Cinematografía. Cine-club. ARTE
Categoria:
Arte
Asociación cultural, generalmente de carácter no comercial, dedicada al estudio de la cinematografía. Su actividad más usual suele ser la organización de sesiones de proyección de films, independientes o formando ciclos de estudio, precedida la proyección de una presentación de la película, y seguida de un coloquio sobre sus principales aspectos artísticos o técnicos. Esta sesión se denomina cineforum.Es sabido que el cine fue considerado desde su comienzo como un medio de entretenimiento con crecientes posibilidades comerciales. Su aspecto artístico o de creación, y los horizontes de su expresividad como un nuevo lenguaje de la imagen, fueron largamente ignorados. La fundación en Francia de la sociedad Film d’Art en 1908 hizo irrumpir en el campo del cine a un brillante equipo de escritores y artistas que sólo veían en la pantalla un sustitutivo del escenario teatral. L’lllustration denominaba al cine "teatro cinematográfico", Sarah Bernhardt llamaba a las películas "ridículas pantomimas fotografiadas", y Gabriel D’Annunzio, a pesar de su Cabiria (1913), consideraba al cine como un espectáculo "infantil y caricaturesco".Sin embargo, en 1911 el cine fue calificado como "séptimo arte" por Ricciotto Canudo, y la presentación en 1914 de El nacimiento de una nación, de David W. Griffith (v.), confirmó la independencia del nuevo medio de expresión como apertura a originales manifestaciones estéticas. La incorporación de sucesivos perfeccionamientos técnicos como sonido, color, pantalla gigante (v.), e incluso los ensayos de relieve, ha aumentado los horizontes de la cinematografía en una creciente evolución hacia mejores contenidos dramáticos.La aparición de los c.-c. en los a. 20 se debe precisamente al interés de algunas minorías por las cualidades artísticas y creativas del cine, frente a la exhibición puramente comercial. La historia del cine muestra la resistencia de los productores a la búsqueda de nuevos caminos cinematográficos y la tendencia a repetir los éXItos demostrados no tanto por la aceptación de la crítica, sino por la afluencia del público a las salas. Por ello fue muy importante el trabajo de la avant-garde francesa, cuyos miembros realizaban cine experimental en precarias condiciones económicas, constituyendo un excelente campo de pruebas de las posibilidades estéticas y expresivas del cine, favorecido por la tradición cultural y bohemia de los ambientes parisinos. Allí se formaron los realizadores Clair, Cavalcanti, Epstein y Renoir, p. ej., y la atención que recibieron de los círculos intelectuales, predecesores de los c.-c., contribuyó a que la Société Générale des Films financiara algunas notables obras posteriores de esta escuela, como La pasión de Juana de Arco, del danés Carl Theodor Dreyer.Influencia de los cine-clubs en el público. Ante el fenómeno cinematográfico el espectador puede adoptar dos posturas contrapuestas: la pasividad perceptiva o el criticismo activo. En un amplio porcentaje de espectadores, aunque menos en la juventud que en la edad madura, prevalece la primera postura, ya que el cine se toma esencialmente como un entretenimiento de evasión mental. Son las minorías culturales, especialmente las generaciones jóvenes coetáneas al desarrollo del cine como medio de expresión artística, las que gustan de enjuiciar los f ilms en forma y contenido para extraer el máXImo sentido de la experiencia cinematográfica. Esto se consigue en los c.-c., a los que el realizador francés Albert Lamorisse considera "indispensables para el conocimiento del cine". Su fin es formar la sensibilidad del espectador para darle criterio selectivo ante un arte eminentemente pasivo, que "tiene el riesgo de crear una necesidad cercana a la intoxicación", dice André Bazin (v.). La cultura cinematográfica, por medio de los c. c., permite al espectador de toda edad defenderse contra ese poder, aunque se puede imaginar otro método, más oficial y orgánico, de lograr ese fin, como la inclusión del cine en los programas de enseñanza, así como la crítica informada y sensible.Como hemos citado con referencia a la avant-garde francesa, los c.