Clemente X (29 abril 1670 - 22 julio 1676)
Personalidad y carrera eclesiástica. Emilio Altieri nació en Roma el 12 de julio de 1590. Hijo de una familia de la vieja nobleza romana, hizo sus primeros estudios en el colegio romano y después pasó a la Sapienza, donde se doctoró en ambos derechos. Siguiendo el ejemplo de su hermano mayor, entró en la carrera eclesiástica y se ordenó de presbítero en 1624. Entre los años 1622 y 1623 fue auditor de la nunciatura apostólica en Polonia, y en 1627 su hermano mayor renunció en su favor el obispado de Camerino, del que fue titular hasta 1666. En este período se ocupó del gobierno de la diócesis y desempeñó diferentes cargos en los Estados Pontificios. La concesión de la púrpura cardenalicia a su hermano (1643) y la eleción de Inocencio X (1644) le abrieron perspectivas más brillantes. En 1644 fue nombrado nuncio en Nápoles y allí permaneció ocho años, resultándole muy difícil guardar el equilibrio entre el virrey, los nobles y el pueblo sublevado. En 1652 se retiró a su obispado, pero Alejandro VII le llamó a la curia, donde fue nombrado secretario de la Congregación de obispos y regulares (1657) y consultor del Santo Oficio. Clemente IX le nombró maestro de cámara y en 1669, poco antes de morir, le concedió el capelo cardenalicio.
En el largo cónclave que se abrió el 20 de diciembre de 1669 para elegir al sucesor de Clemente IX, no menos de seis partidos maniobraban en las salas del Vaticano disputándose la victoria. Los votos casi estaban igualados. Cuando los españoles, unidos a la facción del cardenal Chigi, lanzaron la candidatura de Escipión d’Elce, el embajador francés le puso el veto; y cuando el «escuadrón volante», presidido por Azzolini, se declaró a favor de Vidoni, que había sido nuncio en Polonia, fue el embajador español quien lo excluyó. Sólo cuando los embajadores de Venecia, Francia y España aconsejaron a los suyos elegir a un cardenal de última hora, los votos recayeron, después de cuatro meses de cónclave, en el anciano Emilio Altieri. El cardenal Altieri, que frisaba ya los 80 años, fue elegido papa el 29 de abril de 1670 y tomó el nombre de Clemente X en recuerdo de Clemente IX que cinco meses antes le había hecho cardenal.
El nuevo papa, aunque tenía experiencia en los asuntos curiales y diplomáticos y gozaba de buena salud, recurrió al nepotismo para descargar parte del gobierno. Pero, al no contar con sobrinos, adoptó al cardenal Paluzzi, que empezó a ser conocido como el cardenal Paluzzi-Altieri y se convirtió en el primer ministro del papa; de tal manera que el secretario de Estado tenía que contar con él para todos los asuntos.
La actividad política. Como soberano de los Estados Pontificios, Clemente X se preocupó por mejorar la situación del comercio y de la industria local. Un edicto del 11 de septiembre de 1674, en el que se disponía que todas las mercancías que entrasen en Roma, incluso las dirigidas a los embajadores extranjeros, debían pagar un impuesto del tres por ciento, al igual que los cardenales y el palacio apostólico, produjo un largo conflicto entre el cardenal Altieri y los embajadores de España, Francia, el Imperio y Venecia. Los embajadores se unieron para defender sus privilegios y reclamar la abolición del decreto y, después de un año de discusiones, Clemente X revocó el decreto para evitar males peores.
