Crónica y Cronista III. Cronista. MEDIOS
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Concepto y origen. Es el autor de una crónica (v. I). Según ello, el c. más antiguo debería ser considerado Eusebio de Cesarea (v.) (ca. 260340), cuya crónica sirvió de modelo e inspiración a las demás, a lo largo de la Edad Media. En manos de clérigos, la redacción de crónicas quedó reservada en los primeros siglos medievales a los principales centros eclesiásticos, tales como monasterios e iglesias episcopales más importantes. Allí solía existir un monje o clérigo que satisfacía los deseos comunes, más o menos claramente sentidos, de tener anotados ordenadamente por escrito los sucesos más destacados de la vida conventual o catedralicia, como nombramiento de abades u obispos, inauguraciones y consagraciones de los templos respectivos, donaciones de reyes, príncipes y otros grandes señores, etc. Junto a estos hechos de carácter netamente interno, no dejaba el c. de registrar de manera escueta, según la seca literatura propia de la historiografía de la época (v. MEDIA, EDAD I, 2), otros acontecimientos de orden local o regional que habían impresionado o afectado de manera especial a los naturales, como sucesos bélicos, sequías, inundaciones y ciertos signos atmosféricos y astronómicos aparición de cometas, auroras boreales, eclipses de Sol o de Luna, etc.La mentalidad agorera de aquellos tiempos atribuía indudable influencia en los destinos humanos.Además de esta preocupación de ámbito local o regional, no solía faltar en los c. monásticos un interés más o menos acusado por encuadrar su relato dentro del marco de los acontecimientos más relevantes de orden universal y nacional, a los cuales concedía un espacio tanto mayor cuanto más abundante fuese la información que poseía, extraída para las épocas pasadas de las obras de otros historiadores de que estuviese surtida la biblioteca del monasterio, y de las noticias que proporcionaban los libros sagrados, transcritas sin el menor espíritu crítico. Por otra parte, además de los c. espontáneos de los monasterios (en muchos casos, única fuente de información para determinados sucesos) fue delineándose la figura del c. oficial u oficioso de los reyes, encargado de trazar la historia del reinado que debía enlazar con las anteriores para formar con las que siguiesen un todo ininterrumpido. Tal es el caso, en España, de los sucesivos c. que, a partir de la hipotética de Alfonso II, elaboraron las crónicas de los reinados de Alfonso III y sus sucesores (un obispo Sebastián, al que se atribuye la de Alfonso III; Sampiro, notario real de Vermudo II, mayordomo de palacio y obispo de Astorga con Alfonso V, etc.). No puede extrañar que la imparcialidad de estos c. sea bastante discutible. En el tratamiento de personajes y acontecimientos contemporáneos su versión no puede ser tal que disguste a los gobernantes. En cuanto a los reinados más alejados en el tiempo, la tendenciosidad es a veces muy patente, como en la obra del obispo Pelayo de Oviedo (1101-29), que escribe sobre Vermudo II, anterior al c. en un siglo y "sobre quien se complace en acumular culpas, tal vez para justificar... las victorias de Almanzor sobre los cristianos". (Sánchez Alonso). Como señala el mismo investigador "lo que le interesa por encima de todo es su diócesis ovetense; para engrandecer sus glorias no perdonó medio, interpolando cuantos escritos cayeron en sus manos". Semejante falta de objetividad se puede achacar por otros motivos al autor de la Chronica Adephonsi Imperatoris, un "encomio constante del rey, que hasta en los reveses sale bien parado".Cronistas particulares. Al lado de las crónicas de reinados, no faltaron tampoco c. que se ocupasen de sucesos particulares que requerían un tratamiento individualizado, fuera del marco de aquéllas. Como en cualquier tipo de producción historiográfica, con el tiempo fueron apareciendo obras de extensión cada vez mayor. Si en el s. X p. ej., apenas supone unas pocas páginas el Chronicon de gestis normannorunm in Francia, que abarca desde las primeras expediciones de los vikingos en el 820 hasta su establecimiento en Normandía en el 911, la primera Cruzada a Tierra Santa recibe en manos de su entusiasta c., el benedictino Guibert de Nogent, en su Gesta Dei per Francos, un más amplio tratamiento, en el que la narración se adorna con numerosos hechos fantásticos, mientras que la tercera Cruzada es relatada en versos octosílabos y ya en lengua vulgar, por un laico, Ambrosio de Évreux, compañero de Ricardo Corazón de León en aquella empresa. También en verso compuso Guillermo de Tudela la Canción de la cruzada contra los herejes albiguenses, acontecimiento de profunda trascendencia en todos los órdenes para la región del Mediodía francés y los reinos colindantes. Otro hecho de gran relieve, la cuarta Cruzada que dio lugar a la instauración del Imperio latino en 