Castelar y Ripoll, Emilio
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Biografía GER
Político y orador español del s. XII, cuarto presidente de la I República, n. en Cádiz el 7 sept. 1832. De familia valenciana, su nacimiento en Cádiz, la cuna del liberalismo español, vino condicionado por circunstancias políticas: el refugio que allí buscó su padre, Manuel Castelar, abandonando Alicante en 1826 durante la represión absolutista. Su posterior desaparición, tras la huida hacia Gibraltar, para nunca saberse de su paradero, marcó profunda huella en Emilio, que encontró en su madre todo el cariño y la protección paternas. Siempre recordaría C. los primeros años de su vida como época de persecución y de tristeza. En 1836 regresaba con su madre a su tierra alicantina. La niñez de C. discurrió entre Elda y Sax. Estudió la primera enseñanza en Elda y la segunda en el Instituto de Alicante. Desde niño mostró una apasionada devoción por la belleza y luminosidad de su tierra. Muy duro le fue abandonarla para marchar a Madrid. Encontró en la capital las primeras ayudas de su pariente Aparisi y Guijarro y, tras una oposición con otros 50 estudiantes, consiguió una plaza de auxiliar en la Escuela Normal de Filosofía con un sueldo de 1.000 pesetas anuales. Comenzó entonces sus estudios universitarios de Filosofía y Derecho (1852-53), teniendo entre sus condiscípulos a futuros hombres de gobierno, como Cristino Martos y Antonio Cánovas (v.). Con ambos tuvo siempre estrecha amistad. El primero sería su correligionario político. Con el segundo, el distanciamiento en el campo político nunca llegó a enturbiar la amistad.Comienzos de su carrera política. Pronto entró C. en contacto con los círculos políticos de tendencia demócrata, que le recibieron como el hijo de un perseguido. Demócrata de ideas y afiliado al ala izquierda del partido progresista, su carrera política dio comienzo tras los acontecimientos de julio de 1854, "la Vicalvarada", una típica revolución popular anticipada por un pronunciamiento militar, en la que figuraron los demócratas, aunque no gozasen de sus frutos, acaparados por los progresistas históricos. Asumido el poder por Espartero (v.) y O’Donnell (v.), en difícil conciliación, vieron los demócratas frustrados su anhelos. Al manifiesto de la Unión Liberal (17 de septiembre) iba a responder el partido demócrata con una reunión en el teatro Real (26 de septiembre), uno de cuyos oradores fue el joven C., que hizo una dura crítica de las contradicciones del progresismo, causando admiración su fogosa palabra. Publicado el discurso, fue llamado por la reina a Palacio. Rechazó C. cortésmente todo ofrecimiento real de posibles cargos, contentándose con solicitar, ante el estupor de Isabel lI (v.), "un permiso para leer en la biblioteca de Palacio" y no dejando de confesar en la entrevista sus convicciones republicanas. Durante la propaganda electoral (noviembre de 1854), pronunció C. otro discurso en el teatro de Oriente, señalando el fin del progresismo y reclamando un puesto de primera línea para la joven democracia. Allí terminó de cimentarse la fama oratoria de C. y el programa democrático.Actividad periodística. La Democracia. Desde 1854, fracasada su candidatura de diputado, se centró C. en la doble actividad periodística y académica. Colaborador de El tribuno del pueblo y de La soberanía, el diario La discusión, órgano del partido democrático, aparecido en 1856, le llevó a sus columnas, donde C. escribió sobre política internacional e hizo la crónica parlamentaria. En febrero de 1857 triunfó en las oposiciones a la cátedra de Historia filosófica y crítica de España de la Univ. de Madrid, convertida ahora en auténtica tribuna política, que se prolongaba en las aulas del Ateneo, donde C. comenzó un curso sobre Historia de la civilización en los cinco primeros siglos del cristianismo. Su ampulosa interpretación histórica filtrada por su fe democrática surgía en su brillante oratoria ante un auditorio entusiasmado. La idea democrática triunfaba en el Ateneo. Desde 1860 crece su actividad política. Alejado de Nicolás María Rivero, director de La discusión, funda C. su propio periódico, La Democracia (1864). Desde sus columnas mantendrá un amplio debate con Pi y Margall (v.) y, frente al federalismo de éste, opondrá C. su individualismo republicano, que luego explanaría en su publicación La fórmula del progreso. Consecuente con sus ideas y no temiendo al riesgo de exponerlas, sus duras críticas al cuarto gobierno de