América II HIST.
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Historia
B. HISTORIA POSTERIOR 1. Influencia de la geografía en la historia. 2. Demarcaciones políticas. 3. Integración americana. 4. Socioeconomía. 5. Factores políticos. 6. Las dos Américas. 7. Etapas de la historia de América. 8. Época prehispánica. 9. Época hispánica o colonial. 10. Emancipación política. 11. Época nacional.1. Influencia de la geografía en la historia. La geografía es algo decisivo en la historia de A. Lo fue en el amanecer del s. xvi, cuando lentamente se descubría y hacía el mapa del Nuevo Mundo; lo fue en el xvil y el XVIII, cuando las fronteras avanzaron y se fijaron; lo fue en el xlx, cuando nacieron las nacionalidades y EE. UU. corrió hasta el océano Pacífico; y lo es en el xx, cuando A. se partió por Panamá, cuando los litigios fronterizos afloran amenazadoramente o cuando un peligro extraño pone interrogantes sobre la vida del continente.A pesar de la continuidad terrestre que se observa en el continente americano, desde el océano Ártico al Antártico, es posible descubrir dos masas o lóbulos terrestres con características propias, unidos entre sí por la denominada Mesoamérica (A. Central). Tal dualidad hace que en algunos textos se hable de los "dos continentes" o del "doble continente americano". Del Polo Norte al Caribe se extiende el Subcontinente nórdico; del Caribe al Polo Sur se alarga el Subcontinente Sur. Son dos masas con especiales orogra£ías, hidrografías, climas, floras y faunas.Las tierras en tan dilatado mundo se reparten en esta proporción en kilómetros cuadrados: Canadá, 10.745.498; EE. UU., 7.827.982; Antillas, 226.500; A. Central, 441.023; Brasil, 8.516.137; y el resto de Sudamérica cuenta con 10.484.000. Las cifras son descomunales al compararlas, p. ej., con la pequeña Europa, y lo ingente de su geografía repercute sin remedio en el desarrollo de la vida. El factor geográfico como determinante de la historia se hace más contundente al examinar sólo la zona hispanoamericana, donde, al no existir fundamentales diferencias de lengua, raza, religión, se hace preciso recurrir a la geografía para separarla. Lo dicho no se encamina a establecer un determinismo geográfico, falso por cuanto sería imponerle leyes a la historia. El resaltar lo telúrico en A., su imponente geografía, tiende a señalar la conexión -no relación de causalidad- que existe entre el hombre y el medio físico en que vive. Porque si el territorio constituye el soporte de un pueblo, éste, sin duda, tiene anclados en aquél sus raíces. No hay que olvidar que la historia política posee un aspecto geográfico que muchas veces pesa sobre el individuo.En A. se dan marcadas diferencias entre un país tropical y uno de zona templada, como las hay entre un pueblo del Atlántico y otro del Pacífico. Asimismo, y ya dentro de un mismo pueblo, puede apreciarse que existen distingos entre habitantes de la costa y los de la montaña o interior. En cierto sentido se puede afirmar que el mar hace liberales en política, mientras que las tierras altas han originado conservadores. Ejemplos: en Ecuador siempre ha luchado la liberal Guayaquil con la conservadora Quito; en Brasil, Pernambuco junto al mar y conectada con Europa, ha sido el núcleo de las rebeliones opuestas al centralismo del Sur; en Colombia, el centralismo bogotano ha aplastado al federalismo de Cartagena de Indias, etc. La geografía parece determinar las ideologías, a la par que afecta a la economía y encauza el crecimiento demográfico que genera un malsano localismo.Es posible extraer innumerables notas del ser americano, determinadas por su asombrosa geografía: caprichosas demarcaciones políticas, pervivencia de litigios f ronlerizos, pocas vías de penetración, penosas comunicaciones, extensas zonas sin explotar, débil densidad de población. Basta con examinar el mapa para comprobar la afirmación sobre las pocas vías penetrativas (Misisipí, Magdalena, Amazonas y Río de la Plata), sobre las penosas comunicaciones y sobre las extensas zonas carentes de explotación. Pero las dos primeras características exigen una explicación.2. Demarcaciones políticas. A finales del s. xv, España y Portugal, con menos de 10 millones de hab., se lanzaron a la tremenda aventura de. organizar el Nuevo Mundo. Inmensos imperios cedieron al peso de pequeñas huestes lanzadas directamente contra sus corazones. En menos de 50 años se debelaba una inmensa geografía. Con un mínimo de organizaciones políticas se comenzaba el gobierno de A. En un primer instante nació la Audiencia de Santo Domingo (1512). Después surgió la gran demarcación del virreinato de la Nueva España (1535). En el Brasil se instauraban las capitanías (1534) y luego el gobierno general (1549). Sobre el Tahuantinsuyo peruano se superponía el segundo virreinato en 1542. Y así, con estas divisiones político-administrativas, se desenvuelve Hispanoamérica hasta el s. XVIII, fecha en que las antiguas demarcaciones se multiplican o dividen apareciendo el virreinato de Nueva Granada (Venezuela, Colombia y Ecuador) en 1739, a costa del virreinato peruano, y el virreinato del Río de la Plata (Argentina, Uruguay, Paraguay y parte de Bolivia) en 1776 a costa del mismo virreinato peruano. El Brasil, mientras, se transformaba en un virreinato en 1763, fecha en que el Canadá pasaba de manos francesas a inglesas.De propósito, o inconscientemente, los gobiernos europeos se sometían frecuentemente a los dictados de la geografía al ordenar tales demarcaciones gigantes. Ellas, a su vez, se vertebraban en audiencias, gobernaciones, alcaldías mayores o corregimientos y municipios. Subdivisiones éstas modificadas en el s. xviii con la creación de las intendencias y afirmación de las capitanías generales. Al originarse la emancipación política sobre los cuadros de las civilizaciones prehispánicas se habían superpuesto cinco virreinatos, mosaicados en subdivisiones, algunas de las cuales acusaban su personalidad y bregaban por el separatismo y autonomía. Las metrópolis se mostraron, por razones sabidas, incapaces de impedir que cada grupo regional, pequeño y débil, rompiera las frágiles ataduras que los ligaban a ellas. Así la A. hispana se disgregó en 17 naciones independientes, sin los pueblos insulares, en un momento de crisis para las monarquías ibéricas. La entrada de Napoleón en España había resucitado las individualidades regionales, personificadas en las juntas provinciales. En Hispanoamérica, ante el mismo fenómeno -pérdida del rey por abdicación- nacieron particularismos basados en idiosincrasias y en las divisiones gubernamentales que hemos mencionado.Era un hecho natural tal fraccionamiento político. Lo demandaba la geografía, factor diferencial, y las personalidades culturales, sociales y económicas adquiridas. Pero este desmenuzamiento de las antiguas posesiones hispanas peca de absurdo en muchas ocasiones por estar hecho de espaldas a la geografía. De ahí la tensión o violencias observadas en las relaciones de bastantes repúblicas hispanoamericanas y de que se haya hablado de la necesidad de verificar un reajuste del mapa político americano. Cosa