Clemente VII (19 noviembre 1523 - 25 septiembre 1534)
Personalidad y carrera eclesiástica. Juliano de Médicis nació en Florencia el 26 de mayo de 1478. Hijo natural de Juliano de Médicis, recibió la misma educación que los hijos de Lorenzo el Magnífico, de quien era sobrino. A la sombra de su primo Juan, nombrado cardenal, sufrió la caída del régimen de los Médicis en 1494 y un largo exilio por diferentes países. La restauración de su familia en el poder de Florencia en 1512 y la elevación de su primo Juan al trono pontificio en 1513, le posibilitó una rápida carrera eclesiástica: en 1513 fue nombrado arzobispo de Florencia y cardenal del título de Santa María in Domenica, y sucesivamente recibió los cargos de legado pontificio en la liga contra los franceses, vicecanciller de la Iglesia romana, legaciones en Toscana, Bolonia y Rávena, etc. Los graves problemas que tuvo en la diócesis de Florencia por la predicación de los discípulos de Savonarola los solventó con la convocatoria de un concilio provincial, defendiendo con energía el poder de los Médicis y de la Santa Sede, cuyos intereses estaban íntimamente unidos.
A la muerte de su primo León X (1 diciembre 1521) tuvo la posibilidad de ser papable, pero la oposición de los cardenales Colonna y Soderini lo impidió. Sin embargo, tras el breve pontificado de Adriano VI, lo consiguió. El cónclave no fue cómodo, pues las facciones filofrancesa e imperial lucharon por imponer sus candidatos. Un mes y medio duró la pugna entre los cardenales Juliano de Médicis y Alejandro Farnese, futuro Paulo III, pero al fin Juliano de Médicis fue elegido papa el 19 de noviembre de 1523 y tomó el nombre de Clemente VIL Contarini, embajador de Venecia, definió a Clemente VII con estas palabras: «Muestra, sí, deseos de ver eliminados los abusos de la santa Iglesia, pero no lleva a la práctica ninguna idea al respecto ni toma ninguna medida.» De hecho, Clemente VII fue un papa indeciso, titubeante y tímido, que desaprovechó las mejores ocasiones y que acabó teniendo fama de inseguro entre amigos y enemigos. Se enfrentó a Carlos V, un soberano ganado por la idea imperial y que, en consecuencia, también se tomó muy en serio el bienestar de toda la cristiandad.
El saqueo de Roma y la ruptura de la cristiandad. Aunque la situación político-religiosa de la cristiandad no era muy propicia, Clemente VII comenzó su pontificado con buenos augurios. Alfonso del Este prestó juramento por Pariría y Reggio, Florencia se sintió más segura con un nuevo papa Médicis, Carlos V se congratuló por su elección y el papa trató con Francia y Venecia para organizar una cruzada. Sin embargo, como el luteranismo se extendía cada vez más en Alemania, Carlos V reclamó la urgencia de convocar un concilio, pero el miedo que había provocado el Concilio de Basilea frenó cualquier paso del papa en esa dirección. Es verdad que se estableció como su futura sede a la ciudad de Trento, pero Clemente VII, para ganar tiempo, anunció la reforma de la curia, condenó la acumulación de beneficios, tomó diferentes medidas para mejorar la administración del patrimonio de san Pedro, cuyas finanzas no atravesaban buen momento a causa de los dispendios de León X, etc.
La lucha entre Francia y el Imperio por el dominio del norte de Italia continuaba, pero la batalla de Pavía (25 febrero 1525), en la que Francisco I cayó prisionero de los imperiales y firmó el tratado de Madrid (13 enero 1526), entregó el dominio de Italia a Carlos V. Sin embargo, para frenar el excesivo poder de los Habsburgo, el papa y Venecia se unieron a Francia, y en mayo de 1526 firmaron la liga de Cognac. La reanudación de la lucha tuvo efectos calamitosos para la Iglesia, pues en la Dieta de Spira (1526) se suspendió prácticamente el edicto de Worms de 1521 y las tropas imperiales arrasaron y saquearon sin piedad la ciudad de Roma durante los días 6-9 de mayo de 1527. Ante la mirada del papa, que poco antes de que los soldados irrumpieran en los aposentos pontificios había conseguido escapar al castillo de Sant’Angelo por el corredor de comunicación, se llevó a cabo un saqueo con todas las crueldades imaginables. Un curial alemán que vivió el acontecimiento refiere que «allí moría sin remedio todo el que se encontraba por las calles, fuera joven o viejo, mujer o varón, fraile o monje». El sacco di Roma fue interpretado en general como un castigo de Dios por la vida relajada de la ciudad papal y Alfonso de Valdés (Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, 1529) lo justificó como un hecho providencial, resposanbilizando al papa del suceso. Y esta interpretación será la que, con matices, mantendrán los aliados del emperador.
Con el sacco di Roma el fracaso de la política que la Santa Sede venía practicando desde el pontificado de León X, conocida con el nombre de «libertad de Italia», fue total. El papa tuvo que amnistiar a los Colonna, entregar 400.000 ducados y renunciar a Parma, Módena, Civitavecchia y Ostia. En diciembre Clemente VII consiguió escapar de Roma y refugiarse en Orvieto, pero ya no se unió a la liga de Cognac, aunque Francia continuaba la lucha contra el Imperio, que finalizó con la firma del tratado de Cambrai (3 agosto 1529), y entregaba el dominio del Milanesado a España. Unos meses antes, en junio de 1529, el papa había concertado la paz con el emperador, que se firmó en Barcelona, y en febrero de 1530 Carlos V recibió la corona imperial de manos del papa en la iglesia de San Petronio de Bolonia, que sería la última coronación imperial que un papa iba a realizar. En aquella ocasión el emperador intentó de nuevo, aunque sin éxito, que el papa convocara el concilio. Exhortación que Carlos V volvió a renovar después de la Dieta de Augsburgo de 1530, invocando la amenaza del cisma de Enrique VIII (1509-1547) y la hostilidad de Francisco I.
Clemente VII tuvo que enfrentarse también con el grave problema del cisma de Inglaterra. Enrique VIII, al que León X había distinguido con el título de defensor de la fe, quería anular su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y tía del emperador, para casarse con Ana Bolena. Clemente VII se negó, pero el arzobispo de Canterbury declaró válido el nuevo matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena. El papa pronunció la excomunión contra Enrique VIII, que se hizo definitiva en el consistorio de 24 de marzo de 1534, consumándose la ruptura de Roma con la Iglesia de Inglaterra.
Al final de su vida, el indeciso pontífice volvió a bascular hacia Francia. Después de hacer una promoción de cardenales, todos franceses, en octubre de 1533 se encaminó a Marsella para desposar a su sobrina Catalina de Médicis con Enrique de Orléans, hijo segundo del monarca francés. El pontificado de Clemente VII, al que Ranke (Historia de los papas, México, 1951, p. 66) ha calificado como el más funesto de todos los papas, fue de hecho funesto porque con su política sancionó la ruptura de la cristiandad. Murió en Roma el 25 de septiembre de 1534 y fue sepultado en la iglesia de Santa María sopra Minerva.
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