Evangelio
Habitualmente, se suele traducir esta palabra como «buena nueva» o «buena noticia». Sin embargo, el Papa Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret, señalaba que «aunque suena bien, queda muy por debajo de la grandeza que encierra realmente la palabra evangelio». El Papa indica que ese término formaba parte del lenguaje oficial de los emperadores romanos y se aplicaba a las proclamas que emitían. La idea que intentaba transmitir era, en palabras del Papa, que lo procedente del César no se trataba de una simple noticia, sino de una transformación del mundo hacia el bien.
Por eso, cuando los cristianos tomaron esa palabra para designar a los relatos que trataban de la vida de Jesucristo, querían señalar que no estábamos ante un discurso meramente informativo, sino que de ellos se desprendía una fuerza eficaz capaz de penetrar en el mundo para transformarlo y salvarlo.
Curiosamente, fue San Pablo quien, por primera vez, utilizó la palabra evangelio en un texto cristiano. Fue en su Primera Carta a los Corintios, haciendo referencia «al Evangelio que os anuncié».
En los años posteriores a la Resurrección, el relato de la vida de Cristo y de sus enseñanzas fue transmitido, oralmente, por los Apóstoles y por quienes, como discípulos, habían estado en contacto directo con el Maestro.
Sin embargo, entre las nuevas comunidades que se fueron creando, en las que ya no era posible contar con testigos de aquellos acontecimientos, surgió el deseo de disponer de algunos textos que narraran lo acaecido y, sobre todo, que contuvieran información precisa sobre lo que Jesús había anunciado durante el tiempo de su presencia física entre nosotros.
De esta forma, fueron apareciendo un cierto número de evangelios, aunque la Iglesia terminó aceptando, únicamente, los cuatro que conocemos como Evangelios Canónicos y que la tradición atribuye a San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan.
Junto a ellos se han conservado otro conjunto de relatos conocidos como evangelios apócrifos, una denominación imprecisa, ya que en ella se engloban textos que, en la mayoría de los casos, nada tienen que ver con el sentido de los Evangelios Canónicos. Junto a relatos piadosos, fruto de la curiosidad de los fieles, hay otros que son claramente heréticos.
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