imposible, pues las fronteras políticas no sólo han dividido pueblos de igual estirpe e intereses comunes, sino que también han creado en el hombre hispanoamericano una especie de extravío de la conciencia que lo incapacita para aprehender y comprender a veces de manera directa y global los problemas de la comunidad americana.Ya dijimos que las antiguas divisiones político-administrativas (audiencias y gobernaciones) o militares (capitanías) fueron el solar donde se alzaron los actuales Estados soberanos de Hispanoamérica. La doctrina que al finalizar la emancipación trazó las fronteras hispanoamericanas fue la denominada uti possidetis iuris (según lo que poseáis). Sentaba esta doctrina, admitida por todos, la validez de los límites administrativos virreinales para la fundación de las nacionalidades emancipadas. El criterio doctrinal, particular en un principio, se generalizó luego y fue sancionado definitivamente por EE. UU. cuando en 1856 afirmó que consideraba "como principio establecido de Derecho público y Derecho internacional, que al independizarse una colonia europea en América, el nuevo Estado sucede en los límites territoriales de la colonia, tal como estaba en manos de la metrópoli".De acuerdo un tanto con esta doctrina se estructuró Hispanoamérica, pero la obra, algo precipitada y sin orden, no siempre adaptó la forma política a la realidad geográfica. Se dislocaron los accidentes naturales, se trazó una cartografía arbitraria e inconsecuente, y se motivaron con ello discordias aún no desaparecidas. Fue un afán precipitado por erigir patrias, muchas patrias. Bolívar presintió las consecuencias de este fraccionamiento atolondrado. A veces intentó ponerle coto. Él mismo nos dice: "No cabe en justicia fundar nacionalidad alguna americana afuera de los términos y jurisdicciones de los antiguos virreinatos y capitanías generales. Chile y Guatemala, prosigue, han podido constituirse cada una en nación aparte, respectivamente, de los virreinatos del Perú y de la Nueva España, porque al emanciparse ya no dependían de la superioridad jerárquica de aquellos gobiernos virreinales. En este caso -razona- no están la presidencia de Quito, ni la de Charcas o Alto Perú. Aquélla dependía de Nueva Granada y ésta era parte integrante del virreinato del Río de la Plata. Para que una y otra presidencia, dentro del concierto pacífico de la justicia, puedan formar soberanía independiente, es preciso que obtengan, por consentimiento o reconocimiento, su emancipación legal. Tendrán, impone, que entenderse con la suprema autoridad que ha sucedido en el mando a su antiguo Gobierno Superior". En otra ocasión -proscrito en Jamaica, en 1815- Bolívar escribe: "Ya que (las repúblicas americanas) tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debieran, por consiguiente, tener un mismo gobierno que confederase a los distintos Estados que hayan de formarse".Bolívar, el Libertador, comprendía que las demarcaciones virreinales no eran exactas a veces porque se habían efectuado sin contar, o ignorando, la geografía y la unidad espiritual o cultural; admitía tales divisiones, pero concediéndoles el valor de separaciones internas dentro de una gran unidad. Quería que Hispanoamérica no se disgregase, sino que se mantuviese unificada en pocas demarcaciones. Ideal o concepción fracasada como tantas otras que lo llevaron a exclamar tristemente: "He arado en el mar". Las pocas patrias de Símón Bolívar se multiplicaron. Los kilómetros de fronteras crecieron y con ellos los litigios.3. Integración americana. Aunque hablamos al principio de una integración de Hispanoamérica, esta empresa se hace casi imposible. Lo que en geografía figura como un continente, partido en pocas unidades políticas, está destinado a ser un archipiélago político. Hispanoamérica no cuenta, al parecer, con los elementos necesarios para su integración. El sustrato humano indígena es buen porcentaje; se ofrece como factor negativo para la unidad. La situación económica casi feudal en algunos países, el falso nacionalismo y el nepotismo de las dictaduras no ayudan a la integración. El elemento blanco no se presta para realizar la unidad por carecer de hombres propulsores para esto y por su manera especial de ver el continente. Modalidad o manera que le impide contemplarlo en conjunto. Tiene una visión de rompecabezas.Podría llegarse a la conexión, acudiendo a la conquista, a la fuerza, pero eso es imposible. Sin ir más lejos, tenemos el caso del Caribe, cuya minúscula desintegración y consiguiente debilidad es un elemento de seguridad para EE. UU., que jamás toleraría la intromisión violenta de cualquier país americano. Precisamente el imperialismo norteamericano ha sido un vehículo de invertebración. La pulverización política y sórdida animadversión o fricciones reinantes entre varias naciones de A. sólo tendrá solución mediante el maridaje espiritual de los pueblos que la integran. En la época virreinal está el auténtico antecedente histórico de la unidad hispanoamericana. Unidad que hoy se obtendría limando asperezas nacionales, estableciendo buenas. comunicaciones, superando el régimen semifeudal económico, desarrollando las industrias y repudiando el imperialismo, aunque siempre se haya de tener en cuenta el meridiano de Washington para la unidad.La idea de una integración hispanoamericana ha tenido sus defensores desde el mismo momento en que el continente se disgregó. Hemos citado los sueños de Bolívar; intentos que pensó consolidar en el Congreso de Panamá de 1826. Posteriormente ha habido más de un apóstol y apologista de la nación: Lucas Alamán, José Enrique Rodó, Rubén Darío, Bernardo de Monteagudo, Pedro Félix Vicuña, Gabriela Mistral y otros más. Sus voces no se han oído. No se oyó la de Bolívar en el mismo momento de la emancipación política; menos se escucharán éstas cuando los nacionalismos, diferencias y rencores han creado vallas psicológicas y materiales. Falló la Confederación Centroamericana; se desintegró la Gran Colombia (1830); de las provincias del Plata se desmembraron Uruguay y Paraguay; México perdió casi la mitad a manos norteamericanas; las Antillas se deshicieron a finales del xix; y el separatismo e interés extraño originó Panamá al comenzar el s. xx. Es fácil ver cómo a partir de la independencia en lugar de marcharse hacia la aglutinación se ha ido hacia la desintegración. Por eso los procesos en ambas A. han sido inversos: en el N de aglutinación (Estados Unidos de Norteamérica); en el S, de disgregación (Estados Desunidos de Hispanoamérica). Pero esto es fácil de comprender si tenemos en cuenta que las 13 colonias se unen para formar una nación, en tanto que los virreinatos, reinos y provincias -grandes unidades político-administrativas- se desintegran para lo mismo.El buen sentido y determinadas alarmas o peligros han motivado más de una vez reuniones o Congresos hispanoamericanos (nada tienen que ver con las Conferencias panamericanas) encaminados a presentar un frente unido. Estos congresos se realizaron en el s. xix y fueron cuatro: Panamá, 1826; Lima, 1848; Santiago de Chile, 1856, y Lima, 1864. Tales reuniones fueron