-c., al informar y educar al público afinando su criterio de selección, favorecen y fomentan las películas de mejor calidad artística, por lo que indirectamente actúan sobre la distribución y la producción. Los c.-c. pueden crear un clima respecto a determinados aspectos del cine, que provoquen cambios en la orientación de la industria comercial. Un ejemplo es el doblaje (v.). La importancia de estudiar los f ilms en sus versiones originales produce una creciente demanda de tales versiones, en detrimento de las versiones dobladas en cada idioma nacional. Otro tema interesante son las dificultades de censura, ya que la distribución general de las películas a las salas comerciales impone el necesario control de sus posibles efectos nocivos. En los c.-c. los aficionados reclaman versiones íntegras, y se ha llegado a un compromiso en determinados países, como España, donde las normas de censura tienen un criterio más amplio en su aplicación a las sesiones especializadas de estos c.-c.Donde el c. c. puede realizar una labor mucho más importante que sobre la calidad artística de los films es en la valoración ética de sus contenidos. No se trata de criterios religiosos que limiten lo aceptable en la pantalla, sino de dar a la faceta moral de los argumentos y su tratamiento cinematográfico la misma importancia que a otros aspectos estéticos. Cada película es una obra compleja y se han de analizar todos sus componentes con objetividad, teniendo muy presente que no es lícito llevar la libertad de expresión a extremos que lesionen el respeto debido al hombre y a la conciencia de su dignidad. Según el citado André Bazin, "la cultura cinematográfica debe abocar a una formación del gusto; si se detiene en mitad del camino, en las nociones puramente formales, el análisis es malo y el fin está frustrado". Y afirma Georges Charensol: "El estudio de la técnica del cine y la formación del gusto son inseparables".Evolución y proliferación de los cine-clubs. El crecimiento de los c. c. fue grande a partir de los a. 20. Denominados Film societies en los países de lengua inglesa, fueron creándose a medida que aumentaba el interés por el fenómeno cinematográfico y la disponibilidad de las películas importantes en archivos y filmotecas. Por ejemplo, la London Film Soc. organizó en la temporada 1929-30 un ciclo de tres meses en el cine londinense Avenue Pavilion, presentando las obras más notables de la producción francesa de aquel momento y la labor de sus precursores.Luis Buñuel organizó en Madrid, en la Residencia Universitaria de Estudiantes, una serie de proyecciones en 1925. Su éXIto animó a la revista cultural "La gaceta literaria" a fundar el c. c. España, que celebró su primera sesión el 23 dic. 1928. Por él fue conocida en España la producción soviética y el cine de vanguardia, y se formaron cineastas como José López Rubio y Edgar Neville. Su labor fue continuada en los a. 30 por los c.-c. de Madrid Proa-Filmófono, Cinestudio Universitario e Imagen. Se fundaron el c.-c. Circe en 1941, el de Zaragoza en 1949, el del Círculo de escritores cinematográficos en 1951, el de Monterols de Barcelona en 1951, y el de Salamanca en 1953. La proliferación posterior de salas que se cobijaban bajo la denominación de c. c. para competir clandestinamente con los cines comerciales fue atajada con la creación en 1958 de la Federación Nac. de Cine-clubs, que garantiza la calidad de sus miembros y les distribuye un fondo especial de películas.En Inglaterra es famoso el British Film Inst., vasta organización con una serie de importantes publicaciones, que presenta ininterrumpidamente unos excelentes ciclos de estudio en su sala del Nat. Film Theatre. La Cinémathéque Francaise en París, la Filmoteca Nac. de España o el Museo de Arte Moderno de Nueva York son modelos de archivo y proyección, y satisfacen el interés cinematográfico de la juventud, especialmente universitaria, junto con los "cinemas de arte" y los festivales de cine (v.).MARIANO DEL POZO.
BIBL.: 1. M. GARCÍA ESCUDERO, Cine español, Madrid 1962, 156-157; 199-202.
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