Arquitectura II. Historia.b. Desarrollo Posterior. HIST.
Categoria:
Historia
1. Arquitectura medieval. Es habitual considerar como el de la a. medieval de Occidente la paleocristiana (v. PALEOCRISTIANO, ARTE), significada por las catacumbas (v.) de Roma, pero claro está que este punto de partida no puede ser sino simbólico. Unas estructuras rudimentarias y clandestinas difícilmente podrían tener otra riqueza que la espiritual, pero sin ningún refinamiento técnico. Es la aparición de la basílica (v.) lo que determina un concepto maduro de la primera a. cristiana, al evolucionar desde el establecimiento romano de estirpe jurídica al de templo. Por otra parte, coincidía en su porte con otros edificios religiosos de muy varias confesiones tanto helénicas templos de Baco y Mitra como hebreas. La disposición de tres naves separadas por columnas encapiteladas, más ancha la central, y las tres con cubiertas de madera, va a ser una estructura muy seguida tanto en Oriente iglesia de la Natividad, en Belén como en Roma, donde son varios los templos de esta especie, a destacar la espléndida basílica de S. Sabina, la de S. Inés, la del papa Liberio, etc., cada edificio con ornamentación propia, pero respondiendo todos al mismo esquema. También pertenecía a éste la primitiva basílica de S. Pedro en lo esencial de su estructura. En Oriente, el respeto a edificios tan característicos como la dicha iglesia de Belén y la de S. Juan, en Damasco, suele imponer semejante planta basilical, no sin ulteriores complicaciones de rotondas cupuladas, esquema importante y concordante con una clara afición bizantina, y que estaría llamado a largo y posterior éxito en la a. medieval. En efecto, ésta es la gran aportación de Bizancio (s. IV) a la historia de la a., y la iglesia de S. Sofía (v.), en Constantinopla, sobra para aseverar la afirmación. La enorme cúpula central, cuyo gran peso y empuje son eficazmente contrarrestados por la acción dé dos medias cúpulas, tendrá una importancia decisiva en los posteriores cubrimientos de iglesias occidentales. En las iglesias, también bizantinas, de los S. Sergio y Baco, de S. Irene, etc., triunfa semejante concepto del cuerpo central y cupulado, sostenido por columnas. Ello no obsta para que se continúe durante igual periodo la erección de basílicas, como las de Rávena, especialmente bellas. Un eco ya muy tardío de S. Sofía (v.), y exento de su grandeza, será, en el s. XI, S. Marcos, de Venecia, de proporciones bastante más pesadas. Esta alternancia de estructuras, la basilical y la central y cupulada, va a reiterarse largamente en las a. de Europa occidental, tanto en la visigoda española (v. PRERRoMÁNICO, ARTE), como en la merovíngia francesa (v. MEROVINGIOS II), bien que con abundantes modulaciones propias y con menos posibilidades de grandeza. En periodo inmediatamente posterior, el arte carolingio (v.) experimenta igual eclecticismo, aunque su monumento principal, la catedral de Aquisgrán, fuese inicialmente una rotonda. Poco afecta a cupulaciones es la personalísima a. del primer reinado asturiano (v. ASTURIANO, ARTE), que prefiere estructuras basilicales más o menos compartimentadas. El arte mozárabe (v. MOZÁRABES II) mantendrá el mismo eclecticismo, pero en algunos de sus más preclaros casos, tendiendo a experimentos cupulados, resueltos con inmejorable gracia. En general, todo este largo prólogo a la a. románica se ha caracterizado por un sinnúmero de ensayos, titubeos y soluciones particulares, por el empleo de bóvedas vaídas y gallonadas, por la devoción a muy varios trazados de arcos de medio punto, peraltados, de herradura, por otras tantas clases de aparejo, predominando el de sillarejo menudo, y, en fin, por la más diversa cantidad de empeños. La a. asturiana, deseosa siempre de verticalidad, hizo profusa utilización de contrafuertes, y éste es uno de los modos que más la ligan a los sistemas constructivos de la gran a. unificadora de toda la Europa occidental, esto es, la románica (v. ROMÁNICO, ARTE). Es superfluo tratar de destacar la importancia de esta gran solución