circunstanciales, utópicas y fragmentarias. Obedecieron no a una política de unión, sino a ciertos hechos externos que han amenazado la seguridad e independencia americanas. Sus acuerdos han quedado en el aire, como algo ideal, ante la imposibilidad de los gobiernos para realizarlos y para transformar estos Congresos en una política de largo alcance. Fruto de este mismo fallo fue su parcialidad o limitada presencia de miembros integrantes.Imposible ya lograr las grandes unidades políticas, se impone el poner de acuerdo, al menos, las estructuras geográficas con las políticas y fundar una unidad económica. Las actuales divisiones políticas se apoyan muchas veces en el convencionalismo. Esto explica los roces habidos y la existencia, aún, de zonas de fricción. Casi todos los. Estados americanos han discutido entre sí por las fronteras; Haití y la República Dominicana; México y Estados Unidos; Honduras y Nicaragua; Ecuador y Perú con el Oriente amazónico; Venezuela y la Guayana inglesa; Bolivia no deja de aspirar a contar con una salida al mar; tampoco Argentina olvida englobar bajo su pabellón a las islas Malvinas ocupadas por los ingleses; ni los guatemaltecos reincorporar Belice o la Honduras británica. Otros casos pueden darse como definitivamente zanjados. Estas diferencias se extienden fuera del marco continental con el caso de la Antártida.4. Socioeconomía. La población de Hispanoamérica se suele dividir étnicamente en ocho zonas. Una indomestiza, con predominio de indios, representada por Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia. Los indios son un 40 ó 60% del total de la población; el resto son mestizos y blancos. Hay otra segunda zona indomestiza, pero con predominio del mestizo. Es el caso de México, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Panamá. Los mestizos en estos países representan un 60% de la población, siendo el resto blancos, indios y negros. La tercera zona, la blanca, la representan Costa Rica, Argentina y Uruguay, donde casi la totalidad de la población es de origen europeo. Chile y Paraguay son países hispanomestizos, ya que su población está compuesta de mestizos y blancos. En Chile predomina el grupo blanco y en Paraguay el mestizo. Una quinta zona es la negromulata que abarca Haití, Jamaica, Antillas británicas, Antillas holandesas, Antillas francesas y Honduras británica o Belice; el 40 ó 90% de su población es negra, el resto mulata y blanca. La zona hispanomulata, con predominio mulato, se limita a la República Dominicana, donde la mayoría de la población es mulata, mientras que la zona hispanomulata con predominio blanco es la de Cuba y Puerto Rico, donde casi un 70% de la población es blanca, y el resto mulata y negra. Finalmente, la zona octava es la híbrida del Brasil, Colombia y Venezuela, cuyas poblaciones están compuestas de elementos muy variados.En conjunto, la evolución demográfica de todos estos grupos brinda una etapa de estancamiento y ligera depresión hasta 1750, un lento ascenso a partir de entonces y hasta 1825, seguido de una fuerte expansión a partir del momento de la emancipación política hispanoamericana y, ya con el s. xx, la explosión demográfica es sorprendente. Particularmente cada grupo ofrece una evolución distinta. La población indígena disminuye hasta 1825; a partir de entonces aumenta y alcanza en 1950 unos 14,3 millones, es decir, el 8,8% de la población total. El grupo blanco, que era apenas unos 4,3 millones en 1825, alcanzó en 125 años (1950) la cifra de 72 millones, un crecimiento muy superior al del grupo negro, ya que mientras los blancos, desde 1825, han crecido 13 veces, los negros sólo lo han hecho tres veces. En 1950 la población negra era casi la misma que la indígena: un 8,8% del total, es decir, unos 13,7 millones. El grupo que más ha aumentado es el mestizo, por lo que con razón se dice que A. es un continente mestizo. Por esto y por su expresión cultural. En el s. xvzi los mestizos serían unos 670.000, que en 1825 habían crecido hasta 6,2 millones y que en 1950 se calculaban eran ya 61,6 millones, es decir, un 38% de la población total.Sin llegar a la valoración de la A. anglosajona, en la A. hispánica el pigmento tiene su importancia cuando llega el momento de situar a un individuo en una clase social. Las clases sociales en Hispanoamérica son abiertas; los individuos entran y salen continuamente en ellas. Por eso no se debe hablar de castas, ya que en este caso -la India- el individuo no puede salir de ella jamás. Hay, sin embargo, ciertos factores que relegan a los individuos a estratos inferiores y que les hace difícil el ascenso en la escala social. El principal, ya lo indicamos, es el color. Con ello queremos señalar la existencia de cierta discriminación racial que implica discriminación económica y cultural. El pigmento negro restringe bastante la subida a escalas sociales superiores, aunque legalmente no haya impedimento para que un hombre de origen negro pueda aspirar a cualquier situación política, social y económica. Es decir, que el factor color influye en el mejoramiento social; pero no es el único; también pesan, y mucho, la cultura y la riqueza. La raza, pues, puede ser modificada por ciertos factores sociales.Durante la época hispánica se observó la presencia de dos grandes sectores sociales; gradualmente se fue formando un grupo medio integrado por comerciantes, profesiones liberales e industriales. La estructura virreinal se mantuvo casi hasta el presente en muchos países. Por un lado, una pequeña clase superior de terratenientes y, por otro, una numerosa clase inferior. Esta simple estructura cambió en los s. XVII y XVIII, a medida que nacía la población mestiza, ocupante de una situación intermedia. Pero el grupo mestizo se hizo tan complejo y extendió tanto, que pasó a ocupar todos los niveles de la escala social. A raíz de la independencia política, el desarrollo económico interno y la industrialización, surgió un grupo que no ocupaba ni el vértice social ni la base. Eran los propietarios de pequeños negocios, los empleados de bancos y comercios, los funcionarios inferiores estatales. Solían éstos ser descendientes de familias de clase superior que no habían podido retener o mantenerse en su status, o eran inmigrantes recientes o mestizos. Esto señaló el comienzo de una clase media, apéndice de la superior, que en el s. xix aún no tuvo conciencia de grupo, es decir, de tener intereses y valores comunes.El s. xix fue como una etapa de transición entre la estructura virreinal en dos clases y la moderna de muchas. El desarrollo hacia una estructura social moderna progresó más rápidamente en algunos países que en otros, en las ciudades que en el campo, en ciertas regiones más que en otras (Brasil, p. ej.). Este desarrollo dependió de dos factores: el advenimiento de las industrias y el arribo de Europa de inmigrantes agricultores independientes, cuyos miembros se convirtieron en una clase media rural o clase media comercial urbana. A finales del xix era posible ya observar en muchos países la existencia de una o dos clases medias. Dentro de este grupo hoy es posible distinguir una clase superior y