Crítica Literaria III. Literatura Hispanoamericana. LIT.
Categoria:
Literatura
1. De los orígenes al siglo XIX. Los primeros críticos. Loss de la c. l. hispanoamericana resultan difíciles de precisar porque, hasta mediados del s. XIX, está disuelta en las obras de los primeros historiadores republicanos y, más frecuentemente, en los panfletos, discursos o proclamas de los "doctrinarios" de la emancipación literaria e intelectual. De este modo, no obstante algunos ilustres predecesores como el gongorista peruano Juan Espinosa Medrano (163888), los primeros críticos sólo aparecen durante el largo periodo romántico que, según José Antonio Portuondo, se extiende en los a. 183060. Es durante ese periodo cuando la c. l. llega a configurarse como una función diferenciada formal e intelectualmente.Puede tomarse, sin embargo, como punto de referencia, la publicación, en Santiago de Chile, de los Opúsculos literarios i críticos de Andrés Bello (v.). Esta obra reúne distintos escritos publicados por el humanista caraqueño en 183449. La mayoría de ellos habían sido concebidos, por tanto, dentro del ámbito de la polémica que, iniciada en 1830 con ocasión de la Oración inaugural del curso de Retórica de José Joaquín de Mora, al que Bello combatió inspirando una violenta campaña periodística en contra suya, iba a concluir en el movimiento literario de 1842.Corresponde al chileno José Victorino Lastarria (181788) formular, en el discurso que pronuncia en la sesión inaugural de la Soc. Literaria de Santiago, la llamada a la "rebelión intelectual" que, de un modo u otro, estaba en el ánimo de todos sus coetáneos. La noción de "emancipación intelectual" constituye, en efecto, el Zeitgeist (espíritu del tiempo) de aquella generación romántica, como lo señala, entre otros, el hecho que, al igual que Lastarria, el historiador venezolano Juan Vicente González (181166) insista en la necesidad de una literatura nacional, y que el argentino Esteban Echeverría (v.) afirme que el "espíritu del siglo" conduce a las naciones no sólo a la independencia política, sino, asimismo, a su emancipación filosófica y literaria. "La Francia, decía Lastarria, ha levantado la enseña de la rebelión literaria, ella ha emancipado su literatura de las rigurosas y mezquinas reglas que antes se miraban como inalterables y sagradas (...).Debo deciros, pues, que leáis los escritos de los autores franceses de más nota en el día; no para que los copiéis y trasladéis sin tino a vuestras obras, sino para que aprendáis de ellos a pensar (...). Fuerza es que seamos originales; tenemos dentro de nuestra sociedad todos los elementos para serlo, para convertir nuestra literatura en la expresión auténtica de nuestra nacionalidad".Estas ideas no sólo son acogidas por los escritores argentinos desterrados en Chile (Domingo Faustino Sarmiento, v.; Vicente Fidel López, 18151903; Juan Bautista Alberdi, 181084; Juan María Gutiérrez, v., etc.), sino que, en último término, corresponden al espíritu de la primera de las Silvas Americanas compuesta por Bello, en Londres, en 1823. Nada tiene, pues, de extraño que Juan María Gutiérrez abra su América Poética (1846) con la Alocución a la Poesía del caraqueño, al que, de un modo u otro, se había querido presentar, durante la polémica, como el principal agente de la "contrarrevolución intelectual". Esta búsqueda de la expresión auténtica, propuesta e impuesta por los primeros críticos románticos, es uno de los rasgos más recurrentes de la c. l. hispanoamericana. Ella explica, desde luego, el gran desarrollo que tuvo la historiografía durante el s. XIX, puesto que, de una u otra manera, cada historiador intenta describir un rasgo auténtico de la existencia hispanoamericana. La "ordenación" histórica del patrimonio literario se impone con el mexicano Joaquín García Icazbalceta (182594), el colombiano José Vergara y Vergara (183172), los chilenos Miguel Luis Amunátegui (182888) y Diego Barros Arana (18301907), y el ecuatoriano Juan León Mera (v.).Influencia del positivismo. En 187085 comienza, sin embargo, a configurarse un nuevo grupo de críticos que, reclutados en su mayor parte entre los desencantados de la suerte corrida por la rebelión romántica e inducidos por las ideas positivistas, modifican profundamente la orientación de la crítica hispanoamericana. Ésta