unificadora, válida durante los s. XI y XII, que fuera la a. románica. En primer lugar, al declararse tácitamente heredera de la romana, hace uso programático de la piedra de sillería limpiamente cortada aunque en monumentos modestos y rurales se utilizara la mampostería, del arco de medio punto, de la bóveda de medio cañón y de la cúpula, así como de la ordenación tectónica de la columna o pilastra provista de capitel y basa. La a. románica supera todos los tanteos de las a. nacionales que la han precedido, impone una monumentalidad nueva, y procede a elevar estructuras imponentes, extremadamente sólidas y compactas, generalmente ayudados los muros por contrafuertes exteriores que se paralelizan y contrarrestan con otros interiores. Es normal y habitual la planta semicircular del ábside, mientras las a. nacionales la preferían cuadrada. Aparece la catedral (V. TEMPLO V), compleja estructura antes no soñada, y que suele ser de planta cruciforme y basílical, reservadala cúpula para marcar el crucero. De tan sensato modo se han reunido las dos estructuras antes en pugna, llegándose a un complejo que reúne ambas. Bien es cierto que otras iglesias románicas son puramente basílicas, y que aún abunda el sencillo templo de una sola nave. Por el contrario, las iglesias de tipo rotonda resultan ser excepcionales. Es evidente que la a. románica había impuesto un orden propio, por lo demás, abundantísimo en fórmulas tan nuevas como el claustro, la galería porticada, el triforio, la girola, etc., claro está que todo ello con precedentes más o menos embrionarios. Y otro gran triunfo del románico es el de haber llevado sus formas a la a. civil. En puridad, los primeros edificios privados o municipales de la Edad Media son los palacios, las casas modestas y sedes edilicias como la de Braga (Portugal).
Desde el propio s. XI y abundantemente a lolargo del siguiente había empezado a aparecer el arco apuntado, sustituyendo al de medio punto. También, en el XII, congruentemente, la bóveda de cañón apuntado, y, siempre con anterioridad al 1200, la crucería. Hoy se rechaza la idea de que hubiera un periodo de transición entre la a. románica y la gótica, que se caracteriza por el uso de estos elementos, y está vigente la idea de que toda construcción que utilizara la crucería pasa a tener categoría de gótica. Con tal convicción, la a. cisterciense (V.), que no había abandonado del todo los motivos románicos, entra de pleno en el dominio del goticismo, desvaneciéndose la idea de cualquier paréntesis transitivo. Esta opinión, por drástica que parezca en principio, es muy cierta. El arte gótico (v.) sólo tiene de común con el románico, en cuanto a a., una determinada fidelidad, la que compete a la planta del templo, sin perjuicio de que esta fidelidad original se vaya complicando con el tiempo. Pero es la única coincidencia entre el románico y el gótico, ya que, en esta a., la teoría de la estructura varía grandemente. El muro se adelgaza hasta rozar el límite de lo peligroso, y en mucha de su superficie se sustituye por vidrieras; no se elimina el contrafuerte, mucho más leve de función que el románico, pero surge un nuevo elemento de apoyo, el arbotante, un arco exterior de cuarto de círculo o acaso de menos, que se encarga de, contrarrestar empujes con sabio cálculo, de suerte que toda la estructura está concebida con una homogénea y sensible flexibilidad que obliga a función a cada uno de sus elementos. Naturalmente, las construcciones se superan unas a otras en altura, y su despegue de la tierra es total antítesis de la macicez románica. Cada día es más vertical el rasgado de los ventánales, y un elemento novísimo, la aguja piramidal, viene a coronar las torres. La columna o semicolumna pierde cualquier reminiscencia clásica, hasta convertirse en poco más que un junquillo, con tendencia a eliminar el capitel y sumiéndose en la sección de los poderosos pilares. De éstos arrancarán las bóvedas de crucería, primero con nervios simplemente cruzados, luego proyectando cada tramo de abovedamiento un complejo estrellado de