otra clase media inferior, dependiendo mucho esta distinción de la ocupación o profesión. Advirtamos, no obstante, que hay países en los cuales apenas existe la clase media. Asimismo conviene advertir que el término clase media (v.) no ha recibido aún una interpretación satisfactoria, ni en todas partes se entiende lo mismo, ni la integran los mismos individuos, ya que intervienen criterios objetivos y subjetivos.Importa mucho resaltar que las clases medias tienen una decisiva importancia política en Hispanoamérica, y dentro de ella destacan el elemento universitario y el militar. Mientras que en otras partes las clases medias son conservadoras, en Hispanoamérica se muestran revolucionarias y voceras del nacionalismo y antinorteamericanismo.Finalmente, el grupo inferior se divide en dos subgrupos: clase inferior superior y clase inferior inferior. El primero lo forman los trabajadores urbanos con destreza vocacional; el segundo lo representan los trabajadores agrícolas y algunos trabajadores urbanos analfabetos y con menos habilidad. La industrialización y la educación originan una disminución de la clase inferior inferior y un consiguiente aumento de la clase inferior superior.En los últimos tiempos la evolución social ha sido vertiginosa. Los fenómenos sociales y económicos que hay que citar como representantes de tales cambios son: la urbanización, el desarrollo de una clase media al conjuro de la educación e industrialización, el incremento del mestizaje y el desarrollo de una clase dominante. El aumento del mestizaje es un fenómeno vinculado a la urbanización y al alejamiento físico y psíquico de las culturas indígenas.Problemas importantes afectan a la sociedad hispanoamericana. Algo grave, que hay que señalar aisladamente, es la brecha entre ricos y pobres. Pero no sólo se trata de una riqueza material, sino de una riqueza espiritual. Hay que lograr que cada vez haya menos ricos materiales y más ricos culturales. Aparte de esto, en Hispanoamérica se observa una excesiva dispersión de la población que origina una ausencia de contacto social en gran parte del pueblo; carencia de intervención religiosa; deficiente salubridad e higiene; erupciones de bandolerismo; alcoholismo; degradante desarrollo del juego; rutina en los procesos de trabajo; atolondrada devastación de zonas boscosas; falta de urbanización como elemento de coordinación en la vida socio-económica; analfabetismo; ausencia de conocimientos prácticos; insuficiente asistencia social; literatura pornográfica y presencia corruptora de cines y otros medios; caos y confusión en pesos y medidas; falta de formación política; sistemas rudimentarios de crédito; absurdas divisiones administrativas; corrupción administrativa; crisis de la familia; superstición e ignorancia; deficiencia de habitación; prostitución; criminalidad y delincuencia juvenil. Económicamente, los principales problemas que laceran a esta sociedad son la falta de capitales y de industrias, el monocultivo, el latifundismo, carencia de mano de obra especializada, escasez de utillaje apropiado, orografía agreste y vegetación exuberante, falta de carbón, arcaísmo en los métodos de explotación agrícola, pobreza de comunicaciones y la mísera situación del campesinado sujeto por ello a condiciones precarias de alimentación, vestido y abrigo.Junto a este panorama poco satisfactorio, pueden mencionarse realizaciones dignas de encomio, intentos de reforma social y agraria, campañas de alfabetización, fomento industrial, ayuda al campesinado, promoción obrera, mayor movilidad social ascendente, atención religiosa, preocupación social de la Iglesia, etc. Se apunta la posibilidad de una explotación más racional de los inmensos recursos de Iberoamérica y se tiene la esperanza de una distribución más justa de la riqueza, tarea a la que ya han dedicado sus esfuerzos algunos gobernantes.5. Factores políticos. Puesto que en Hispanoamérica se habla de política intensamente, como si el pueblo estuviese educado en ella, conviene aclarar el problema de la "falta de educación política" que hemos apuntado. Se suele escribir que en Hispanoamérica las constituciones son democráticas y los gobiernos antidemocráticos, que sus sistemas políticos son caricaturas de los europeos- o del norteamericano, que las libertades constitucionales son formalistas, que sólo existen dos poderes organizados (la Iglesia y el Ejército), que los partidos políticos son meras partidas o montoneras personalistas y que en cuanto a los clásicos tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) realmente lo que existe es infantería, caballería y artillería... Estas afirmaciones son ciertas, a medias. El retraso político de Hispanoamérica se debe no sólo a la marginación de grandes masas de la vida política por falta de educación, ya que son analfabetas, sino a la función preponderante del Presidente, a los procesos electorales defectuosos, al papel político de los ejércitos, a la intervención de las oligarquías o a la mediatización económica extranjera.6. Las dos Américas. A., el contienente americano, es distinguible y, por tanto, definible. Existe física y culturalmente. Dos océanos le aíslan. Dentro de él se ha dado una vida histórico-cultural con personalidad distinta, fruto del encuentro y simbiosis de lo occidental con lo americano. Lo europeo, al contacto con lo americano, cambió, tomó nueva faz. La historia de ese continente y de ese contenido es la historia de A. Como hay una historia de Europa o África o Asia. Ahora bien, dentro de Europa, como dentro de África o Asia, se da una tremenda diversidad en todos los órdenes de la vida, pero ello no invalida la existencia de una historia continental, amén de las historias nacionales. Como hay la historia de una familia y la historia de cada individuo de ella.Decimos esto porque dentro del continente americano se distingue una A. gala, otra anglosajona, otra lusitana y otra hispánica. Distinciones que pueden permitirnos, ¿por qué no?, afirmar que es factible redactar cuatro historias. Por supuesto, sin que ello quiera decir que haya cuatro historias de A. Hay una sola historia de A. Una A. poliédrica, cuyos dos lados más importantes son el hispánico y el anglosajón. Geográficamente el continente nos brinda en los mapas dos coloreadas masas terrestres unidas por lo que hoy se da en llamar Mesoamérica. Estos dos triángulos de tierra (22 y 18 millones de Kmz), con vértice apuntando al polo Sur, ofrecen patentes semejanzas morfológicas. Ambos cuentan con unos contrafuertes montañosos asomados al Pacífico, a cuyas espaldas se extienden llanuras llamadas en uno del Misisipí y en otro del Amazonas-Orinoco y del Plata. Las dos poseen un escudo antiguo (canadiense y guayanés). La comparación geográfica podríamos prolongarla, pero con esto y el examen del mapa nos basta. Pero tan interesante como son las notas comunes lo son las diferenciadoras. Mientras que el norte de A. queda totalmente dentro del Hemisferio N, Sudamérica se sitúa en el Hemisferio S; en tanto que Norteamérica se acerca a Europa, Sudamérica se aleja. Norteamérica sufre el clima glacial del Ártico y se extiende por