Bienestar SOCIOL.
Categoria:
Sociología
DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA. Introducción. Nuestro interés por el tema en Doctrina social cristiana nos lleva a un planteamiento del mismo no sólo social y ético, sino también positivamente cristiano, cuya Doctrina social lo desarrolla no sólo como palabra, sino como categoría cuya ácuñación doctrinal se encuentra en gestación. El uso del vocablo es cada vez más frecuente en los textos pontificios, en las cartas pástorales y en los trabajos sistemáticos de Doctrina social cristiana. Sobre todo a partir de Pío XI (enc. Divini Illius Magistri, 31 dic. 1929), Pío XII (Radiomensaje, 24 dic. 1940), Juan XXIII y Paulo VI (recuérdese una Carta pastoral siendo arzobispo de Milán dedicada toda ella al tema: II Cristiano e il benessere temporale, Milán 1963), la utilización del término se ha hecho más común. El hecho de que, sin embargo, como categoría doctrinal no esté perfilada definitivamente, lleva consigo una cierta ambigüedad en la utilización de la expresión, cuyo contenido se hace preciso aclarar en cada caso. Máxime cuando crece en la actualidad una aguda polémica ideológicosecular en su torno. Implicaciones del concepto de bienestar. Veamos el b. dentro de la Doctrina social cristiana en referencia con otras categorías (bien común, bienes, progreso, suficiencia), con las que ha venido apareciendo implicado y en relación con las cuales pueda comprenderse mejor. El bien común (v.) viene siendo invocado por la Doctrina social cristiana como fin de la sociedad. Ahora bien, éste supone y comprende al b. Lo supone, según León XIII (enc. Rerum Novarum, n° 23), porque no hay bien común sin prosperidad, noción utilizada como equivalente a la nuestra. O porque, según Pío XII (Radiomensaje 1 jun. 1941), "supone el bien común frutos de paz y de bienestar general". O con palabras de Juan XXIII (enc. Mater et Magistra, n° 79) se incluye en las exigencias del bien común nacional una descripción del b. Podría, en consecuencia, afirmarse con toda propiedad que el b. constituye un ingrediente en la visión estructural del bien común, a cuya base, y elementalmente, aparecería. En segundo lugar,y por referencia a la noción de bienes, el b. los apunta desde su propia objetivación, pues que una condición del estar bien remite a ellos. E incluso en la especificación de los mismos deben ser contemplados los llamados bienes económicos, sin que su carácter de básicos permita su extrapolación valorativa, ni la reducción a ellos de los de otra naturaleza. Invocando, en tercer término, la noción de progreso, la Doctrina social cristiana ha comentado abundantemente tal categoría, la cual engloba una actitud cristiana hacia la técnica (cfr. José María Guix, El Diálogo según la mente de Pablo VI, en Comentarios a la Ecclesiam suam). Pío XII, Juan XXIII y Paulo VI reafirman una valoración positiva del progreso y lo hacen justificativamente, entre otras razones por el hecho de generar un correcto b. Así, en su Radiomensaje de Navidad de 1953, Pío XII decía a propósito del progreso técnico, que éste sirve "para penetrar más profundamente en el conocimiento de la creación y de las fuerzas naturales y para mejor dominarlas por medio de las máquinas y de los instrumentos en servicio del hombre y del bienestar de la vida terrenal". Por tanto, la estimación positiva del progreso tan repetida en la mentalidad eclesial actual, envuelve la del b., que resulta como fruto significativo del avance tecnológico.Finalmente, cabe dejar una conexión del tema con la categoría clásica de suficiencia. En los comentarios a la Ética (I, prol.) S. Tomás retoma un texto clásico de Aristóteles según el cual "el hombre es naturalmente parte de una sociedad, por la cual se le presta auxilio para vivir bien". Según el Aquinatense, el hombre es ayudado por la sociedad "para que no solamente viva, sino para que viva bien" (cfr. J. M. Gallegos Rocafull, El orden social según la doctrina de Santo Tomás, 2 ed. México, 1947). Y esa ayuda, que hace posible la vida y la vida buena, es la medida de una "suficiencia", una "suficiencia" que se denota como adecuada a la naturaleza, varia y diferente según las sociedades, y extendida a lo largo del camino que va desde el mínimo del "vivir", al máximo del "vivir bien". La analítica de contenido de la "suficiencia social" puede rastrearse en la Summa Theologica, en los Comentarios a la Ética, en los Comentarios a la Política, y consecuentemente en De Reg. Princ. Con lenguaje escolástico, Gallegos Rocafull habla de un "bonum essentialiter", un "bonum integraliter", un "bonum consequenter" y un "bonum instrumentaliter". Si ahora, en resumen, recogemos los materiales que nos suministra toda esta referencia del b.’ a las nociones con las que acabamos de vincularlo, podríamos afirmar que el b. es un ingrediente básico en la estructura del bien común. Que es un tracto éticocristiano de los bienes. Un producto del progreso técnico, rectamente entendido. Y que supone tanto como la suficiencia social, en tanto en cuanto ella nos reclama una escala de "abundancia" sobre la que montar la vida y la vida buena.Bienestar y ecuación de necesidades. El reconocimiento del hombre como ser de necesidades y satisfacciones forma parte del patrimonio doctrinal cristiano. Pío XI en la enc. Quadragesimo Anno lo afirma formalmente invocando la exigencia de bienes abundantes "para satisfacer las necesidades de una honesta subsistencia". Y en su Carta a Charles Flory, 5 jul. 1952, AAS 44 (1952) Pío XII lo recuerda, como si fuera el antecedente del Radiomensaje de Navidad del mismo año, donde asegura solemnemente que el fin supremo de la economía es la satisfacción permanente de las necesidades en bienes y servicios