no se concibe en función del colorido local o nacional de las obras, sino, más bien, de acuerdo al ideario éticosocial expresado en ellas.Esta posición, que había sido ya esbozada, en 1842, por Vicente Fidel López al analizar las ideas de Lastarria, es la regla de los escritos literarios del portorriqueño Eugenio María de Hostos (18391903), del cubano Enrique José Varona (18491933), del peruano Manuel González Prada (v.), del ecuatoriano Juan Montalvo (v.) y, en cierto modo, del mexicano justo Sierra (18481912). No obstante ser todos ellos hombres imbuidos por la acción, al igual que su coetáneo el cubano José Martí (v.), aportan a la c. 1. hispanoamericana algunas de sus páginas más valiosas. Tres de ellos (Hostos, Montalvo y González Prada) constituyen, junto con Bello y Sarmiento, los cinco Grandes escritores de América que, en 1917, presenta a los lectores europeos Rufino Blanco Fombona.Resultaría injustificable, sin embargo, no señalar los nombres de los colombianos Miguel Antonio Caro (v.) y Rufino José Cuervo (v.), principales continuadores de las investigaciones filológicas de Bello; del chileno Eduardo de la Barra (18391900), al que le corresponde presentar, en 1888, Azul de Rubén Darío; y del francoargentino Paul Groussac (18481929), cuya obra marca, como observa Juan Pinto, la línea divisoria entre la c. del s. XIX y la del presente, y al que Jorge Luis Borges pudo comparar, alguna vez, con Alfonso Reyes.2. Del siglo XIX al XX. Este tránsito de un siglo a otro es, justamente, la obra de los colombianos Baldomero Sanín Cano (18611957) y Carlos Arturo Torres (18671911); de los chilenos Pedro N. Cruz (18571939)y Emilio Vaisse (18601935) que, al igual que Groussac, había nacido en Francia, pero es un hispanoamericano por radicación; del venezolano Rufino Blanco Fombona (v.); del nicaragüense Rubén Darío (v.) y, sobre todo, del uruguayo José Enrique Rodó (v.). Si Los Raros, de Darío, marca el horizonte de las preferencias literarias de una generación, El mirador de Próspero y Ariel, de Rodó, imponen la perspectiva desde la cual se han de abordar no sólo las obras literarias, sino, en rigor, la existencia cotidiana hispanoamericana. El "arielismo" es, en efecto, más que un rasgo del pensamiento hispanoamericano, una forma de autoidentificarse en la historia. Dentro de este contexto, es preciso situar a dos críticos que, en cierto modo, constituyen un puente de unión entre los escritores recién citados y los de la generación que habrá de sucederles. Se trata, en primer término, del costarricense Roberto Brenes Mesén (18741947), cuya obra Las categorías literarias (1923) anuncia ya, como lo advertía A. Zum Felde, la preocupación teórica de Alfonso Reyes, y, en segundo término, del chileno Francisco Contreras (18771933) que, desde París, fijaría las reglas de la estética novomundista.Principales representantes de la crítica literaria hispanoamericana: Alfonso Reyes. En 1911 aparece, en París, un breve volumen escuetamente titulado Cuestiones estéticas, y que reúne seis ensayos dedicados a discutir, entre otros temas, las Electras del teatro ateniense, la estética de Góngora y el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé. Su autor es Alfonso Reyes (v.), un joven mexicano que, desde entonces, está llamado a ser la figura axial de la c. hispanoamericana, como perspicazmente lo adelanta su prologuista el historiador peruano Francisco García Calderón (18831953). "Alfonso Reyes, escribía F. García Calderón, es un efebo mexicano: apenas veinte años. Sólo el entusiasmo traduce en este libro su edad. No son dones de toda juventud su madurez erudita y su crítica penetrante. Tiene cultura vastísima de literaturas antiguas y modernas, analiza con vigor precoz y estudia múltiples asuntos con la ondulante curiosidad del humanista (...). Alfonso Reyes es también paladín del ’arielismo’ en América. Defiende el ideal español, la armonía griega, el legado latino, en un país amenazado por turbias plutocracias".La importancia de la obra crítica de Alfonso Reyes, como, asimismo, en la teoría literaria que expone en El Deslinde (1944) y en otros escritos, ha sido reiteradamente señalada no sólo en Hispanoamérica sino también en Europa y en los Estados Unidos. La publicación de sus Obras completas, preparada por el crítico nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez (n. 1923), constituye, tal vez, el mayor corpus crítico en lengua española en el s. xx.Pedro Henríquez Ureña. Junto a la obra de Reyes, es menester situar la de su coetáneo el dominicano Pedro Henríquez Ureña (v.), destinatario del primer ensayo de Cuestiones estéticas, y del que Francisco García Calderón anuncia, igualmente, que llegaría a ser "una de las glorias más ciertas del pensamiento americano". La obra crítica de P. Henríquez Ureña representa, en efecto, uno de los puntos de referencia forzosos dentro del proceso de la c. l. hispanoamericana. Apenas hay problema literario, filosófico o cultural que no merezca su atención y estudio, como lo atestigua la bibliografía de sus escritos establecida por su discípula argentina Emma Susana Speratti Piñero (n. 1919). Crítico riguroso, conocedor del pasado cultural hispanoamericano en todas sus direcciones, siempre está, sin embargo, interrogando al futuro del mundo histórico al que dedica sus mejores horas de estudio. "Para Pedro Henríquez Ureña, ha escrito J. L.Borges, América llegó a ser una realidad; las naciones no son otra cosa que ideas y, así como ayer pensábamos en términos de Buenos Aires o de tal o cual provincia, mañana pensaremos de América y alguna vez del género humano. Pedro se sintió americano y aun cosmopolita, en el primitivo sentido de esa palabra que los estoicos acuñaron para manifestar que eran ciudadanos del mundo".Otros miembros de la generación "decisiva". La influencia ejercida por Henríquez Ureña es, por otra parte, manifiesta en toda una generación de críticos hispanoamericanos y, en particular, en aquellos que son sus discípulos en el Inst. de Filología de Buenos Aires, como Raimundo Lida (n. 1908), María Rosa Lida de Malkiel (191062), Ana María Barrenechea (n. 1913), Emilio Carrilla (n. 1914) y la citada Emma Susana Speratti Piñero. Su obra Las corrientes literarias en la América hispánica (1945) continúa siendo en nuestros días una de las mejores visiones globales sobre la literatura hispanoamericana. Igual rasgo "cosmopolita" acusan las obras de otros críticos de esta generación "decisiva", en el sentido que Ortega y Gasset imprime a este vocablo, como el peruano Ventura García Calderón (18871959); los chilenos Armando Donoso (18871946) y Hernán Díaz Arrieta (n. 1891), y los argentinos Rafael Alberto Arrieta (18891968), Victoria Ocampo (n. 1893), Ezequiel Martínez Estrada (18951964) y, sobre todo, Jorge Luis Borges (v.).Todos ellos rechazan, de un modo u otro, la noción de que la literatura deba estar confinada al culto del color local y de que la c. sólo deba ocuparse de la producción literaria nacional. "El culto argentino (decía Borges en un momento no sólo incómodo, sino, asimismo, peligroso para hacerlo) del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo". La obra crítica de Borges, cuya importancia es advertida tempranamente por Valéry Larbaud con ocasión de Inquisiciones (1925), es, sin duda, el mejor ejemplo de este rechazo. El "cosmopolitismo" literario no le impide a Borges publicar su Evaristo Carriego (1930), como tampoco impide a Martínez Estrada escribir su admirable Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Ensayo de interpretación de la vida argentina (1948), ni al chileno Armando Donoso prologar un libro de Alejandro Venegas, el autor de Sinceridad. Chile íntimo en 1910.Pertenecen igualmente a esta generación de críticos los peruanos José de la Riva Agüero (v.) y José Carlos Mariátegui (18911930); los chilenos Domingo Melfi (18901946), Eduardo Solar Correa (18911935) y Arturo Torres Ríoseco (n. 1897), los ecuatorianos Gonzalo Zaldumbilde (18821965, v.) e Isaac J. Barrera (18841970); los cubanos José M. Chacón (n. 1893), Manuel Pedro González (n. 1893), Juan Marinello (n. 1898) y Jorge Mañach (18991961); los argentinos Ricardo Rojas (18821957), Roberto Giusti (n. 1887) y Arturo Marasso (n. 1890); el boliviano Carlos Medinaceli (18991949); el venezolano Julio Planchart (18851949), y el uruguayo Alberto Zum Felde (n. 1893). Conviene destacar, entre los últimos nombrados, a José Carlos Mariátegui, cuyo estudio El proceso de la literatura, que cierra los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), ha servido de modelo al análisis social de la literatura hispanoamericana. En el