1204, encontró su c. principal en el laico Geoffroy de Villehardouin, actor destacado, como político y diplomático, en la extraña aventura.Más escasos son los c. que adoptan como tema de su obra la vida de un personaje concreto, con intención de biografiarlo. Éste es el caso en España del autor de la Gesta Roderici Campidocti o Historia Roderici, compuesta sólo unos 15 años después de la muerte del héroe castellano, es decir, cuando la leyenda no había tenido tiempo de deformarlo. De su estilo dice Menéndez Pidal que "no carece de significación que el anónimo autor adopte a menudo en su latín el estilo bíblico; la Historia Roderici es propiamente el evangelio de la fidelidad y del esfuerzo heroico; toda ella respira veracidad sencilla y devota". En la misma línea puede situarse La livre des saintes paroles et de bonnes actions de saint Louis, debido al amigo y contemporáneo del rey francés, lean de Joinville,que, como a través de su título puede ya percibirse, más que la historia del reinado es una biografía ingenuamente laudatoria y entusiasta, en la línea de la hagiografía (acababa de ser canonizado el monarca).En el s. xiii aparecen en España las obras de algunos c. que aspiran a ser nacionales y no limitadas a uno u otro de los diferentes reinos hispánicos; pero, redactadas en Castilla, es este reino el que centra preponderantemente la atención de los autores. Se trata de Rodrigo Jiménez de Rada (v.) (11701247), que por mandato real escribió la Historia Gothica, y de D. Lucas, obispo de Tuy, autor del Chronicon Mundi a instancias de la reina Da Berenguela. El gran conflicto conocido con el nombre de la guerra de los Cien Años (v.), que opuso largamente a las principales potencias de Occidente, encabezadas por Francia e Inglaterra, encontró su c. en Froissart (v.), cuya obra historiográfica está puesta al servicio de la política. En efecto, familiar en un principio de la reina de Inglaterra, la primera versión del primer libro de sus Crónicas es netamente favorable a este país; unos años más tarde, al cambiar de protectores, el tono de su segunda redacción varía también sensiblemente. Por lo demás, como se ha podido escribir, "gran viajero, familiar de varias cortes, Froissart es un brillante repórter, pero un historiador mediocre. Espíritu crédulo y superficial, por completo desprovisto de crítica, comprende mal lo que cuenta, pues se le escapan las causas profundas de los acontecimientos, las convulsiones sociales y políticas de su tiempo". Con él comienza a delinearse la figura del c. oficial. En la Francia desgarrada por las luchas de partido entrelos borgoñones y los armagnacs, cada facción quiere hacerse con un c. propio que redacte la historia de los sucesos contemporáneos a gusto del partido y de acuerdo con sus convicciones políticas.Cronistas oficiales. Aunque no por las mismas causas, también en los reinos hispánicos comienza a surgir por la misma época el c. oficial u oficioso de cada reino. Así, en el s. XIV actúa prácticamente en tal cometido en la corona de Aragón un Bernard Dezcoll, "bastante bien dotado comenta Sánchez Alonso aunque más que explayar sus facultades hubo de plegarse a realizar el pensamiento del rey", Pedro el Ceremonioso. A partir de este momento, no faltan c. en Aragón, especialmente desde la creación del cargo de manera completamente oficial, que, según unos, tuvo lugar en las Cortes de 1495 y, según otros, en las Cortes de Monzón de 1547, en las que fue nombrado jerónimo Zurita (v.), insigne c. al que se deben los famosos Anales de la corona de Aragón, elaborados con seriedad, objetividad y manejo de documentación de primera mano muy notables para su época. En Castilla, el cargo permanente de c. es detectado por algunos a partir del reinado de Juan I I (140654) en la persona de Juan de Mena (v.), ilustre en la historia de la literatura por otras obras de ficción, mientras que para Morel Fatio y otros eruditos debe retrasarse la fijación del cargo hasta el reinado de Enrique IV (145474).Una idea de las condiciones que debía reunir el c. en esta época, según el pensamiento de los mismos historiadores contemporáneos, nos podemos formar a través de las declaraciones de uno de ellos, Fernán Pérez de Guzmán (v.), que en la introducción de sus Generaciones y Semblanzas, obra en la que retrata a una serie de personajes destacados en los reinados de Enrique III y Juan II de Castilla, escribe las siguientes consideraciones: "E a mi ver, para las estorias se fazer bien e derechamente son necesarias tres cosas: la primera, que el estoriador sea discreto e sabio e aya buena retórica para poner la estoria en fermoso e alto estilo, porque la buena forma onra e guarnece la materia. La segunda, que él sea presente a los principales e notables abtos de guerra e de paz, e porque seríe inposible ser él en todos los fechos, a lo menos que él fuese así descreto que non recibiese información sinon