nervios menores. Cuando éstos ya no ofrecen virtualmente ninguna significación tectónica y sí puramente decorativa, cuando el obligado arco apuntado deriva hacia otros trazados de medio punto, carpanel, mixtilíneo, etc. puede asegurarse que la a. gótica ha dejado de existir. Ello tendrá efecto en el s. XV. por lo que toca, sobre todo, a Francia, España y Portugal, empeñadas estas dos últimas naciones en originalísimos experimentos isabelino y manuelino (v.) de la mayor prestancia decorativa, pero no tanto en soluciones arquitectónicas.2. El Renacimiento y el barroco. Pronto, en todos estos países y en los más de Europa, tomaría carta de naturaleza la a. renacentista italiana (v. RENACIMIENTO), que se caracterizaba más por su nuevo elenco ornamental que por innovaciones estructurales. El nuevo programa estatuye también la supremacía del arco de medio punto y del vano adintelado, restaura la solemnidad de la columnata basilical, con largas pretensiones de meticulosidad clasicista, y vuelve a usar largamente del frontón triangular, de la sillería vista almohadillada, de la cúpula grandiosa, eminente y caracterizadora de la jerarquía del monumento. No olvidemos que este elemento había sido prácticamente eliminado de la más altiva a. gótica, puesto que su mole rimaba mal con el anhelo de adelgazada espiritualidad de aquel estilo. Pero cuando se alza la cúpula de la catedral de Florencia (v. BRUNELLESCHI, BILIPPO), el viejo elemento solemnizador del románico reaparece y ya no ha de hacer sino ganar en prestigio. Si se piensa que dicha cúpula fue concluida en 1434 habrá que admitir que pertenece todavía a tiempos de predominio gótico. Así sería si no entendiéramos que el Renacimiento italiano vivió, más o menos larvada o declaradamente, por razón del nunca extinguido sentir clásico de esa península, durante todo el Medievo. Y si en el gran movimiento renacentista hubiera existido tanto conocimiento de la Antigüedad como en el s. xviii, el neoclasicismo hubiera anticipado su vigencia en casi 300 años. Ahora bien, el Renacimiento, quizá por el vasto aliento de su programa, sobre todo itálico, no llegó a gozar, en especial por lo que se refiere a su a., en Europa, una unidad estilística tan evidente como las que caracterizaron al románico o en menor medida al gótico. Lo que, por lo demás, resultaba ser bastante legítimo, dado que su proliferación respondía a consideraciones más intelectuales y minoritarias, menos populares, que las que respaldaron a los anteriores estilos. Lo mejor que aportó a la historia de la a. el sabor renacentista fue un claro sentido de la ordenación clásica, sin duda más jugosa, más atractiva, más sedante, que la que aportaran los siglos precedentes. Fue una a. ya se ha dicho muy bella por lo que tenía de colaboración constante y estrechísima entre constructor y escultor, pero sin trascendentes innovaciones estructurales, y sí más bien decorativas. Cada país se apresuró a disgregarla en formulaciones nacionales, de harta variedad estilística, pero de relativo renacentismo. En España ese renacimiento se trueca en un estilo propio, el plateresco (v.), más significativo por su exuberancia ornamental. Recordemos que, en el mismo, si bien en los edificios civiles se dan los techos o las pequeñas cúpulas casetonadas, el abovedamiento de los grandes espacios, sobre todo en iglesias, catedrales, etc., continúa utilizando las nervaturas góticas (éstas persistirían hasta el s. XVIII). En realidad, también, el verdadero renacimiento de la a. española no tendría efecto hasta Juan de Herrera (v.) y su monasterio de El Escorial (v.). Y aquí nos importaba llegar, porque, tanto este monumento como el más señalado del pleno Renacimiento italiano, írs decir, San Pedro, de Roma, se caracterizan por la valentía de sus gigantescas cúpulas, preocupación esencialísima de los respectivos arquitectos para marcar la desusada significación de cada edificio. La cúpula, la poderosísima cúpula como emblema, como cubrición, como signo de .autoridad. Esas cúpulas serían la síntesis prologal a todo un siglo de