mismo sentido, deben retenerse algunos estudios de Juan Marinello y de Domingo Melfi. Ninguno de los tres elabora, sin embargo, una sociología literaria en el sentido estricto, sino más bien realizan, como se ha dicho, un análisis social de la literatura.3. Generaciones del siglo XX. Generación de 19001915. Casi confundiéndose con los críticos de esta generación, se perfila otra importante promoción nacida en los a. 19001915. Pertenecen a esta nueva constelación los venezolanos Mariano Picón Salas (190165, v.), Arturo Uslar Pietri (v.) y Pedro Grases (n. 1909); los peruanos Luis A. Sánchez (n. 1900) y Aurelio Miró Quesada (n. 1907); los chilenos Ricardo A. Latcham (190365), Raúl Silva Castro (190370) y el malogrado Clarence Finlayson (191354); el cubano José Antonio Portuondo (n. 1911); los argentinos Luis Emilio Soto (n. 1902), Ángel Battistessa (n. 1902), Carlos Alberto Erro (n. 1903), Enrique Anderson Imbert (n. 1910), Ana María Barrenechea y Emilio Carrilla, ya citados; los mexicanos Alfonso Méndez Plancarte (190555), Luis Leal (n. 1907) y Octavio Paz (n. 1914, v.). De esta nómina es preciso entresacar a aquellos críticos que, rompiendo con la orientación o con la tradición positivista, enuncian una nueva forma de discurso crítico. Desde este punto de vista, cabe señalar, en primer término, a Luis Emilio Soto, cuya obra Crítica y estimación (1938) marca un cambio de rumbo en la c. hispanoamericana. Igualmente lo ha hecho, en fecha más reciente, Octavio Paz que, con El arco y la lira (1956), Cuadrivio (1965) y Corriente alterna (1967), se ha constituido en una figura clave dentro de la crítica en lengua española de esta época. Especial mención debe hacerse de José Antonio Portuondo, cuyo libro El heroísmo intelectual (1955) lo acredita como uno de los más rigurosos ensayistas de esas décadas. Por último, conviene señalar el valor de los análisis realizados por Ana María Barrenechea sobre la obra de J. L. Borges, de Emilio Carrilla sobre el romanticismo, de Anderson Imbert sobre Juan Montalvo, de Finlayson sobre Neruda, etc.Generación de 1950. Hacia 1950 comienza, sin embargo, a esbozarse una nueva generación de críticos que, en líneas generales, se escinde en una corriente "académica", formada en las normas del análisis estructural de Roman Ingarten y Wolfgang Kayser o del new criticism anglosajón, y en una corriente "comprometida", seguidora de algunas de las fórmulas establecidas, poco antes, por Sartre en Qu’estce que la Littérature? La primera corriente puede ilustrarse con los trabajos de los chilenos Félix Martínez Bonati (n. 1928), autor de La estructura de la obra literaria (1960), y Cédomil Goic (n. 1928), que ha reunido algunás de sus investigaciones en La novela chilena. Los mitos degradados (1968). La segunda, puede serlo con algunos de los ensayos del uruguayo Ángel Rama (n. 1926), del argentino David Viñas (n. 1929) y, de manera menos ortodoxa, con los primeros ensayos del argentino Héctor H. Murena (n. 1923). Entre ambas corrientes no existe una absoluta división de las aguas, ni tampoco éstas constituyen todo el caudal de la c. hispanoamericana de este tiempo. El uruguayo Emir Rodríguez Monegal (n. 1921) se muestra lo mismo un crítico capaz de llevar el análisis textual hasta sus últimos límites, como, de pronto, hacer uso de aquellas armas diarias de la guerrilla literaria. "De todos los escritores importantes del 45, dice, p. ej., Monegal, Real de Azúa es sin duda alguna el que escribe peor". Su libro El juicio de los Parricidas (1956), como sus trabajos sobre J. L. Borges, Horacio Quiroga o Andrés Bello, figuran entre las obras críticas más importantes de estos últimos años.Junto a Rodríguez Monegal, es preciso mencionar al colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (n. 1928), autor de un breve e inteligente ensayo sobre La imagen de América en Alfonso Reyes (1955) y de otros estudios críticos sobre Ortega, Borges, Nietzsche, G. Benn, Walter Benjamin; al mexicano José Luis Martínez (n. 1918), autor, entre otras obras, de La Emancipación literaria de México (1955); al peruano Alberto Escobar (n. 1929), penetrante crítico en los ensayos reunidos en Patio de Letras (1965) y seguro expositor del método de interpretación literaria en La partida inconclusa (1970); al argentino Adolfo Prieto (n. 1928), autor de