Cerebro y Cerebelo. Psiquiatría. MEDICINA
Categoria:
Medicina
1. Intrducción. El interés que el sistema nervioso central, y más concretamente los órganos alojados en la cavidad craneana (el c. sobre todo), tiene para la Psicología y la Psicopatología ha variado sensiblemente en el curso de la Historia de la Medicina. De hecho, nunca se ha dudado sobre el alto rango del c. como centro de la actividad nerviosa y de los procesos intelectuales. Las hipótesis sobre la existencia de correlaciones entre lo psíquico y lo somático acaso se remonten a la época hipocrática: se atribuyen al médico Alcmeón de Crotona (S. VI a. C.) las primeras doctrinas sobre la localización de las sensaciones en el c. Desde el S. IV hasta el s. XVII se creyó que las tres facultades superiores del alma, entendimiento, memoria y voluntad, estaban localizadas correspondientemente en los tres ventrículos o cavidades internas del c. Gall (1758-1828), médico y anatómico alemán de origen italiano, funda la frenología (v.) con la pretensión de dar una base científica al reconocimiento y estimación de las aptitudes humanas en la morfología externa del cráneo. Pero no sólo la actividad pensante reside en el c.; para Gall también las pasiones, hasta entonces localizadas en las vísceras abdominales y torácicas.A fines del siglo pasado los psiquiatras trataron de buscar un fundamento firme para los trastornos mentales en las lesiones del c. No podía ser de otro modo en pleno auge de la concepción materialista del mundo y cansados, por otra parte, de las especulaciones pseudomísticas que anteriormente se habían originado en relación con la conducta de los enfermos mentales. En esta primera época la conversión somática (hacia lo corpor.1l) del pensamiento psiquiátrico se desarrolló tratando de establecer relaciones entre las distintas funciones psíquicas y ciertas partes del c.Fue Flechsig (v. bibl.), neurólogo alemán, quien en un famoso discurso rectoral sobre el tema Gehirn und Seele (cerebro y alma) expuso una serie de ideas extraordinariamente sugestivas sobre el funcionamiento de la corteza cerebral. Este autor trató de mostrar el paralelismo existente entre la distinción kantiana de las facultades sensorial y racional del conocimiento y ciertas divisiones anatómicas del c. en campos de proyección y asociación. Otro anatomo-patólogo del sistema nervioso central e investigador célebre, Wernicke, impulsó todavía más las corrientes localizacionistas en la psiquiatría.El antecedente más directo de la doctrina de las localizaciones estaba, superado ya el pintoresco empirismo de la Frenología de Gall, en Paul Broca, médico francés de mediados del s. XII, que aisló por primera vez en el c. la llamada área del lenguaje, al comprobar que la destrucción por hemorragias, traumatismos y otros insultos de un lugar determinado, precisamente la tercera circunvolución frontal izquierda del c., originaba la llamada afasia o incapacidad motora para la articulación del lenguaje hablado. Este descubrimiento había de influir y ha influido siempre en las descripciones funcionales del c. y en la interpretación de las posibles relaciones entre éstas y la actividad psíquica. Wernicke presentó en la reunión de médicos y naturalistas alemanes de Danzig dos casos recogidos en 1884 en los que por medio de la autopsia (v.) demostraba la existencia del lugar donde se elaboraban las imágenes sonoras del lenguaje. Sin embargo, el pensamiento localizador tardará todavía algunos años en alcanzar su máXImo desarrollo. Otro anatomo-patólogo alemán, Kleist, fue, por último, el más destacado representante de dicha tendencia y a pesar de que sus ideas no sólo no fueron compartidas por la mayoría de los neurólogos y psiquiatras, sino incluso consideradas como una mitología cerebral o como una anatomía especulativa (así Krápelin), merecen, sin embargo, ser consideradas.Para Kleist, los sistemas correspondientes a los diversos órganos de los sentidos tendrían una proyección en zonas delimitables de la corteza cerebral: partiendo del órgano sensorial correspondiente (tacto, vista, oído, etcétera), y a través de los nervios