posteridad, y representaban nada menos que la génesis del gran arte conocido como el barroco (v.) por antonomasia. Porque la a. del barroco discurriría en lo sucesivo, nada menos que durante todo el s. XVIII y parte del siguiente, bajo esa preocupación emblemática y formal, la más decidora de su ser, pese a contar con otras muchas. Cada templo de Occidente y aun edificios civiles intentarían ser un remedo, en muy varia especie de proporción y de ambición, de esos citados e ilustres monumentos prologales. La abundancia de cúpulas barrocas en los países afectos al barroco es impresionante, y, a buen seguro, uno de los mayores y más espectaculares triunfos de este arte, el que, con tal de que ni la más modesta iglesia conventual careciera de este símbolo jerárquico, arbitró recursos de muy barata artesanía para lograr que se alzaran, y se alzaron, no sin notable prestancia.Pero no termina aquí la vasta y un tanto anárquica programática de la a. barroca. Antes bien, será su era la del total capricho y la más entera libertad para el arquitecto, sólo limitados por su inventiva. Señalará, más copiosamente que la renacentista, gran pluralidad de soluciones de carácter ornamental, como son los frontones partidos, la adherencia de orejas a los vanos, la invasión de lo puramente decorativo, el advenimiento de la estípite o pirámide invertida, y, en suma, todo cuanto llega a constituir un verdadero desenfreno de posibilidades negadoras de cualquier solidez arquitectónica, tendiendo más bien a conseguir impresiones de fantástica teatralidad. No olvidemos que una de las formas favoritas y por demás características de la a. barroca es la columna salomónica, es decir, una columna torsa y diríase que reblandecida por el peso de lo que sostiene. Demasiado se comprende que es tan sólida como otra dórica o corintia, pero la mentirosa teatralización de su fuste procura dar la sensación contraria. Otras construcciones barrocas y ejemplo de ello serán las iglesias de la Compañía de jesús se complacen en conceder grandísima entidad a una cúpula gigantesca de crucero que pueda suministrar la cantidad más ambicionable de luz, pero no por aprecio de la luminosidad misma, sino por la manera con que acrecienta los brillos de mármoles, jaspes, oros, bronces y pinturas reunidos en el templo. En suma, ésta es la a. más preocupada por la apariencia y la vistosidad que jamás haya podido ser ideada. No obstante, y en España, los signos de la decrepitud se dejan ver prontamente por la pobreza de materiales que no acaba de envolver la decoración.En cuanto al barroco hispanoamericano (v.) llega aún a mayores singularidades y derroches ornamentales, consecuencia lógica del mestizaje de formas indígenas e importadas. Que el barroco por antonomasia acalorara sus repertorios, a veces llegados a lo delirante, es comprensible, ya que también se habían dado otras fases epilogalmente barrocas en los postreros alientos de las a. románica y gótica, cual en este caso concreto acaecía respecto del Renacimiento. Una de las facetas más interesantes de esta gran experiencia la constituyó el ensayo de plantas de edificios singularmente movidas y originales, casi siempre con tendencia a desarrollos curvilíneos. Ello tendrá lugar, no sólo en la era del barroco más desenfadado y programático, sino también en la etapa del llamado barroco romano, esto es, su segunda parte más internacionalizada y que se comunica a una gran parte del s. XVIII. Esta a., ya un tanto tocada de apetencias clasicistas, y con no pequeños retornos a formas inequívocamente renacentistas, prepara la eclosión de otro estilo: el neoclasicismo.3. Neoclasicismo y romanticismo. El neoclasicismo es doctrina típicamente dieciochesca, surgida al amparo de una preocupación arqueológica de mayor rigor y responsabilidad que la renacentista, y llevada a la realización mediante los prácticos plenos poderes que asumieron las Acad. de Bellas Artes, ya fuera en funciones didácticas, consultivas o ejecutivas. Era legítimo que la calentura barroca fuera seguida de su adecuada abstinencia, y ninguna mejor