Clemente XIV (19 mayo 1769 - 21 septiembre 1774)
Personalidad y carrera eclesiástica. Antonio Ganganelli nació en Sant’Arcangelo de la Romagna el 31 de octubre de 1705, donde su padre ejercía la profesión de médico. Después de estudiar en modestos colegios de Rímini, en 1723 tomó el hábito franciscano y cambió su nombre por el de Lorenzo, en recuerdo de su padre. Concluido el año de noviciado en Urbino, hizo los votos perpetuos en 1724. En los cuatro años siguientes completó su formación teológica en los conventos de Pesara y Fano, y en el trienio siguiente en el colegio de San Buenaventura de Roma, donde se doctoró en teología. Entre los años 1731-1740 enseñó teología en diferentes conventos de su congregación. En 1740 fue llamado a Roma para que se hiciera cargo de la dirección del colegio de San Buenaventura y en 1741 le nombraron definidor general de la orden. Supo ganarse la estima de algunos cardenales, entre ellos de Andrés Negroni, familiar del papa, que sin duda influyó para que le nombraran consultor del Santo Oficio en 1746. Desempeñó este cargo durante quince años y tomó parte en las primeras condenas de la filosofía de las luces. Clemente XIII le concedió el capelo cardenalicio el 24 de septiembre de 1759 y, en los años siguientes no tomó posición por ningún partido, pero a partir de 1764, en gran parte por los enfrentamientos con el secretario de Estado Torrigiani, se hizo «aficionadísimo a la corte de España, que lo quiso por ponente de la causa de Palafox, y muy amigo de don Manuel Roda».
El cónclave de 1769, que siguió a la muerte de Clemente XIII, fue el más politizado de la historia pontificia. Duró tres meses largos (15 de febrero a 19 de mayo). Quienes manejaban su lento desarrollo y el subir y bajar de las candidaturas no eran los cardenales, sino los embajadores de las cortes católicas, árbitros de la situación eclesiástica. No se trataba de elegir un buen papa, sino de elevar al solio pontificio a un enemigo de los jesuítas o, al menos, a un cardenal de carácter débil que cediese a la presión de las cortes borbónicas. Lo que allí se jugaba era la suerte de la Compañía de Jesús. El cardenal Ganganelli entró en el cónclave sin haberse adherido explícitamente ni al partido filojesuítico, fiel a la política practicada por Clemente XIII y capitaneado por el cardenal Torrigiani, ni al partido «zelante» moderado, conducido por el cardenal Albani, ni siquiera al poderoso «partido de las coronas», a cuyo frente estaban los cardenales españoles Solís y Spínola de la Cerda, y el francés Bernis, que gozaban del apoyo de los embajadores de España, Francia y Nápoles y estaban decididos a conseguir que el nuevo papa se comprometiera a suprimir la Compañía de Jesús. Dos meses y medio gastaron los conclavistas en propuestas y discusiones, explorando las tendencias de los papables y dando largas a la elección, hasta que a fines de abril llegaron los cardenales españoles Francisco Solís, arzobispo de Sevilla, y Buenaventura Spínola de la Cerda, patriarca de las Indias Occidentales. Después de múltiples negociaciones, combinaciones y presiones, el 19 de mayo los cardenales eligieron por unanimidad al cardenal Ganganelli, que tomó el nombre de Clemente XIV en memoria de su antecesor que le había hecho cardenal. Consagrado obispo el día 28 de mayo en la basílica de San Pedro, el 4 de junio recibió la tiara de manos del cardenal Albani y el 26 de noviembre entró en posesión de San Juan de Letrán.
