Arte Español Contemporáneo II. Escultura. ARTE
Categoria:
Arte
Entendiendo la puntualización de contemporaneidad como sinónima de novecentismo, éste no podría ser tan amplio como para incluir en nuestro resumen a los escultores españoles afectos al quehacer ochocentista, aunque uno de ellos, Mariano Benlliure (v.), haya vivido hasta 1947, casi exactamente la mitad de nuestro siglo. E, inversamente, sí cabría hablar de otros, como Carlos Mani y Roig (Tarragona 1866Barcelona 1911), en cuya gestión pudo comenzar la renovación de la estatuaria española, si el constante mal sino personal del artista no lo hubiera vedado. Por lo menos, su obra más lograda, Los degenerados parece que destruida y sólo conocida por fotografías, datando de los primeros años del siglo, ostentaba auténtica valentía de volúmenes. Este caso frustrado aparte, la verdadera renovación es obra personal de tres grandes escultores que actúan sin conocerse mutuamente y sólo coincidentes en la novedad de su dicción plástica. Son, en Bilbao, N. Mogrovejo (v.), 18751910; en Andalucía, con la consiguiente conquista de Madrid, M. Inurria (v.), 18681924, y en Cataluña, J. Llimona (v.), 18641934. No se desembarazaron del tópico decimonónico, realista a ultranza y pegajosamente cominero en la misma proporción, ni ello era de prever, pero dejaron cimentada una nueva estatuaria tendente a la concisión. Tras ellos, la escultura española continúa actuando, como lo hiciera en los a. del 1800, en dos focos principales: Madrid y Barcelona o tanto da decir Castilla y Cataluña con bien probada diversidad de fisonomías y estilos.Escuela catalana. La escultura catalana no sin ayudas de orden lírico buscará un niediterraneísmo clásico, abundante en figuras femeninas de regusto clásico, a veces de porte helenístico, como en lo mejor del gran J. Clará (v.), de concreta estirpe de Escopas, como en las delicadas muchachas del no menos insigne Enrique Casanovas (1882-1948), uno de los estatuarios más sensibles de nuestro siglo. Ese mediterraneísmo, empeño ya programático de los escultores catalanes, obtiene varias versiones en los hermanos Miguel y Luciano Osle, los más afectos al realismo caducable, en Juan Borrell Nicolau, que prefiere las enseñanzas de la escultura romana, en el muy helénico José Dunyach, en Jaime Otero, en Esteban Monegal, en Rafael Solanic, en José Viladomat, en Martín Llauradó, en José Cañas, en Antonio Casamor d’Espona, en Joaquín Ros y en tantos otros. Pero es natural que los caracteres de la escuela no fueran cerrados. El genial Manolo Hugué (v.), sin carecer de aticismo clásico, lo aderezaba con un gracejo y un garbo típicamente meridionales, aprendidos durante su amarga vida. Y otros catalanes menores en años, como Enrique Moneo (n. 1895) y Federico Marés (n. 1897), bien que nutridos en la misma vertienté, han procurado sabores más cercanos al del Renacimiento. Apeles Fenosa (n. 1899) es autor de estatuas muchachiles y gráciles, y Juan Rebull (n. 1899) es, en lo más característico de su producción, un enamorado de formas arcaicomediterráneas, casi egipcias, visibles, p. ej., en su Muchacha llevando un cordero.Escuela castellana. Pero suspendamos la relación de escultores catalanes nacidos antes de 1900 para dar lugar a otra de sus colegas castellanos o que, procediendo de otros puntos de España, deben su fama a la plataforma madrileña. El decano era julio Antonio (v.), el que, al repartir su vida entre tierras tarraconenses y otras de Almadén y de Madrid, podía jactarse de poseer toda la geografía humana peninsular, que retrató cumplidamente en sus Bustos de la raza. Le siguió en este menester, mediante rotundos dibujos, el palentino V. Macho (v.), con más años de vida y de labor y con aciertos tan plenos como los monumentos a Pérez Galdós y a Ramón y Cajal en el Retiró madrileño. No menos dotado estaba el sepulvedano Emiliano Barral (18961936), autor de sólidos retratos y de figuras femeniles en piedra. Tras los dichos, otros nombres procedentes de la periferia completan el panorama. Son los levantinos José Capuz y Juan Adsuara, el navarro Fructuoso Orduña, el vasco Quintín de Torre, los andaluces Juan Cristóbal y Jacinto Higueras, el castellano Moisés de Huerta, el extremeño Enrique Pérez Comendador, los gallegos Santiago Bonome y F. Asorey (v.), el asturiano Manuel Álvarez Laviada. Y, sobre todo, J. Planes (v.), porque si, en los más de los nombres dichos apuntaba un intento de retorno al realismo, Planes, partiendo de semejantes principios, ha llegado a una escultura de los más desnudos y esenciales volúmenes. Citemos, en fin, a C. Mallo (v.), a Antonio Failde Gago, a Leandro Cristóbúl y al malogrado Francisco Pérez Mateos. Y, en