que el retorno de los órdenes clásicos en su mejor pureza, en la lineación más discreta y limpia, en la clasicización valga la expresión de otros elementos, como la cúpula, que en principio no pertenecían al elenco principal. Muchos y muy bellos fueron los logros del neoclasicismo en Europa y en América, y por ningún caso sirviendo a ningún programa cerrado. Si comparamos el Museo del Prado, en Madrid, por Villanueva (v.) con el palacio del Almirantazgo, en Leningrado, por Thomon, advertiremos la gran flexibilidad de unas formas que no por su imposición oficial e intelectual dejaban de guardar vitalidad propia. Y, además, para no constituir excepción a la regla, el propio neoclasicismo acabó por encontrar su fase epilogal más o menos barroca. Fue ella la acaecida durante el romanticismo (v.) e incluso el prerromanticismo europeo, cuando todas las formas vigentes desde el s. xvzzi se vieron agraciadas con toques de alguna frivolidad, no desvirtuando, mas sí haciendo mayormente amable el programa previo. En realidad, éste sería, hasta nuestro tiempo, el último estilo arquitectónico de estirpe histórica. El romanticismo careció de una a. propia, y, aparte de la perduración de esquemas neoclásicos para edificios de grandes oficialidad y empaque, se comenzó a caer en las seducciones de los revivals, es decir, de las falsificaciones de estilos antiguos que volvían a ser rehechos con lamentable sentido arqueologizante. Tal fue el gravísimo pecado de la a. europea de la segunda mitad del s. XIX. Se alzaron infinitas iglesias seudorrománicas y seudogóticas, palacios seudorrenacentistas, edificios placenteros presuntamente chinos, japoneses o árabes. No es preciso moverse de España para contemplar la absurda mezcolanza de estilos periclitados que renacieron con la mayor de las torpezas, y bastarían para muestra la cripta románica y el trazado superior, gótico, de la catedral de la Almudena, en Madrid, o la desconsiderada cantidad de plazas de toros de estilo relativamente mudéjar y con arcos de herradura. Si nos propasásemos a señalar ejemplos extranjeros, bastaría con citar el Parlamento, de Londres, de acusado supergoticismo. Agreguemos a ello que a los arquitectos del momento les era indiferente proyectar una iglesia gótica o un palacio renacentista, y, para colmo de males, el eclecticismo, el permiso para combinar en una misma edificación motivos de muy varios estilos, acabó por desacreditar la a. decimonónica. Parecía como si se hubiera llegado al final de una evolución y no fuera necesario inventar nada nuevo. Ello era verdad en cierto modo. Las construcciones a que pertenecían semejantes errores poco acreditaban de nuevo respecto a estructuras, mas sí en lo tocante a materiales, ya que se comenzaba a hacer uso de las estructuras internas de hierro, primer ejemplo de ello la Bibl. de Santa Genoveva en París.4. Modernismo. Una última voluntad de estilo, ya en los estertores del s. XIX, se constituye mediante la aparición del variamente llamado Art Nouveau, Modern Style, Jugendstil o Modernismo, delirante movimiento de estirpe anticlásica y romántica, con el relativo mérito de que, en ocasiones, la decoración, nada subalterna ni complementaria, se compenetraba con la estructura, y de ahí radican los principales méritos de las construcciones de A. Gaudí (v.), principal figura creadora de todo esteturbador movimiento, coincidente con la belle époque. Escasos fueron los factores positivos del modernismo en cuanto a la esencia de la a. propiamente dicha, y mucho menos en un momento en que las técnicas del hormigón armado, con su inmensa posibilidad de soluciones, daban ya lugar a imponderable cantidad de ambiciones arquitectónicas. Las primeras del tipo aludido eran los rascacielos (v.) que habían comenzado a elevarse en algunas ciudades norteamericanas, como Nueva York y Chicago, en los últimos años del s. xlx. Era obvio que sus arquitectos aún no se habían dado cuenta de que la potencia estructural y material de sus edificaciones imponía la eliminación de motivos ornamentales parasitarios y superfluos.