la zona templada, mientras que el lóbulo S está cruzado en una gran faja por la zona ecuatorial de clima cálido y húmedo. Por último, frente al Misisipí que corre de N a S, el Orinoco y el Amazonas se deslizan de O a E.Lo más interesante en diferencias está en sus contenidos humano y cultural: el Ariel y el Calibán de J. E. Rodó. No hay, además, posibilidad de establecer paralelismo histórico entre ellos. Son dos historias internas completamente distintas. La convergencia, más que paralelismo, sí podemos establecerla, en cambio, entre la veintena de pueblos que forman a Hispanoamérica, semejantes entre sí por innegables formas culturales unificadoras. Y aún más: forzándonos un poco se nos haría factible defender una similitud entre la historia hispanoamericana a partir de la independencia y la de España. Cosa imposible, repetimos, entre Angloamérica e Hispanoamérica (incluimos al Brasil). Entre estos dos mundos sólo hay de común una geografía y un fondo suministrado por Europa. Porque estas dos A., frutos la hispana de la construcción y la sajona de la expansión, son el reflejo de sus respectivas metrópolis y el resultado de dos tipos de colonizaciones (v. COLONIZACIóN II) realizadas sobre dos medios distintos. Dos colonizaciones distintas que equivale tanto como a dos concepciones de la vida. La A. anglosajona del Norte es de formación calvinista y moderna. Inicia su vida en el s. xvll, después de la Reforma. La A. hispana, heredera de una concepción del mundo y de la sociedad muy diferente a la de la época moderna, surge al alborear ésta. Entre las dos A. estaba el cisma religioso. Al entrar en la Edad Moderna España se empeñó en tareas de signo medieval, como las guerras religiosas europeas o la evangelización de A., perdiendo el paso con respecto a Occidente. En su afán por defender la ortodoxia y extenderse, permaneció dentro de moldes medievales y rechazó los brotes de modernidad. Hubo excepciones, claro. Pero en general España confundió razón y fe. Los hombres ilustrados del s. XVIII, los liberales del xix y los representantes de la generación del 98 intentaron europeizar a España, que era tanto como ponerse al mismo paso del resto de Occidente, pero fueron rechazados. Para los liberales de España el principal obstáculo era el pasado "teocrático", por lo cual se muestran anticlericales; para los liberales de A. el obstáculo era lo español, por lo que reniegan de su pasado e importan leyes, instituciones, costumbres, etc., que no le va al cuerpo hispanoamericano y que sólo sirve para acentuar el desfase y señalar cuánto hay de traición a las auténticas esencias. Norteamérica atrae a muchos -Sarmiento por caso- sin percibir que Estados Unidos de Norteamérica es protestante, pragmática, donde los valores económicos se tienen en cuenta para establecer una jerarquía. En tanto que Hispanoamérica es católica, idealista, teocrática y humanista.Las relaciones entre ambas vienen marcadas por estas diferencias. En el s. xlx, la doctrina Monroe, el Destino manifiesto, el industrialismo, la diplomacia del dólar, etc., despiertan o expresan un interés económico por Hispanoamérica, en cuya carne física el vecino del Norte penetra por las armas, la política o el dinero, originando al Sur un sentimiento de recelo, temor y odio. Después de la I Guerra mundial se acentúa el interés económi-’ co y estratégico, crece la curiosidad intelectual y cerca ya de la 11 Guerra mundial, se practica la política de buena vecindad que suaviza muchas torpezas y malos tratos anteriores. Después de la Il Guerra mundial crece el interés cultural por Hispanoamérica en forma de libros, estudios universitarios, bibliotecas, ’ cursos de español, etc., pero también crece el interés estratégico porque la disyuntiva mundial, o lucha entre dos ideologías, hace que Estados Unidos tema la infección de la A. hispánica por las doctrinas marxistas. Con todo, continúan las mutuas ignorancias y en la A. hispana prosigue el recelo, el odio y la creencia de que sus males todos provienen de su vecino norteño.7. Etapas de la historia de América. Cuatro grandes etapas podemos establecer en una historia de A.: la época prehispánica, la época hispánica o colonial, la emancipación política y la época nacional. Nuestras líneas se estructuran en esas cuatro grandes etapas, pero dentro de ellas discurre un proceso al cual es necesario fijarle unos hitos y dibujarlo en una panorámica general más amplia para un mejor entendimiento del lector, aunque nosotros aquí no sigamos tales acotaciones.8. Época prehispánica. La prehistoria americana se extiende desde el Pleistoceno superior hasta hoy, porque en A., como en África actual, han continuado pueblos viviendo la misma vida prehistórica que vivían cuando el descubridor europeo desembarcó en las costas del continente.Insistimos en denominar a este periodo prehispánico, y no precolombino, puesto que lo colombino sólo afectó a una reducida área del Caribe, abarcada por el descubridor entre 1492 y 1504. La historia del hombre prehispánico, proveniente de Asia a través de Behring aunque no haya que descartar contactos transpacíficos, ofrece cada día novedades. Ya se ha señalado el mérito de este amplio lapso, pero queremos resaltar que esta "historia del pueblo indígena" tiene un enorme valor en cuanto que los diversos grados culturales de las sociedades prehispánicas dotaron de especial fisonomía a la penetración y posterior colonización. El descubrimiento, la anexión, la colonización y el nacimiento de una nueva sociedad y, por ende, de una nueva cultura, vino determinado por la demografía, economía y nivel cultural de la sociedad prehispánica encontrada. En el momento del descubrimiento estos pueblos estaban representados por los "imperios" de México y Perú, pueblos semicivilizados de zonas intermedias, pueblos cultivadores de la periferia y culturas marginales de recolectores-cazadores-pescadores. Aún no existe A. Lo que existe carece de nombre. A. será lo que existía en 1492 -materia- y lo que llega en esa fecha -forma-. El que arriba, modela y es remodelado, conquista y es conquistado.9. Época hispánica o colonial. El periodo español o hispánico, llamado también colonial o virreinal, comprende los s. xvi, XVII y XVIII. Es toda la etapa de la Edad Moderna. A., así, carece de Edad Media y salta de la Prehistoria a la Modernidad. Lo mismo podemos fijar etapas según siglos que según dinastías. Tradicionalmente se habla de descubrimiento, conquista y virreinato. Y, efectivamente, son tres aspectos del proceso colonizador con propios matices.Antes del español no hay mapas. A. no existe ni tiene dimensiones. Con el español, el portugués, el anglosajón y el galo, A. se expresa en mapas, se convierte en una unidad y realidad. Antes del descubrimiento, el indio americano no tiene conciencia de continentalidad; su horizonte geográfico es limitado, como lo era el horizonte cultural. El descubrimiento, y la posterior obra colonizadora,. le dota de conciencia geográfica con dimensiones continentales. El descubrimiento da vida a la Historia universal y al Derecho internacional, y facilita a la Iglesia católica la apertura de