Cruz procesional
Desde los primeros siglos del Cristianismo, los desfiles procesionales iban encabezados por una Cruz, la misma que se utilizaba en el altar, pendiente de una pértiga o soporte.
Hacia el siglo XV, comenzaron a fabricarse unas cruces destinadas, exclusivamente, a uso procesional. Poco a poco, llegaron a ser piezas de orfebrería de gran valor que, eran motivo de orgullo de las parroquias a las que pertenecían, de las que llegó a ser insignia y símbolo.
Elaboradas en metales preciosos eran cruces de un solo travesaño, con la imagen del Cristo en uno de sus lados y, en el reverso, solía situarse imágenes de la Virgen y de San Juan. Estaban unidas a una larga asta generalmente lisa. En Castilla era frecuente que el asta estuviera recubierta, parcialmente, por una manga de tela. En Aragón, la manga no se utilizaba pero del asta colgaban unas grandes borlas, con cordones, cuyos colores se adaptaban al tiempo litúrgico, aunque los más utilizados eran el blanco, el rojo y el negro. Los primeros para las procesiones eucarísticas, los segundos para las procesiones en honor de mártires, y los terceros de uso restringido a los entierros y ceremonias de la Semana Santa.
La Cruz Parroquial abría las procesiones, portada por un acólito conocido con el nombre de crucífero, y flanqueada siempre por ciriales. Es llevada siempre con la imagen de Cristo en la parte anterior.
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