Bonifacio IX (2 noviembre 1389 - 1 octubre 1404)
Recuperación. Los catorce cardenales urbanistas supervivientes se reunieron en Roma rechazando la fórmula de liquidación rápida del cisma que hubiera sido la elección de Clemente. Dos previos candidatos, Poncello Orsini y Angelo Acciauoli, fueron incapaces de reunir los votos necesarios y hubo que llegar a un compromiso para elegir a Pietro Tomacelli, a quien había nombrado cardenal Urbano VI, en 1381, y que era como él oriundo de Nápoles. Muy elocuente y diestro en el manejo de la diplomacia, no poseía una gran preparación ni tampoco formación intelectual. Con gran decisión defendió su legitimidad, rechazando cuantos medios se le proponían para acabar con el cisma. Su influencia fuera de Italia fue aún menor que la de su antecesor, pero en cambio reforzó el dominio sobre las posesiones en la península. En el momento de la muerte de Urbano estaba en marcha un gran proyecto clementista que consistía en hacer de Luis II de Anjou (1377-1417) un feudatario de la Santa Sede con la totalidad de los dominios de Ancona, Romagna, Ferrara, Rávena, Bolonia, Perugia y Todi, bajo el título de reino de Adria. Bonifacio consiguió desbaratar este plan coronando a Ladislao (1386-1414), hijo de Carlos de Durazzo, y operando con él y sus partidarios un giro en la conducta hacia la reconciliación. Los angevinos fueron expulsados de la parte que ocupaban en Nápoles y en los Estados Pontificios. Puede decirse que de este modo la via facti quedó pulverizada. Dejaba tras de sí pesadas consecuencias: las campañas de Italia, el lujo de una corte que con menos países quería seguir manteniendo las mismas dimensiones del pasado y la necesidad de indemnizar a los capitanes de mercenarios —entre los que figuraba un sobrino de Gregorio XI llamado Raimundo de Turenne—, agotaron todos los recursos. Avignon dependía prácticamente de Francia, pues sólo ésta, y en menor medida España, se hallaba en condiciones de remediar sus necesidades.
No muy distinta era la situación de Bonifacio IX, obligado a combatir en todos los frentes. Coronó en Gaeta a Ladislao de Nápoles (29 de mayo de 1390). Encomendó las lugartenencias de Spoleto y la marca de Ancona a dos de sus hermanos y se ocupó personalmente de someter a Roma. La guerra de Nápoles duraría diez años y las contiendas romanas no concluyeron hasta 1398, consumiendo grandes cantidades de dinero. Precisamente las reformas de Bonifacio ponen punto final a la estructura republicana que se arrastraba desde la época avignonense. Sus fuentes de ingresos estaban reducidas a las rentas de los Estados Pontificios. No es extraño que reapareciese la simonía a gran escala. No expresó Tomacelli nunca la menor duda de que era el legítimo papa: la posesión de Roma le parecía una señal inequívoca. En consecuencia, no tenía previsto para el cisma otro final que la renuncia de su contendiente; en 1390 propuso a Clemente que, si abdicaba, él y sus cardenales conservarían esta condición, reconociéndosele además una legación sobre Francia y España, que eran precisamente los territorios que dirigía. La propuesta no fue ni siquiera escuchada.
Las vías de la universidad de París. Ahora la posición de Francia había cambiado y se deseaba la conclusión del cisma. Pero como ya explicara K. Eubel Die Avignonische Obedienz der Mendikanten-Orden sowiet der Orden del Mercedarier und Trinitarier zur Zeit des grossen Schismas, Paderborn, 1900), no era posible, dado el profundo esquema de división que se había producido, llegar a un punto en que se reconociese que una mitad de la cristiandad había vivido en el error y la otra mitad en la legitimidad. El 6 de enero de 1391 el canciller de la Universidad de París, Juan Gerson (1363-1429), acusó a la corte de mantener el cisma por razones políticas. Se hizo una primera gestión cerca de Clemente VII, formulándose la propuesta de que ambos papas abdicasen, permitiendo a los cardenales reunirse para elegir otro sin disputa. La respuesta fue negativa. El papa se limitó a ordenar la celebración de la misa pro sedandis schismatis (29 octubre 1393). En octubre de 1394, tras la caída de los marmousets y la asunción del poder por los duques de Berry, Borgoña y Orléans, el Consejo real de Francia pidió a la Universidad de París que elaborara una propuesta acerca de los medios que podían aplicarse para la liquidación del cisma. Se hizo una consulta mediante votación secreta y en pocas semanas se recogieron más de 10.000 boletos. Resultado final de la consulta fue la formulación de tres vías: a) cessionis, consistente en que ambos papas renunciaran simultáneamente; b) transactionis, mediante una negociación entre ambas partes para descubrir quién era el legítimo, recurriendo si era necesario a un procedimiento de arbitraje; y c) concilii, convocatoria de un concilio ecuménico. Se recomendó particularmente la primera por ser la que menos dificultades presentaba. A. Esch (Bonifaz IX und der Kirchenstaat, Tübingen, 1969) hace una advertencia: las tres vías parisinas se produjeron únicamente en el ámbito de obediencia clementista, pues Bonifacio rechazó resueltamente cualquier propuesta que no fuera de reconocimiento de su propia legitimidad.