sensitivos y de haces de fibras que recorren la médula espinal, en sentido ascendente se alcanzaría la corteza cerebral; desde aquí la corriente nerviosa volvería por un sistema de fibras y nervios motores hacia la musculatura. Esto es cierto, pero lo interesante es admitir que a la parte sensitiva y motora representada en la corteza puede agregarse una zona psíquica. Kleist llegó incluso a distinguir una localización diferente para cada uno de los tres por él denominados estratos biológicos del yo (v.): el yo de las tendencias y emociones, el de las sensaciones corporales y el de las operaciones más elevadas o metafísicas.Lo efectivo es que el descubrimiento de los reflejos (v.) y su doctrina demostró la posibilidad de tres tipos de trastornos más o menos limitados para cada sistema sensorial. El primero se refería a anomalías del aparato conductor, el segundo revelaba la existencia de trastornos relativos al c. y el tercero estaba representado por las alteraciones de carácter psíquico. La interpretación hecha por Kleist de los síntomas reveladores de tales grupos de trastornos mantuvo el interés por este tipo de estudios. Así se ha llegado a la elaboración de distintos gráficos o mapas de la corteza cerebral, según las escuelas (v. i), delimitando áreas, sectores y zonas, que ya no sólo serían referibles a operaciones específicas de tales o cuales sentidos (la vista o el olfato, p. ej.), sino a funciones más precisas y complejas, como puede ser el hecho del conocimiento de la realidad exterior, a través de órganos o sectores corporales cuya actividad es plural, como la mano, los pies, la boca etc. (somatotopia).2. El problema de las localizaciones: estado actual. Las tendencias localizadoras y somatotópicas han respondido y responden a un modo de interpretar el funcionamiento del psiquismo, de acuerdo con el principio de causalidad de la física clásica. Sin embargo, siempre han despertado una fuerte oposición por parte del pensamiento médico. El eminente neurofisiólogo inglés Sherrington (1861-1948), bien conocido por sus decisivos trabajos sobre la acción integradora del sistema nervioso, subrayaba apenas hace unos años la vigencia de la pregunta formulada por Aristóteles sobre cómo el espíritu podía unirse al cuerpo, puesto que el orden biológico y el psíquico no sólo pertenecen aún a dominios del conocimiento separados por un abismo infranqueable, sino que uno y otro están regidos por leyes absolutamente independientes y sin posibilidad de homologación. Las investigaciones en el campo de la neurofisiología se han desarrollado lógicamente aplicando los métodos propios de las ciencias de la Naturaleza, es decir, la observación y la experimentación. Pero como la experimentación no es siempre posible, los datos sobre los cuales ha de elaborar sus propias leyes se han de apoyar forzosamente en criterios de amplia base estadística. En lo que se refiere a las localizaciones cerebrales, la clínica demuestra que, aun las más claras, como pueden ser las relativas a las sensaciones y a la motilidad ofrecen innumerables excepciones, y ello tratándose del material más adecuado para este tipo de estudios como ha sido desde siempre la existencia de tumores (v.), los accidentes circulatorios y sobre todo las heridas y traumatismos cerebrales. Precisamente la obra de Kleist se basó con preferencia en observaciones recogidas sobre heridos de la 1 Guerra mundial. Aun en tales casos, estudios posteriores han demostrado que el material aludido no era tan preciso puesto que, admitida la existencia de un foco único, las repercusiones a distancia del mismo provocan efectos en otras zonas y, lo que es más importante, que tales focos, incluso las heridas y sus cicatrices, no pueden considerarse como focos o lesiones inertes que actúan a la manera de cuerpos extraños, sino como verdaderos procesos biológicos activos, como puede deducirse de la revisión y puesta al día de las experiencias de Brodman, K. Economo y Koscinas realizada por Penfield y Radmussen (v. conclusiones y bibl. en I).Esto aparte, todavía se han hecho otras objeciones de no menor importancia. Como