Castilla la Nueva Historia. HIST.
Categoria:
Historia
La región que hoy conocemos como C. la N. estuvo, sin duda, densamente poblada en la época del Paleolítico inferior, como lo prueban los abundantes hallazgos pertenecientes a los periodos abbevilliense, tayaciense, levalloisiense y musteriense, así como las muestras artísticas encontradas en la cueva de Los Casares, situada en la provincia de Guadalajara y en las que se notan influencias francocantábricas.Al encontrarse separada de la costa, C. la N. se vio poco afectada por los pueblos y las culturas que en el Neolítico y la Protohistoria llegaron a la península Ibérica procedentes del Mediterráneo, y mantuvo durante mucho tiempo una economía de tipo pastoril. En este sentido, cuando el litoral español era colonizado por griegos, fenicios y cartagineses, los pueblos que habitaban en C. la N., los celtíberos (v.), los carpetanos y los olcades, quedaban casi totalmente al margen de su influencia y sólo sufrieron algunas incursiones por parte del ejército de Aníbal entre los a. 220 y 219 a. C. Sin embargo, cuando los romanos pusieron pie en España, la región no ofreció una excesiva resistencia al avance de las legiones y la cultura de Roma, ya que la rebelión de los lusitanos, dirigidos por Viriato, en lo que afectó a C. la N. no tuvo la misma fuerza e importancia que las revueltas del norte de España. Una vez que la península Ibérica quedó integrada en el Imperio romano, C. la N. formó parte, primero, de la provincia Tarraconense, y luego, a partir del reinado del emperador Diocleciano, de la Cartaginense.Exactamente igual que en la casi totalidad de Hispania, la romanización de C. la N. fue absoluta, pasando su estructura económica de pastoril a agrícola con predominio de villas (villae) al estilo romano. Así, cuando el Imperio aceptó el cristianismo, la Iglesia castellana tuvo un importante papel, como lo demuestra el hecho de la celebración del primer conc. toledano en el 400, donde se condenó la herejía de Prisciliano (v.). Cuando Roma comenzó a tambalearse, a consecuencia de las primeras incursiones bárbaras, C. la N. desde el 411 al 416 fue campo de operaciones de los alanos (v.). Aunque los romanos lograron recuperar el territorio, la debilidad del Imperio era tal, que no pudo impedir nuevos saqueos, esta vez a cargo de las hordas suevas (v.). Por fin, desde finales del S. V los visigodos (v.), procedentes de la Galia, se hicieron dueños de la región, estableciendo su centro en Toledo. Desde entonces C. la N. fue el núcleo de la España visigoda; de ella partían las orientaciones políticas elaboradas en las Cortes y las directrices religiosas que emanaban de los conc. toledanos.La invasión musulmana (711) significó el fin de C. la N. como centro religioso, político y cultural de la Península. Ahora bien, la importancia de Toledo (v.) era tal que, durante muchos años, la ciudad, que había conservado una importante minoría cristiana con su propio clero, continuó irradiando su cultura hacia los núcleos de resistencia cristiana en el Norte. Este poso cultural hispanovisigodo explica el permanente estado de rebelión de C. la N. contra las autoridades cordobesas; sus levantamientos dieron origen a terribles represalias, como la famosa jornada del foso (797), que sofocó una revolución toledana. De todas maneras, esta resistencia estaba condenada al fracaso y, así, cuando en el s. X se instauró el califato por Abderramán III (v.), la región quedó integrada en la España islámica (v. AL-ANDALUS). Cuando el califato desapareció y fue sustituido por los reinos de taifas (v.), casi todas las tierras que hoy constituyen C. la N. pasaron a depender del reino beréber de Toledo.De acuerdo con la debilidad característica de los monarcas taifas, Toledo se convirtió muy pronto en tributaria del reino de Castilla y su falta de fuerza fue tal que, en mayo de 1085, su rey Yahyá b. Ismá’il alQádir entregó la ciudad sin resistencia a Alfonso VI. De esta forma se hacían realidad los ideales de los primeros núcleos de la resistencia cristiana que aspiraban a restaurar la monarquía hispano-visigoda con su centro en la Península. La ocupación de la capital por los cristianos llevó consigo también las de Talavera, Guadalajara, Madrid y, poco después, la de las comarcas de Cuenca, Uclés, Ocaña y Consuegra, que pertenecían al rey moro de Sevilla.La creación del imperio almorávide (v.) frenó momentáneamente la expansión cristiana hacia las tierras que hoy consideramos pertenecientes a C. la N. Sin embargo, a partir de Alfonso VII se reanudaron las campañas victoriosas, llegando la frontera del reino a alcanzar en algunos puntos el curso del Guadiana. Algo después, durante el reinado de Sancho 111, la ciudad de Calatrava, incorporada ya, se convirtió en el centro de la Orden militar española del mismo nombre. Las tierras conquistadas, a través de las repoblaciones correspondientes, se integraron pronto en el espíritu de la vieja C. a la que iban quedando unidas. Pero, es más, C. la N., a través de su principal ciudad, Toledo, poco a poco fue desplazando en el aspecto político y espiritual a C. la Vieja (v.), y así, desde mediados del s. XII, en dicha ciudad se llevó a cabo un extraodinario esfuerzo para traducir a la lengua latina las obras científicas y filosóficas árabes, que procedían de la España musulmana, esfuerzo que culminó en la ingente labor de la Escuela de Traductores de Toledo (v.) durante el reinado de Alfonso X el Sabio (v.).A partir de Alfonso VIII, y sobre todo como consecuencia de la batalla de las Navas de Tolosa (v.) contra los