Bismarck, Otto Eduard Von
Categoria:
Biografía GER
Canciller alemán, principal artífice de la unificación nacional de su país, y uno de los más grandes políticos del último tercio del s. XIX.Nacimiento y juventud. Cuarto de los seis hijos de un oficial del ejército prusiano, n. en Schonhausen el 1 abr. 1815. Su familia pertenecía a la aristocrática clase de los Junkers, nobles sin título, terratenientes, muy apegados a sus tradiciones y políticamente conservadores. En aquel ambiente de disciplina y lealtad fue educado el joven Otto, que heredaría siempre, de familia, el temple, el sentido del orden y la fidelidad monárquica.
Estudió Leyes en Gotinga, de donde salió con un título que le permitió emplearse por un tiempo en Berlín, y, a partir de 1836, en Aquisgrán, reanudando al poco tiempo sus estudios. La unidad alemana vivía por aquellos años un movimiento en que se pretendían, y a veces, se confundían, tres objetivos: la superación de la cultura alemana por medio de la libre manifestación de la idea y el sentimiento (romanticismo), la transformación de la monarquía absoluta por un régimen constitucional y parlamentario (liberalismo) y la integración de los distintos estados alemanes (entonces 25) en una sola y gran Alemania (nacionalismo). B. participó en las tumultuosas reuniones estudiantiles, celebradas con frecuencia en las cervecerías, y recordaría muchos años más tarde, una vez coronada su obra, los solemnes juramentos patrióticos de sus tiempos estudiantiles. Muerto el padre en 1845, recibió el joven abogado en herencia las haciendas de Schonhausen y Kniephof. Sin embargo, estaba claro que no iba a conformarse con la apacible vida de un propietario rural. Era entonces un hombre de 30 años, más bien bajo, pero fuerte, sanguíneo, y dotado de una tremenda seguridad en sí mismo.Entrada en la política. Apenas emancipado de la férula paterna, se dedicó por iniciativa propia a la vida política. Aunque la idea de la unificación estaba impresa en todas las conciencias desde la generación anterior, discrepaban los alemanes sobre si realizarla en torno a Prusia (Klein Deutschland) o en torno al imperio austriaco (Gross Deutschland). B. era decidido partidario de la idea unificadora, tomando a Prusia como base, por supuesto; pero comulgaba muy poco con las ideas liberales que, para muchos, eran consustanciales con la corriente nacionalista. La vida universitaria había modernizado, por así decirlo, su ideología, en un principio puramente conservadora y convencional; pero no la había liberalizado. Con este acervo, fue elegido B. diputado de la cámara provincial de Sajonia, y de ahí pasó, en 1847, a la Asamblea de los Estamentos Reunidos, donde ya tuvo ocasión de mostrar su fuerte personalidad. En aquel desempeño le sorprendió la revolución de 1848. El rey Federico Guillermo IV aunque hombre de tendencia autoritaria, hubo de transigir de momento, concediendo una Constitución de tipo moderado, pero procurando encauzar el movimiento hacia su aspecto nacionalista, y recuperando parcelas de poder a cada ocasión favorable. B., desde su escaño de diputado, coincidía sensiblemente con los programas del monarca, y su destacado papel le valió, en mayo de 1851, el puesto de agregado a la embajada prusiana cerca de la Dieta de Francfort, y, meses más tarde, desde agosto, el cargo de embajador. Aquella Dieta, fruto de la revolución del 48, trataba de dar forma a la unión alemana sobre una base federal, y de acuerdo con las ideas liberales. Integrada en su mayoría por intelectuales, representó un torneo de brillantes ideas, y arbitró escasas soluciones prácticas. B. despreciaba olímpicamente a la que él llamaba "política de los profesores", y declaró más de una vez sin rebozos que Alemania llegaría a su edad de oro, no con brillantes palabras, sino "por el hierro y la sangre" (a esta sentencia de B. responden los colores, negro, rojo, de la bandera alemana).
Su labor en Francfort, donde mezcló la dureza con la habilidad, y sobre todo sus informes a Berlín, que eran prodigio de orden y claridad, le consagraron en la carrera diplomática. En 1859 era destinado a la embajada prusiana en San Petersburgo, donde permaneció tres años durante los que se ganó estima e influencia en la corte de los zares, sin perder por eso de vista los sucesos de Alemania, que iba siguiendo paso a paso. El nuevo monarca Guillermo I, pese a que discrepaban inicialmente de las ideas de B., le nombró en 1862 embajador en París. Sólo unos meses permaneció en su nuevo puesto: pero lo suficiente para conocer a fondo a Napoleón III, con el que sostuvo largas entrevistas, así como las directrices y las debilidades de la política francesa.
Entretanto, Guillermo I se veía solo, en su lucha con el Parlamento, para poner en marcha la reforma militar que proyectaba. Entonces se volvió atrás de sus primeros escarceos liberales, y echó en falta la presencia de un hombre fuerte en quien apoyarse. B. iba a ser este hombre. En septiembre de 1862, el rey le nombró primer ministro de Estado.