Jorge Luis Borges y la nueva generación (1954) y de Sociología del público argentino (1956); al chileno Fernando Alegría (n. 1918), uno de los mejores conocedores, sin duda, de la actual narrativa hispanoamericana. Otras figuras representativas de esta generación son los cubanos Salvador Bueno (n. 1917) y Roberto Fernández Retamar (n. 1930); los uruguayos Carlos Real de Azúa (n. 1916) y Mario Benedetti (n. 1920); los argentinos César Fernández Moreno (n. 1919), Alfredo Roggiano (n. 1919), Juan Carlos Ghiano (n. 1920) e Iber H. Verdugo; los mexicanos Ramón Xirau (n. 1924) y Emmanuel Carballo (n. 1926), y los chilenos Mario Osses (n. 1915), Juan Loveluck (n. 1929) y Ricardo Benavides (n. 1929).Década del 60. Con posterioridad, durante la década del 60, han aparecido algunos críticos más jóvenes de incuestionable valor, entre los que cabe señalar al venezolano Guillermo Sucre (n. 1933), autor de Borges, el poeta (1967) y de un largo estudio sobre jacinto Fombona Pachano (1964). Ha publicado, asimismo, en revistas y periódicos de su país, importantes análisis sobre escritores europeos e hispanoamericanos, en los que se acusan las influencias de Lucien Goldmann, Maurice Blanchot y René Girard. Otro joven crítico de relieve es el argentino Jaime Alazraki (n. 1934), autor, asimismo, de un estudio sobre Borges, La prosa narrativa de Jorge Luis Borges (1968), que constituye uno de los aportes más decisivos a la comprensión del autor de Ficciones. Igualmente, es preciso señalar al chileno José Miguel Ibáñez Langlois (n. 1936), cuyo estudio sobre La creación poética (1969) es el fruto de un paciente e inteligente trabajo con los textos más significativos de la poesía hispanoamericana, y al cubano Severo Sarduy (n. 1937) que, hasta la fecha, es el crítico hispanoamericano que mejor emplea los análisis de Roland Barthes en lengua castellana. Pertenecen, asimismo, a esta nueva promoción los peruanos José Miguel Oviedo (n. 1934) y Julio Ortega (n. 1940); el venezolano Domingo Miliani (n. 1934); el boliviano Raúl Teixidó; el cubano Antón Arrufat (n. 1935), y los chilenos Luis Harss (n. 1936), Jaime Concha (1939) y Ariel Dorfman (n. 1937).4. Conclusión. Los primeros críticos hispanoamericanos se propusieron buscar la "expresión auténtica" de América, pero ésta, como sus sucesivas expresiones, es la historia de una metamorfosis. Los críticos humanistas, con Alfonso Reyes a la cabeza, quisieron salvar al hombre hispanoamericano mediante la acción de la palabra. "La obra del hombre sobre su materia prima, que es la tierra, decía Reyes, se confunde con la obra de la inteligencia y consiste, como ella, en unificar".Algunos de los críticos más jóvenes, como Ariel Dorfman, desencantados de la ilusión del humanismo, parecen insinuar que la violencia es el único camino abierto al hombre hispanoamericano para solucionar sus problemas, porque, según dice Dorfman en Imaginación y violencia en América (1970), "toda decisión conduce a la violencia inescapablemente". Esta posición no es, desde luego, la de todos, ni siquiera la de una mayoría relativa de los críticos más jóvenes, pero, en rigor, no deja de ser significativa cuando se la mira desde el proceso total de la c. l. hispanoamericana."Los inquietos de ahora, escribe Pedro Henríquez Ureña en 1928, se quejan de que los antepasados hayan vivido atentos a Europa, nutriéndose de imitación, sinojos para el mundo que les rodea: olvidan que en cada generación se renuevan, desde hace cien años, el descontento y la promesa".MARTÍN CERDÁ.
BIBL.: P. HENRfQUEZ UREÑA, Las corrientes literarias en la América hispánica, México 1954; J. L. MARTÍNEZ, La emancipación literaria de México, México 1955; N. PINILLA, Lageneración chilena de 1842, Santiago de Chile 1942; A. Zum FELDE, Indice crítico de la literatura hispanoamericana. El ensayo y la crítica, México 1954; J. P. DVSON, La evolución de la crítica literaria en Chile, Santiago de Chile 1965; R. BLANco FOMBONA, Grandes escritores de América, Madrid 1917; M. VITIER, Del ensayo americano, México 1945; J. PINTO, Breviario de Literatura Argentina Contemporánea, Buenos Aires 1958; R. SILVA CASTRO, Panorama literario de Chile, Santiago de Chile 1961; E. RODRfGUEZ MONEGAL, Literatura uruguaya del medio siglo, Montevideo 1966.
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