Día del Señor
El "día del Señor", que aparece por primera vez en el profeta Amós "día de tinieblas y no de luz" (Am 5,18) en el que "el sol se oscurecerá y la luna no dará luz" (Mt 24,29), es el día del triunfo definitivo del Señor sobre todos sus enemigos y sobre todos lo poderes y fuerzas hostiles; un día del juicio en el que aparecerá la cólera divina, día de venganza y de castigo (Is 34,8; 61,2; Jer 46,10). Día de tinieblas para los pecadores, pero día de luz y de salvación para los justos. Este día del Señor, que en el N. T. es también el día de Jesucristo, el Señor (Mt 24,30; Lc 17,24) se sitúa no en un momento determinado, sino al fin de mundo (Act 2,17). La resurrección de Jesucristo, que manifiesta el triunfo: del Señor sobre la muerte, anticipa de alguna manera ese "día", enmarcado en los últimos tiempos. San Juan, que no elimina el último día escatológico (Jn 6,39-53; 11,24; 12,48), considera que ese día ha llegado ya, aunque al propio tiempo estemos en su espera. El juicio, la resurrección, la vida eterna, son tres elementos clásicos de la escatología, y los tres se han dado ya en este mundo, los hemos vivido y los seguimos viviendo. Jesucristo es el juicio y la resurrección para nosotros (Jn 11,24-25). Y la vida eterna está ya poseída en el momento presente. Jesucristo resucitado garantiza la actualización de la escatología. Por eso en San Juan hay que hablar de una escatología realizada; estamos ya en la última hora (1 Jn 2,18), en el reino de Dios. El día del Señor ha llegado ya, un día lleno de la gloria y del poder de Dios. Cristo encarnado, Dios mismo, ha venido al encuentro del hombre para juzgarlo y para salvarlo. El día del Señor es también, ya en la primitiva Iglesia, el "domingo", como día en que resucitó Jesucristo y día consagrado al culto de Dios (Act 2,7). parusía.
E. M. N.
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