Evangelios apócrifos
Aunque el significado etimológico de «apócrifo» sea «oculto», el término fue utilizado por la Iglesia para denominar a todo un amplio conjunto de textos que circulaban entre las primitivas comunidades cristianas que, por no ser considerados libros inspirados, no fueron incluidos en el Canon de la Sagrada Escritura.
Conviene, sin embargo, destacar que, en la mayoría de los casos, tuvieron amplia difusión y, algunos de ellos, una clara influencia en el arte religioso. Editados con frecuencia, han podido ser consultados a lo largo de la historia, salvo aquellos que, por haber surgido dentro de ambientes gnósticos, eran claramente heréticos. El descubrimiento, en 1945, de un importante conjunto de estos libros, conservados en un antiguo monasterio copto de Nag Hammadi (Egipto), permitió recuperar algunos de los que se consideraban perdidos y reabrir el debate sobre su datación.
Suele considerarse que, la mayor parte de ellos, fueron escritos después del siglo II, respondiendo a finalidades diversas.
Un grupo significativo intentaba ampliar aquellos aspectos de la vida de Jesús o de la Virgen que no aparecen reflejados en los Evangelios Canónicos. Entre ellos destaca el «Proto evangelio de Santiago», que se ha conservado íntegro y fue atribuido al Apóstol Santiago el Menor. En él se narra la infancia de la Virgen y ha dado origen a muchas piadosas tradiciones que se mantienen vivas entre nosotros. Los nombres de los padres de María, su Presentación en el templo, sus desposorios, la supuesta ancianidad de José y otros datos encaminados a reforzar el dogma de la Virginidad de María, y otros episodios aparecen en este Evangelio tratados con una indudable dosis de buena voluntad y un exceso de imaginación.
También, dentro de este grupo pueden ser encuadrados el «evangelio del Pseudo Mateo», la «Historia de José el carpintero», el «evangelio de la Natividad de María», o el «Pseudo Melitón» que relata la muerte y Asunción de la Virgen. Distinto es el caso del «evangelio del Pseudo Tomás» que gozó de gran popularidad por centrarse en la infancia y la vida oculta del Señor, aunque la imagen que transmite se alejaba bastante de la realidad histórica y teológica. El Niño Jesús se asemeja, más bien, a un niño dotado de una gran capacidad taumatúrgica que utiliza en beneficio propio o, incluso, como represalia hacia los que, supuestamente, le habían perjudicado.
Otros evangelios se centran en la Pasión y Resurrección, como el evangelio de Nicodemo que también se conoce como «Hechos de Pilatos» o el de Bartolomé. Pero no siempre puede ser considerada ortodoxa su orientación. Así, por ejemplo, el llamado «evangelio de Pedro» presenta a un Jesús que muere en la cruz pero que, en virtud de su divinidad, no llega a padecer sufrimientos físicos.
Junto a estos relatos, en principio bienintencionados, existen otros surgidos en el seno de los movimientos gnósticos, doscetistas o maniqueos que tanto proliferaron en los primeros siglos de la Era Cristiana. Especialmente significativos fueron los inspirados por el gnosticismo que, por oponerse frontalmente al Magisterio de la Iglesia, fueron condenados y se procuró, con evidente interés, erradicarlos. Entre ellos se encuentran los llamados evangelios de María Magdalena, de Felipe, de Tomás, el evangelio apócrifo de Juan, el llamado de la verdad y el evangelio de Judas que, recientemente, alcanzó cierta notoriedad.
De fecha muy posterior pueden ser considerados otros textos como el «Evangelio de Bernabé», al que algunos suponen escrito por moriscos españoles con el propósito de alcanzar un cierto sincretismo entre Islam y Cristianismo, en un intento desesperado de evitar las medidas que, poco después, se llevaron a cabo.
Junto a todos los citados, han ido apareciendo pequeños fragmentos de otros evangelios, muy similares a los canónicos que, sin duda, tuvieron cierta difusión pero que no han llegado hasta nosotros.
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