La obra de la unificación. A partir de aquel momento B. fue el dueño casi absoluto de los destinos de Prusia indirectamente - luego también directamente- de toda Alemania. Y lo fue pese a la oposición constante de la Cámara, que hizo cuanto pudo por obstaculizar la obra del ministro. Este basculó una y otra vez, hábilmente entre enfrentarse al parlamento, o gobernar sin él, y, por consiguiente, sin presupuesto. Dos fueron los medios empleados por B. para la realización de su plan, reorganizar una burocracia centralizada, absorbente y fortalecer el ejército, para convertirlo en la máquina militar más perfecta de su tiempo; en este cometido encontró un colaborador extraordinario en el mariscal Bernhard von Moltke. Y un solo fin: la unidad en Alemania como obra de Prusia.Como es sabido, aquella obra de unificación se consumó como consecuencia de tres guerras contra otras tantas potencias exteriores, más que a través de ellas, La primera fue la de los Ducados, en 1864, motivada por la anexión de Schleswig a Dinamarca. B., pese a la votación adversa de la Cámara, decidió intervenir, junto con Austria (tratado de Viera, 30 oct. 1864). El ferrocarril sirvió para el transporte de las tropas, y la técnica de Moltke se puso espectacularmente. Prusia se quedó en depósito con Schleswig y Austria con Holstein. La ocupación conjunta como ya era de prever, iba a facilitar los roces, ya de momento hubo acuerdo (tratado de Gastein, 15 sep. 1865, que valió a B. el título de conde), las relaciones austroprusianas fueron haciéndose más tensas desde comienzos de 1866. B. supo asegurarse la neutralidad de Francia (entrevista de Biarritz, octubre de 1865) la colaboración de Italia, que deseaba incorporarse Venecia, (alianza italoprusiana, abril de 1866). En junio de 1866 Austria denunciaba la Convención de Gastein, y la ruptura sobrevino a los pocos días. La maquinaria prusiana se puso en marcha, y el 3 de julio tres ejércitos en perfecta sincronización cayeron sucesivamente sobre el grueso de las fuerzas austriacas en Sadowa. La victoria fue total. Viena, de una vez para siempre, cedía a Berlín la rectoría del mundo germano.
En 1867 se constituía la Confederación del Norte que englobaba a la mayor parte de los estados alemanes, y de la que Guillermo I fue nombrado presidente. Órganos comunes serían el Bundesrat o Consejo federal, y el Reistag, o Dieta de todos los alemanes. Para terminar de soldar la unidad alemana, faltaba, sin embargo, una tercera y espectacular victoria, que Napoleón III vino a brindar en bandeja. El motivo fue el empeño francés en que Guillermo desautorizase la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern al trono español. Cuando el embajador galo solicitó de Guillermo (entonces en el balneario de Ems) una entrevista recibió una negativa cortés; pero B., que deseaba la ruptura, modificó el despacho de prensa, haciendo suponer un desaire. Francia se consideró ofendida, y el19 de jul. 1870 declaraba la guerra a Prusia. Todos los Estados de la Confederación colaboraron en la campaña, que, conducida por Moltke, envolvió a los franceses en cuatro acciones sucesivas (Worth, Metz, St. Privat, Sedan), que decidieron la contienda en mes y medio. El 18 en. 1871, en el Salón de los Espejos del palacio de Versalles tenía lugar una extraordinaria ceremonia en la que B. Proclamaba el Segundo Imperio alemán y a GuiIlermo I Kaiser (Emperador). B. fue nombrado a su vez canciller imperial.Política interior. Alemania, por obra del genio de B., se había unificado bajo el patrón prusiano, y transformado en primera potencia del Continente. Comenzaba entonces la labor, más ardua si se quiere, de soldar la unidad y erigir una política común. Nadie discutía la primacía de Prusia que se imponía con la fuerza de los hechos; pero no hubiera sido político suprimir de un plumazo los Estados del Oeste y Sur. B., aunque hombre autoritario, se valió paradójicamente del sufragio universal, que concedía ventaja a Prusia, por ser su población ligeramente superior a la de los demás Estados juntos. Se consiguió la unificación monetaria, a la que contribuyó la fundación, en 1876, del Reichsbank. La Junta Imperial de Ferrocarriles ( 1873) unificó las comunicaciones. En un lento y casi siempre suave proceso, las atribuciones de los Estados federales fueron restringiéndose, hasta quedar relegadas a la política fiscal y de educación.Durante nueve años (1871-79), B. se apoyó en el Partido Nacional Liberal, representativo de la burguesía intelectual e industrial. Quizá la política de este partido pudiera explicar, más que la del propio canciller, el movimiento anticatólico de la Kulturkampf. Su verdadero artífice fue Adalbert Falk, ministro de Instrucción Pública. B aceptó esta política, por estimarla un medio eficaz de lograr la cohesión