de personas dignas de fe e que oviesen sido presentes a los fechos. E esto guardado sin error de vergüeña, puede el coronista usar de información ajena... La tercera es que la estoria que non sea publicada biviendo el rey o el príncipe en cuyo tiempo e señorío se hcrrdena, porque’1 estoriador sea libre para escribir la verdad sin temor". Tres son, pues, las condiciones que debe reunir un buen c.: la primera, que sea escritor de pluma galana y elegante (la historiografía era entonces, de acuerdo con una tradición que remontaba a griegos y romanos, un arte, tanto y más que una ciencia); la segunda, que se informe de los hechos personalmente o por medio de testigos fidedignos, para poder ofrecer una narración auténtica y seria (el mismo Fernán Pérez de Guzmán ha escrito al principio de su introducción que muchas crónicas e historias "son avidas por sospechosas e inciertas e les es dada poca fe e abtoridat... porque algunos que se entremeten de escribir e notar las antigüedades son ombres de poca vergüeña, e más les plaze relatar cosas estrañas e maravillosas ’que verdaderas e ciertas, creyendo que non será avida por notable la estoria que non contare cosas muy grandes e graves de creer, ansí que sean más dignas de maravilla que de fe ..."); la tercera condición, de que no publique su historia en vida del soberano de que se hace relación y en cuyo tiempo la escribe, sale al paso de la segunda causa por la que, según él mismo, muchas historias "son avidas por sospechosas e inciertas", a saber, "porque los que las corónicas escriven es por mandado de los reyes e príncipes; por los conplazer e lisonjar o por temor de los enojar, escriven más lo que les mandan o lo que creen que les agradará, que la verdat del fecho como pasó".A partir del reinado de los Reyes Católicos, actúan simultáneamente varios c. oficiales a sueldo de la corona, de suerte que la producción historiográfica gana en cantidad y en calidad, pues no sólo se escriben más obras sino que sobre un mismo asunto aparecen distintos puntos de vista de diferentes autores. El número de los c. oficiales y particulares, aquéllos con la ventaja sobre éstos de tener acceso directo a los documentos de cancillería y otras fuentes de información, es muy crecido. Destaca Luis Vives (v.) por sus ideas sobre la manera de escribir la historia. "Su posición podríamos resumirla observa Sánchez Alonso como la de un temprano defensor de la necesidad de cultivar con preferencia lo que hoy llamamos la historia interna. Vives llega a esa consecuencia por el carácter acusadamente docente que a la Historia asigna, sobre todo como formadora de estadistas y en general de cuantos han de intervenir en el gobierno de los pueblos. Si el conocimiento de lo pasado ha de ser la principal enseñanza, debe procurarse que alcance a lo que verdaderamente constituye la vida de la humanidad en sus sucesivas etapas: la religión, la legislación, la economía, las ciencias, los usos y costumbres, etc. En cambio, dar excesiva extensión a lo relativo a las guerras y demás azotes del hombre, como era lo habitual en los historiadores, no es sólo baladí, sino dañoso, porque estimula los peores instintos: la vanagloria, la crueldad, el prurito de venganza". Efectivamente, los c. oficiales siguieron teniendo muy presente que su obra iba dirigida muy principalmente a los llamados a gobernar el reino, de quienes dependía la existencia del oficio mismo de c. Reyes y c. se necesitaban, pues, mutuamente. Una velada amenaza contra el menosprecio que pudieran alimentar aquéllos contra éstos parece transparentarse en la advertencia de Luis Cabrera de Córdoba, c. de Felipe II, de que "deven los Príncipes no tener mal satisfechos a los historiadores, porque su pluma entierra vivos y desentierra muertos".En otro orden de ideas, es interesante la observación de Bartolomé L. de Argensola (v.), c. de Aragón, en el sentido de que el historiador no debe convertirse directamente en moralizador, como solían hacer en su época, adoptando a la menor ocasión un tono de predicador o de filósofo barato, sino que la enseñanza debe fluir espontáneamente de la misma relación de los hechos. El cargo de c. puede decirse que desapareció en España, como en otros países, en el s. XVIII, cuando las Academias de la Historia fueron centralizando en cierto modo las tareas historiográficas. Sólo como evocación de la antigua institución algunas provincias y ciudades mantienen en la actualidad su propio c., generalmente un publicista que con más o menos interés y fruto se encarga de exhumar viejas memorias de su región o localidad y de registrar para el futuro las efemérides destacadas que van teniendo lugar.V. t.: MODERNA, EDAD 1, 2.ZABALO ZABALEGUI.
BIBL.: V. la de I; MEDIA, EDAD I, 2; HISTORIA II; B. SÁNCHEZ ALONSO, Fuentes de la historia española e hispanoamericana, 3 ed. Madrid 1952.
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