Las relaciones de Clemente X con Francia fueron conflictivas, sobre todo por la prepotencia con que actuó Luis XIV. Contra las pretensiones del monarca de entrometerse autoritariamente en las disputas jurisdiccionales entre obispos y órdenes religiosas, expidió el papa la bula Superna magni patrisfamilias (21 junio 1670), señalando, conforme al Concilio de Trento, la jurisdicción propia de cada uno en lo concerniente a la predicación pública y a la administración de los sacramentos. Más grave fue la crisis que provocó el embajador francés, el violento duque d’Estrées, cuando el 21 de mayo acusó gravemente al cardenal nepote y echó en cara al pontífice los últimos nombramientos de cardenales. Al dar por terminada la audiencia, el embajador se lanzó sobre el anciano pontífice y le obligó a sentarse. Algunos días después, en la promoción del 27 de mayo, Clemente X creó seis cardenales pero ninguno francés. A partir de aquí, las relaciones con Francia prácticamente se interrumpieron.
En 1672 Luis XIV declaró la guerra a Holanda y presentó la empresa como una guerra santa para el restablecimiento de la religión católica. El papa, en un primer momento, creyó en tal objetivo, pero cuando estuvo mejor informado hizo cuanto estuvo en su mano por preparar unas negociaciones de paz, aunque sólo dos años después de su muerte se consiguió firmar la paz de Nimega (1678).
Con el reino de Portugal regularizó las relaciones diplomáticas, perturbadas y confusas desde la independencia nacional. Un enviado de Lisboa prestó obediencia al papa en 1670 y el nuncio Ravizza, enviado a la corte portuguesa, confirmó, en nombre del pontífice, los nombramientos de obispos hechos durante la guerra de secesión.
Después de la caída de Creta en manos turcas, el sultán dirigió sus fuerzas contra el reino de Polonia, desgarrado por múltiples facciones, con un rey enfermo y enfrentado con la nobleza. En julio de 1672 los turcos atacaron Polonia por el sudeste y el rey polaco firmó una paz humillante. Alarmado el papa, que había sido nuncio en aquel país, publicó un jubileo con indulgencias, mandó subsidios económicos y escribió al emperador Leopoldo y a Carlos XI de Suecia (1657-1705), adjuntándole unas letras de la reina Cristina, pidiendo socorros militares. Mientras tanto, el nuncio apostólico se esforzó por unir a los polacos, alentándolos a luchar contra el enemigo de la cristiandad. Juan Sobieski reunió un buen ejército y el 11 de noviembre de 1673 derrotó a los turcos en Choczim, a orillas de Dniéster. A la muerte del rey, la corona polaca recayó en Sobieski (1674-1696), que en 1675 consiguió otra victoria sobre los turcos.
La vida de la Iglesia. Clemente X se preocupó por las misiones y apoyó a los vicarios apostólicos de China y de la India contra las pretensiones portuguesas, celosos de la defensa del patronato de su corona; protegió al jesuíta Antonio Viera, misionero y defensor de los indios del Brasil, declarándolo exento de la Inquisición portuguesa, que intentaba procesarlo, y sometiéndolo a la jurisdicción inmediata de la Inquisición romana. La acción misionera también recibió nuevo impulso en el Québec con la creación de una sede episcopal.
Después de la firma de la «paz clementina» (1669), la controversia jansenista pasó por una fase de relativa tranquilidad. En general, se respetó el silencio oficial impuesto en 1669, aunque no faltaron polémicas a propósito de algunos escritos jansenistas.
En 1671 Clemente X canonizó a san Cayetano di Thiene (1480-1547), fundador de los teatinos; a san Francisco de Borja (1510-1572), general de los jesuítas y biznieto de Alejandro VI, y a santa Rosa de Lima (1586-1617), la primera santa de América. Unos años después beatificó al gran papa de la reforma, san Pío V, y al reformador de los carmelitas, san Juan de la Cruz (1542-1591). Durante el jubileo de 1675, a pesar de su avanzada edad, visitó personalmente las basílicas romanas.
Clemente X terminó la restauración, iniciada por su predecesor, de la basílica de Santa María la Mayor, y acabó de instalar en el puente de Sant’Angelo las diez estatuas de mármol construidas por orden de Clemente IX. También hizo levantar una fuente en plaza Navona, simétrica a la que Maderno había construido durante el pontificado de Paulo V. Murió en Roma el 22 de julio de 1676 y fue sepultado en la basílica de San Pedro.
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