Arte Español Contemporáneo III. Pintura. ARTE
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Arte
Primer tercio del siglo XX. Nos proponemos considerar esta contemporaneidad en su sentido más lato y amplio, esto es, especulando aproximadamente con las sucesivas etapas experimentadas por el color español desde 1900. Etapas que importa considerar con sumo cuidado ya que no siempre son de contenido cronológico, sino estilístico, paralelizándose no pocas veces gestiones de artistas y de grupos artísticos rotundamente dispares, aunque sean idénticas las coyunturas generacionales. En realidad, el peso de modales y criterios decimonónicos en la pintura española novecentista se ha dejado advertir más que en la escultura del mismo tiempo, lo que se comprende bien porque siendo el del color arte más mayoritario, induce a mayor petrificación.Al comenzar el siglo continúan viviendo y actuando pintores de historia género específicamente decimonónicocomo Villegas y Pradilla, sin contar otros muchos de aplicaciones y estéticas harto más desfasadas de lo que resolverá el s. XX. Unos y otros coexisten por algún tiempo con los grandes impresionistas, Beruete (v.) y Regoyos (v.), respectivamente fallecidos en 1912 y 1913 y, naturalmente, con los impresionistas de la segunda hornada, Francisco Gimeno y R. Casas (v.).Pero, en todo caso, el impresionismo (v.) tiene poca cosa que hacer en España, mientras que los primeros años del siglo presencian y remachan la espectacular aceptación foránea de tres pintores que se han ganado a España y al mundo: por orden de nacimiento son J. Sorolla (v.), I. Zuloaga (v.) y H. Anglada Camarasa (v.). Siendo muy distinto el arte de cada uno al de los dos restantes, los tres coinciden en una amplísima desenvoltura de dicción, de total desparpajo, y en lo que se consideró algo así como una summa del españolismo en pintura, con la contradicción de que el más dotado y más artista a nuestro juicio, Anglada, resultará ser el menos famoso. Sin proseguir con ulteriores distingos, sí fue obvio que esta pintura espectacular nubló la vista de la atención nacional y, por consiguiente, de la internacional al valorar a otros pintores de exactamente la misma generación, pero de obra más sosegada y amorosa. Se trataba del primer brote fauve (v. FAUVISMO) y nobilísimo de nuestra pintura, el significado por la gestión de dos artistas óptimos, los dos vizcaínos, F. Iturrino (v.) y J. de Echevarría (v.), de labor admirable y callada. Se les puede agregar, en cuanto a carácter y valía, la del santanderino Agustín Riancho (18411929), que por su propia evolución personal pasó insensiblemente del impresionismo al fauvismo, y, desde luego, la condición de genio meteórico del gran I Nonell (v.), artista excepcional, acaso el más absolutamente pintor de su momento, inclasificable y rebelde. Estas diferencias de valoración que, por cierto, aún no han sido niveladas ni superadas motivaron por espacio de largos años un claro estancamiento de la pintura española. Madrid presenció durante mucho tiempo un firmamento de pintores en que lucían Marcelino Santa María, de procedimientos muy del s. xix; los academizantes retratistas F. Álvarez de Sotomayor (v.), Manuel Benedito y Julio Moisés; otro retratista más desenvuelto, J. M. López Mezquita (v.), y pintores de colorismo espectacular como E. Chicharro (v.) o de tema folklórico como Eugenio Hermoso. Con lo cual, hemos llegado al folklore, el que privó allá por los años veinte, de suerte que apenas hubo región que no impusiese su realismo costumbrista. Los pintores gallegos, capitaneados por Sotomayor, nos llenaron de romerías gallegas; los andaluces, de temas sevillanos, o, como Romero de Torres (v.), de ojerosas muchachas cordobesas, o como Rodríguez Acosta (v.), de gitanos del Albaicín y del Sacromonte, o como Morcillo, de mentidos seudoárabes de cuento oriental. Los temas extremeños los suministraba Eugenio Hermoso, y los valencianos, José Pinazo.Ciertamente, otras regiones anduvieron con mayor tacto. En Cataluña seguía vigente un impresionismo aprés la lettre, servido por Eliseo Meifrén, S. Rusiñol (v.) y J. Mir (v.). Otras figuras independientes, las de Mariano Pidelaserra, Feliú Elías, Pablo Roig, Rafael Benet, etc. No menos rica e interesante, la escuela vasca, con Elías Salaverría, Ramón y Valentín de Zubiaurre (v.), Julián de Tellaeche y el exquisito, admirable, purísimo, Aurelio Arteta, uno de los primeros pintores españoles del siglo y, como tal, desconocido prácticamente. La larga vigencia de este panorama se descompone por sí sola mediarite la eclosión de varios factores, no por cierto coetáneos. El primero, y sin duda el más