La supresión de la Compañía de Jesús. Mucho se ha discutido acerca de si hizo promesa formal de suprimir la Compañía de Jesús. Promesa formal parece que no hubo y así lo afirmó el cardenal Bernis, presente en el cónclave, rechazando esa calumnia y confesando que a él le había dado buenas palabras, pero nunca una promesa formal. Lo rechazaron igualmente Cordora De suis ac suorum rebus, Turín, 1933) y otros jesuítas. Con todo, el rumor de un pacto circuló como verosímil cuando ya era una realidad la abolición de la Compañía, y algunos quisieron probarlo después cuando en 1848 se dio a conocer un billete que Ganganelli había escrito en el cónclave. Pero en él solamente se afirmaba la opinión teológica de que el papa podía suprimir la Compañía de Jesús observando las reglas canónicas y, que si lo reyes lo deseaban, sería bueno complacerles. Esto podría intepretarse, a juicio de Ravignan (Clément XIII et Clément XIV, París, 1854, pp. 368-72), como una debilidad, pero no como un pacto formal.
Clemente XIV pensó que adoptando la política de conciliación que había practicado el papa Lambertini se captaría la benevolencia de los sobemos. El intransigente Torrigiani fue sustituido en la Secretaría de Estado por el cardenal Pallavicini, que había sido nuncio en Nápoles y Madrid; se apoyó en los consejeros personales, no buscó ayuda en los cardenales y trató de establecer relaciones directas y personales con los soberanos. Clemente XIV cosechó algunas alabanzas de las cortes, pero no consiguió que detuvieran la política anticurialista ni que dejaran de reclamar la supresión de los jesuítas. En la encíclica Cuín summi apostolatus (12 diciembre 1769), que dirigió a los obispos y monarcas católicos, notificándoles su ascenso al trono pontificio, les manifestó su deseo de «guardar la paz y la unión con las cortes católicas a fin de que le ayudasen contra sus enemigos, para oponerse a los progresos de la irreligión que invadía la sociedad». Fiel a su política de conciliación, sin abolir explícitamente el Monitorio enviado por su antecesor al duque de Parma, renunció a su aplicación, a la vez que concedió la dispensa necesaria al duque para casarse con la archiduquesa María Amalia, hija de la emperatriz María Teresa. No protestó por la abolición del derecho de asilo en Toscana (1769) y, en breve tiempo, consiguió restablecer las relaciones diplomáticas con Portugal, rotas diez años atrás. Nombró nuncio en Lisboa y premió a Pombal concediendo el capelo cardenalicio a su hermano Pablo Carvalho. Dejó de publicar la bula In coena Domini, que se consideraba contraria a las prerrogativas reales. Los frutos de esta política conciliadora no se dejaron esperar: se restablecieron las relaciones con Portugal, Carlos III de España revocó la pragmática que había publicado el año anterior contra los derechos de Roma y mejoraron las relaciones con Francia y Nápoles, aunque no devolvieron los territorios pontificios (Avignon, condado Venaissin, Benevento y Pontecorbo) ocupados en 1768.
A pesar de las concesiones pontificias, cada vez era más fuerte la presión de las coronas, exigiendo al papa que decretara la supresión de la Compañía de Jesús (L. Pastor, Historia de los papas, XXXVII, pp. 118-250). Clemente XIV trató de ir dando largas al asunto, y con objeto de complacer a las cortes borbónicas comenzó a tomar algunas medidas contra los jesuítas: visita al colegio romano, secularización del colegio de los irlandeses, etc. Esperó la caída de Choiseul (1770) y alguna moderación en la postura española, pero la situación internacional evolucionó en sentido contrario. La influencia de José II (1765-1790), corregente de Austria desde 1765, y de su hermana Carolina, reina de Napoles desde 1768, indujeron a la emperatriz María Teresa, anteriormente neutral, a ponerse del lado de las coronas borbónicas; por otra parte, el primer reparto de Polonia (1772) debilitó aún más la situación de la Compañía, que de forma paradójica era sostenida por la Prusia protestante de Federico II (1740-1786) y la Rusia ortodoxa de Catalina II (1762-1796). El nombramiento de José Moñino (1727-1808), buen jurista y convencido regalista, como