Artesánía ARTE
Categoria:
Arte
Actividad plástica que se conviene generalmente en diferenciar de las Bellas Artes propiamente dichas, por concurrir en ella una serie de factores muy determinados como son: a) la creación de objetos de uso personal y utilitario, lo que excluye de modo automático la dedicación a arquitectura, escultura, pintura, grabado, etc.; b) el habitual anonimato de la obra; c) la atemporalidad estilística, que acostumbra a petrificarse en un aspecto dado a despecho de evoluciones del gusto, y d) el casi constante ruralismo de talleres y de la condición de los artesanos.Ahora bien, esta definición, tan necesariamente dogmática y hermética cual todas acostumbran a serlo, precisa de mayor discusión para su debida inteligencia, y debe comenzar por plantear un aspecto injusto de la cuestión, el de la segregación del artesano y de la a. de los dominios normales de las Bellas Artes, por la sola razón de su constante desfase estilístico. Ello da lugar a que lo artesano se suela estudiar cuando se estudia bajo epígrafes arte popular, arte folklórico, etc., de método y norma muy ajenos a los que convienen a la creación estética. Así, p. ej., hoy es singularmente estimada la es cultura no apolínea, antiacadémica, espontánea y de formas expresivas; pues bien, ésta es la condición de, p. ej., las esculturillas en barro cocido de los artesanos baleares, que repiten reiteradamente modelos púnicos como los del toro y el mago, no sin haber agregado otros prototipos como el avión o el ciclista. Sin embargo, la escultura firmada, tanto como los modelos púnicos de historicidad bien probada, son motivo de estimación, y no los xiurells tal es el nombre original de dichas piececillas baleares, que se expenden a precios ínfimos. Del mismo modo, la cerámica de Talavera de la Reina del s. xvi resulta ser merecedora de exhibición en los más elevados museos, en tanto su reiteración por artesanos actuales apenas merece el título de curiosidad. Obsérvese que acaban de ser enarbolados dos ejemplos y los dos atañen a la cerámica. Era lógico, puesto que, tratándose de la técnica más vetusta y fácil, se repite mil veces el fenómeno de que el momento más feliz en la historia de cada manufactura tienda a petrificarse en lo sucesivo, muchas veces conservando los más de los bienes plásticos y visuales primitivos, y tal ha acaecido en los alfares de Talavera de la Reina, Puente del Arzobispo, Fajalauza, Teruel, etc.; pero la hipertrofia de un criterio historicista divide la producción en antigua, lo que parece bastar para el respeto, y la actual, popular, ya fuera de uso, ya desprovista del nombre de talleres de prestigio sabido, y la inserta en el vago mundo de la a. Virtualmente, todo ello era ya a. en el s. xv o en el xvll, dado que el procedimiento era el mismo, pues las formas y la ornamentación también lo eran. Similarmente acontece con otras muchas técnicas productoras de objetos para uso inmediato.’Las artes del hierro comenzaron por no ser otra cosa que a. Ascendieron a mayor consideración cuando, en nuestro renacimiento cincocentista, ilustres maestros realizaron obras de grandísimos empaques y calidad. Se operó la reversión a la a., y todo aconsejaba creer que no saliera ya de este capítulo. Sin embargo, una actitud
novecentista de la escultura española representada por Gargallo (v.) y Julio González (v.) y seguida en todo el mundo ha reconocido las bondades de esfuerzo y sudor personales que brinda la a. y, tan humilde’ como voluntariamente, ha retornado a ella, con óptimo resultado. Tras este conocido dato, sencillo es de comprender que tan sólo los prejuicios de autor y fecha, de los que carecen el artesano y su mundo, han podido llevar a esta perjudicial secesión de lo que sólo se debería enjuiciar mediante sus intrínsecas condiciones de belleza. Quizá sean las artes de la tierra y del hierro las que mejor se prestan para nuestra discusión, pero los contrasentidos abundan en toda otra técnica. Un mueble firmado por Riesener o por Oeben ostenta, aparte, de su minuciosa factura, su primor ornamental, y la firma de su autor, el prestigio de haber cooperado activamente a la formación de un estilo dieciochesco, es cierto. Mas este prestigio es del todo separable del talante estético de la obra, y he aquí lo que una hipertrofia historicista no tolera al arte que se retrasa. Muchos armarios y arcones españoles reiteran, con mayor o menor fidelidad, formas de los mismos muebles en su estadio románico o gótico. La única tacha a su clasificación es que pueden datar de tres o cuatro siglos más tarde, con la consiguiente eliminación de su contemporaneidad estilística. A ello se pudiera objetar que también, hacia 1400, había en España pintores que no habían olvidado el quehacer románico, pero la objeción no se suele tomar en cuenta para ef estudio de la a. Y cuando aparece una rara firma menestrala, de buen u óptimo aficionado, acaso un José García o un Valeriano López, y aun exhibida con algún orgullo y acompañada de^la fecha, ello no destruye la generalización anónima de lo artesano.
