Cisma de Occidente
Entre los grandes cismas que se han producido en el seno de la Iglesia, a lo largo de su historia, uno de los más curiosos, por su origen y su desarrollo, fue el Gran Cisma de Occidente desencadenado a la muerte del Papa Gregorio XI, en 1378.
Como es habitual, se reunió el cónclave, constituido por 16 cardenales, para elegir a su sucesor, en medio de una gran presión por parte del pueblo romano que deseaba tener un papa romano, ante el temor de que si era elegido un francés trasladara, de nuevo, la sede pontificia a Avignon. El elegido fue el arzobispo de Bari, Bartolomeo Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI. En ese momento, nadie puso en duda la legitimidad de su elección pero, muy pronto, el nuevo papa, un hombre de difícil carácter, comenzó a enfrentarse con sus cardenales e, incluso, con algunos países como el reino de Nápoles.
El 13 de agosto de ese mismo año, 13 cardenales se reunieron en Agnani y, con el apoyo del rey de Francia, declararon inválida la elección, alegando que se había producido bajo coacción y, tras solicitar su renuncia, procedieron a un nuevo escrutinio en el que resultó elegido el cardenal Roberto de Ginebra que tomó el nombre de Clemente VII. De esta forma se iniciaba un cisma que conmocionó a la Cristiandad.
Ante la existencia de dos papas, los diferentes países fueron decantándose a favor de uno u otro. Mientras que Alemania, Inglaterra e Italia (salvo Nápoles) permanecieron fieles a Urbano VI, el resto se sumó a la causa de Clemente VII.
En 1389, falleció, probablemente envenenado, Urbano VI, mientras que, cinco años después moría Clemente VII. Al primero le sucedió Bonifacio IX y al segundo el español Pedro de Luna que adoptó el nombre de Benedicto XIII. En esos momentos, Francia que, en cierta manera había favorecido el cisma, deseaba alcanzar la unidad, pretendía llegar a un acuerdo mediante la renuncia de ambos papas, pero tropezaron con la postura irreductible de Benedicto XIII que se consideraba legítimamente elegido.
Desde Aviñón, asistió al fallecimiento de Bonifacio IX, al que le sucedieron Inocencio VII y Gregorio XII, sin que se pudiera llegar a una solución aceptada por todas la partes.
En 1409, a iniciativa del monarca francés se reunieron en Pisa, 24 cardenales, con varios obispos y doctores. Tras intensos debates, se tomó la decisión de deponer al Papa de Roma, Gregorio XII, y al de Aviñón, Benedicto XIII, eligiendo al cardenal de Milán, Pedro Filardo, como único pontífice, el cual tomó el nombre de Alejandro V.
Esta solución, lejos de resolver el problema lo acrecentó, pues como los depuestos se negaron a acatarla, la Iglesia se encontró, entonces, con tres Papas: Gregorio XII, Benedicto XIII y Alejandro V que vivió muy poco y fue sucedido por Juan XXIII.
La situación era insostenible y, en 1415, Juan XXIII se vio obligado a convocar un concilio en Constanza, con la esperanza de ver ratificada su legitimidad. No obstante la decisión adoptada fue la de deponer a los tres. Gregorio XII acató la decisión y lo mismo hizo Juan XXIII, pero Benedicto XIII se mostró irreductible, retirándose a Peñíscola donde falleció abandonado por todos, en 1423, a los 95 años, sin dudar de que le asistía la razón y argumentando que si no la tuviera, el hecho de ser el único cardenal vivo elegido por un papa aceptado por todos, lo convertía en el único elector legítimo.
Mientras tanto, el 8 de noviembre de 1417 se había reunido el cónclave formado por 23 cardenales y otros 30 electores extraordinarios que eligieron a Martín V, dando fin a este lamentable episodio que había durado cerca de 40 años.
Los elegidos en el transcurso del cisma son considerados antipapas, y sus nombres han sido utilizados después. El caso más conocido es el del beato Juan XXIII.
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