Misas gregorianas
Son las que se aplican por un difunto determinado durante treinta días seguidos, sin interrupción. Tienen su origen en una curiosa tradición relacionada con el Papa San Gregorio Magno.
Pertenecía a una familia noble de patricios romanos, aunque vinculada a la Iglesia, pues su bisabuelo fue el Papa San Félix. Su padre, el senador Gordiano ejerció como regionario los últimos años de su vida y su madre Silvia, murió como anacoreta en el monte Aventino. El joven Gregorio decidió transformar la lujosa residencia familiar del Monte Celio en monasterio benedictino, bajo la advocación de San Andrés, donde profesaron otros compañeros.
Uno de ellos, rompiendo el voto de pobreza, guardaba escondidas tres monedas de oro. Al caer gravemente enfermo, decidió confesar su pecado y, poco después, falleció. San Gregorio, como ejemplo para el resto de la comunidad, mandó que lo enterraran fuera del recinto con las monedas que había ocultado. Pero, al mismo tiempo, dispuso que el prior aplicase treinta misas consecutivas por su alma. Al terminar el mes, el monje se apareció a un compañero y le dijo que, como consecuencia de esos sufragios, su alma acababa de salir del Purgatorio para disfrutar de la Gloria eternamente.
Desde entonces, se celebraron esas treinta misas en el mismo altar del monasterio de Monte Celio, por los difuntos de las familias que lo pedían. Luego, esta costumbre se extendió a otras iglesias por expresa concesión, aunque a finales del siglo XIX se plantearon algunas dudas sobre las condiciones que debían cumplirse, disponiendo el Papa Pío IX que podían lucrarse las gracias especiales originalmente concedidas a Monte Celio en todos los lugares en que se celebrasen, por expresa concesión de la Santa Sede.
Las treinta misas gregorianas debían celebrarse en días consecutivos, por el mismo sacerdote sin interrupción, de manera que, si se interrumpía la serie, debían volver a comenzarse. Los problemas que se derivaban de ello, hizo que se autorizara el que pudiera ser sustituido el sacerdote que las había iniciado, si no podía completarlas por causa mayor. Desde 1967 no es necesario que se celebren consecutivamente, siempre y cuando la interrupción sea motivada por enfermedad o por motivos litúrgicos, celebrando las que faltan tan pronto como cese la causa que motivó la interrupción.
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