y, por obra del sociólogo francés Georges Friedmann se llevó a cabo la recepción del pensamiento americano sobre estas materias. Como ya hemos señalado, las "relaciones humanas" en la e. fueron la primera consecuencia práctica que se siguió de las orientaciones de Mayo, quien aconsejó sobre la conveniencia de crear un clima humano favorable a la producción. El cariz posiblemente manipulista que estos procedimientos pudieran tener llevó a los otros sociólogos implicados en el experimento Hawthorne a extremar su rigor científico. Así sucede con Dickson, Roethlisberger y Homans, cuyos análisis son, sin duda, más profundos y cuyas derivaciones teóricas y prácticas directas o indirectas, tienen un carácter inicialmente menos sospechoso. Es evidente que el conocimiento de la organización informal ha llegado a introducir modificaciones en la organización formal, tendentes unas veces a reducir tensiones, dando cauce adecuado a la comunicación de peticiones atendibles, y otras, a basar la propia organización formal en sugerencias u orientaciones informales, p. ej., haciendo coincidir los mandos intermedios con los líderes informales.3. Factores que condicionan la evolución futura de la empresa. La posición central de la e. dentro de la sociedad industrial hace que en cada época esté condicionada por las grandes corrientes de pensamiento y por los grandes problemas que emergen y se despliegan en ella, de modo que, analizando las fuerzas actuantes en un tiempo dado, de entre las que se relacionan con la e., será posible predecir las líneas de su evolución o, cuando menos, los retos con los que va a tener que enfrentarse. Los factores que, a nuestro juicio, están comenzando a perfilar la nueva evolución de la e. son: 1) la automatización, 2) la financiación colectiva, 3) la complejidad creciente de los negocios y 4) las ideologías de participación.1) Como es sabido, la mecanización supuso la desaparición de los antiguos oficios, originando un proceso de diversificación funcional que llega hasta la atomización del trabajo. La automatización va más allá: no es que regule, divida y controle el trabajo del hombre, sino que sustituye a éste con ventaja, al menos en aquellos sectores de la producción en los que resulta aplicable. Allá donde la automatización alcanza, el hombre parece olvidado. Considerándolo desde un enfoque romántico podría afirmarse que se ha consumado el proceso de alienación del trabajo. No obstante, el hecho es que, aunque en menor proporción, los trabajadores siguen estando presentes, y, además, tiene lugar una revalorización de sus actividades. Por un lado, desaparecen los trabajos parcelarios y de movimientos mecánicos obligados, con lo que se aflojan los vínculos alienadores entre el hombre y la máquina. Por otra parte, la aparición de múltiples tareas de supervisión de las máquinas automáticas supone un paso más en el proceso de liberación de los trabajos físicos y, junto a esto, las operaciones de control, reparación y manutención de las máquinas constituyen una nueva forma y posibilidad de encontrar satisfacción en el ejercicio del trabajo. Finalmente, la especialización técnica vuelve a configurarse como oficio, con lo que, a la par, vuelve a contar la habilidad y la experiencia personal, unidas ahora a la posesión de conocimientos teóricos, ya que estos nuevos oficios precisan de un aprendizaje en el que es necesaria una más alta formación cultural. También desde este punto de vista la automatización ocasiona una humanización del trabajo.La ruptura de la relación hombre-máquina altera la relación tradicional del hombre con la e., pues se pierde la dependencia directa de la producción (servir a la máquina), sustituyéndola por la dependencia del plan establecido por la gerencia. Como la función técnica corresponde a las nuevas máquinas, el trabajador queda descargado de responsabilidad técnica, y por delegación y en la parte que le corresponda, pasa a tener responsabilidad gerencial. Aún no se dispone de material suficiente como para predecir de qué modo afectará la automatización a las relaciones de los trabajadores entre sí, y será necesaria una larga etapa de investigaciones descriptivas. Sin embargo, es obvio que tiene lugar una disminución