Degas, Hilaire-Germain-Edgar
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Biografía GER
Pintor francés, n. en París el 19 jul. 1834, m. en la misma ciudad el 27 sept. 1917. En esta dilatada existencia de 83 años se contuvo la vida del más delicado y exquisito de los impresionistas (v. IMPRESIONIsmo). A propósito del apellido de familia, apresurémonos a declarar que su verdadera ortografía era De Gas (así firmó hasta 1873). En cuanto a su madre, era una criolla de Nueva Orleáns, y esta circunstancia explicará alguna otra en la biografía de nuestro hombre. Alumno del liceo Luis el Grande, y luego de la Facultad de Derecho, D. frecuentaba más las salas del Louvre que las aulas en que se explicaban leyes, y recibió lecciones de un humilde pintor, Lamothe, cuyos méritos todos parecen haberse concretado en ser discípulo de Ingres (v.). La gran fortuna fue que el banquero, hombre cultivado, dio licencia a D. para seguir la problemática carrera de la pintura, la que, con la lógica del momento, debía comenzar con una excursión a Italia, realizada en 1856-57 y en 1858-60, copiando a Signorelli y mostrando inclinación hacia la pintura de historia. Fruto de tales inquietudes son cuadros de títulos tan decidores como Setníramis construyendo una ciudad y el mucho más interesante Las desgracias de la ciudad de Orleáns, respectivamente datados en 1861 y 1865. Entre ambas fechas, D. ha conocido a Manet (v.), y su temática conoce un viraje definitivo, enfrentándose con motivos mucho más actuales y dinámicos, como las carreras de caballos.El 1868 es año sustantivo, ya que comienza su interés para con el ballet mediante el retrato de Mlle. Fiocre. En 1870, llamado a filas, hace la guerra en uno de los fortines que defienden París. En 1872 empieza a frecuentar la ópera, y el mismo año se embarca hacia Nueva Orleáns, patria materna, donde permanecerá hasta abril de 1873. Fruto de este viaje es su interesantísimo Despacho de algodón en Nueva Orleáns, con retratos de sus hermanos y tío, y ya una obra maestra, hoy en el Museo de Pau. En 1874 participa activamente en la preparación de la primera exposición de los impresionistas, y en 1880 realiza un viaje por España, que repetirá en 1889. Este decenio de los ochenta ha resultado ser particularmente fértil en la temática ya consustancial con el artista. En 1893 presenta una exposición de monotipos en la galería Durand-Ruel. Se hace progresivamente retraído, dedicándose a simultanear pintura y escultura, actividad ésta que ya había ensayado, con su habitual primor, en 1881. Hombre de violentos impulsos, los exhibe con motivo de los apasionados debates en torno al proceso Dreyfus, en contra de éste. Su vista, que nunca ha sido buena, empeora sensiblemente. En 1912, por razón de una expropiación seguida de desahucio, ha de abandonar su casa de la calle Victor Massé, en que había residido desde hacía largos años, viéndose obligado a vender muchas pinturas que alcanzan alta cotización. Fue, acaso, la última satisfacción del gran artista antes de que la muerte acabara con aquella nobilísima existencia.No habrá inconveniente en admitir que su repertorio visual y temático sea mucho más reducido que, p. ej., el de Cézanne. Son muchos los cuadros de D. que sorprenden ensayos o representaciones de bailarinas de ballet, pero podría haber explotado este motivo incesantemente sin que llegara a fatigarnos, en virtud de la maravillosa fluidez y elegancia de la realización, que acude a los medios técnicos más idóneos para asegurar la sutileza de la dicción. Así, las más de estas seductoras versiones no son óleos, procedimiento que quizá se le antojara grosero y ordinario a D., sino guachas, temples y acuarelas terminadas al pastel, lo que irisa maravillosamente cada composición, hasta hacernos pensar en el lenguaje técnico de Quintin de La Tour. Casi resulta increíble que obras maestras de la categoría del Café-concert des Ambassadeurs, de 1876-87, en el Museo de Lyon, o el mismo tema y de igual fecha (Washington, Corcoran Gallery), no sean sino pasteles, y el primero trasladado a monotipo. Con ello, D. deja bien sentado que la fragilidad de los medios no interfieren la belleza del resultado cuando el que los utiliza es un artista de su categoría. Y, no obstante, convendrá salir al paso de la posible creencia de que D. haya sido exclusivamente un pintor de frivolidades teatrales, género en el que pudiera coincidir con Toulouse-Lautrec. Hay otra motivación perenne en su obra, y es la de las carreras de caballos, vistas con casi obligatoria mayor modernidad, vitalidad y dinamismo, no ya que en Géricault (v.), sino que en Manet. Y, en fin, conservamos los testimonios de su acercamiento a la pintura social. Un dignísimo ejemplo es El ajenjo, de 1876, en que vemos una pareja bohemia, ensimismada ante el alcohol; otro, de mayor enjundia plástica, la serie de Las planchadoras, datando de 1882, donde el honesto D. ha procurado mostrarnos el esfuerzo físico y anónimo que para unas pobres mujeres significa tener dispuestos los tules y crinolinas de las bailarinas de ballet; y en este caso ha procedido con idéntico amor -puede ser que mayor- con las obreras que con las muchachas del cuerpo de baile. La supervaloración de cualquier motivo plástico por sí mismo no reconoce escalas en el máximo artista que era Edgar D.Algo conviene añadir sobre su dedicación a la escultura. En esta técnica, D. no pasaba de ser un absoluto autodidacta, siquiera fuera orientado en algún modo por los escultores Bartholomé y Cuvelier, pero es de creer que las lecciones de ambos no pasaran de rudimentos tecnológicos. No es preciso insistir en la presunción. Cuando, por 1881, modela en cera su Danzarina de 14 años, vistiéndola con ropas de verdad, ya se adivina que el autor no es un escultor profesional, y sí un escultor intuitivo, actuando con una gracia y un movimiento más bien ajenos a lo preceptivo en el arte del volumen. Junto a esta bellísima obra maestra, quedan en el haber escultórico de D. otras muchas, como desnudos femeninos y caballos, tanto más frecuentes a medida que el soberano pintor iba experimentando la reducción de sus facultades visuales, en tanto mantenía incólumes las táctiles. Y, en suma, fue un artista completo, completísimo, total, imposible de ser imitado. Su arte, naturalmente centrado en el último tercio del s. xix, no estaba destinado a prolongarse en el xx, pero sí ha servido a todos de máxima lección de toda delicadeza.V. t.: IMPRESIONISMO.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: M. GUÉRIN, Lettres de Degas, París 1931; P. VALÉRY, Degas, danse, dessin, París 1938; D. -ROUART, Degas á la recherche de sa technique, París 1946; J. LEYMARIE, Les Degas du Louvre, París 1948; D. COOPER, Pastels d’Edgar Degas, Basilea 1952; F. FOSCA, Degas, Ginebra 1958; D. CATTON RICH, Degas, Barcelona 1962; J. BOURET, Degas, París 1965.
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