Cirio
Del latín cereus, cera, material con el que están fabricados, comenzaron a ser utilizados para iluminar en las ceremonias litúrgicas nocturnas.
Hacia el siglo IV se estableció la costumbre de encender un cirio en el momento de proclamar el Evangelio, apagándose al terminar su lectura. De ahí procede, probablemente, el uso actual de acompañar con ciriales al sacerdote o diácono que porta el Evangeliario hasta el ambón desde el que se proclama la Palabra.
Luego se mantuvo encendido hasta después de la Consagración y no fue hasta el siglo VII cuando se comenzaron a encender al inicio de la Misa. Sin embargo, no se colocaron sobre la mesa del altar hasta el siglo XI.
Está prescrito que los cirios sean de cera, en la máxima proporción posible, no pudiendo ser sustituidos por otros materiales o lámparas eléctricas. Se requiere un mínimo de dos cirios, aunque en las misas solemnes se utilizan cuatro o seis. En los pontificales presididos por el obispo deben colocarse siete.
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