Cisma de Oriente
Tuvo su origen en una larga serie de desencuentros que comenzaron desde el momento en el que Bizancio se convirtió en la capital de Imperio Romano de Oriente, en 330. Mientras decaía la importancia política de Roma iba consolidándose la nueva sede oriental que haría posible la pervivencia del imperio durante mil años. Como consecuencia de ello, el patriarca de Constantinopla aspiraba a ocupar el puesto de preeminencia, dentro de la Iglesia, que históricamente correspondía al obispo de Roma, como sucesor de Pedro.
En el siglo V ya se produjo un cisma, protagonizado por el patriarca Acacio, por motivos doctrinales, relacionados con el monifisismo, aunque pudo resolverse en el año 518.
Mayor importancia tuvo el cisma de Focio, iniciado en 858. Focio había sido nombrado patriarca por el emperador Miguel III, tras la deposición de su predecesor, el obispo Ignacio que, a pesar de ser tío del emperador, le había negado la comunión por su conducta licenciosa. Focio era un oficial de la guardia imperial, de indudable preparación pero laico, por lo que tuvo que recibir todas las órdenes sagradas y ser consagrado obispo en pocos días. A pesar de ello, pidió al papa Nicolás I su reconocimiento que no consiguió. El intento del pontífice para deponerlo, no pudo llevarse a cabo, pues los legados enviados para ello, le traicionaron, por lo que fueron excomulgados, junto con Focio y el propio emperador. La respuesta de todos ellos fue romper con el Papa, provocando un cisma que se resolvió en 867, cuando el sucesor de Miguel III, Basilio I, desterró a Focio y restituyó en su sede al depuesto patriarca, Ignacio.
Las tensiones resurgieron años más tarde, siempre dentro de los habituales enfrentamientos entre Oriente y Occidente. A ellos vino a sumarse una cuestión doctrinal, la llamada controversia del «filioque», una simple palabra introducida en el símbolo de la Fe, por la que se reconocía que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, algo que los patriarcas orientales no aceptaban, por entender que procede, exclusivamente, del Padre.
En 1043 fue elegido patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, que tampoco era clérigo ni había recibido una especial formación teológica. Para tratar de resolver los crecientes enfrentamientos, el papa León IX envió a Constantinopla una delegación presidida por el cardenal Humberto, un monje cargado de prejuicios y especialmente incapacitado para un cometido diplomático. La embajada terminó con una dura bula, depositada sobre el altar de la basílica de Santa Sofía, en la que excomulgaba al patriarca y a otras altas dignidades. La respuesta no se hizo esperar y Miguel Cerulario excomulgó al Papa y a sus legados, rompiendo la comunión con Roma y dando origen a un cisma que se ha mantenido hasta nuestros días.
Hubo varios intentos para solucionarlo. De hecho se llegó a acordar la reunificación en el II concilio de Lyon (1274) y en el de Basilea (1439) pero no llegaron a fructificar estos propósitos.
Afortunadamente, en los últimos tiempos los avances han sido considerables y tras la reunión celebrada, el 7 de diciembre de 1965, entre el papa San Pablo VI y el patriarca Atenágoras I, se levantaron las excomuniones dictadas 900 años antes, iniciando un nuevo clima que, únicamente, se ha visto ensombrecido por algunos problemas suscitados por la situación de los católicos en Rusia, tras la caída de la Unión Soviética, lo que impidió al Papa San Juan Pablo II cumplir su deseo de visitar esa gran nación.
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