cuantioso, es el que se refiere al triunfo en París de los cubistas españoles. Esa ciudad es, desde 1904, la residencia definitiva de Pablo Picasso (v.) y, a partir de 1906, la de Juan Gris (v.). La historia del cubismo (v.) es la de la obra de dos españoles voluntariamente exiliados para no tener que contagiarse de las mil penurias estéticas reinantes en España. Tras de vacilaciones y tanteos, ambos han impuesto a Europa su programa. Picasso le será prontamente infiel, Juan Gris acabará por serlo también; María Blanchard, santanderina, lo usará moderadamente, pero el hecho queda en pie. Y aunque sus consecuencias dentro de España resultan exiguas, no dejan de darse. Santiago Pelegrín (18851954) practicará en Madrid un poscubismo propio y aún por analizar. Y D. Vázquez Díaz (v.), 18821969, regresará de París sabiendo todos los bienes de la composición cubista, insertos por 61 en un realismo nuevo y depurado de la mejor traza posible. Ahora, los grandes pintores actuantes en Madrid son dos: Vázquez Díaz, justamente famoso por sus retratos, sus paisajes y por los frescos de La Rábida, y J. Gutiérrez Solana (v.), el que tras larga lucha ha acabado por imponer su recia y sustantiva pintura, tan tradicional como nueva, tan dramática como hiriente. La renovación se efectúa lentamente, pero se efectúa. Por lo demás, un extraño pero muy personal decorador catalán, J. M. Sert (v.), está triunfando aparatosamente por todo el mundo. Las regiones van abandonando el folklorismo anterior, y ya Evaristo Valle, en Asturias, actúa más como independiente que como regionalista. Los pintores catalanes Labarta, Humbert, Xavier Nogués, sobre todo Emilio Bosch Roger y otros más jóvenes están creando un clima nuevo. En Madrid, Cristóbal Ruiz es algo así como una callada versión pictórica de Azorín. Y, más importante aún, una generación novísima comienza a exponer, al amparo de nuevas organizaciones, de nueva crítica, de nueva, renovada atención del espectador.Posguerra. Y en este esperanzador momento sobreviéne la Guerra civil. No hay que ponderar en qué medida trastornó este dramático paréntesis todo el panorama de la pintura española y cuánto tiempo fue preciso esperar a que los colores se tranquilizaran. Cuando ello ocurrió, el panorama había cambiado por completo, y muchos nombres jóvenes y desconocidos aparecieron en primerísimo lugar. Los Salones de los Once presididos por Eugenio D’Ors, los Salones de Octubre de Barcelona y las Bienales Hispanoamericanas, seguidas a alguna distancia cronológica por el cambio de talante en las exposiciones nacionales de Bellas Artes, habían contribuido a operar el milagro. Un artista santanderino de la Escuela de París, Pancho Cossio (v.), había desertado de ella en 1932, pero era ahora, después de la guerra, cuando afirmaba su asombrosa y museal categoría de pintor, de pintor máximo, mágico en sus calidades, misterioso en sus facturas, a menudo fantasmal en sus temas, ya sean retratos, naturalezas inertes o marinas, puesto que en todos era magistral.Simultáneamente a su gestión, triunfaba en más de un punto de España un colorismo que bien se puede entender como segunda y tardía reacción fauve de nuestra pintura, y ello era legítimo, ya que la primera había sido tan minoritaria. Los dos focos principales, según sería fácil de prever, Barcelona y Madrid. En el primero actuaban Domingo Olivé Busquets, de líneas muy rigurosas; José Mompou, extremado colorista; Jaime Mercadé, magnífico ejemplo de artista que cuanto más avanza hacia la ancianidad se hace más joven en su pintura; Miguel Villá, conciso como pocos otros, autor de algunos de los más admirables cuadros de nuestro siglo, a base de azul de mar, blanco de paredes y rojo de tejados; el malogrado Ramón Rogent, autor de unos rojos y rosas sólo dables en Matisse; Manuel Capdevila, en el que el blanco es argentado y admite situaciones irónicas e incisivas, y tantos más. En la meseta castellana no fue menor el prestigio de esta tendencia. Incluso persevera felizmente por la gestión de sus ilustres intérpretes. Uno es B. Palencia (v.), artista cien por cien, pintor de niños, de campesinos, de perdices y de truchas, de campos castellanos sorprendidos en toda su aridez y toda su virginidad. Otro, Godofredo Ortega Muñoz, extremeño, que hace todo lo contrario de una pintura regional, pese a retratar constantemente su tierra y sus paisanos; pero se trata de una pintura honda, trascendente, voluntariamente reseca. Joaquín Vaquero, asturiano, arquitecto en su primera profesión, es otro admirable cronista de los campos y de las colinas, servido por un colorido de sorprendente opulencia. Un gran malogrado, R. Zabaleta (v.), hacía