Clemente, san (91 - 101)
En la lista proporcionada por Eusebio, que Erich Caspar (Die alteste Rómische Bischofsliste, Berlín, 1926) considera fidedigna por haberse redactado con fines apologéticos, figura san Clemente como el tercero de los obispos de Roma. Tal parece ser lo cierto, aunque Tertuliano (160? - 220?) y san Jerónimo prescindieran de los dos primeros y le presentaran como ordenado por san Pedro. La noticia de Ireneo, que le hace un poco depositario de la doctrina del príncipe de los apóstoles, parece más correcta: en la Epístola a Timoteo se menciona a un Clemente entre los que forman el equipo apostólico. Existen en torno a él dos leyendas que deben considerarse falsas: la que pretende identificarle con el primo de Domiciano, Flavio Clemente, antiguo cónsul, ejecutado por «ateísmo»; y aquella otra que le presenta como de nacimiento judío, condenado a trabajos forzados en Crimea y ejecutado después, atándole al ancla de un buque. Ni siquiera estamos seguros de que pueda ser considerado como mártir. Es bien claro que en ese momento —que coincide con el reinado de Domiciano— el cristianismo se hallaba presente en esferas sociales muy elevadas. Además de Flavio Clemente hay noticias de otro cónsul, Acilio Glabrio, ejecutado por el mismo delito que se atribuía normalmente a los cristianos. El apellido Clemente puede indicar alguna clase de relación con esa importante gens romana.
Ignoramos todas las circunstancias de su pontificado, incluso las de su muerte. En aquel tiempo el culto cristiano giraba en torno a la liturgia de la «fracción del pan». El único dato comprobado es que se trata del autor de una «Epístola» dirigida a los corintios, principal obra literaria de las postrimerías del siglo i, que convierte a san Clemente en el primero de los Padres occidentales. Su estilo revela una formación helenística, aunque muestra preferencias muy acusadas por las figuras del Antiguo Testamento.
Rivalidades mal conocidas provocaron disturbios en la Iglesia de Corinto entre los años 93 y 97. Los corintios acudieron a Roma reconociendo de este modo una superioridad jerárquica. Clemente intervino y no a título personal, sino en nombre de la Sede Apostólica y afirmando el sentido jerárquico esencial de la Iglesia: los laicos se encuentran sometidos a los presbíteros, que reciben de Dios su autoridad; ésta, dispensada directamente por Cristo a los apóstoles, se continúa, sin solución, a través de los sucesores en las Iglesias por aquéllos fundadas. Roma es la continuadora de Pedro. Según señala Karl Baus De la Iglesia primitiva a los comienzos de la gran Iglesia, Barcelona, 1966), la Epístola de Clemente aparece como el primer ejemplo de que un obispo interviene en los asuntos interiores, propios de otra sedes, y de que dicha intervención fuera acogida con tanto reconocimiento que su texto fue incorporado como lectura en la liturgia de Corinto.
Gozó Clemente de tanta fama que con posterioridad se le atribuirían algunas obras apócrifas y también la primera colección de leyes canónicas. La actual basílica de San Clemente trata de indicar el lugar que ocupó su casa. En la Epístola hay una referencia a que san Pablo llegó «hasta los términos de Occidente», que parece confirmar el viaje del apóstol a España.
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