de la oportunidad de interacción social, con lo que pierden importancia dentro de la estructura de la e. las relaciones informales propias de la industria preautomatizada. En cuanto a la movilidad vertical de los trabajadores, parece que ésta ha de ser escasa, una vez que el personal de la industria haya quedado reclasificado de acuerdo con las nuevas posibilidades que brinda la e. automatizada. De aquí se seguirá un esquema empresarial con escasas oportunidades para hacer carrera, que se caracterizaría organizativamente por un orden jerárquico muy estricto y de una intensa disciplina. No obstante, conviene tener en consideración que tal ha sido siempre la apariencia de la e. en el momento de introducirse una reforma sustantiva que altere los sistemas productivos y organizativos. Lo que en casos anteriores sucedió fue una progresiva flexibilización de la estructura, de modo que a medida que se multiplicaban las oportunidades profesionales crecía el número de escalones intermedios y se valoraban las más diversas y específicas capacidades individuales. Al menos hasta ahora, esa rigidez estructural y escasez de oportunidades de ascenso, ha sido siempre un fenómeno provisional.2) El segundo factor que influirá en la evolución de la e. es la extensión creciente de las formas de la financiación colectiva. Desde que en 1813 surgió la primera sociedad anónima en Estados Unidos, la importancia de esta figura jurídica y económica ha superado a cualquier otra. Ya hace muchos años que en los países industriales las sociedades anónimas controlan y dominan el mundo de la economía, concentrando la mayor parte de la población activa, la mayor proporción de los capitales y, consecuentemente, el mayor volumen de producción. Es la fórmula más viable para atender a la financiación de e. muy costosas, de volumen creciente y que actúan en un mercado siempre en expansión. Si a esto se une el que las grandes e. se enfrentan ahora a las necesidades de automatización, investigación y planetización de los mercados, resultará mejor ilustrada la relevancia de la financiación colectiva extensa.Pero lo más característico de la etapa que está empezando, no es tanto la extensión de la financiación colectiva como la aparición de un nuevo tipo de inversor, con carácter masivo: el pequeño ahorrador. Mientras que antaño el accionista era, como capitalista, miembro de la élite económica, y existía, en consecuencia, una dicotomía paralela en el poder, en el trabajo y en la propiedad, con la irrupción masiva del pequeño ahorrador, la distribución de los papeles ha comenzado a variar notablemente, ya que una gran mayoría de los accionistas son trabajadores por cuenta ajena, que invierten sus ahorros, directa o índirectamente, en la Bolsa. El incremento del número de accionistas, unido a la reducción de las plantillas, tiene como consecuencia el que el número de aquéllos sea superior al de los trabajadores. Esto sucede ya en España, desde hace algunos años, en los mayores Bancos privados. Claro está que alrededor del 90% son pequeños accionistas, pero su fuerza potencial se deriva del número y de la comunidad de intereses, y las formas de asociación y coaligación de los mismos serán cada día más frecuentes e influyentes, tanto sobre la Bolsa como en el interior de las e. Los actuales fondos de inversión son sólo un pálido reflejo del poder económico y político que pueden llegar a tener las sociedades de pequeños inversores.La acumulación en una misma persona de los papeles de accionista y de trabajador por cuenta ajena planteará un típico conflicto de papeles, especialmente a medida que el volumen de sus ahorros aumente. La multiplicación de estos casos y su extensión a una gran parte de la población trabajadora es un proceso que ya está en marcha de los países de más alto desarrollo industrial. Sus efectos se dejan sentir como un cambio de mentalidad que tiende a armonizar intereses y actitudes tradicionalmente enfrentados. Se trata, sin duda, de un proceso largo, sobre todo porque el citado conflicto de papeles implicará muchas veces renuncias a valores de clase y posición social y adaptaciones mentales difíciles de resolver. Por lo cual son previsibles las oscilaciones en la actitud y en