una pintura de condición entre fauve y agreste, pero evolucionó hacia combinaciones lineales de vidriera, que coordinaba con su campesinismo jiennense. En fin, de las varias directrices adoptadas por Gregorio Prieto, una de ellas, la de los molinos blancos de su tierra manchega, puede asimilarse a este grupo. El cual también ha ido renovándose en generaciones más jóvenes, las que un día compusieron la llamada Joven Escuela Madrileña. Aunque hoy cada responsabilidad personal haya buscado caminos igualmente personales, compusieron esa escuela, no sin directa intervención de Benjamín Palencia (v.), los pintores Francisco Arias, Álvaro Delgado, Cirilo Martínez Novillo, Agustín Redondela, Menchu Gal, Juan Guillermo (m. 1968) y otros. Muy aparte de ellos, los todavía realistas, como Gregorio Toledo, José Agular, Pedro Bueno, Juan Esplandiú y el excelente y lírico cantor de Madrid Eduardo Vicente (190868). En Cataluña, habían practicado un realismo propio Joaquín Sunyer y Pedro Pruna.En. cuanto al surrealismo, que, pese a Dalí (v.), obtuvo escaso predicamento en España, apenas se puede mencionar sino a José Caballero en su primera etapa, ya que luego el inquieto artista onubense ha seguido muchos otros caminos. Y el expresionismo (v.), sin propasarse a investigar lo que de expresionista tenga en mayor o menor grado todo buen pintor español, cuenta con la figura ejemplar de Francisco Mateos, de restallante color y de inverosímil imaginación. Semejante camino, con paleta más ácida y estridente, es el de Luis García Ochoa. La pintura al fresco, en España resucitada por Vázquez Díaz, revive hoy con la gestión de José Vela Zanetti, de largas estancias y no menores triunfos en tierras americanas. En fin, no olvidemos la acción de los componentes españoles de la escuela de París. Si Picasso y Miró (v.) continúan como máximos exponentes, no cabe olvidar los nombres de Francisco Bores, Hernando Viñes, Peinado, Palmeiro, Elena Colmeiro y, sobre todo, de Antonio Clavé.Arte abstracto. En lo hasta ahora expuesto, todos los artistas mencionados coincidían, si no en otra cosa, en su figurativismo. Pero la fuerte corriente no figurativa que se impuso mundialmente, sobre toda a partir del fin de la II Guerra mundial, no dejaría a España como excepción. Se puede señalar con toda fidelidad el comienzo de esta boga, pues coincidió con el Curso de Arte Abstracto profesado en Santander en el verano de 1953. Pronto cundió una inmensa floración de pintores españoles de esta tendencia, unos perfectamente convencidos de su excelencia, otros sin duda llevados por su actualización. Pero, en todo caso, constituyendo un trascendental movimiento de colores en libertad.Es preciso citar a Antonio Tapies (v.), César Manrique, Manolo Millares, Manuel Viola, Manuel Mampaso y Antonio Saura, sin contar con otros, ya citados, que se adhirieron, ignoramos con cuánta convicción, a la corriente triunfal (v. ABSTRACTO, ARTE; INFORIWALISMO). No obstante, aquella multitudinaria eclosión no figurativa fue de corta duración, ya por haberse puesto de moda otras tendencias el opart y el popart, bien porque la abstracción demostraba no ser o no deber ser una dedicación gratuita e irresponsable, sino la misma pintura histórica elaborada de otra suerte. Como quiera que sea, y felizmente vivientes y actuantes muchísimos de los artistas citados y omitidos otros muchos de verdadera importancia para no hacer de este artículo una cansada hilación de nombres es obvio que la pintura española novecentista, pródiga en artistas geniales en cada una de sus cambiantes etapas, se encuentra hoy en un magnífico momento que permite encarar con similar optimismo el tercio que le falta al s. xx y en el que es de prever una soberbia continuidad.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: M. ABRIL, De la naturaleza al espíritu. Ensayo crítico de pintura contemporánea desde Sorolla a Picasso, Madrid 1935; B. DE PANTORBA, Historia y crítica de las exposiciones nacionales de Bellas Artes celebradas en España, Madrid 1948; J. A. GAYA NuÑo, La Pintura Española del medio siglo, Barcelona 1952; Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes, Madrid, ed. 1901 a 1968; M. SÁNCHEZ CAMARGo, Historia de la Academia Breve de Critica de Arte, Madrid 1963. Y los catálogos de esta institución, de los Salones de Octubre de Barcelona (194857) y de las Bienales Hispanoamericanas de Madrid, La Habana y Barcelona. No pocos de los artistas mencionados cuentan con monografía, muchas veces en los catálogos de sus exposiciones en el Ateneo de Madrid y en la Sala de la Dirección General de Bellas Artes.
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