Evangelios canónicos
Son los cuatro Evangelios que la Iglesia considera inspirados por Dios, y que fueron incorporados al Canon de la Sagrada Escritura.
El proceso de su definición fue largo y complejo. Iniciado en Roma, durante el pontificado de San Dámaso, fue objeto de definiciones explícitas en sucesivos concilios, a partir de criterios tales como el que la autoría de los mismos fuera atribuida a los propios Apóstoles o a personas que fueran testigos oculares de los hechos relatados, el que fueran utilizados desde el siglo I y, desde luego, que no contuvieran errores doctrinales. En el concilio de Laodicea, en 363, ya cobró forma definida el Canon, al que se añadió el Apocalipsis en el concilio de Hipona celebrado treinta años después.
Tradicionalmente, se ha considerado que los autores de los mismos fueron los Evangelistas San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan.
Estas atribuciones, que han sido cuestionadas en numerosas ocasiones, no son arbitrarias, sino que se basan en testimonios muy antiguos. Papías, obispo de Hierápolis de Frigia en torno a 125, ya citaba a Marcos y Mateo. Tertuliano, a comienzos del siglo II, resaltaba la autoridad de los cuatro evangelistas, y San Irineo, en 170, se aventuraba a establecer una cronología de sus textos. Pero la cuestión no puede considerarse definitivamente resuelta. El Papa Benedicto XVI en su reciente obra Jesús de Nazaret plantea el tema de la autoría del Evangelio de San Juan, rebatiendo las tesis de quienes rechazan la intervención del Apóstol, aunque admitiendo la participación de ese «Juan el diácono» al que aludía Papías, como colaborador directo del discípulo amado.
Otro aspecto de gran interés es la similitud existente entre los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas que, por este motivo, son llamados Evangelios Sinópticos, que será considerada en el apartado correspondiente. Frente a ellos, destaca la orientación muy diferente del Evangelio de San Juan en el que la profundidad de su contenido ha llevado a la investigación crítica moderna a negar la historicidad de su mayor parte, considerándolo una reconstrucción teológica posterior, cuando la Cristología se encontraba ya muy desarrollada. Esta cuestión es abordada, también, por Benedicto XVI en la obra citada, así como el supuesto origen gnóstico de algunos de sus planteamientos. El Papa, por el contrario, destaca el conocimiento preciso de lugares y tiempos que, únicamente, pueden proceder de alguien perfectamente familiarizado con la Palestina del tiempo de Jesús. Por otra parte, sus raíces judaicas descartan el posible influjo gnóstico. Especialmente interesante son los argumentos aducidos para intentar compaginar el influjo helenístico que se advierte en un autor que, además, tiene acceso a los círculos sacerdotales judíos, con la figura de un hombre como Juan que, según la Escritura, era pescador e hijo de un pescador. ¿Cómo ese pescador del lago de Genesaret pudo haber escrito este sublime Evangelio de las visiones que penetran hasta lo más profundo del misterio de Dios?, se pregunta el Papa, y, a partir de estudios muy recientes, ofrece la hipótesis de que Zebedeo, el padre, no era un simple pescador, sino un sacerdote que, al finalizar su servicio de dos semanas en el templo, regresaba a su tierra, donde desempeñaba esa segunda profesión.
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