Aranda, Conde de (pedro Pablo Abarca de Bolea)
Categoria:
Biografía GER
Estadista y general español, uno de los representantes más genuinos del despotismo ilustrado de Carlos III. Décimo conde de A., n. el 1 ag. 1719 en el castillo de Siétamo (Huesca), principal solar de su linaje, cuyo ascendiente noble se eleva al s. XVI. A los 10 años de edad ingresa en el seminario de Bolonia y a los 18 se traslada a la escuela militar de Parma. Inicia su carrera militar con Felipe V, siendo nombrado (1740) capitán de granaderos del Regimiento de Castilla, donde su padre era coronel. La repentina muerte de su progenitor le coloca al frente de los ejércitos destinados a Italia en la guerra contra Austria, siendo herido de gravedad en la batalla de Camposanto (1743). Viaja entonces por Europa, conoce en Prusia las tácticas militares de Federico II y reside durante largo tiempo en París, donde se hace recibir por Luis XV. Afirma sus relaciones con Diderot, D’Alembert, Voltaire y el abate Reynold, quienes influyen decisivamente en su entusiasmo por las ideas enciclopedistas. En 1754, tras la caída del marqués de la Ensenada, Fernando VI solicita su presencia en España y, al año siguiente, es elevado al rango de teniente general y enviado como embajador a Portugal; pero sus malas relaciones con el primer ministro Pombal motivan su retorno, creando el rey para él el puesto de director general de Artillería. La hora de los reformistas llega de nuevo, después de la caída de Ensenada, en 1759, con la subida al trono de Carlos III, en cuyo reinado alcanza su apogeo el despotismo ilustrado. A partir de este momento, disminuye la actividad militar de A., iniciándose la propiamente política. En 1760, es nombrado embajador en Polonia y posteriormente ocupa las capitanías generales de Valencia y Aragón.En 1766, se produce una fuerte crisis en la política de Carlos 111, originada por la oposición reaccionaria de la alta nobleza a las medidas económicas emprendidas, que tanto les afectaban. Dicha crisis desemboca en un motín que obliga al rey a destituir a su ministro Esquilache, colocando al reformista A. en el puesto de éste, como reacción contra la aristocracia rebelde y, al mismo tiempo, Carlos III aprovecha para nombrar a A., en sustitución del obispo de Cartagena, presidente del Consejo de Castilla.A. era un militar enérgico capaz de hacer concluir los brotes de insurrección y, por otro lado, un aristócrata, que por ser ilustrado, servirá para vencer la resistencia de la nobleza a admitir las nuevas directrices. Su devoción por la monarquía absoluta, su anticlericalismo a ultranza, templado y moderado con los años y su entusiasmo por las ideas de la Revolución francesa, le llevan a juzgar con excesivo apasionamiento las causas del motín y a culpar de ello a elementos religiosos y eclesiásticos.Por entonces, prepara conjuras contra la Compañía de Jesús y consigue el real decreto de expulsión (1767), como lo habían hecho ya Pombal, Choiseul y Tanucci, primeros ministros de Portugal, Francia y Nápoles respectivamente. Como institución social, la Iglesia gozaba de mayor influencia que la nobleza, ya que era, al mismo tiempo, terrateniente, institución de beneficencia y patrono, con empleados a sueldo en una economía de mendigos. Por esto, A. planea una ofensiva contra la pobreza porque "temía la mucha influencia que detentaba la Iglesia mientras se le dejaba el monopolio de la beneficencia pública" (R. Carr, España 1808-1939, 58). A. limpia la capital de vagos y mendigos, aleja de la corte a eclesiásticos sin empleo, modifica el régimen municipal de toda España, impulsa las reformas administrativas y económicas y emprende juntamente con Olavide un vasto plan de colonización, comenzando por instalar 6.000 inmigrantes católicos alemanes en una colonia modelo en Sierra Nevada, zona plagada de bandoleros. Semejante paternalismo no podía servir de modelo para la reforma agraria liberal ni contó con el apoyo popular. También se ganó la enemistad del clero, porque limitó la jurisdicción de la Inquisición a los delitos de herejía y apostasía, aunque desgraciadamente no consiguió mermar su poder.Su carácter difícil, genio intratable y lenguaje desmesurado, le acarrean la desgracia del rey, quien le envía, en un destierro disfrazado, a la importante embajada de Francia. Intriga contra Floridablanca e interviene directamente en su caída (1792). Carlos IV le llama de nuevo, cuando es ya un anciano septuagenario, a ocupar la cartera de Estado, pero A. estaba demasiado comprometido con el reformismo carolino y su estrella apenas brilla siete meses. Las violentas discusiones con el favorito Godoy, y el registro de una carta difamatoria contra la persona del rey, le conducen a la prisión de la Alhambra en Granada, de donde sale un año antes de su muerte, ocurrida en Épila (Zaragoza) el 9 en. 1798.Existe una verdadera contradicción en el partido aragonés que acaudilla: socialmente pertenece a la alta aristocracia e ideológicamente es un revolucionario. Pero sus ardores volterianos se irán calmando a través de los años hasta el punto de oponerse a la Revolución francesa y morir "con la tranquilidad y la fe del cristianismo y la resignación del sabio" como reza en su epitafio. Para prevenir la emancipación hispanoamericana, A. idea un plan encaminado a poner en marcha una federación de tres reinos con infantes españoles, plan que no se lleva a cabo y que posiblemente hubiera hecho cambiar los acontecimientos. Su reformismo cultural con la creación de centros de cultura, de enseñanza gratuita, transformación de las universidades en instituciones docentes controladas por el Estado y cambio de los anticuados conocimientos por otros más útiles, le han valido el reconocimiento de la posteridad intelectual.Mª JOSÉ SOBEJANO.
BIBL.: l. DE LA PEZUELA, Biografía de Aranda, "Rev. de España" XXV, Madrid 1872, 30-49; 341-367; S. MORET Y PRENDERGAST, El Conde de Aranda, "Rev. de España" LXI, Madrid 1878. 394-414; A. WILSON FROHINGHAM, The count of Aranda, Nueva York 1960; V. RODRÍGUEZ CASADO, La política y los políticos en tiempos de Carlos III, Madrid 1962; ÍD, Política interior de Carlos III, Valladolid 1950; A. FERRER DEL RÍO, Historia del reinado de Carlos 111 de España, Madrid 1856.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.