No se libran del mismo destino la orfebrería (v.) popular, que a menudo copia preseas de nuestro Siglo de Oro, ni el bordado (v.), ni los tejidos (v.), ni los encajes (v.). En estas técnicas se han producido obras que merecen con todo rigor el dictado de maravillosas, pero su nacimiento popular las excluye sistemáticamente del estudio concienzudo. No es preciso ponderar la hermosura de las alfombras y tejidos de Murcia, de los vidrios catalanes, de los bordados de Lagartera o de las randas de encajes de Camariñas, para no insertar en la mención sino algunos de los centros más ilustres de la a. española. Por desgracia, todo ello está en proceso de extinción. Una de las características notorias y principales de la producción artesana era su baratura, unida al derroche de tiempo exigido por cada pieza. Es decir, que así como los modelos pertenecían al pasado, a un pasado lejanísimo, los modos de realización también eran anteriores a cualquier proceso de industrialización, sin reconocer otras normas que las de la economía personal o familiar.Es obvio que, en un siglo de progresiva facilidad en las comunicaciones, de prisas, de mayor seducción en los bienes de consumo, de cambio de las estructuras económicas rurales y suburbanas, todo ello esté en vías de total desaparición. Con lo cual, el pueblo ha perdido, tristemente, su ambiente artístico propio, sin que por ello haya accedido al interés ni a la comprensión del arte culto. Hay manufacturas p. ej., cerámicas, y aún más concretamente, toledanas que, tratando de marchar de acuerdo con los nuevos tiempos, han trocado sus repertorios seculares por otros sedicentemente actuales, con lo que no ha logrado sino resultados horribles. La ley que de ello ha de inferirse es tan cruel como inapelable. Las a. tienen que actuar según sus normas sempiternas, aquellas que fijó un momento de potencialidad estilística singularmente dotada de poder de expansión; pero difícil o imposiblemente pueden cambiar esta inspiración, o, de lo contrario, será obligatorio otro periodo de varios siglos conducente a otra fijación dotada de gracia y de expresión. De aquí el mal éxito que suele acompañar a los intentos de hacer renacer una técnica manual y artesana extinguida. Los ciclos se van terminando inexorablemente cuando desaparecen las circunstancias que les prestaron calor, y todo propósito de revivificación mediante nuevos supuestos es, no sólo inútil, sino también perjudicial. Es verdad que pueden nacer a la vida nuevas a., cual es, p. ej., la fabricación de, juguetes en talleres caseros, repitiendo incansablemente unos modelos dados, pero tales hechos, en una era de industrialización a escalas fabulosamente multitudinarias, no pasan de ser excepcionales. La consecuencia es que la a., entendida como vertiente popular, anónima y atemporal de las Bellas Artes, ha muerto. Se dirá que en todo el texto anterior sólo se ha especulado con ejemplos españoles. No podía ser de otro modo, y apenas se ha hecho otra cosa en virtud de las obligaciones de extensión de este artículo que aludir a algunos de ellos, pero lo consignado no haría sino agigantarse al ser contrastado con lo acaecido en el resto de Europa, donde la industrialización y la subsiguiente muerte de la bella obra artesana han sido incluso anteriores en fecha. Tan sólo cabe citar la persistencia de estos entrañables modos eñ los países escandinavos, acaso en Portugal, y, muy sobre todo, en Hispanoamérica y Filipinas, donde la tónica es tanto más subyugante cuanto menor es la industrialización alcanzada. En pueblos de menor desarrollo, como los africanos y asiáticos en general, las producciones estéticas de carácter artesanal no suelen ser separadas de las que se consideran expresivas del arte nacional y privativo de dichos pueblos. No obstante, semejante criterio, en principio peyorativo, es el que desearíamos ver aplicado al arte occidental, un tanto demasiado imbuido de la superstición de los nombres de autores, las fechas y los estilos.V. t.: TAPICERÍA;ORFEBRERÍA;TEJIDOS;BORDADOS;ENCAJES; CARPINTERÍA; EBANISTERÍA.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: J. SUBÍAS GALTER, El arte popular en España, Barcelona 1948; l. TUDELA, Arte popular de América y Filipinas, Madrid 1968.
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