Acto Moral Ii. Actos y Actitudes Morales.2. la Llamada Moral de Actitudes. ÉTICA
Categoria:
Ética
Vamos a considerar aquí no el tema en general de las relaciones entre a. y actitudes morales (ya tratado en 1), sino la opinión sostenida por algunos autores que han propuesto el abandono del estudio de los a. m., tal y como los venía considerando la Teología moral, para dar paso una y exclusivamente a una moral de actitudes en la que se atienda no al contenido intrínseca de los a., sino a la disposición habitual del sujeto.a) Razones alegadas en favor de esa tesis. Quienes proponen esa modificación de la Teología moral, argumentan diciendo que debe atenderse al individuo particular, concreto y existencial, inédito e irrepetible, puesto en un lugar y en un momento particular, con una historia determinada; y en el individuo así visto se añade importa la posición profunda permanente, adoptada en el centro del alma, más que las actuaciones superficiales. Y sus actos deben examinarse no como abstractos e impersonales, sino encuadrados en su marco existencial, sin juicios que provengan de preceptos generales.Se reconocen algunas normas comunes de conducta, porque corresponden a la naturaleza humana en su universalidad; pero se añade que necesariamente son muy pocas, muy fundamentales, bastante indefinidas, porque, se dice, en la existencia humána, todas las normas tienen que dejar amplio margen a la respuesta personal, a la vocación con que Dios llama a cada uno. Siendo el hombre un ser con dominio sobre sus actuaciones, ha de autorrealizarse progresivamente en el amor de Dios y en el servicio de amor a la comunidad humana, ciertamente a la luz de los principios objetivos metahistóricos que le imponen su misma esencia y dignidad, pero concordándolos con la independencia y libertad suya y de los otros hombres relacionados con él. Esa autorrealización la tiene, pues, que lograr ejercitando su libertad (v.) fundamental con aquella espontaneidad que requieren la condición dialogal de su existencia y la moción interna del amor, con el debido lugar que para la inspiración creativa requieren las situaciones individuales. Por consiguiente, la presión de normas externas debe ser mínima y muy flexible, si no quiere ser inoperante o efímera; y más pala ilustración y guía en los casos inéditos, o como propuesta de una meta ideal, que como normas que definan una conducta.Las acciones, se añade con insistencia, son personales; están íntimamente unidas y como compenetradas con la persona; son su expresión, son ella misma actuándose. Y no se pueden apreciar debidamente sino en la relación del acto particular con la actitud fundamental de la persona respecto de Dios. Junto a esos argumentos, que provienen de una antropología de signo vitalista, se dan a veces otros de signo muy diverso y en parte antagónico alegando que, en la precariedad de la condición humana, frecuentemente será forzoso contentarse con aspirar al ideal humildemente, resignándose de momento a lo que, en su conjunto, resulte menos imperfecto dentro de la necesaria imperfección. En la condición histórica del hombre caído, se insiste, impera por fuerza una economía del mal menor. Y cuando una acción enriquece en su conjunto a la persona o a la sociedad, si se hace a impulsos del amor no es mala sustancialmente, aunque carezca de algunas condiciones para ser totalmente buena. La acción ejecutada en semejantes condiciones, no por malicia, sino por debilidad, es compatible con la amistad divina. El hombre actúa fuera del orden ideal y es consciente de ello; pero en lo profundo de su ser mantiene el aprecio y la adhesión a Dios.Lo que cuenta es la intención sincera y profunda, en la que se empeña toda la existencia, la opción fundamental honda, constante y mucho más decisiva de la persona que las resoluciones periféricas e inestables respecto de actos particulares, y esa intención revela frecuentemente el sentido y significación ambivalentes de las acciones morales. La totalidad de la actitud y la orientación fundamental del espíritu podría no estar en correspondencia con una serie de acciones movidas por una intención en sí opuesta a aquella actitud, pero tan superficial y tan débil que no destruyera o ni siquiera hiciera vacilar, la opción fundamental opuesta. No siendo ésta, por su profundidad, objeto de reflexión directa, el hombre no puede conocer por introspección cuando la cambia por efecto de los actos contrarios. Pero el cambio se barrunta a veces en el momento; y por lo menos a la larga se llega a deducir claramente, reflexionando sobre la línea de conducta permanente o sobre los sentimientos perdurables de la persona.En conclusión, se dice, si los preceptos de Dios y de los hombres, y las normas derivadas de la dignidad del ser humano, son más orientación que regla inflexible para las