Esteban IX (2 agosto 1057 - 29 marzo 1058)
La elección. La estrecha vinculación entre el pontificado y el Imperio había conseguido no sólo hacer viable la reforma de la sociedad cristiana, sino forlalecer la sede romana. A juicio de Antón Michel (Humbert und Keruarios, Paderborn, 1925-1930), se había pagado un precio muy alto: la división de la Iglesia en dos mitades, pues a partir de este momento el papa sería cabeza únicamente de la Iglesia occidental; la destitución de Cerulario no restablecería la unidad. En 1057, uno de los depositarios que marcó aquella ruptura, Federico de Lorena, ceñía la tiara. Según Giuseppe Alberico Cardinalato e collegialitá: studi sull’ecclesiologia tra l’IX e il XV secólo, Florencia, 1969), los cardenales habían conseguido ser los únicos representantes del clero de Roma. Y ellos protagonizaron un giro, todavía no muy brusco, pero que rompía la línea hasta entonces seguida de solicitar del emperador un candidato: ellos le eligieron el 2 de agosto —de ahí que Federico de Lorena tomara el nombre de Esteban— sin que se alterara en lo más mínimo la promesa de concordia. Inmediatamente después de la elección, una legación presidida por Hildebrando viajó a Alemania para comunicar el hecho a la regente Inés. Pero no se trataba ya de recabar una autorización, sino de colocar a la corte ante los hechos consumados, pues el día 3 de agosto Esteban IX había sido consagrado.
Derivaciones: la patada. Hildebrando había recibido en este viaje otra misión: informarse de los graves sucesos que estaban produciéndose en Milán, donde la reforma, unida a la protesta por la mala conducta de los eclesiásticos, se estaba convirtiendo en una revuelta en favor de la pobreza (pataria). Un sacerdote, Ariando de Varese, y un noble, Landulfo Cotta, aparecían al frente del movimiento, cuyo extremismo podía perjudicar la reforma. Esteban, entre tanlo, elevaba a san Pedro Damiano al rango de obispo de Ostia y cardenal, lo que le situaba en una especie de segundo puesto. J. Leclercq Saint Pierre Damien, cremite et homme d’église, Roma, 1960) explica cómo este gran motor de la reforma disentía de algunos otros miembros del equipo en que consideraba imprescindible la colaboración del emperador para llevar adelante el programa, En el extremo opuesto, Humberto de Silva Candida, que a su regreso de España estaba componiendo el Adversas simoniacos, estaba dando un paso adelante de gran significado: simonía era cualquier intervención de laicos en nombramientos eclesiásticos y la reforma tenía que coincidir con una radical independencia. Aunque parece que Esteban IX compartía más el punto de vista del segundo que del primero, no quiso prescindir de nadie dentro del equipo. La reforma parecía contar ahora con tres puntos de apoyo: Hildebrando, Humberto y Pedro Damiano, cuyas opiniones no coincidían en todo. Detrás estaba Godofredo el Barbudo, el hermano del papa, a quien se encomendó el gobierno de la marca de Ancona y de Spoleto; unidos estos dominios a Toscana, proporcionaban una plataforma militar.
Poco antes de morir, Esteban IX recomendó a quienes le rodeaban que no procedieran a una nueva elección hasta que Hildebrando hubiera regresado de su viaje. Y fue obedecido. Murió en Florencia.
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