Creencia TEOL.
Categoria:
Teología
La palabra c. (de creer, prestar asentimiento a una verdad o aserto de tipo religioso), puede entenderse subjetivamente, como acto de asentimiento libre a enunciados de orden teórico religioso, y entonces viene a coincidir con la virtud de la fe (v.). Y puede también entenderse objetivamente, como conjunto de verdades o enunciados religiosos aceptados y dados por válidos por el creyente: lo que podríamos llamar dogma o conjunto dogmático de una religión determinada, o de una determinada persona religiosa. En esta acepción objetiva, que es de la que aquí trataremos, sueld contraponerse c. a moral (v.), en cuanto aquélla mira los enunciados, más bien teóricos, que estructuran el concepto que tiene el creyente de la divinidad, mientras ésta mira los enunciados prácticos que rigen la conducta del hombre.La imperfección del modo humano, siempre impropio, de conocer al Trascendente (v. ANALOGÍA; METÁFORA; SIMBOLISMO), etc., es causa fundamental, además del pecado (v.), de la multiplicidad y diversidad de religiones, al no coincidir los hombres, por la dificultad entrañada en la elaboración del concepto, en su idea del Trascendente personal. Todas se parecen, en cuanto que todas buscan conocer a Dios (v.); ninguna coincide, por cuanto que todas lo conciben de modo distinto, en más o en menos (v. RELIGIóN I). Los condicionamientos a que está sometido el conocimiento religioso inducen esa diversidad, que ni la misma revelación auténtica es suficiente por sí sola para evitar, ya que ella misma se recibe y reinterpreta dentro del cuadro de esos mismos condicionamientos: analogía, metáfora, simbolismo, antropomorfismo (v.), etc. Sólo hay una cosa que pueda garantizar la unidad de c. en una religión: la aceptación libre, por parte de sus seguidores, de un magisterio auténtico y vivo, que determine qué verdades debe creer el fiel, y qué errores debe evitar cuando éstos surgen. Tal magisterio sólo se da en el catolicismo (v. MAGISTERIO ECLESIÁSTICO), que es por ello la única religión verdaderamente una de cuantas existen.Libros sagrados y tradiciones. La posesión de libros aceptados por el fiel como revelados, sagrados y obligatorios, ayuda a una cierta unidad de c., pero no la asegura. La coincidencia de muchos en admitir un mismo libro como revelado dista mucho de llevar a la coincidencia de c. religiosa y sólo ella hace una a una religión determinada. La interpretación de esos libros variará, engendrando divergencias de c., y con ello de religión.Tienen libros sagrados en sentido pleno, verdaderamente revelados por Dios, sólo los cristianos (v. BIBLIA III); otras religiones consideran también sagrados sus libros (y sus seguidores, en principio, aceptan cuanto en ellos se dice): el judaísmo (v.), el islamismo (v.), así como el parsismo (v.) y el mazdeísmo (v.). Hay otras religiones que tienen libros sagrados muy venerados, al menos nominalmente, pero en las que los fieles no se sienten obligados a aceptar el contenido de esos libros ni todas las exigencias lógicas que tal admisión entrañaría. Tal sucede, p. ej., en el hinduismo (v.).Muchas otras religiones han carecido en absoluto de libros sagrados: tales son, no sólo las de los pueblos sin escritura, sino también las de la mayoría de los pueblos con amplia producción literaria. Roma, Grecia, Mesopotamia, Egipto. La unidad religiosa parece en ellas imposible de mantener, y, efectivamente, estas religiones se nos presentan, al menos en la superficie, como un desmigajamiento de cultos y religiones locales. Observadas más de cerca, se ve pronto que su unidad de fondo no tiene, sin embargo, nada que envidiar a las religiones con libros sagrados, pero carentes de magisterio auténtico vivo. Lo que aquí hacen los libros sagrados, lo hace allí la tradición y la enseñanza oral transmitida de generación en generación. A lo que se añade, no pocas veces, una especie de magisterio vivo, si no compulsorio, sumamente venerado, que contribuye a la unidad (siempre dentro de una gran diversidad) quizá más que la admisión de unos mismos libros sagrados en las religiones que los poseen. Ese magisterio suele estar representado por los iniciadores, guardianes celosos de la tradición, en los pueblos sin escritura. En Egipto estaba el faraón (v.), como hijo de Dios y Dios mismo, ayudado por los colegios sacerdotales, como vínculo de unidad que evitaba el desmigajamiento total. En Roma tenemos los diversos colegios. En Grecia, el oráculo de Delfos (v.). En Mesopotamia, los mismos reyes, considerados vicarios de Dios, y los colegios sacerdotales que siempre buscaban rehacer la unidad, también siempre rota, mediante sincretismos (v.) más o menos acertados. El resultado es que todas esas religiones, sin ser verdaderamente unas, tienen cada una tantos elementos comunes como puedan tener las religiones que admiten y veneran libros sagrados, pero carecen de magisterio vivo autorizado.Entramos aquí en la fuerza de la tradición (v.), conjugada con la tendencia innata del hombre