uno de sus grandiosos capítulos.Dramáticamente, algunos autores han hablado de "invasión", al tratar de la conquista. No hubo tal "invasión", como no hubo tal "conquista". Y por eso desde el mismo s. xvi un autor como Las Casas, y el mismo Estado, ordenó la supresión de esa palabra en los textos. Se proponía en su lugar la de "población" y la de "pacificación", para expresar el proceso de sometimiento y anexión que el europeo hizo del indígena a base de alianzas muchas veces. Grupos reducidos, que no corresponden a los de una invasión o conquista, se infiltran, se establecen, fundan núcleos de aclimatación, colonización y proyección. Mientras unos quedan en los núcleos fundados -se han convertido en pobladores-, otros siguen la infiltración. Porque la penetración es como una frontera movible. Desde la metrópoli el proceso se ve, y organiza, como una emigración y no como una invasión.El descubrimiento y la conquista siguen -también la prehistoria- en tanto se organizan y explotan las nuevas tierras que, jurídicamente, se consideran provincias y reinos, en paridad con la metrópoli. Las posesiones americanas hispanas no fueron colonias de explotación, no fueron factorías. No se practicaba en ellas el apartheid. España y Portugal enviaban súbditos seleccionados -no colonias de penados- que fundaron familias, hogares y ciudades y llevaron las mismas leyes de la metrópoli. Crearon una nueva cultura. Fueron a A. porque la habían descubierto, pero también en virtud de una donación papal que condicionaba la ocupación a la evangelización. Evangelizar entonces era culturizar.El proceso descubridor iniciado en 1492 se prolonga en la penetración, que también es descubrimiento, y va acabando en distintas fechas, ya que sólo lo damos por concluido cuando se funda una ciudad clave o se establece un órgano superior de gobierno. Dentro de él cabe distinguir una etapa antillana, de experimentación y aclimatación, toma de conocimientos y primera organización político-administrativa, e iniciales proyecciones sobre el continente, que termina al mismo tiempo que se funda Panamá; se da la primera vuelta al mundo y Cortés inicia la penetración continental. Las Antillas quedan atrás y se acelera el proceso. de expansión sobre el continente y más allá del Pacífico. Cada lugar tiene una etapa tope en esta marcha, pero la historia que resta del s. xvi es hija de la conquista. Buscando fechas con valor general se citan las de 1542, año de las Leyes Nuevas y del establecimiento del virreinato peruano, o 1550, último de la conquista en sus líneas maestras, o 1573, fecha de las nuevas ordenanzas del descubrimiento, o 1580, en que se funda Buenos Aires. Con esta diversidad de hitos, lo que se patentiza es que la conquista sigue como un río o varios dentro del periodo próximo. En el Brasil, la auténtica expansión -penetración- va a desarrollarse a partir de 1580. El descubridor, el conquistador y el poblador han sido los personajes hasta el momento; ellos han descubierto, han anexionado, han ocupado, han fundado, en tanto que el indio los veía llegar.Bajo las ideas de la Contrarreforma (v.), principia una época de consolidación, organización y explotación, a base de instalar todo un sistema político-administrativo. La ciudad es célula de esta organización. En ella se alzan los centros de gobierno y de cultura, se aposentan los funcionarios y los gobernantes, que llegan a desplazar a los conquistadores. Arriba también el chapetón. El conquistador contempla la llegada de todos éstos. Hay lucha entre los conquistadores y el poder real, porque aquéllos estiman que se dictan leyes lesivas, porque se le recortan sus privilegios o porque son sustituidos. El absolutismo sigue imperando; la corona establece un rígido monopolio de acuerdo con el mercantilismo imperante. La tónica sigue siendo la bélica, acompañada siempre de la tarea religiosa expresada en la presencia de casi la totalidad de las órdenes. Las clases sociales comienzan a definirse y el mestizaje se intensifica. Hay ya atisbos de criollismo.En el s. xvir este mestizaje crece, se afirma más lo criollo; se da en menor escala la actividad externa, pero crece la religiosa. Es el siglo de los santos, de las grandes conquistas espirituales, de los grandes virreyes. El barroco se impone. Y también se imponen los extranjeros que no sólo discuten la donación papal, sino que se asientan en lugares claves del Imperio. Los holandeses fijan su ocupación en Brasil. La decadencia que brindan los últimos Austrias, la impotencia naval y militar de la corona, se acusa en los campos europeos y trasciende al terreno americano.Con la nueva dinastía, la de Borbón, se inicia una época reformadora y expansiva. Se intenta apuntalar el Imperio español y hacer frente a los embates de potencias europeas en Europa y A. América pesa en Europa más que nunca, y las guerras intercontinentales no son sino un reflejo de esa pugna. En el campo filosófico también cuenta A., que ve discutida su personalidad y que permite a los autores americanos afirmar su originalidad cultural y defender al continente despreciado. Las colonizaciones extranjeras se han extendido ampliamente y entrado en fricción. El equilibrio no se puede mantener mucho tiempo y al final se impone Inglaterra, que desaloja a Francia del lóbulo norte continental. A su vez Inglaterra será desalojada por sus colonos de las Trece colonias, en tanto que España hace lo imposible por mantener aisladas y fortalecidas sus posesiones. La coyuntura internacional lo exige y se realiza gracias a contar con un rey como Carlos 111 (1759-88). En 1763 una paz cambia la faz colonial de A. y permite a Carlos III dar vida a su ingente obra: adquisición de Luisiana, intendencias, cierta libertad de comercio, reformas militares, defensa de las fronteras norteñas neohispanas, expulsión de los jesuitas, expansión por las Californias, creación del virreinato del Río de la Plata, ocupación de la Banda Oriental, sofocación de rebeliones, comercio libre, reconquista de Florida, ayuda a los colonos norteamericanos, etc. En Brasil las reformas pombalinas se aprecian de 1750 a 1777 siendo el a. 1763 el designado para establecer el virrei. nato y la capitalidad en Río de Janeiro.La Revolución francesa, el afloramiento de la burgue. sía, la invasión napoleónica, el cambio de mentalidad, en una palabra, marcan nuevos rumbos al continente ame. ricano. El mestizo, el criollo, el "gachupín" y el "godo", que es visto llegar por los otros, han sido los autores del desarrollo y expansión del imperio.10. Emancipación política. Españoles y americanos se. rán los actores de la próxima etapa: la de la ruptura con el Viejo Mundo y la emancipación política. Una etapa intermedia entre la hispánica y la nacional y que lo mismo se puede iniciar en 1763 (Paz de París), que en 1778 (final de la lucha bélica pro independencia de Estados Unidos), que en 1783 (Tratado de Versalles). Aunque todas las guerras intercoloniales habidas en el subcontinente Norte, y la misma lucha de los colonos norteamericanos en favor de su independencia, forman parte de una gran etapa que sólo acaba con la emancipación política de