Narváez (v.), al que calificó de "emboscada contra la libertad", culminaron en su famoso artículo El rasgo (25 feb. 1865), en que comentaba la cesión hecha por la reina de 90 millones de pts. del patrimonio real a la Hacienda Nacional, afirmando que tal patrimonio pertenecía en exclusiva a la nación. Separado de la cátedra, la posterior agitación universitaria iría a desembocar en la trágica noche de S. Daniel (10 abr. 1865).Sus relaciones con el progresismo, siempre ocasionales, se estrecharon por estas fechas. Aceptó también la colaboración con el Ejército, antes siempre rechazada. Fruto de esa triple alianza sería el pronunciamiento del cuartel de San Gil (22 jun. 1866), que liquidaría O’Donnell con dura represión. Si C. se salvó fue gracias a la generosa intervención de Isabel II que, por medio de Campoamor, logró sacarlo de casa de Carolina Coronado y facilitarle la huida a París, donde permaneció hasta el triunfo de la revolución de 1868, en cuya preparación también intervino.Diputado por Zaragoza en las Cortes de 1869, comenzaron sus grandes éxitos oratorios. Sus intervenciones se anunciaban en la prensa como un espectáculo. Desde allí defendió su ideal republicano, atacando a la monarquía de Amadeo de Saboya (v.). Desde allí lanzó sus grandes discursos contra todas las formas de esclavitud. Hombre religioso y de su siglo, defendió la separación entre Iglesia y Estado y atacó el poder temporal de aquélla. Memorable fue el discurso (12 abr. 1869) que comenzó con las palabras "Grande es Dios en el Sinaí", para luego resaltar la majestad del "Dios clemente y humilde del Calvario".La Primera República. Proclamada la República (v. RE PÚBLICA ESPAÑOLA, PRIMERA), Ocupó la cartera de Estado, firmando los decretos de abolición de la esclavitud en Puerto Rico, de las órdenes militares y de los títulos nobiliarios. Ocupó la presidencia después de Salmerón (6 sept. 1873) cuando, tras los movimientos cantonalistas, naufragaba la república. Renunciando a alguna de sus convicciones, obró con firmeza, volviendo a un republicanismo centralista. Gobernó por decreto desde el 20 sept. 1873 al 2 en. 1874. Hizo frente a los brotes carlistas (Cataluña), al cantonalismo (Cartagena), a la insurrección cubana e intentó recuperar la dañada Hacienda. Todo ello le devolvió la confianza del Ejército y de las clases conservadoras. La maniobra de la izquierda del partido de Salmerón, buscando una nueva oportunidad federalista, le derrotó en las Cortes. Pero el retorno a la situación anterior sería bruscamente cortado por el golpe del general Pavía (3 de enero).La Restauración. Retirada y muerte. Durante varios meses viajó C. por el extranjero y, restaurada la monarquía en Alfonso XII (v.), reconoció públicamente las bases sólidas en que se apoyaba el nuevo régimen, sin renunciar en las Cortes a su pasado republicano, cada día más sereno y evolucionado. Muestra de ello fue la formación del partido posibilista, que, dentro del marco de la Restauración, influyó en el logro de añejas aspiraciones, como el sistema de jurados (1888) y el sufragio universal (1890). La elegancia y el respeto que demostró C. duxante la Regencia hacia la reina María Cristina (v.) prueban su talante de caballero. "Yo soy republicano, pero antes soy español", diría en las Cortes, alejando la fácil tentación política que le ofrecía la minoría de edad de Alfonso XIII.Tras un retiro temporal de la política, regresó a ella en 1893, cuando ante la actitud de obstrucción al gobierno de la minoría republicana de Salmerón y Azcárate, él buscó la colaboración con los liberales de Sagasta, esperando el advenimiento de la república como el fruto sazonado del sufragio universal. Muerto Cánovas, recobró C. la exaltación de sus años jóvenes y en el ocaso de su vida, muertos sus antiguos correligionarios -Ruiz Zorrilla, Rivero, Martos-, volvió a ser eje del republicanismo. El desastre del 98 fue la última baza jugada por C., viendo que el régimen se desmoronaba. Pero era ya sólo una sombra del gran luchador político. Retirado a la finca de unos amigos en San Pedro del Pinatar (Murcia), m. el 25 mayo 1899. El gobierno Silvela-Polavieja, que le negó en su entierro los póstumos honores militares, no pudo contener la popular manifestación de duelo que se produjo en Madrid.V. t.: REPÚBLICA ESPAÑOLA, PRIMERA; ALFONSO XII DE ESPAÑA.M. ESPADAS BURGOS.
BIBL.: C. LLORCA, Emilio Castelar, Madrid 1966; A. EIRAS, El partido demócrata español, Madrid 1961.
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