ha advertido López lbor (v. bibl.) "el quid de la cuestión estriba en saber qué es lo que se localiza y cómo se localiza. Si una pierna se halla paralizada, puede esto ocurrir por una lesión en la rodilla, por una fractura, por una rotura de nervios, etcétera. La misma disparidad genética hay que sospechar que existe en el sistema nervioso central. Lo que se puede afirmar en el caso de la pierna es que es necesario el libre juego de la articulación de la rodilla o la integridad anatómica de los huesos de la pierna o la continuidad funcional de los nervios para que ésta pueda moverse. En el cerebro podemos decir que se necesita la integridad de la circunvolución de Broca para que el sujeto disponga del aparato ejecutivo del lenguaje; pero no podemos, forzosamente, deducir de ello que el lenguaje sea una función localizada en la tercera circunvolución frontal. Afirmar eso sería lo mismo que decir que la visión de las formas o de los colores está localizada en el nervio óptico, porque cuando se secciona el nervio desaparece la visión".Si el problema, como acaba de exponerse, resulta apenas superable en lo que se refiere a la localización de simples funciones de anatomía tan bien conocida como la de la sensibilidad o el movimiento de los órganos, en lo relativo a las funciones psíquicas en sentido estricto las dificultades se multiplican. En primer lugar, porque lo que se entiende por funciones psíquicas depende de conceptos rigurosamente metafísicos. Piénsese, p. ej., en algo tan eventual e inseparable del comportamiento del hombre como es la responsabilidad de sus actos, el amor o el odio que condicionan determinadas acciones, o la intencionalidad misma de cualquier operación. La localización de tales cualidades sólo podría intentarse si previamente eXIstiese la posibilidad de homologarlas a funciones fisiológicamente verificables.Acaso no haga falta recurrir a estos ejemplos extremos. La cuestión sigue planteada y sin resolver a propósito de esa realidad de tan indiscutible rango psicológico como es la conciencia (v. CONCIENCIA II). Existe un considerable número de pruebas clínicas y experimentales que permiten asegurar que en el tronco cerebral (zona intermedia entre la médula y el c. propiamente dicho) se encuentra una serie de formaciones o centros nerviosos bien conocidos, de los cuales depende de una manera directa la pérdida de la conciencia; sin- embargo, es igualmente evidente que la conciencia como función psíquica requiere, a la vez, la integridad orgánica de amplias zonas correspondientes a la corteza en las que las experiencias citadas localizan funciones de preferente carácter motor.3. El cerebro como totalidad. Actualmente, ni siquiera la psiquiatría de inspiración organicista más extremada sería capaz de mantener el localizacionismo cerebral como hipótesis de trabajo. Hace años que Weizsácker (v.) postuló la necesidad de elaborar una fisiología del sistema nervioso central prescindiendo de la anatomía. Este empeño no sólo se ha mantenido, sino que ha hecho posible una serie de progresos en orden a ciertas correlaciones somato-psíquicas. Lo más importante, sin duda, es el nuevo concepto del c., según el cual se trata de una totalidad fisiológica integrada por una serie de procesos íntima y dinámicamente conexos. Por otra parte, es igualmente claro que lo que en el c., y en el propio psiquismo ocurre, depende igualmente de lo que acontece en otros territorios de la economía biológica y personal. Claro que la actividad psíquica requiere, sobre todo, de la integridad fisiológica del c., pero aun ésta es capaz de mantenerse gracias al principio de suplencia funcional cuando, dentro de ciertos límites, llegan a producirse por causas muy diversas, déficit orgánicos evidentes. Este principio demuestra que si bien las estructuras anatómicas son el soporte de las funciones, éstas no se hallan rígidamente ligadas a partes determinadas. El c. mismo no es ni siquiera dentro del sistema nervioso central una parte más. La morfología microscópica de ciertas zonas cerebrales no es exclusiva ni específica de las mismas. Aparte de la dispersión