Hispanoamérica. Se puede fijar como fecha para comenzar esa etapa intermedia la de 1783; no sólo porque fue entonces cuando se firmó el tratado que dio vida internacional a los Estados Unidos de Norteamérica, sino porque entonces, y al conjuro de tal suceso, el conde de Aranda presentó a Carlos III una Representación o Memoria, en la cual le aconsejaba desprenderse del continente conservando sólo las Antillas y vaticinaba la futura expansión y hegemonía de Estados Unidos; curiosamente nacía Bolívar en ese año. El periodo comienza a cerrarse en 1821 (Carabobo), 1822 (Plan de Iguala), 1824 (Ayacucho), 1825 (creación de Bolivia), etc. Definitivamente, en 1826, con el Congreso de Panamá.La etapa de la emancipación política hispanoamericana (1783-1826), que hemos querido individualizar y distinguir, aunque realmente forma parte del periodo nacional y es prolongación de la etapa virreinal, hay que verla a la luz de los sucesos peninsulares, y no sólo ha sido testigo del reconocimiento internacional de la independencia norteamericana, sino que ha contemplado el desarrollo de la Revolución francesa, la independencia de Haití, la crisis política española a raíz de la invasión napoleónica, la similar crisis lusitana y la proclamación del primer Imperio brasileño y de la doctrina Monroe.La emancipación quebrantó la idea monárquica, rompió la interrelación, dio vida al nacionalismo, que divide y aísla. La guerra trajo la indisciplina militar y la anarquía. La separación. Todavía la proximidad geográfica favorece la antigua unión, y así vemos cómo San Martín, Bolívar, La Mar, Urdaneta Flores y Santa Cruz pudieron gobernar fuera de donde nacieron; Ramón Castilla, presidente del Perú, luchó contra San Martín en el bando realista, contra los realistas en Ayacucho (su hermano estaba con los realistas), contra la Confederación Peruanoboliviana desde el lado chileno, y contra Bolivia desde el Perú. Este acercamiento duró poco. Todavía una serie de diplomáticos como el aventurero García del Río, el mexicano Santa María, el peruano Eugenio Cortés, el colombiano Heres y el hondureño José Cecilio del Valle desempeñaron puestos como peruanos, grancolombianos, mexicanos, peruano y mexicano respectivamente. Chile consideró como español a Mora, nombró embajador al guatemalteco Irisarri, y designó rector al venezolano Andrés Bello. Todos eran hombres de Hispanoamérica, de la gran patria; pero con el nacionalismo cada unidad regional acentuó su aislamiento.Por otro lado, roto el poder político legítimo, sin proporcionar un sustituto también legítimo, se ocasionó un vacío. Se practicó entonces un contrabando ideológico para establecer una nueva concepción política reñida con la tradición. Hasta aquí ha sido una época sin fronteras. Desde aquí será un periodo con fronteras.11. Época nacional. El periodo republicano o nacional es una agonía entre lo que se es y lo que los grupos dirigentes querían que fueran los pueblos. Prosiguió el centralismo, el autoritarismo, la aristocracia. Se exageró el nacionalismo, que llegó a tomar formas antiforáneas. El nacionalismo americano, fruto muchas veces de los continuos fracasos, puso entre sus objetivos el cambio de la estructura socioeconómica, la renovación del pensamiento, la solución al problema de la tierra, etc. La época republicana se caracterizó también por la lucha entre liberales y conservadores; los primeros negaron el pasado, creyendo que así cogían más fácil el tren de la modernidad. No se daban cuenta que si deseamos comprender la A. de cada momento -comprender es amar- se hace preciso tener presente el pasado. Porque el pasado hace posible el presente. Hay que asumir el pasado, interpretarlo, escoger lo mejor de él, y de este modo, comprender y hacer mejor el presente. Al negarse el pasado se eliminaron las propias esencias y de ahí el fracaso de los liberales que se empeñaron en repudiar ese pasado y en vestir a Hispanoamérica con un ropaje que no le iba.Otra nota de la etapa republicana es la falta de identificación psicológica con su respectiva nación de grandes masas de población indígena. Están integradas, pero no asimiladas o incorporadas. Carecen del sentimiento de nación. Igualmente el auge del militarismo, el papel preponderante de los ejércitos en la política nacional, fenómenos propios después de una etapa bélica. Los ejércitos en Hispanoamérica no existen en función de un enemigo externo, sino como. cobertura de un régimen o presidencia. El ejército, en lugar de ser el defensor de la nación, muchas veces se convierte en su ocupante. También la falta de auténticos partidos políticos; el compadraje, la lealtad al jefe o amo, más que la eficacia y experiencia política o técnica. Esto ocasiona el peculado, la irregularidad, la inestabilidad, la falta de una política continuada, el nepotismo.Asimismo la subordinación económica, por las ataduras de los empréstitos y la explotación de las compañías o trusts extranjeros a los que se han hecho concesiones por los mismos gobiernos sedientos de lograr un apoyo o reconocimiento. Las consiguientes intervenciones extranjeras; intervenciones armadas y fiscales. Todas son notas de la etapa republicana, a la cual tipifican también los problemas limítrofes y la ruptura de relaciones con la Iglesia a causa del regio patronato; el neocolonialismo capitalista, la inadecuación, la inautenticidad, la vida postiza, la inestabilidad constitucional, las "revoluciones", los golpes de Estado... La inestabilidad y "revoluciones" obedecen a múltiples factores, uno de ellos la condición del presidente, dueño de la suma de poderes, pero falto de herederos. El presidente carece casi siempre de la seguridad y fuerza que da un partido. Gobierna y manda. Pocas veces tiene el respaldo institucional, salvo el del ejército, que puede enfrentársele. Contra las decisiones del presidente o frente a la incertidumbre de un sucesor -en México el partido oficial se encarga de designarlopuede darse la revuelta, el golpe de Estado, la "revolución". La violencia ha sido por ello un medio natural para alcanzar el poder- Luego se recurre a unas elecciones porque se cree sinceramente que el poder necesita de una base moral.El periodo nacional o republicano se escalona en las etapas de inestabilidad y consolidación (1826-70), expansión y positivismo (1870-1918) y crisis liberal y nuevas revoluciones (1918-60). La fecha de 1918 puede ser sustituida por la de 1910, tomando como referencia la Revolución mexicana -en lugar del final de la primera Guerra europea- y así la etapa queda acotada por la Revolución mexicana y la Revolución cubana, dos fenómenos americanos.Sabemos que siempre tras una etapa bélica se acentúa el papel de los caudillos y de los militares. Eso es lo que ocurre acabada la lucha emancipadora. De 1826 a 1870 priva el caudillaje (Francia, Rosas, Flores, Páez, Santa Ana), la anarquía, la lucha por la estabilidad. A los naturales problemas de la organización política se unen los derivados de la formación territorial expresada en una lucha por la integración (A. Central, Gran Colombia, Confederación peruano boliviana, nacimiento de Uruguay). Muchas veces los