hacia la religiosidad. Estas dos fuentes (libros sagrados y tradiciones), estrechamente unidas y amalgamadas, han dado lugar a una serie de c. comunes a toda la humanidad religiosa, que se encuentran en el fondo de toda religión, quizá muchas veces desvaídas, pero nunca ausentes, y que constituyen la verdadera riqueza de verdad de toda actitud religiosa, pese a las múltiples desviaciones en que pueda incurrir.Creencias universales. Se dan en todos los pueblos y en todas las religiones, aunque no con la misma pureza. Lo cual no quiere decir que los individuos todos de esos pueblos o religiones las compartan. Entre esas c. universales, en cuanto comunes a todas las almas religiosas de cualquier pueblo o religión, y tanto más vivas cuanto mayor es la religiosidad del que las profesa, podemos destacar las siguientes:1) C. en un ser supremo celeste (v. DIOS II) fuente y origen de todo, a quien todos pueden recurrir y de hecho así lo hacen, sobre todo en las circunstancias extremadamente difíciles, aunque de ordinario el culto vaya dirigido a seres inferiores, como a mediadores. Al lado del ser supremo y dependientes de él, una jerarquía de seres superiores al hombre, a quienes también se invoca, y cuya distancia esencial del ser supremo no está, a veces, claramente delimitada aunque mantenida siempre, en especial por designárseles también, frecuentemente, con el nombre común de dioses (v. ÁNGELES I). Pero la jerarquía se mantiene siempre; la fuente de la sacralidad y del poder es única: el ser supremo, aunque muchas veces, retirado en sí mismo, parezca casi ocioso, dejado el cuidado del mundo a seres inferiores a él. Y se cree que el hombre depende totalmente en sus destinos de ese Dios, ya inmediatamente, ya mediatamente a través de los poderes de aquellos en quienes él ha delegado. Es común, junto con esto, la c. en seres superiores al hombre, pero malos y enemigos (demonios; v.), de los que el hombre intenta protegerse mediante ritos purificatorios que le atraigan la protección divina, única que puede liberarle de su acoso. A veces también se incurre en la desviación de procurar atraer esos poderes malignos mediante la adulación y el culto, siempre inferior al concedido a los seres divinos (V. DIOS II; CULTO I).2) La c. en la bondad, clemencia y poder del ser supremo, así como de los diferentes poderes personales en que él se delegue. La oración (v.) se da en todas las religiones. Es como la entraña de todas ellas. Pero esa oración jamás se daría si el hombre no creyera en la bondad y en el poder de un Dios que sólo espera ser invocado para socorrerle en toda necesidad, y que, incluso, muchas veces le socorre antes de ser invocado (V. DIOS IV, 6 y 11).3) La persuasión de que Dios es sancionador de las acciones de los hombres. Sanción, al menos, en esta vida.Casi siempre, sanción también en la vida de ultratumba: ésta ninguna religión la niega, aunque algunas, por la oscuridad de la vida reservada a los que han muerto, la silencian (v. PREMIO Y CASTIGO I; RETRIBUCIÓN; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL).4) Persuasión de que el hombre no acaba con la muerte (v.) la cual es más bien un nacimiento que entraña un cambio de vida: por esa muerte entra el hombre en el mundo trascendente, libre de las limitaciones de espacio y tiempo del mundo fenoménico en que ahora vivimos. Pero la descripción de ese estado es más bien confusa y contradictoria, aunque ciertamente es un estado consciente y activo: influye y actúa sobre los que aún vivimos, sea para bien o para mal. En la inmensa mayoría de los casos, incluso en aquellos en que también se cree en morada ctónica de ultratumba (v.), el alma acaba reuniéndose con el ser supremo, con destino celeste. También en la inmensa mayoría de los casos, la suerte futura depende de las obras hechas en esta vida, especialmente del amor a Dios y al prójimo, destacando en la manifestación de éste la ayuda prestada al débil y necesitado. La consecución de ese destino celeste en bienaventuranza perpetua y definitiva puede retardarse por tiempo inconmensurable en aquellos que creen en la reencarnación (v. METEMPSÍCOSIS) de las almas; pero también en éstos acaba obteniéndose tras innumerables purificaciones. En realidad, esa reencarnación, cuya c. es observable sólo en algunos círculos, aunque muy amplios, parece ser un intento filosófico para evitar el castigo eterno y lograr misericordiosamente la salvación definitiva de todos, tras el cumplimiento de los castigos purificatorios merecidos (V. CIELO; INFIERNO; INMORTALIDAD).5) Es c. común a todos los pueblos y religiones (aunque en algunas, desfigurada de varias formas por la elaboración filosófica y teológica, que aun así no ha logrado oscurecerla) el contenido de los llamados mitos de los orígenes, que aclaran y fundan el concepto de Dios y su providencia sobre los hombres, así como la dependencia del hombre como base de su actitud religiosa. Destaquemos entre esos mitos, inculcados en representaciones litúrgicas, la creación