Biblia VI REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
VERSIONES DE LA BIBLIA.2. VERSIONES GRIEGAS. Al tratarse aquí de versiones, se excluyen el N. T., escrito directamente en griego (v. NUEVO TESTAMENTO), y ciertos textos del A. T., en la versión de los Setenta, compuestos igualmente en griego: la Sabiduría (v.) (de Salomón), el libro 2 de los Macabeos (v.), y la Epístola de Jeremías (apéndice del libro de Baruc, v.). Entre los apócrifos, fueron escritos directamente en griego: el III de los Macabeos, en el s. I a. C., y el IV de la misma serie, bastante bien redactado, en los principios de nuestra era (v. APÓCRIFOS I, 3).En cambio, sí deben entrar aquí los escritos cuyo original semítico debió de existir, aunque se ha perdido: quizá el 1 Esdras (v.) de los Setenta, utilizado por F. Josefo (los cap. 3,15,6 están compuestos directamente en griego), que puede ser versión de un original hebreo anterior al masorético, o tal vez refacción más literaria de una traducción de 2 Crónicas y EzraNehemías, ante. rior a la transmitida en los Setenta como 2 Paralipómenos y 2 Esdras, y que H. H. Howorth atribuye a Teodoción; el Eclesiástico (v.), o Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac (también llamado Sirácida), cuya versión griega fue hecha hacia el 132 a. C. por el nieto del autor, un palestino de Jerusalén (desde 1896 se conservan dos terceras partes de un texto hebreo lleno de problemas, reflejado en el manuscrito cursivo griego 248 y del que se sospecha que puede ser una revisión tardía o incluso una retraducción a través del siriaco); el libro de Tobit, en latín Tobías (v.), del que sólo hay fragmentos del original arameo y de un texto hebreo que puede ser traducción de él; la novela histórica Judit (v.), compuesta originariamente en arameo después del 158 a. C. y vertida al griego antes del 96 d. C..; el libro de Baruc (v.), de cuyas partes la última fue escrita en griego, dos de ellas se remontan a un original hebreo y la tercera a un documentó arameo; y el libro 1 de los Macabeos (v.), traducido al parecer sobre un original hebreo o arámeo escrito por un judío de Palestina posterior al menos en una generación a los años 1751-32, cuyos hechos se narran.Entre los llamados apócrifos están en el mismo caso los Salmos de Salomón, compuestos hacia la época de Pompeyo y traducidos en los comienzos de nuestra era, y el libro de Henoc, obra palestina del s. Ii a. C. que manejó S. Judas, conservada muy parcialmente en la versión griega y totalmente en la etiópica hecha sobre ella (V. APÓCRIFOS I, 3).La traducción griega de los "Setenta". Los demás libros del A. T., que no hemos mencionado, figuran en el texto hebreo masorético (V. ANTIGUO TESTAMENTO II) y en los mejores códices de la versión griega llamada de los Setenta o LXX, aquí junto con los ya mencionados y con algunos cambios en los títulos respecto al texto hebreo (los libros 12 de Samuel y 12 Reyes los convierte la versión griega en 14 Reinos; EzraNehemías pasa a ser 2 Esdras; los dos libros de las Crónicas se titulan Paralipómenos, es decir, Cosas omitidas antes).Sobre esos códices de los LXX se ha ejercido, a lo largo de varios siglos y a pesar de las dificultades enormes que su estudio ofrece, una intensa labor crítica culminada en dos ediciones complementarias: la de Cambridge, que ha publicado entre 1906 y 1940, con presentación de un texto base y distintas series de variantes en el aparato, ediciones del Pentateuco, Josué, jueces, Rut, Reinos, Paralipómenos, Esdras, Ester (en dos textos; el más largo se ha embellecido con adiciones que ya conoció F. Josefo), Judit y Tobit; y la de Gotinga, que produce textos críticos basados al menos en repartos de códices por recensiones y de la que tenemos ya, por obra principalmente del benemérito Joseph Ziegler, ediciones aparecidas entre 1931 y 1965, de los Salmos (con el 151 que no está en el hebreo y fue quizá redactado ya en griego combinando varios textos bíblicos), Profetas menores, Isaías, Jeremías, Baruc, Trenos, Epístola de Jeremías, Ezequiel, Daniel (con sus anejos Susana y Bel), 13 Macabeos, Sabiduría y Eclesiástico. Quedan, pues, cinco textos para los que es menester recurrir a la edición