embajador de España en Roma el 7 de julio de 1772, precipitó la situación. La presión combinada de Moñino con los embajadores de Francia y Nápoles acabó con la resistencia del papa. El 21 de julio 1773, Clemente XIV firmó el breve Dominas ac Redemptor, por el que se suprimía la Compañía de Jesús, aunque no se comunicó al padre Ricci y a los asistentes de la orden hasta el 16 de agosto. El breve, después de recordar la capacidad de la Santa Sede para suprimir institutos religiosos y denunciar los abusos y desórdenes de los jesuítas, decretaba la supresión: «extinguimos y suprimimos la susodicha Compañía, anulamos y abrogamos sus oficios, ministerios, administraciones, casas, escuelas, colegios, hospicios [...], estatutos, costumbres, decretos, constituciones [...]. Es nuestra mente y voluntad que los sacerdotes sean considerados como presbíteros seculares». Para ejecutar el breve y confiscar los bienes de la Compañía en los Estados Pontificios se constituyó una comisión cardenalicia: los colegios fueron cerrados, el general padre Ricci y sus principales colaboradores fueron encarcelados en el castillo de Sant’Angelo, los jesuítas ordenados in sacris fueron secularizados, los legos reducidos al estado laical y los novicios mandados a sus casas. En las naciones católicas no hubo dificultad en la promulgación y ejecución del breve, pero sí la hubo en Prusia y en la Rusia Blanca, cuyos monarcas estaban interesados en mantener los colegios de los jesuitas. En compensación, Francia y Nápoles devolvieron al papa la jurisdicción sobre Avignon y el condado Venaissin, Benevento y Pontecorbo en los primeros meses de 1774.
El breve pontificado de Clemente XIV aparece eclipsado por la supresión de los jesuítas y la historia apenas se ha ocupado de su actuación en otros campos. Atento a las necesidades de la Iglesia, erigió varios obispados en Portugal y creó en Hungría uno de rito católico-griego, y en 1771 aprobó la instalación en España de un tribunal de la Rota para recibir apelaciones en representación de la autoridad pontificia. Al igual que su predecesor, combatió con decisión el anticristianismo de la filosofía de las luces, incluyendo en el índice las obras más representativas: Compendio de la Historia eclesiástica de Fleury, atribuida al abate Prades (1770), la Histoire philosophique de Raynal, el tratado De l’homme de Helvetius (1774), etc.
Como soberano del Estado pontificio, bajo la dirección del tesorero general Braschi, el futuro Pío VI, tomó algunas medidas para la reforma del sistema fiscal y el desarrollo del comercio y de la industria, se trabajó en la desecación de las lagunas pontinas, y en el invierno de 1772-1773 tuvo que hacer grandes expensas para comprar trigo y distribuirlo a los que morían de hambre por la carestía. En Roma favoreció las artes y las ciencias; para enriquecer la colección de esculturas ya existente en el Belvedere, compró valiosas antigüedades, que formaron el museo, llamado primeramente Clementino y después Pío-Clementino, por las aportaciones de Pío VI.
Después de la abolición de la Compañía de Jesús, el papa sólo vivió un año y dos meses, dudando si los móviles para extinguir la Compañía eran válidos y conducentes para el bien de la Iglesia, dado que los buenos efectos no se veían por ninguna parte. Falleció el 21 de septiembre de 1774 y fue enterrado de momento en la basílica de San Pedro, pero en 1802 fue trasladado al sepulcro que construyó Canova en la iglesia franciscana de los Santos Apóstoles. El agente imperial escribía el 2 de octubre que «a la muerte de Clemente XIV la situación de la Santa Sede quedó en total confusión, efecto necesario de la inercia del papa en materia de negocios y la versatilidad y caprichos de sus pocos favoritos, tan ineptos como cínicos, que todo lo tenían en sus manos» (L. Pastor, Historia de los papas, XXXVII, p. 465). Entre los mismos cardenales había muchos que estaban descontentos del gobierno débil de Ganganelli, pero como las cortes borbónicas y sus aliados estaban firmemente resueltas a no cambiar de política, el horizonte de la Iglesia aparecía oscurecido.
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