su archipiélago canario natal, a Eduardo Gregorio. Pero de nuevo es preciso suspender la nómina para retroceder en busca de las orientaciones de la escultura más antitradicional posible. Pues si los españoles carecimos de un Rodin, dimos en cambio las figuras geniales de P. Gargallo (v.) y de J. González (v.), insignes ambos por haber devuelto el arte de la escultura a la vieja artesanía del hierro, y singularmente el primero de ellos, por haber dado al cubismo (v.) su expresión tridimensional.Con ello se inicia una segunda escuela de escultura española, la extrafronteriza, en que bien merecen respeto y gratitud, aunque la escultura no sea su forma de dicción habitual, los ensayos esporádicos de Pícasso (v.) y J. Miró (v.). Sí lo fue, en cambio, todo el quehacer y toda la ilusión de A. Ferrant (v.), cuya constante inquietud y extremada habilidad le llevaron a ensayar todas las técnicas, todos los materiales, todas las mil y una posibilidades de hacer escultura. Antes de 1936, un espíritu gemelo de Ferrant en esta búsqueda era el ejemplar Alberto Sánchez (18971962), toledano, panadero de oficio, creador de formas de inauditas novedad y riqueza, predecesoras de toda la libertad que hoy campea en la estatuaria mundial y aún de alguna más. En aquel momento anterior a 1936 también eran notables los ensayos de Eduardo Díaz Yepes y algunos de B. Palencia (v.). Tardó en reconstituirse este anhelo de escultura espontánea y antirrealista, pero se reconstituyó merced a los esfuerzos del catalán Eudaldo Serra (1911), del madrileño Carlos Ferreira (1914) y, sobre todo, del portentoso guipuzcoano Jorge de Oteyza (1908), hombre de inaudita inquietud conceptiva, siempre anhelando sorprender nuevos secretos, nuevos cánones, nuevos módulos de cuanto sea susceptible de ser expresado en escultura, de lo que puede ser ejemplo su Apostolado de Aránzazu.Como se ve, por poco que se repasen los nombres dados, las antiguas escuelas autónomas de Madrid y Barcelona han acabado por fundirse dentro de un mismo espíritu, según era de esperar cuando también las escuelas nacionales de nuestros días marchan por muy semejantes derroteros, sólo diversos según el grado de inventiva de sus artistas. Al llegar al momento presente, la escultura realista a ultranza es raramente practicada, y los que continúan fieles a la figuración Benjamín Mustieles, Luis María Saumells, José Subirachs, y aun otros que se mencionan a continuación lo hacen sin atender a otras consideraciones que las nacidas de* su estética personal. En cualquier caso, algo ha unido muy estrechamente a los mejores escultores de estos años, y ha sido un masivo retorno a la estatuaria en hierro preconizada por Gargallo y González. El pionero de esta dedicación fue el hoy internacionalmente famoso guipuzcoano E. Chillida (1924; v.), que ha sabido comunicar a la dura, negra y primitiva materia increíbles condiciones de sensibilidad. Y, ya unos persuadidos paralelamente de los prestigios de este metal, que enaltece la consecuencia plástica mediante su laboreo, ya otros admitiendo voluntariamente la sabia y eterna lección, son multitud los escultores españoles que lidian con la estatuaria férrea. Los hoy decanos en el tratamiento de otros materiales, como P. Serrano (v.), Jorge de Oteyza, Amadeo Gabino, Torres Monsó o Eudaldo Serra. Los hay también que, como Chillida, hacen de esta modalidad su principal medio de expresión Venancio Blanco, Eleuterio Blanco, Martín Chirino, Xavier Corberó, Joaquín Rubio Camín, Antonio Sacramento, Abel Vallmitjana, etc., y, en un caso o en otro, componen una brava escuela escultórica novísima, infinita en lineaciones, gestos y volúmenes, mostrando cómo a la caduca dogmática de los materiales nobles ha sobrepasado la posibilidad multiforme de otro no tenido por tal, el del hierro. En fin, la magnífica evolución de la escultura española novecentista, que ha marchado durante setenta años en persecución de lo que aparentaba ser inaprehensible, continúa un camino glorioso que difícilmente podrá ya ser frenado en el último y desconocido tercer tercio del siglo.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: F. ELíAs, L’Escultura catalana moderna, Barcelona 19261928; J. A. GAYA NuÑo, Escultura española contemporánea, Madrid 1957; íD, Formas de la escultura española contemporánea, Madrid 1966; 1. GUILLOT CARRATALÁ, Doce escultores españoles contemporáneos, Madrid 1953; R. OTERO TGÑEz, El escultor Francisco Asorey, Santiago de Compostela 1959; P. MARTíN, Alberto (Sánchez), Budapest 1964; J. FULLAONDO, S. AtvtóN, Chillida, Madrid 1968; J. FULLAONDo, R. MONEO, A. CRESPO, Jorge de Oteyza, Madrid 1968.
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