Catecúmeno
En los primeros siglos de la Iglesia se designaba con este nombre a aquellas personas que, habiendo manifestado su deseo de ser cristianos, se estaban preparando para recibir el Bautismo.
Nunca se administraba el bautismo de forma inmediata, entre otras razones porque, en tiempos de persecución, era necesario evitar que, por falta de formación, se pudiera apostatar con cierta facilidad.
Cuando una persona se acercaba a la Iglesia, entraba en la condición de oyente, siéndole permitido asistir a la Misa pero, únicamente, durante la celebración de la Palabra. Si se comprobaba su asiduidad y su predisposición favorable adquiría la condición de catecúmeno, propiamente dicho.
Era, en ese momento, cuando comenzaba a recibir la preparación necesaria que, tras un período de tiempo más o menos largo, le conduciría al Bautismo. Mientras tanto, tampoco podía permanecer en el templo durante toda la celebración eucarística, debiendo retirarse un poco después que lo hacían los oyentes.
Sin embargo, el catecúmeno era considerado cristiano, aunque no «fiel». De hecho, existían ritos especiales para la admisión en el catecumenado.
La situación cambió considerablemente al cesar las persecuciones y, sobre todo, cuando la Iglesia inició la conversión en masa de los bárbaros. Ya no era posible mantener estas etapas previas de formación y se prefirió bautizar y educar, poco a poco, posteriormente.
El catecumenado ha vuelto a recobrar su protagonismo en un momento en el que se producen bautismos de personas adultas y, en un sentido diferente, ha sido adoptado por nuevos movimientos eclesiales como expresión del deseo de profundizar en el conocimiento de la Fe y de formación cristiana.
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