Cirio Pascual
En todo el Antiguo Testamento, el fuego aparece relacionado, frecuentemente, con la presencia de Dios. La zarza ardiente en la que se manifiesta a Moisés o la columna de fuego que guía al pueblo escogido en su peregrinar por el desierto son, sin duda, los ejemplos más significativos.
Los primeros cristianos asociaron el fuego o la luz con la presencia de Jesucristo resucitado y era costumbre bendecir velas encendidas en determinadas celebraciones. Fue, en torno al siglo IV, cuando el cirio se asocia a la Vigilia Pascual en la que la ceremonia de encenderlo cobra un protagonismo singular que se ha mantenido hasta nuestros días.
Es un cirio grueso, de buena cera, en cuya parte anterior se disponen cinco granos de incienso en forma de cruz. Figura, asimismo, la fecha del año y la primera y la última letra del alfabeto griego: Alfa y Omega.
Se encenderá a partir de una hoguera que arde en el exterior del templo y a la que, antiguamente, se prendía fuego con un pedernal. Las palabras que pronuncia el sacerdote hacen referencia al profundo simbolismo que encierra esta ceremonia: «Acepta, Padre Santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la Santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios… Te rogamos que este Cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche».
Es ofrenda de la Iglesia, pero el Cirio es, ante todo, imagen de Cristo Resucitado, Principio y Fin, con sus cinco llagas representadas por los granos de incienso, que como nueva columna de fuego, congrega al pueblo de Dios en torno al Misterio Pascual.
El cirio encendido penetra solemnemente en el templo que ha permanecido en tinieblas y su luz se difunde por medio de las candelas que los fieles van encendiendo a partir de su llama, mientras, por tres veces, el sacerdote anuncia: «Luz de Cristo», y el pueblo responde: «Demos gracias a Dios».
Colocado en el presbiterio, junto a él se proclamará el solemne Pregón Pascual y, a partir de ese momento, presidirá las ceremonias litúrgicas hasta el día de Pentecostés. Volverá a encenderse con motivo de la administración del Sacramento del Bautismo y en las despedidas de los difuntos, como expresión de esa presencia de Cristo al inicio y al final de nuestro recorrido terrenal.
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