Castellana, Escuela (escultura) HIST.
Categoria:
Historia
No es fácil determinar con precisión ni el significado ni el alcance cronológico y geográfico que encierra la E. C. En la práctica engloba el arte escultórico producido en las dos Castillas a lo largo de los s. XVI y XVIi, es decir, durante el Siglo de Oro. Por lo que se refiere al s. XVI, la E. C. estableció la tónica nacional, de suerte que en Castilla vivieron los artistas principales. En cambio, en la centuria siguiente, la gran escuela andaluza se impuso por una nómina más apretada de artistas de primer rango. En la E. C. predomina una tendencia expresivista y directa, que no se detiene ante el menor correctivo. Ella encarna la "bravura hispánica". En el s. XVI será el movimiento frenético lo que predomine; en el XVII, el realismo a ultranza.El siglo XVI. En esta centuria han de reconocerse dos épocas en Castilla. En la primera, la escultura c. discurre por un cauce impetuoso, que determina figuras angustiadas. En el último tercio del siglo se impone el regreso a la calma.En el primer cuarto del s. XVI Burgos es el hogar principal de la escuela. No se hace sino proseguir el esfuerzo del s. XV. Felipe Vigarny (v.) introduce el Renacimiento con los altorrelieves del trasaltar, y crea un taller fecundísimo, que ha de extender su acción por tierras de Palencia y Valladolid. Este escultor francés será siempre un artista correcto, pero no asimilará la expresividad castellana. Otro será el caso de Diego de Siloé (v.), que, formado en Italia, traerá de aquel país la perfección técnica y el gusto más exquisito, para ponerlo al servicio del bravo sentimiento castellano. Bartolomé Ordóñez (v.) aportará de Italia eJ concepto de la forma plena y maciza, a lo Miguel Ángel, creando las esculturas más robustas de la época. Andrés de San Juan será, con la sillería del monasterio vallisoletano de S. Benito, el enlace entre Burgos y Valladolid.El foco palentino ofrece en Juan de Balmaseda la figura descollante. Prolonga el goticismo, creando las esculturas de mayor dramatismo antes de Berruguete. Miguel de Espinosa propaga el influjo de Diego de Siloé por una amplia zona de Tierra de Campos.Desde la tercera década del s. XVI empieza a latir con energía el foco de Valladolid. Hecho decisivo será el establecimiento en esta ciudad de Alonso Berruguete (v.), el escultor de Paredes de Nava. El taller burgalés quedará absorbido, y en gran parte también el palentino. Su formación italiana amplió sus posibilidades de expresión. Pero ni el miguelangelismo, ni el contacto con el arte de Leonardo, fueron suficientes para sofocar sus innatas energías, que le venían de familia. En él adquiere su fórmula perfecta el expresivismo angustioso, de raíz católica. Su discípulo Francisco Giralte extendió la manera berruguetesca, que los castellanos de la época entendieron como característica de la región.Si Berruguete encarna el Renacimiento plateresco, Juan de Juni (v.) es el representante del pleno Renacimiento. Establece un arte de conjuntos bien equilibrados y simétricos, pero donde cada pieza se debate en la más atroz de las pesadillas. De igual suerte, crea una amplia escuela, que extiende sus obras hasta Galicia. Pero con la llegada de Gaspar Becerra (v.) a Valladolid se impone de nuevo la calma. EJ arte trentino se revela a través de él por una severidad y un estatismo desconocidos. Se agiganta el monumentalismo de las esculturas. Y así se va a constituir la escuela en el último tercio del siglo bajo un signo marcadamente apaciguado, que sólo de vez en vez dejará latir violencias junianas. Tal es el arte de Francisco de la Maza, Adrián Álvarez y, sobre todo, de Esteban Jordán (v.). Pese a la extensa producción de este maestro, su arte acredita la caída de los peculiares sentimientos castellanos de intensidad y dramatismo.En Castilla la Nueva ha florecido en la etapa inicial del Renacimiento Vasco de la Zarza (v.). En el último tercio de siglo la escuela tiene un centro en Toledo, con el Greco y Juan Bautista Monegro, y otro cortesano, en Madrid, donde se distingue el arte académico de León y Pompeyo Leoni.El siglo XVII. La escuela vallisoletana, en el tránsito de siglos, cuenta con la gran figura de Francisco de Rincón. Con él, el apaciguamiento abierto por Becerra hace crisis, para iniciarse una nueva manera de la E. C. Se fabricarán ahora grandes retablos y pasos procesionales. El uso de los postizos hace que las imágenes cobren una fuerza expresiva inigualable. Valladolid adquiere en el primer tercio del s. XVIi un renovado impulso con Gregorio Fernández (v.). Llena los amplios presbiterios de colosales máquinas, crea pasos procesionales de complicada traza y establece una serie de tipos escultóricos, que se van a copiar hasta la saciedad en el resto del siglo. Puede decirse que toda la mitad norte de la Península, excepto Cataluña, aparece inundada por su influencia.Pero en la escuela de Madrid el panorama aparece más complejo. Es allí activo el influjo de Gregorio Fernández y se instalan maestros vallisoletanos. Ahora bien, Madrid integra elementos de varias procedencias. La corte atrae a numerosos artistas andaluces. Por ella pasan Montañés y Alonso Cano. Entonces, la recia austeridad de la E. C. se impregna de gracia andaluza. Un buen ejemplo lo depara el arte de Juan Sánchez Barba. Otro elemento habrá de añadirse aún a esta escuela: la presencia del portugués Manuel Pereira (v.), en el que confluyen la dulce melancolía lusitana, la gracia andaluza y la austeridad castellana.Durante la segunda mitad del s. XVIi la escuela vallisoletana vive de los recuerdos de Gregorio Fernández. Es de destacar Francisco Diez de Tudanca. En Medina de Rioseco se crea un taller escultórico notable, cuyo conductor es Tomás de Sierra y cuyo hijo, Pedro, crearía en el siglo siguiente la más notable sillería barroca de Castilla, la del Convento de S. Francisco.En la región de Zamora y Salamanca hay otro grupo importante de escultores, dentro del círculo de Fernández, descollando los maestros Sebastián Ducete y Esteban de Rueda.V. t.: FERNÁNDEZ, GREGORIO; LA ZARZA, VASCO DE.J. J. MARTÍN GONZÁLEZ.
BIBL.: J. A. y REVILLA, La obra de los maestros de la escultura castellana, Valladolid 1929; J. M. DE AZCÁRATE, Escultura del siglo XVI, en Ars, Madrid 1958; J. CAMóN AZNAR, Escultura y rejería españolas del siglo XVI, en Summa Artis, Madrid 1961; M. GÓMEZ-MORENO, Las águilas del Renacimiento, Madrid 1941; íD, Escultura del siglo XVII, en Ars, Madrid 1963; J. J. MARTíN GONZÁLEZ, Escultura barroca castellana, Madrid 1959; B. G. PROSKE, Castilian Sculpture, Nueva York 1951; G. WEISSE, Spanische Plastik, Reutlingen 1925-39.
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