manual y resultante de A. Rahlfs, aparecida en 1935 (Septuaginta, 3 ed. Stuttgart 1949): Proverbios (con muchas interpolaciones griegas y en algún caso cristianas), Job (sigue en pie el problema de por qué el griego de los LXX es más corto que el hebreo, lo cual hace que los códices ofrezcan suplementos hexaplares o de Teodoción), Cantar de los Cantares y Eclesiastés (véase lo que luego decimos sobre Aquila) y IV Macabeos.Las dificultades del texto griego de los LXX residen en el hecho de que no se trata del texto original de un autor, en cuyo caso, pese a las corrupciones de la tradición textual, sería posible teóricamente llegar al arquetipo y aun al autógrafo. Se trata, pues, de textos griegos traducidos del hebreo, sobre los cuales, a su vez, se ha hecho la traducción al latín llamada Vulgata (v. vi, 3), y la traducción del A. T. al corto, gótico, armenio y eslavónico. El Pentateuco (v.) samaritano parece tener un antecesor común con los LXX, de quienes se muestra afín a veces frente al hebreo; la Pés?tta’ o versión siriaca (v. vi, 5) sigue al hebreo, pero con influencia de los LXX en ciertos libros; sobre la Vetus Latina (v. vi, 3), se duda entre un original hebreo o griego; la versión georgiana está tomada del armenio, del siriaco y en parte de los LXX; la etiópica, de los LXX oon influjos directos del griego; la árabe (v. vi, 6), según los casos, del hebreo, del siriaco o del griego.El más antiguo testimonio sobre las circunstancias en que se produjo la traducción de los LXX es la bien conocida Carta de Aristeas a su hermano Filócrates, escrita no mucho antes del 170 a. C. En ella se cuenta, muy ampulosamente, cómo Tolomeo 11 Filadelfo (285247 a. C.) encargó a Demetrio el Falereo la formación de la inmensa Biblioteca de Alejandría y cómo, a petición de éste, el propio Aristeas fue a Jerusalén para pedir al sumo sacerdote Eleazar traductores competentes de la B. hebrea. Luis Vives dudó ya de la veracidad de esta fábula en que 72 traductores, seis por cada una de las tribus (aunque más tarde se habló, para abreviar, de los Setenta o LXX), instalados en Alejandría, dejaron traducido el Pentateuco en setenta y dos días, y, desde luego, hoy no se duda de que el autor de la carta no era un funcionario grecoegipcio, sino un judío de la capital, aunque lo que se dice en ella pueda tener algún fundamento histórico (de hecho el Pentateuco fue traducido al griego ca. el 250 a. C., en el reinado de Tolomeo II Filadelfo).Evidentemente, los LXX son una obra sumamente heterogénea en que han intervenido, en diferentes tiempos, multitud de manos con otros tantos criterios; y su cuerpo principal, especialmente el Pentateuco, debió de ser redactado por judíos de Egipto con miras a las necesidades pastorales de una comunidad que había olvidado ya su lengua (v. ALEJANDRÍA V). Probablemente jamás hubo ninguna versión autoritaria ni oficial de los libros sagrados en griego; y, si bien puede ser exagerada la tesis de P. Kahle, que cree que, como en el caso de los Targumim arameos (v. VI, 4), coexistieron siempre muchos textos de cada libro empleados independientemente y entre los cuales no es posible llegar al arquetipo (en Jueces, p. ej., el texto A y B discrepan mucho entre sí), la verdad es que creyéndose cada cual autorizado a mejorarla en un sentido u otro, se explica que los resultados críticos obtenidos, incluso por la edición de Gotinga, hayan sido escasos en cuanto a determinar un texto primitivo de los LXX. Parece, de todos modos, que es posible establecer distinciones; p. ej., la de un primer núcleo en que figurarían el Pentateuco, relativamente fiel en su buen griego de la koine (salvo en el final del pxodo, cuyo traductor parafrasea y abrevia en una materia muy técnica) y cuya composición se remontaría a pleno s. in a. C., y algunos textos proféticos e históricos; más tarde irían rellenándose las lagunas con menos elegancia literaria y mayor fidelidad respecto al texto hebreo.En conjunto, el texto de los LXX es desigual, tanto más cuanto que en muchos libros parece haber intervenido más de un traductor. Se ha afirmado de los LXX que, más que una versión, son un comentario teológico, pero hay, en cambio, libros que pecan