acciones particulares, si los mismos principios morales han de adaptarse a las condiciones históricas de las generaciones, si todos los Mandamientos se reducen al amor y permiten encuadrar cada caso en su situación concreta para realizar sin egoísmo los valores entonces posibles, la responsabilidad de cada cual estará en seguir la vocación particular que experimenta en lo íntimo del ser. Y el juicio sobre la moralidad de los a. particulares se hará considerando la actitud fundamental en que se mantiene la persona respecto de la vocación al amor.b) Apuntes para una valoración. Comencemos diciendo que el concepto de opción fundamental y el de actitud de fondo son ciertamente válidos y deben ser tenidos presentes para analizar la conducta humana. Pero a la vez se debe decir que incurre en graves equívocos, fruto de un agnosticismo práctico que conduce a un relativismo y a un subjetivismo morales. El tema de la actitud básica del hombre debe ser tenida en cuenta y estudiado en Teología moral, pero desde bases más sólidas que las presupuestas por esos planteamientos. Desde una perspectiva bíblica diríamos, ante todo, que no puede olvidarse que la ley del amor proclamada por Jesucristo se concreta, según declaración de Él mismo, en la observancia de los Mandamientos; ni que S. Pablo, además de la caridad vínculo de perfección y del pecado del mundo, conoce otras muchas virtudes contrarias a otros tantos vicios y presenta amplios catálogos de pecados individuados que excluyen del Reino escatológico. Y, por lo que se refiere a un análisis filosófico, que se da por su puesto arbitrariamente que la mayor parte de los objetos de las acciones humanas son en sí indiferentes, y que se moralizan por la intención que determina su ejecución lo que falsea la realidad. No es admisible sostener que una persona pueda tomar resoluciones deliberadas sobre algún objeto moral particular, sin que advierta, al menos implícitamente, que por el mismo acto está decidiendo de su ser respecto de Dios, fundamento del orden creado, y con cuya Voluntad manifestada en la naturaleza de las cosas o en el Evangelio choca la acción que se realiza a ciencia y conciencia. Por lo mismo que el hombre es una unidad y que se debe tener presente su estructura unitaria, parece claro que la actitud fundamental de una persona respecto de Dios y del bien queda afectada sustancialmente por las actuaciones particulares realizadas en sentido opuesto a ella. Se comprende, y siempre se admitió así por los moralistas, que la participación de la persona en sus actos y la intensidad de la diligencia y amor puestos en los mismos pueden ser más o menos profundas, más o menos deliberadas y comprometedoras de todo el ser; pero resulta imposible admitir al menos que se sostenga implícitamente un vitalismo agnóstico que pueda faltar de modo ordinario la correspondencia sustancial entre el centro director que dirige e impulsa los mandos y el funcionamiento de éstos en la periferia, al actuarse por el impulso recibido. Por profundo que permanezca el centro, está radicado en la misma persona, y las actuaciones supuestamente periféricas dependen de él; no se comprende, pues, cómo puedan discordar con el mismo; ni se ve la posibilidad de reducir tanto como se pretende el campo de las acciones intrínsecamente inmorales para justificar ciertas situaciones o actuaciones en fuerza de las circunstancias; ni la de reconocer a la intención del agente una fuerza moralizadora de actos prohibidos por razón de su objeto; ni la de considerar la naturaleza humana mudable en sus condiciones mismas, y no sólo en las posibilidades de actuación por el cambio de las circunstancias condicionantes.Para una mayor fundamentación de la moralidad y una ulterior determinación de su naturaleza, v. MORAL I. Para el estudio de la ley como fuente de la moralidad, v. LEY VII. Sobre la moral de situación, que presenta analogía con la moral de actitudes que se acaba de describir, v. SITUACIÓN, ÉTICA DE.M. ZALBA ERRO.
BIBL.: Como libros que reflejan o describen la tendencia mencionada pueden verse: P. TIBERGHIEN, Moral der Akte und Moral der Tendenzen, "Dokumente" 10 (1954) 195204; L. ILLACURIA, Una moral de actos y una moral de actitudes, "Hechos y Dichos" 44 (1967) 706715; F. DE LA CUESTA, Una moral de actos y una moral de actitudes, "Studium legionensis" 9 (1968) 328333; B. PRADA, Relativismo moral, teoría de la moral como acto y como actitud, "Ilustración del Clero" 60 (1967) 707715; H. REINERs, Grundintentin und sittliches Tun, Friburgo de Brisgovia 1966; F. FLICK y Z. ALSZEGHi, L’opzione fondamentale della vita morale e la grazia, "Gregorianum" 41 (1960) 593619; S. DIANICH, La corruzione della natura e la grazia nelle opzioni fondamentali, "Scuola Catolica" 92 (1964) 203220.
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