interna del país. Las famosas leyes de mayo de 1873, 74 y 75, ponían duras cortapisas al desenvolvimiento de las actividades de la Iglesia. A las protestas de los prelados se contestó con medidas violentas, de suerte que sólo en un año fueron suspendidos seis obispos y cerradas 1.300 iglesias. La campaña, sin embargo, fracasó por completo. La persecución unió más aún a los católicos, que fundaron, bajo la dirección de Windthorst, un nuevo partido, el Zentrum (originario del actual Cristiano-Demócrata), que ya en las elecciones de 1874 obtuvo 90 escaños en el Reichstag. B. acabó comprendiendo que suprimir el catolicismo (aparte de ser empresa imposible equivalía a suprimir la mitad de Alemania. En otro frente luchaba el canciller contra los socialistas cuyo internacionalismo le parecía un peligro para la unidad alemana. En 1872, los dirigentes Bebel y Liebknecht condenados a presidio, y más tarde, con motivo del atentado que sufrió Guillermo I, 1.500 activistas fueron detenidos, otros 900 hubieron de exiliarse, y Se prohibieron publicaciones obreras. Sin embargo, el resultado de las elecciones de 1878, con un triunfo rotundo del Zentrum, aconsejó a B. un cambio de táctica. La Kulurkampf fue frenada en seco, y desde entonces el canciller se apoyó en el partido católico. La presencia de éste en el gobierno significó al mismo tiempo un cambio le actitud frente al proletariado. En 1881, Guillermo I anunciaba loss de una nueva legislación social. En 1883 se estableció el seguro de enfermedad, en 1884 el de accidentes de trabajo, en 1887 se mejoraron las condiciones del empleo femenino, en 1889 se establecieron seguros de vejez e invalidez. El Estado fundó también bolsas de trabajo, gratuitas y sin interés, fomentando al mismo tiempo la creación de cooperativas. El obrero alemán era, hacia 1890, uno de los más protegidos del mundo. Por otra parte, la industrialización masiva, especialmente en la cuenca del Ruhr, Sajonia y zona minera de Silesia, la tecnificación y el aumento prodigioso de la producción, cada vez más abundante y barata, dieron lugar a un desarrollo sin precedentes en el país.
Política exterior. B. simboliza toda una era de la política europea. Su visión realista, íntimamente vinculada al positivismo imperante por entonces en el pensamiento occidental, dio lugar a un sistema, el sistema bismarckiano, que rige la dinámica de Europa entre 1870 y 1890. Culminada la obra de unificación, B. supo refrenar toda otra ambición ulterior y apadrinó un statu quo sobre la base de un equilibrio dinámico llamado por los ingleses balance of powers, en el que cada potencia se arrogaría un influjo proporcional a su fuerza física. Era la razón de la fuerza, al estilo de Nietzsche, un contemporáneo de B., convertida en principio ordenador.
Bajo estos supuestos, Alemania, primera potencia del continente, prefería la confrontación individual a un sistema de alianzas que pudiera concitarle varios enemigos a la vez; pero, en cuanto comprobó que la tendencia a las alianzas era inevitable, B. cambió de táctica: sería él su propio organizador. En 1873 se estableció la Liga de los tres Emperadores entre Alemania, Rusia y Austria, especie de directorio europeo para salvaguardia de la paz. La Liga quedó maltrecha desde la crisis europea de 1878, pero Alemania mantuvo la amistad con Austria y firmó con Rusia el tratado de Reaseguro. En 1881 se constituyó la Triple Alianza entre Alemania, Austria e Italia. El sistema continental parecía definitivamente garantizado.Caída y muerte de Bismarck. Cuando mayor era el prestigio del canciller, subió al trono del Reich Guillermo II, hombre joven, impulsivo y personalista. El choque entre dos caracteres tan incompatibles se vio venir desde el primer momento, pese a que ambos se respetaban y temían. Al fin, en 1890, B. dimitió al negarse el Kaiser a renovar el tratado de Reaseguro. El árbitro de Europa desaparecía en el justo momento en que comenzaba a resquebrajarse el sistema europeo: proceso que conduciría a la I Guerra mundial.Retirado de la política, B. m. en Friedrichsruhe, el 30 jul. 1898. El Canciller de Hierro unió genialmente la fuerza y la astucia, la violencia del gesto y la sutileza diplomática. Hombre de sobrehumana voluntad, supo realizar la unidad alemana y organizar el directorio europeo, con una medida exacta de sus fuerzas. Este frío cálculo de sus posibilidades fue quizá la mejor de sus cualidades políticas.
J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL. : O. BISMARCK, Gedanken und Erinnerungen, 3 vol. Stuttgart-Berlín 1924; C. BUCHEIT, Bismarck, París 1932; E. EYCK, Bismarck, 3 vol. Zurich 1943; EL LALOY, La politique de Bismarck, París 1939; E. LUDWIG, Bismarck, Barcelona 1951; H. VALLOTON, Bismarck, Madrid 1962.Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.