de excesiva literalidad y en ningún caso llega el texto a adquirir los más rudimentarios valores estéticos. Ahora bien, no olvidemos tampoco que los manuscritos, precisamente por la misma índole de la materia, están llenos de corruptelas: al irse sanando éstas va también ganando tantos el traductor o traductores, inocentes muchas veces de los errores que se les imputaban.Versiones de Aquila, Teodoción y Símaco. La situación textual se complicó más todavía por la intervención, que hace difícil o imposible llegar en ocasiones a la lección original, de diversos revisores judíos que, frente al uso de los LXX que hacían los cristianos con fines polémicos, quisieron ser también ellos capaces de manejar textos mejores y más "puestos al día". Así surgieron sucesivamente varios intentos de este tipo.Aquila, de origen gentil, natural de Sinope, en el Ponto, es la misma persona, al parecer, que Onqelos, compilador de un Targum arameo sobre el Pentateuco (v.VI, 4): su versión del A. T. al griego, quizá hecha en Palestina durante el imperio de Adriano (1171-38 d. C.), es tremendamente literal, hasta los bordes mismos de la ininteligibilidad; se ha pensado que los textos del Eclesiastés y el Cantar de los Cantares transmitidos por los LXX pueden proceder de 61 y haber suplantado a otros más antiguos.Teodoción, natural quizá de Éfeso, no es tal vez otro que el conocido escriturista judío Jonathan ben `Uzziel; trabajó en la segunda mitad del s. II d. C. sobre otra revisión para nosotros anónima de principios del s. I a. C.; su versión griega, menos servil que la de Aquila, recurre con frecuencia al cómodo sistema de la transliteración; conocemos bien sus métodos porque, desde la segunda mitad del s. III d. C., su versión suplantó a la primitiva en la mayor parte (salvo 967, el cursivo Chigi 88 y la versión sirohexaplar) de los manuscritos septuagintales de Daniel (recuérdese lo que apuntamos sobre 2 Esdras).De Símaco sabemos menos: puede tratarse incluso de un nombre genérico aplicado a la actividad revisora de la secta ebionita de los Simaquianos; su versión, que podemos datar en la época de Severo (193211 d. C.), resulta artificial a fuerza de precisiones rebuscadas por medio de participios, verbos compuestos y partículas.Versiones de Orígenes. Las tres revisiones acabadas de mencionar no causaron grave daño al texto, por ser tan distintos sus procedimientos de los empleados en los primitivos textos de los LXX, porque casi todo el material correspondiente se perdió pronto, y porque las glosas marginales de los códices en que se les cita procuran anotar su procedencia. Más perturbadora, en cambio, fue la labor de Orígenes (v.), el gran escriturista egipcio (m. 254 d. C.), que, en un trabajo colosal, recopiló todas las traducciones griegas del A. T. a él llegadas en la famosa Hexapla: una colección de voluminosos códices con páginas divididas en columnas. La primera de éstas contenía el texto hebreo; la segunda, no sabemos bien con qué fin, una transliteración del mismo en caracteres griegos; la tercera y cuarta, las versiones de Aquila y Símaco; en la sexta siempre se ha pensado que figuraba la de Teodoción, pera los fragmentos de la Hexapla, todavía inéditos en su casi totalidad, que conserva el palimpsesto de Milán, demuestran que, al menos en los Salmos, esta columna contenía la versión llamada Quinta, una traducción anónima, probablemente fragmentaria, cuyos restos encontró Orígenes en Nicópolis (existían también una Sexta, hallada en un jarro cerca de Jericó, y una Séptima de que apenas sabemos nada).En cuanto a la quinta columna, Orígenes creía erróneamente que los textos septuagintales quedarían tanto más depurados cuanto más se les aproximara al original hebreo, siendo así que, al revés, una de las reglas áureas de la investigación en este campo consiste en aceptar a priori como preferible la lección divergente, y ello precisamente porque las corruptelas se han producido siempre en el sentido de un mayor acercamiento al original; y así, en esta columna estableció personalmente un texto adaptado al hebreo con empleo de dos signos críticos: el óbelo, que marcaba las palabras presentes en los LXX y ausentes en hebreo, y el