de los elementos neuronales (células neurológicas) en otros territorios del sistema nervioso central, sobre todo en la médula, se ha verificado igualmente que órganos y funciones consideradas como típicamente responsables de la vida vegetativa se encuentran en relación con el psiquismo superior, de suerte que la clásica distinción entre el sistema nervioso vegetativo autónomo y el de la vida de relación no puede considerarse absoluta.La investigación y la clínica están actualmente de acuerdo en que, si bien es posible mantener diferencias anatomo-fisiológicas, de acuerdo con los dos grandes grupos de funciones atribuidas al sistema nervioso (v.), ni la llamada vida vegetativa (biológica en sentido estricto) es tan independiente, ni el denominado psiquismo superior, cuyas operaciones se concretan en la vida de relación y en la pura actividad mental, actúan como si respondiesen de manera exclusiva a algún principio metafísico. Y no es sólo por una cuestión de localizaciones, asunto por demás superado, sino por cuanto la evidencia de los datos proporcionados por la clínica médica en general (v. MEDICINA PSICOSOMÁTICA) y muy particularmente la psiquiatría, avalan el interés teórico-práctico de replantear de nuevo el problema de las relaciones cuerpo-alma de acuerdo con la doctrina aristotélico-tomista, según la cual la vida humana y, por supuesto, cualquier especie de vida individualmente considerada, resulta de la unidad sustancial de dos realidades pertenecientes a órdenes filosóficamente distinguibles y existencialmente inseparables. Pues bien, el lugar común revelador de esa inseparabilidad es, en el hombre, el sistema nervioso considerado en su conjunto. Y si es inequívoco, como lo demuestran las psicosis orgánicas (v.), han venido a demostrar la primitiva intuición según la cual el c. está directamente relacionado con los procesos intelectuales. No se trata de una relación de causalidad, como ocurre, p. ej., con la secreción de la bilis por el hígado. El c. y con él las demás partes del sistema nervioso resultan ser la condición material requerida para el funcionamiento de tales procesos. Al mismo tiempo, la clínica de las referidas psicosis orgánicas y las investigaciones de la psiquiatría experimental y la psicofarmacología (v.), vienen poniendo igualmente en evidencia que la mayor parte de las alteraciones del psiquismo tan graves, algunas como las psicosis endógenas (v.) y tan numerosas otras como las neurosis (v.), responden a causas de muy diversa índole en las que lo orgánico ni es único ni ha de referirse en exclusiva al sistema nervioso central, por lo que su pesquisa etiológica se viene orientando desde hace años en forma pluridimensional. Si los autores que defienden a ultranza el principio de la psicogenia (causalidad o continuación exclusivamente psicológica de las enfermedades como, p. ej., el psicoanálisis, v.) desechan consecuentemente la función psicogenética del c., quienes se mantienen en la somatogenia y, en especial, la fracción mayoritaria de los psicopatólogos que trata de superar esta disyuntiva acentúa cada vez más el papel que en orden a las motivaciones del comportamiento normal y el patológico parecen desempeñar otras zonas de la economía biológica.4. Neurofisiología psíquica. Dentro de la imposibilidad actual, tantas veces aludida, de verificar cómo el sistema nervioso puede conservar la especificidad de los mensajes, recogidos por los órganos de los sentidos, de lo que hasta él llega, la psicofisiología entendida por KÜppers (V. F. ALONSO FERNÁNDEZ, O. C. en bibl.) desde 1960 como eJ estudio del soporte fisiológico del psiquismo ha progresado de manera notable. Pueden señalarse como muy importantes las aportaciones siguientes: a) el descubrimiento de estructuras neurovegetativas (sistema nervioso autónomo) en el c. propiamente dicho y sus relaciones con el psiquismo superior; b) la verificación de la existencia de ciertas zonas del sistema nervioso central situadas fuera de la corteza cerebral y hasta hace poco desconocidas en su extensión y fisiología, el llamado sistema reticular, como soporte de la