la conducta hasta que la gran mayoría resuelva definitivamente su conflicto a favor del papel subjetiva y objetivamente más gratificador. ¿Qué prevalecerá: el accionista o el trabajador?, ¿el interés por el producto del trabajo o por la renta del capital?, ¿la subida de los sueldos o las ampliaciones del capital y los aumentos de los dividendos? Creemos que, paulatinamente, el conflicto irá resolviéndose a favor del nuevo papel social, ya que el papel estereotipado del trabajador explotado, en continua reivindicación y perpetuamente dependiente, tiene cada día menos adeptos entre los propios trabajadores. La elevación del nivel económico y cultural de éstos, unida a las posibilidades de la inversión colectiva, les ofrecerá una perspectiva más gratificadora o, al menos, un objetivo personal y social más atractivo.3) La complejidad creciente de los negocios es un tercer factor condicionante de la estructura social de la e. Durante muchos años esa complejidad ha originado el desarrollo de la burocracia y ha dado lugar a que gran parte de los poderes de la e. pasaran a la organización.Así, parecía cumplirse inexorablemente la prediccign de Max Weber, quien consideró como inevitable y omnicomprensiva la tendencia a la burocratización, de modo que todo sería controlado por la organización burocrática y nada debería hacerse fuera de ella, y menos contra ella, porque así lo exigía la productividad y el progreso económico. Sin embargo, la validez de tal ley queda limitada a aquellas situaciones racionalmente previsibles y a aquellas actividades y acontecimientos que aparecen de forma recurrente. Aunque estos márgenes son muy amplios, no incluyen las situaciones más complejas y enteramente nuevas, hacia las que se desplazan los grandes negocios en una época de desarrollos tecnológicos insospechados y de planetización de mercados, y en la que la competencia económica exige facultades de decisión omnímodas. En tales circunstancias, la decisión se convierte en la función estructuradora de todas las actividades no cotidianas ni previsibles de la e.Su importancia es creciente, y a servir a la decisión se orientan los sistemas de información creados por la técnica moderna. No obstante, por mucho que sea el respaldo informativo, la decisión conserva siempre su dimensión profundamente humana, como ejercicio de una libertad electiva en orden a la acción. Esto tiene trascendencia estructural ya que, como dice Ferrarotti, está probado que una cierta desviación con respecto a los organigramas organizativos explícitos y una serie de prácticas informales no previstas, y hasta en contraste con el organigrama racional, contribuyen al funcionamiento eficiente de la organización.4) El último gran factor que consideraremos son las ideologías de la participación. Hasta ahora se trata más bien de una mentalidad, ya que falta todavía su plasmación sistemática. Esta mentalidad, por lo que los hombres entienden que les corresponde participar en todos los órdenes de la vida social, tiene uno de sus ámbitos de mayor difusión en los temas y problemas referentes al mundo del trabajo. Progresivamente se va formando una mentalidad por la que los trabajadores conciben que tienen derecho a participar, no ya en los beneficios de la e., sino también en el capital, en la elección de la política de la e. en las decisiones concretas, etc. De esta mentalidad irán surgiendo las ideologías que sustituyan a las ideologías de la escasez, nacidas con la revolución industrial. Desde la perspectiva actual resulta difícil predecir de qué modo se conciliarán entre sí las grandes tendencias que acabamos de describir, pero en ellas está inserto el futuro de la e. como institución.V. t.: I; IV.E. MARTÍN LÓPEZ.
BIBL.: G. FRIEDMANN y P. NAVILLE, Tratado de sociología del trabajo, 2, México 1963; R. DAHRENDORF, Sociología de la industria y de la empresa, México 1965; A. TOURAINE, Sociología de la acción, Barcelona 1969; R. BALLIVIAM, La empresa capitalista. Aspectos de su moderna estructura, Buenos Aires 1962; E. SOLDEVILLA, La empresa unidad económica de producción y distribución, Madrid 1968; P. JARDILLIER, La organización humana de las empresas, Madrid 1969.
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