almohades (1212), se ocuparon los últimos confines de los territorios que hoy constituye C. la N. Pasado el tiempo, ya en la Baja Edad Media, C. la N., que si bien, como hemos señalado antes, jugaba desde hacía lustros un primer papel intelectual y político, no tenía en cambio una especial importancia en el aspecto económico, cambia su sino y pasa a ser también un centro clave de la industria hispánica. Así, desde 1351 aparecen en la región talleres artesanos que se dedican al acabado (tundición) de los paños importados de Malinas, Bruselas, Gante, Brujas y otros lugares de los Países Bajos y norte de Francia. Igualmente, desde comienzos del s. XV la industria textil se extiende ya por toda la zona, hasta el punto de que en las Cortes de 1435 se pide fuesen prohibidas las importaciones de paños extranjeros, puesto que en Castilla se producían en cantidad y calidad suficiente. Este aumento de la producción textil fue debido, sin duda, a un incremento de la población en el territorio que, poco a poco, se iba convirtiendo en el centro de la vida peninsular. Otra industria notable fue la sombrerera y la de tapices, radicada fundamentalmente en Toledo, y cuyas manufacturas encontraron a lo largo del s. XV una magnífica acogida en Portugal. Al mismo tiempo, al terminar la Edad Media, C. la N. no es sólo un centro industrial de cierta categoría, sino también un gran mercado consumidor de artículos de lujo. Su aristocracia, cada vez más opulenta, poseía tal vez el mayor potencial adquisitivo de la época.Desde el momento en que se consigue la unidad política española por obra de los Reyes Católicos, el papel directivo de C. la N. se acentúa hasta el punto de que los no hispanos identifican lo castellano con lo español. Esto plantea una pregunta esencial que C. Sánchez Albornoz expresa en su libro España, un enigma histórico: ¿Hizo en verdad C. a España? ¿Concibió la idea de la unidad peninsular? ¿Su influencia anuló la personalidad histórica de las otras regiones peninsulares? A estas preguntas, historiadores de tendencia regionalista han respondido con la afirmación de que el centralismo castellano destruyó a Cataluña, Vasconia y hasta Galicia. La postura parece exagerada. Antes de Felipe II no existe una capital de C., ya que la corte es trashumante, casi como sus rebaños de merinos. Si la lengua castellana triunfó de las otras hablas peninsulares hasta convertirse en época contemporánea en el idioma oficial del país no fue al principio por imposición alguna, sino por el peso específico de los autores que en ella escribieron; fue enorme el desnivel que separó a los hombres de letras de C. de los de otros pueblos españoles durante los s. XVI y XVII, en que empezó a hacerse España.Conseguida la unidad española, C. la N. se convierte en el centro indiscutido de la monarquía, ya que, al contrario de lo ocurrido en la época contemporánea y en la actualidad, la población española de finales del s. XV y la del s. XVI era más centrípeta que centrífuga o periférica; es decir, que sus principales núcleos demográficos y la mayor densidad correspondía a las regiones comprendidas, grosso modo, en lo que hoy entendemos por C. la N. Recientemente un historiador francés, Pierre Vilar, ha puesto de relieve cómo, ya a finales del s. XVI, la región poseía la máxima densidad rutera del país, lo cual le permitía ser el núcleo que facilitaba las comunicaciones con los centros más importantes del eje de gravedad de la vida económica peninsular.Desde el punto de vista político, de manera opuesta a lo sucedido con algunos de los Estados de la Antigüedad, p. ej., Esparta, Atenas y Roma, o de la época medieval, creados por la irrefrenable expansión de una ciudad sobre entornos cada vez más anchos, las múltiples directrices seguidas por las Reconquistas impidieron que en España se configurase una unidad nacional en torno a un eje único. No obstante, al advenimiento de los tiempos modernos, las clases gobernantes tuvieron clara conciencia de la necesidad imperiosa de unir las diversas regiones peninsulares mediante un sistema radial, en cuyo centro se fijaría la sede de la monarquía, una vez abandonado ya el carácter itinerante que la distinguió durante la Edad Media. Éste fue el motivo que llevó a Felipe II en 1561 a colocar la capital del reino en Madrid, villa que en aquellos momentos contaba con unos 20.000 hab.La ubicación de la capital en C. la N. ha dado lugar a gran número de controversias y disputas entre los historiadores, algunos de los cuales ven en la decisión del monarca de El Escorial la causa más importante del colapso de la monarquía hispánica en el s. XVII, ya que un Imperio como el español, esencialmente marítimo, necesitaba tener un centro de gravedad en algunos de los grandes puntos atlánticos y no en una región sin costa como C. la N. De todas formas, desde entonces, la atracción de C. la N. sobre las demás regiones aumentó. El centralismo absolutista de los primeros Borbones e incluso el régimen liberal a partir del s. XII no hizo otra cosa que acentuar aún más el papel político preeminente que esta región había ido adquiriendo a lo largo de los siglos.A. LAZO DÍAZ.
BIBL.: L. SEIJAS, El régimen municipal de Castilla y su influencia en las instituciones políticas de este reino, Madrid 1853; C. SÁNCHEZ ALBORNoz, Reivindicación histórica de Castilla, Valladolid 1919; ío, Orígenes de Castilla. Cómo nace un pueblo, "Rev. de la Univ. de Buenos Aires" 1 (1943) 275-296. V. t. la bibl. de cada una de las capitales que comprenden la región.
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