5. Siglo XX. Ello no fue advertido hasta nuestro siglo, cuando se comprendió que el cemento armado, el cristal y el acero bastaban, por sus propias superficies y lineaciones, para decorar una estructura arquitectónica sin tener que recurrir a postizos ni a adherencias. El gran movimiento racionalista del siglo actual en el arte que nos importa surgió de la Bauhaus (v.), escuela de arquitectura y diseño fundada por el gran arquitecto W. Gropius (v.) en 1919 en Weimár, trasladada en 1925 a Dessau y clausurada en 1933. Tanto la labor de esta institución como la de otros insignes arquitectos novecentistas (L. Mies Van der Rohe (v.), O. Niemeyer (v.), F. Lloyd Wright (v.), R. Neutra (v.), etc.) se dirigió a limpiar a la a. de muchos de sus pecados históricos, reduciendo la espectacularidad no deducible de las formas activas, buscando la mejor eficacia espacial y procurando que nada de lo integrable en una construcción pueda ser inútil o superfluo. Todo ello, en suma, sería sintetizado con fortuna por Le Corbusier (v.) al denominar a la casa "máquina de habitar". No es posible traer a estas líneas la enorme suma de tendencias y subtendencias que en los últimos decenios han ido sucediéndose en la a. mundial, gracias a una avizorante atención de sus creadores y al constante perfeccionamiento de la técnica de la construcción, la que con sus posibilidades de extender enormes bóvedas de membrana, de actuar con elementos prefabricados, etc., aumenta casi diariamente el horizonte del arte arquitectónico. Se han hecho, también por días, más plurales y diferenciadas las formas habitables en no importa qué destino, y es así como, p. ej., los templos adoptan soluciones espaciales y siluetas que hubieran producido estupor hace un siglo. Otro tanto pudiera decirse de la vivienda urbana, de la casa rural, de los grandes centros administrativos, culturales, de comunicaciones, del menester que fueren. Por otra parte, no hay que olvidar que las lineaciones de artilugios de nuestro tiempo automóviles, aviones, máquinas varias influyen notablemente en la construcción estática. El signo aludido no pertenece exclusivamente a nuestra era, y ya había sido advertido en otros tiempos y estilos, pero es ahora cuando la estrecha interdependencia y sus paralelismos se notan por entero. Y, sobre todo, beneficiosamente. La a. de nuestro tiempo, con razones para ser orgullosa, tiene como teoría el propósito, dialécticamente modesto, pero en el que se halla toda la esencia de ser: el arte de organizar un espacio. Ya basta como rico legado para los siglos venideros.6. Oriente. La brevedad con que se ha trazado en líneas generales la evolución de la a. en Occidente obligaba a soslayar la presencia interesantísima de otras estructuras arquitectónicas cuya alusión por lo menosde ningún modo puede faltar aquí. No sólo se trata de a. no cristianas, ya que la rusa, que sí lo era, siguió una ruta asida directamente del arte bizantino, con logros de tanta belleza como la catedral de S. Basilio, de Moscú, que a duras penas se creería obrada en el s. XVI, esto es, coetánea al Renacimiento occidental. Precisamente en esta originalidad de estructuras altísimas y múltiples torres coronadas de cúpulas bulbosas, la versión normal rusificada de lo bizantino, estriba el inmenso interés de la a. rusa, que prácticamente perseveraría en el estilo hasta el s. XVIII cuando se introdujeron los módulos europeos. Pero si la a. rusa es un tronco voluntariamente desgajado de la secuencia occidental, otros estilos de construir resultan ser más ajenos a ésta. Un ejemplo lo puede constituir la a. islámica, de lejanos precedentes siriacos y mesopotámicos, de pronto triunfo y total