materiales (AAS 45, 1952)_ Las necesidades y su correato, las satisfacciones, son así el mecanismo cuya ecuación se plantea, éticosocialmente, como un imperativo cristiano. La economía social y humana debe proveer esa ecuación, tras de la que se esconde siempre la dignidad de la persona, acreedora legítima de b.Pero subrayemos algo que parece singularmente revelador y tradicional en la posición cristiana, al respecto de nuestro tema: la ecuación necesidadsatisfacción no subyace a los actos meramente biológicos del hombre. El b., que es la fórmula de esa ecuación, se nos presentará como exigencia personal, al nivel incluso de su realización virtuosa. León XIII en la Rerum Novarum (n° 25) repetirá, actualizándolo, un principio de la ética social tomista según el cual los bienes materiales y externos deben ser facilitados a los individuos en una sociedad bien conformada, pues "su uso es necesario para el ejercicio de la virtud" (De Reg. Princ., I, 15). Y Pío XI en la Quadragesimo Anno (n° 136) asegura como "clara voluntad del Divino Hacedor, el poner al hombre sobre la tierra para trabajarla y hacerla servir a sus múltiples necesidades". El hombre, pues, necesitado de los bienes, incluso para su virtud, trata de proveerlos y remonta la escala variada y diversa dé los mismos, satisfaciéndose relativamente en ellos, sin poder jamás confundirlos con el Bien supremo, con el que sólo podrá definitivamente sentirse satisfecho.Las exigencias del bienestar. La const. pastoral Gaudium et spes comienza haciendo eclesiales "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo" (n° 1). Hará suyos en estos gozos y estas esperanzas los afanes legítimos, de b. que honestamente siente el mundo. Tanto "en las naciones que se benefician ya de los progresos económicos y técnicos", como, sobre todo, en los "pueblos en vía de desarrollo". La promoción del bien común y en él del b. resulta, pues, universalmente urgida. Por ello en el cap. III, al tratar sobre la vida económicosocial, denuncia las injustas diferencias de b., enuncia la ley fundamental del desarrollo, como servicio del hombre y detalla algunos principios, reguladores del conjunto de la vida económicosocial, cuya cristianización "puede contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo" (n° 72).El repertorio de exigencias del b venía siendo ya desgranado anteriormente en la doctrina pontificia. La Mater et Magistra, sobre todo, comentó las exigencias económicas del desarrollo entre sectores de la producción y entre zonas de cada pueblo, subrayando las condiciones precisas para una óptima producción (n° 128, 151, 168). La misma encíclica había aludido también a las exigencias sociales del b., pues no hay desarrollo económico digno sin el correspondiente progreso social (n° 192), sin una justa distribución, proporcional a las necesidades, a la cooperación, a la función social y al bien común. Pero el orden de las exigencias no podía por menos de personalizarse y, junto a las exigencias de objeto, se han hecho presentes las llamadas a la conciencia y a la acción subjetiva de todo ciudadano, de toda entidad social y del propio Estado (política económicosocial). Pío XI recordará en la Quadragesimo Anno, fundamentándola, la voz del apóstol S. Pablo sobre el Cuerpo Místico de Cristo como modelo de toda otra corporación: "Todo el cuerpo compacto y unido por todos sus vasos, según la proporción de cada miembro, opera el aumento del cuerpo para su edificación en la caridad" (Eph 4,16). Todo este recorrido de exigencias que la Doctrina social cristiana ha sabido ver como urgencias, pues urge la justicia y urge la caridad, no tiene por qué ocultar el intrínseco sentido de tentación que puede esconder el b. cuando, rebasando su área en la estructura moral del bien común, se nos absolutiza, haciendo cobrar valor de fin a lo que sólo tiene valor de medio.La idolatría del b. es la obra cara de la medalla. Y si el b. ético es un deber, el b. absolutizado es un pecado, llámese como se llame. Pío XI lo recordó, condenándolo cuando ante "la más eficaz producción de bienes, son preteridos e inmolados los más elevados valores del hombre, incluida la libertad" (Quadragesimo Anno, n° 119). Y el card. Montini (después Paulo VI) en su Lettera pastorale all’Arcidiocesi Ambrosiana per la Santa Quaresima de 1963, al hacer el balance de las perspectivas y riesgos de una civilización del b., pone el acento en la valoración del sentido cristiano de las realidades temporales, antídoto eficaz frente a los sistemas que han puesto su confianza en la primacía del factor económico. El cristianismo actual requiere averiguar "las relaciones que deben existir entre la vida cristiana y la vida moderna, entendiendo aquélla como fidelidad al compromiso evangélico, y ésta como afán de búsqueda y conquista del bienestar temporal" (n° 10). Es preciso no olvidar que el b. es un bien próximo, pero no es el Bien último. Es estimable como todo bien, pero al no ser el Bien pleno, ha de ser incluido en la jerarquía de los bienés, donde tiene su inexcusable lugar.P. RIDRUEJO ALONSO.
BIBL.: J. Y. CALVEZ y J. PERRIN, Église et société économique, París 1959; E. GUERRY, La doctrina social de la Iglesia, Madrid 1964; COMISIÓN EPISCOPAL DE APOSTOLADO SOCIAL, Doctrina social de la Iglesia, Madrid 1963; J. MESSNER, La cuestión social, Madrid 1960; CARD. MONTINI, Cristianismo y bienestar, Barcelona 1964; INSTITUTO SOCIAL LEóN XIII, Comentarios a la "Ecclesiam Suam", Madrid 1965; ID, Comentarios a la "Meter et Magistra", Madrid 1962; CONC. VATICANO II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, Madrid 1965; INSTITUTO SOCIAL LEóN XIII, Doctrina Social Católica, Madrid 1964.
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