del mundo, siempre atribuida al ser supremo. Creación muchas veces de la nada, sobre todo entre los pueblos más primitivos. Otras, más bien ordenación del mundo caótico. En uno y otro caso, todo cuanto es, en la forma que es, se debe a la ordenación libre del ser supremo, con lo que el ambiente vital en que el hombre se mueve es beneficio suyo, y es posesión suya que el hombre debe respetar, usando de las cosas con agradecimiento, pero nunca abusando de ellas (v. COSMOGONÍA; CREACIÓN). La creación del primer hombre o de la primera pareja humana también se atribuye al ser supremo: a veces, total e inmediatamente (esto es lo más ordinario); a veces usa de poderes inferiores como de instrumentos, pero aun entonces se reserva él la inspiración del soplo de vida, la insuflación del alma, de modo que es el autor único de la vida. Esta creación funda la dependencia radical del hombre con respecto al ser supremo, así como la actitud religiosa que debe informar su Vida (V. ADÁN; HOMBRE II y III).6) Todos creen que el ser supremo se reveló al primer hombre, dándole sus preceptos e instruyéndole incluso en el aspecto técnico necesario. Por eso, el cumplimiento de esos preceptos es acto religioso, y su violación trae consigo el castigo divino (v. REVELACIÓN).7) Todos creen también que Dios hizo al hombre inmortal (v. INMORTALIDAD), o que, al menos, éste era su designio originario. La muerte entró por culpa o pecado del hombre, variaménte explicado o entendido. Con ello se resalta la c. en la bondad divina: los males que aquejan al hombre no se deben a Dios, sino al mismo hombre, que por su culpa los introdujo en la humanidad (V. MUERTE IV; PECADO I; MAL II).8) En muchos pueblos se encuentra la c. en catástrofes originales. Ello está probablemente unido a la experiencia del mal y del pecado. Así, p. ej., en algunos se encuentra la c. en un diluvio enviado por Dios para castigar los pecados del hombre, salvando el mismo Dios a un número muy reducido de justos, de los que proviene toda la humanidad posterior. A esos sobrevivientes se les manifestaría después Dios, inculcándoles sus preceptos, como lo hiciera al primer hombre, tras lo cual se retiraría al cielo nuevamente (V. ALIANZA [RELIGIÓN] ). Esas catástrofes destacan la justicia y santidad de Dios, así como su clemencia con quienes procuran mantenérsele fieles; y tiene en los ritos y en las tradiciones una importancia análoga a la de la misma creación.9) En muchos pueblos se encuentra la c. en un salvador, es decir, en un ser, de algún modo enviado por Dios supremo, para traer a los hombres la felicidad y librarlos de los males en que se encuentran. Algunas veces es representado como alguien que ya vino en tiempos remotos y que fue el Gran Iniciador, el Maestro de la humanidad que enseñó a los hombres las verdades y ritos religiosos, y en ocasiones también la cultura, etc. Otras veces es representado y esperado como futuro.Conclusión. Todas estas c. reflejan la situación real del hombre según nos lo da a conocer la Revelación cristiana: ser creado por Dios, que cayó en el pecado pero al que Dios no ha abandonado. De ahí que el hombre, como desarrollo de su inteligencia natural y tal vez como eco de la revelación primitiva o adamítica y de eventuales experiencias religiosas o luces que Dios haya podido conceder, haya reconocida la realidad de Dios y entrevisto de algún modo su bondad, confiando en ella. Tal es lo que, con mayor o menor hondura y en ocasiones sirviéndose de un lenguaje simbólico, expresan las diversas c. citadas. Esos fermentos son así como un preámbulo o preparación para la Revelación cristiana, que los recoge a la vez que los purifica de los errores con que puedan estar mezclados.A. PACIOS LÓPEZ.
V. t.: RELIGIÓN, y, para una diferenciación entre las c. en el sentido estudiado y la verdad cristiana, REVELACIÓN y FE. BIBL.: F. KSNIG, El cristianismo y las religiones de la tierra, en Cristo y las religiones de la tierra, III, 2 ed. Madrid 1960. 661706; W. SCHMIDT, Manual de Historia comparada de las religiones, 2 ed. Madrid 1941; H. PINARD DE LA BOULLAYE, Estudio comparado de las religiones, 2 vol., 2 ed. Barcelona 1964; A. PAcios, La creencia en Dios en los pueblos infieles, "Arbor" (1959) 309344; J. L. SEIFERT, Sinndeutung des Mythos. Die Trinitüt in den Mythen der Urválker, Viena 1954; W. KOPPERS, Primitive Man and his World Picture, Londres 1952; T. OHM, Vamore a Dio nelle religioni non cristiane, "Alba" 1956; A. C. BOUQUET, Christian Faith and nonChristian Religions, Londres 1959; H. VON GLASENAPP, Glaube una Ritus der Hochreligionen in vergleichender Übersicht, Francfort 1960; S. NEILL, Christian Faith and Other Faiths, Londres 1961; S. G. F. BRANDON (ed.), Man and his Destiny in the Great Religions, Manchester 1962; ID, The Saviour God, Manchester 1963; E. DAMMANN, Glaube, Liebe, Leiden in Christentum und Buddhismus, Stuttgart 1965; E. O. JAMES, Creation and Cosmology, "Numen", suplem., XVI (1969).
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