conflictos interamericanos que se dan obedecen a diferencias limítrofes o apetencias de expansión (primera Guerra del Pacífico, Guerra triple, Guerra de Texas). Estados Unidos, siguiendo la doctrina del Destino manifiesto, quiere redondear sus fronteras y llegar al Pacífico. El problema de la esclavitud le va frenando en esta expansión; problema que hace crisis en 1860 y degenera en guerra. Una guerra que le impide airear la doctrina Monroe cuando se da el intervencionismo europeo en la Mosquitia, en México con el imperio de Maximiliano, en Santo Domingo con la vuelta de España o en el Pacífico con la guerra de España, Perú y Chile.No faltarán las revoluciones, las dictaduras (Bolivia y Ecuador), el nacimiento de nuevos partidos (radicalismo) que desean llevar más lejos los programas del liberalismo. En Antillas se lucha entre el anexionismo y el separatismo. Prima el romanticismo.Hacia 1870, el positivismo, el modernismo, la inmigración y el progreso material que esto ocasiona, dan vida a una nueva etapa. Orden y progreso es el lema del Brasil, que ha pasado de imperio a república, y que expresa bien a las claras el aire de la época. Época de civilismo, oligarquías, maquinismo, industrialismo, ascenso de la clase media, imperialismo... El Destino manifiesto es una segunda fase y, del brazo de ’otras doctrinas, se asoma ahora como ingrediente de la guerra hispano-yanqui, de la creación de Panamá, del intervencionismo económico, de la ocupación de Nicaragua, Haití y Santo Domingo. Estados Unidos se convierte en la anfitriona del panamericanismo (v.) con el natural recelo de Hispanoamérica.Las diferencias interhispanoamericanas apenas se dejan ya sentir, salvo la guerra del Pacífico. El proceso político acusa el nacimiento del Dominio del Canadá y de dos nuevos Estados hispánicos: Cuba y Panamá. El porfirismo, que tuvo muchos seguidores en Hispanoamérica, es sepultado por la Revolución mexicana, cuyo desarrollo se confunde ya con el de la I Guerra mundial =que saca a Estados Unidos de su aislacionismo y le convierte en gran potencia mundial- y de la Revolución rusa. El proletariado es ya personaje de la historia. Un proletariado que se van a disputar dos ideologías o sistemas económicos. Las clases medias, que se están haciendo oír fuertemente desde finales del s. xix, y el proletariado, que también se ha dejado sentir, son los personajes claves de la etapa 1918-60. Las oligarquías, que lentamente son suplantadas, han detentado el monopolio de la vida política que discurre bajo la capa de una aparente democracia. El dominio de la oligarquía, como la omnipotencia del presidente o el duro mandato de un militar, son iguales de nefastos.De 1930 a 1960 proliferan una serie de dictaduras militares de orden, benevolencia con las inversiones, colaboración con EE. UU. que las tolera y de gobierno en beneficio de las clases económicamente poderosas. El fascismo italiano, el salazarismo portugués, el continuismo de Roosevelt, el nacionalismo alemán, son ejemplos para algunos de estos regímenes que, con la derrota del totalitarismo y triunfo de las democracias en la II Guerra mundial, tienden a desaparecer, pero que tras el "bogotaZO" (1948) (v. ORGANIZACIÓN DE ESTADOS AMERICANOS) y con la guerra fría y amenaza comunista, vuelven a robustecerse.La reforma universitaria de Córdoba (Argentina) marca unos objetivos (1918) que nuevos partidos políticos harán suyos: el Apra, el sinarquismo, el justicialismo... El movimiento democrático se opone a las nuevas doctrinas y, especialmente, al marxismo-comunismo que amenaza realizar la revolución que Hispanoamérica demanda. Se ha tomado conciencia clara ya por las clases dirigentes de llos problemas sociales y económicos que afectan al continente: crisis del liberalismo, enormes masas de población que viven marginadas, la necesidad de intensificar el desarrollo educativo, urgencia de efectuar la reforma agraria, conveniencia de multiplicar las vías de comunicación y alzar industrias, interés de lograr la independencia económica y mental... La Revolución mexicana ha marcado una pauta, también la rusa. Las revoluciones, o intentos de revolución a veces, en Guatemala, Bolivia y Cuba son ecos de esos otros fenómenos. Estados Unidos, cuya revolución fue modelo revolucionario, no es ya inspiradora de revoluciones. Con todo, se empeña en dirigir la revolución en Hispanoamérica y contener así el marxismo. Pero para muchos hispanoamericanos, Norteamérica es la cabeza de un movimiento mundial antirrevolucionario, que actúa en defensa de intereses creados. Norteamérica apoya a los ricos frente a los pobres y como éstos son más que aquéllos, sólo se logra fomentar la desigualdad y la injusticia. En Estados Unidos se ve la causa de todos los males de Hispanoamérica. Ni la política de buena vecindad, ni la anulación del Corolario Roosevelt, ni la Alianza para el Progreso (v.) logran debilitar una imagen negativa que, de cuando en cuando, cobra fuerza, cuando Estados Unidos presiona en reuniones internacionales, se impone en la OEA, compra mandatarios con empréstitos, organiza revoluciones en A. Central, pertrecha exiliados paar invadir Cuba, envía agentes de la CIA a Bolivia, desembarca "marines" en la República Dominicana, etc.Los sectores medios, nacionalistas cien por cien, tienen, junto con los sectores bajos, encuadrados en el peronismo, castrismo y marxismo, el futuro político de Hispanoamérica. Ellos harán la revolución. El enigma consiste en el modelo que seguirán. Si antaño la Ilustración, la revolución industrial, el romanticismo, el liberalismo, la Revolución francesa, la Revolución norteamericana y otras corrientes y fenómenos llegados de fuera fueron capaces de marcar hitos y rumbos a la historia de Hispanoamérica, ahora, en pleno s. xx, parece insinuarse que una ideología proveniente también del Viejo Mundo será capaz de trazar nuevos itinerarios a esa historia. El primer paso en firme se ha dado en Cuba.V. t.: DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS; HISPANOAMÉRICA; IBEROAMÉRICA; LATINOAMÉRICA; AMÉRICA CENTRAL; INDIAS, GOBIERNO DE; INDIAS, INSTITUCIONES DE; INDIAS, LEYES DE; DERECHO INDIANO; INDIGENISMO; CASTRISMO; IUSTICIALISMO; MESTIZOS; MULATOS; NEGROS; CRIOLLOS. V. además por países.F. MORALES PADRÓN.
BIBL.: P. ARMILLA, Programa de Historia de América. Periodo Indígena, México 1963; A. BALLESTEROS BERETTA, Historia de América y de los pueblos. americanos, Barcelona, 1936; P. CHAUNu, L’Amérique et les Amériques, París 1964; H. D. DISSELHOFF, S. LINNE, Las grandes civilizaciones de la América antigua, Barcelona 1967; F. ESTEYE BARBA, Cultura virreinal, Barcelona 1965; CH. C. GRIFFIN, El periodo nacional en la historia del Nuevo Mundo, México 1962; C. H. HARING, El imperio hispánico en América, Buenos Aires 1958; H. HERRING, A History of Latin America from the beginnings to the present, Nueva York 1962; J. LAMBERT, América Latina. Estructuras sociales e instituciones políticas, Barcelona 1964; F. MORALES PADRÓN, Historia general de América, 2 t., Madrid 1962; S. ZAVALA, América y el mundo colonial, México 1967.
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