conciencia y activador del tono vital; c) la importancia que el denominado sistema límbico, sector cerebral situado entre las áreas sensoriales de la corteza (lóbulo temporal; v. i), tiene para la actividad intelectual; d) las actuales hipótesis acerca del mecanismo bioquímico de la memoria; e) la participación de territorios muy precisos y concretamente cerebrales como la circunvolución girus cingulí en la vida emocional y más precisamente en el comportamiento agresivo.De este modo, superada por una parte la equivalencia c. corteza postulada por Wernicke, y comprobada la homogeneidad estructural y fisiológica de extensas zonas corticales y subcorticales, c. medio y tronco cerebral especialmente, los conceptos sobre la entidad y relaciones del sistema nervioso central con el psiquismo se basan en el descubrimiento de extensos circuitos funcionales de especifidad muy relativa que, de acuerdo con la neurofisiología, la bioquímica, la psicofarmacología y la clínica psiquiátrica se describen a continuación en forma esquemática:La capacidad de elaboración de conceptos como fundamental operación intelectual, relacionada evidentemente con la recepción de estímulos sensoriales, estaría montada sobre la parte posterior de la corteza cerebral. Sin embargo, la regulación de la referida actividad conceptual depende del funcionamiento de la conciencia psicológica cuya activación viene promovida por un amplio circuito funcional que arranca en el sistema reticular subcortical y termina en los lóbulos frontales (corteza anterior). Es decir, la parte anterior del c., siempre en conexión con el tronco cerebral, preside la actividad intelectual, pero no participa directamente en la misma, ejerciendo como a manera de un pilotaje que podría considerarse acaso como la actuación neurofisiológica de la voluntad. Por último, la externalización (proyección ad extra) de la actividad mental depende de formaciones difundidas en los referidos lóbulos frontales.
En cualquier caso, los tres órganos corticales y sus correspondientes circuitos están constituidos anatómicamente por elementos neurológicos que no coinciden ni se superponen a las vías nerviosas en forma sensible o motora relacionando el c. con la periferia corporal, sino con fibras de carácter asociativo interno (entre unas y otras zonas) y de dudosa, especifidad. Así, el c. propiamente dicho, sin perder su prominente condición en todo lo relativo al funcionamiento sensorial y motor, queda subrogado a la condición indispensable, pero no exclusiva de los procesos o actividades espirituales. Y considerado desde un punto de vista neurofisiológico, lo que permite su estudio es cierta posibilidad en orden a la distribución de algunas funciones o aptitudes inferiores en su cuantía a la totalidad casi inabarcable de los diversos modos del ser psíquico.V. t.: ANATOMÍA; ENCÉFALO.J. M. POVEDA ARIÑO.
BIBL.: J. J. LÓPEZ IBOR, Los problemas de las enfermedades mentales, Madrid 1949; ¡D, Las neurosis como enfermedades del ánimo, Madrid 1966; P. BROCA, Anatomie comparée des circunvolutions cérébrales, "Rev de Anthropologieu, París 1878; P. FLECHSIG, Die Lokalisation der geistigen Vorgánge, Leipzig 1909; J. BERZE, Die primúre Insuffizienz der psychischen Aktivitát, Leipzig-Viena 1914; K. KLEIST, Himpathologie, Leipzig 1934, íD, Die Stárungen der Ich-Leistungen und ihre Lokalisation in Orbital-Innen-and Zwischenhirn, Zurich 1930; K. GOLDSTEIN, Human nature in the light of psychopathology, Mass. 1940; V. WEIZSXCKER, Actividad funcional del sistema nervioso central, en Tratado de Medicina interna, V, Madrid 1944; R. BING, Cerebro, en Tratado de Medicina interna, V, Madrid 1944; J. LHERMITTE, Los mecanismos del cerebro, Buenos Aires 1947; CH. SHERRINGTON, y E. D. ADRIAN, Las bases físicas de la mente, Buenos Aires 1957; P. D. MAc LEAN, The limbic System with respect to two basic life principles y The Central Nervous System and Behavior, Nueva York 1959; W. PENFIELD, The interpretative cortex, Londres 1959; F. ALONso FERNÁNDEZ, Fundamentos de la Psiquiatría actual, I, Madrid 1968.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.