originalidad al elaborar el prototipo de su templo programático la mezquita y de su sistema de palacio. El arte árabe, triunfante con larga variedad de soluciones en Siria, Turquía, Mesopotamia, Persia, Egipto, Libia, Túnez, España medieval, Marruecos y buena parte de la península del Indostán, fue más que suficientemente sugestivo para compensar con creces en cada país lo que de él tomaba, y pocos ejemplos de ese fecundo mestizaje como el que puede ofrecer España con sus facetas mozárabe y mudéjar (v.). No obstante, esta a., esencialmente religiosa, ha ido perdiendo fuerza y vitalidad, no ha seguido una vertiente paralelizable a la del arte occidental y hoy, prácticamente, puede ser considerada como de contenido puramente histórico y arqueológico, pero por ningún caso actual. Semejante tacha suponiendo que lo sea cabe objetar a las a. de la India (v.), China (v.) y Japón (v.), extremadamente varias y ricas en soluciones, y con evolución evidentemente desaparejada de la del arte europeo. Cada historia de las mismas es abundante en interés y en intrínseca belleza, pero sus reinados pertenecen más al dominio de la arqueología que al de una apetencia de formas vivas en constantes inquietud y evolución. Por lo demás, poco o nada han motivado, respecto a cruces, influjos o tendencias estilísticas con países que no tuvieran vecindad geográfica y cronológica. Acaso convenga hacer una excepción con la sencilla a. japonesa domiciliaria, la que, por su sentido popular activo y su consiguiente esquematismo, no ha dejado de proporcionar sugestiones al arquitecto y al decorador novecentistas, toda vez que el sintetismo de la casa nipona rimaba a maravilla con los designios de nuestro tiempo. Y, en fin, no sería hacedero olvidar otra gran a. exótica, la de los pueblos precolombinos (v. AMÉRICA IV, 1) mayas y aztecas que poblaron el territorio de la actual república de los Estados Unidos de México. Es de rigor incluirla aquí, ya que pese a la asombrosa identidad conceptual de muchos de sus monumentos más insignes con otros de vetustas culturas mediterráneas, lo cierto es que su antigüedad no pasa de ser medieval. No las formas precortesianas, naturalmente desusadas y abolidas desde la conquista, pero sí mucha de su ornamentación, se tradujo y era legítimo, dado que se trataba de la misma mano de obra a no pequeña parte de la a. cristiana virreinal, y de aquí que el barroco hispanoamericano (v. BARRoco v, 2) pueda envanecerse de algunas de las más atractivas, frescas y relucientes joyas de este estilo internacional. En cuanto a otras culturas repartidas por todo el planeta, sus formas arquitectónicas no son lo suficientemente organizadas para poder destinarles una cita en una revisión como la presente.
J. A. GAYA NUNO.
BIBL.: VITRUBIO, De Architectura, Roma 1486; L. B. ALBERTI, De re aedi/icatoria, Roma 1485; A. PALLADIO, I quattro libri dell’architettura, Venecia 1570; E. LLAGuNo Y AMIROLA, Noticias de los arquitectos y arquitectura de España, Madrid 1829; E. E. VIOLLETLEDuc, Entretiens sur l’Architecture, París 1863; A. SARTORIS, Encyclopédie de l’Architecture Nouz:elle, Milán 195457; B. FLETCHER, Historia de la arquitectura por el método comparado, Barcelona 192831; N. PEVSNER, Esquema de la arquitectura europea, Buenos Aires 1957; J. F. RAFOLS, Arquitectura de las edades, Barcelona 1957; G. WASmuTH, Lexikon der Baukunst, Berlín 192737; L. BENEvoLO, Historia de la arquitectura moderna, Madrid 1963; F. CHUECA, Historia de la arquitectura española, Madrid 1965; LE CORBUSIER, Vers une architecture, París 1958; H. A. MILLON, L’architecture baroque, classique et rococo, París 1962.
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