asterisco, empleado para palabras añadidas por Orígenes por figurar en el texto mesorético y no hallarse en el septuagintal. En realidad la labor de Orígenes era así respetuosa con la preexistente y no producía calamidades irreparables; pero su columna quinta, emancipada, si así puede decirse, de la Hexapla y privada, por descuido o voluntariamente, de los óbelos y asteriscos, pasó a constituir el texto de ciertos manuscritos, como los códices G M Q, e incluso de versiones hechas sobre el griego, como la llamada sirohexaplar, la sahídica y la armenia; y, peor todavía, algunos códices, no "sospechosos" a primera vista, están contaminados de materia hexaplar, como el B de Isaías.Familias de textos griegos y relaciones con el hebreo. S. Jerónimo pudo ya hablar de la trifaria varietas de los LXX hallada en los manuscritos, resultante de tres recensiones cristianas predominantes en distintos países: la alejandrina, elaborada por Hesiquio, obispo y mártir egipcio de la época de Diocleciano, y de la que el más eximio representante, aun con todo lo dicho, es el llamado códice B; la realizada en Asia Menor por Luciano (v.), presbítero y mártir de Antioquía que pereció bajo Maximino (311-312), y en la que se clasifica a los códices NV, K, Y (es de advertir que F. Josefo, más de dos siglos antes, cita los libros históricos según una versión afín a la luciánica que debía de circular en su tiempo por Siria, y rasgos típicos de ésta aparecen nada menos que en el antiquísimo papiro Rylands 458, de que luego hablaremos); y la hexaplar u origeniana.A. Rahlfs identificó también una cuarta recensión, que 61 llamó R, y que parece haber dado origen al texto C, hallado en manuscritos provistos de comentario del tipo de las llamadas catenae; y aún hay un texto "aberrante" que se encuentra en algunas citas de Filón, según ha demostrado P. Katz, y que puede o no estar emparentado con R. El objetivo primordial de los editores consiste, pues, en identificar para cada libro las cuatro familias en función de los códices adscritos a una u otra; y quizá algún día, con métodos aún más depurados, se llegue a un estadio prerrecensional o alejandrino prehesiquiano.Otro punto en que los estudios sobre los LXX resultan capitales, y lo resultarán cada día más, es el de las relaciones entre los textos griego y hebreo, por cuanto pueda redundar en el mejor conocimiento de éste. Como es sabido, la crítica textual de la B. hebrea ha sufrido una verdadera revolución con la aparición de los fragmentos de Qumrán (v.), junto al Mar Muerto, que llevan más de diez siglos hacia atrás los testimonios del A. T. en aquella lengua. No tiene, pues, nada de particular que, p. ej., los nuevos fragmentos del Samuel hebreo haya demostrado, al coincidir con los LXX en lo que se creía aberrante en esta versión, que los traductores griegos seguían aquí a un estadio predecesor o Vorlage menos deteriorada que el texto hebreo masorético (recuérdese también lo apuntado en torno a Esdras); en cambio, los dos últimos libros de los Reinos (en hebreo Reyes) ofrecen un cuadro inverso, con superioridad por parte del texto masorético.Manuscritos. En cuanto a los manuscritos griegos conservados, v. MANUSCRITOS II, 2. V. t.: GRECIA XIII (Griego bíblico); BIBLIA VI, 8 (Políglotas). Para las versiones griegas modernas, v. VI, 9B. Ediciones del texto griego en BIBLIA VII.M. FERNÁNDEZ GALIAND.
BIBL.: H. B. SwETE, An Introduction to the Old Testament in Greek, 2 ed. Cambridge 1914; F. G. ICENYON, The Text of the Greek Bible, 2 ed. Londres 1949; R. DEVREESSE, Introduction á Pétude des manuscrits grecs, París 1954; S. JELLICOE, The Septuagint and Modern Study, Oxford 1968; P. GRELOT, Sur Pinspiration et la canonicité de la Septante, "Sciences Ecclesiastiques" 16 (1964) 387418; M. FERNÁNDEZGALIANO, Veinte años de crítica textual de la Biblia griega, "Estudios Clásicos" I (195051) 310, 5772; L. GIL, Septuaginta, en Enc. Bibl. V1,611620; íD, Aquila, Versión de, ib. 1, 621624; íD, Símmaco, Versión de, y Teodoción, ib. VI,701702 y 934935; P. BELLET, Hexaplas, ib. III, 12181220; M. DE TUYA y J. SALGUERO, Introducción a la Biblia, I, Madrid 1967, 466495.
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