Pedro de Luna, papa. Murió entonces Clemente VII (16 de septiembre de 1394) y la corte francesa ejerció presiones sobre los cardenales para que no procediesen a una nueva elección. Ellos argumentaron como sus colegas de Roma: eso era tanto como admitir que durante quince años ellos habían actuado con ilegalidad. Aceptaron en cambio firmar un documento comprometiéndose a poner todos los medios, incluso la abdicación, para acabar con el cisma. Por unanimidad, el 28 de septiembre, fue elegido Pedro Martínez de Luna, nacido en Illueca (Aragón), de 66 años, cardenal de Santa María in Cosmedin y una de las primeras autoridades en derecho canónico de su tiempo. Elevado al cardenalato en 1375, era un hombre de irreprochable conducta y sumamente enérgico, si bien S. Puig y Puig Pedro de Luna, Barcelona, 1920) reconoce que a veces era difícil distinguir la firmeza de la terquedad. Testigo de primera magnitud en el cónclave de 1378, se había convertido luego en uno de los principales colaboradores de Clemente VII, siendo decisiva su parte en la obediencia de España. En 1393, estando en París, había defendido la tesis de la abdicación si era precisa para liquidar el cisma.
Apenas elegido escribió a Carlos VI: era su firme voluntad poner todos los medios precisos para una justa solución del problema. Fue encargado de llevar la respuesta del Consejo el maestro Pedro de Ailly, a quien el papa, según L. Salembier Le cardinal Pierre d’Ailly, chancelier de l’Université de París, évéque du Puy et de Cambrai, Tourcoign, 1932), atraería para su causa, convenciéndole de que su propuesta de negociación era la correcta. Mientras tanto, un nuevo personaje, Simón Cramaud, que desde 1391 era patriarca de Alejandría y administrador apostólico de la diócesis de Avignon, entraba en escena. Según H. Kaminsky («The carlier career of Simón Cramaud», Speculum, XIX, 1974), se trataba de un ambicioso que había hecho de la abdicación del papa un objetivo que llegaría a obsesionarle. Se encargó de presidir una asamblea del clero en París (2 febrero de 1395), contando con el apoyo del duque de Berry, en la cual los 109 asistentes concluyeron que debía exigirse, sin más demora, la abdicación de Benedicto XIII. Los duques de Berry, Borgoña y Orléans viajaron a Avignon en mayo de 1395 para exigir sin ambages dicha fórmula. La corte francesa, que ya no manejaba a Benedicto, tampoco tenía el menor interés en sostenerle.
Camino del galicanismo. La respuesta de don Pedro de Luna fue que la via cessionis era anticanónica (un papa no puede ser obligado a abdicar) y creaba males mayores que los que se trataba de remediar, pues en adelante el primado romano quedaría sometido a las veleidades de la política. Y en el momento actual, su renuncia, conocida la negativa de Bonifacio, dejaría al descubierto la cuestión de la legitimidad. Propuso la que llamó via conventionis o via iustitiae:
los dos papas se reunirían para conversar o negociarían por medio de plenipotenciarios, siendo ellos, sin interferencias exteriores, quienes aclarasen la cuestión de la legitimidad; en caso de no obtener resultados, ambos, de consuno, abdicarían, fijando las condiciones para la elección del nuevo papa sin disputa.
Una nueva asamblea del clero francés, más agria, rechazó la via conventionis (agosto de 1396). Por su parte, Benedicto XIII envió procuradores a Roma en dos momentos (diciembre 1395 y otoño 1396) intentando el contacto directo con Bonifacio, aunque sin resultados. El obispo de Elna fue acusado de intentar en Roma una revuelta. Al de Tarazona se dijo que ni por medio de entrevista directa ni por vía de plenipotenciarios estaba el papa dispuesto a negociar.
Los consejeros de Carlos VI tomaron contacto con sus aliados de España y con los reyes de Inglaterra y de Alemania aprovechando un tiempo de tregua. El objetivo era formar una embajada de príncipes de las dos obediencias para presentar la propuesta de abdicación. Al final, sólo Enrique III de Castilla (1390-1407) y Ricardo II de Inglaterra (1377-1399) incorporaron sus procuradores a los de Francia (junio de 1397). Colard de Caleville conminó a Benedicto en Avignon; los británicos formularon en Roma a Bonifacio IX la misma demanda. En mayo de 1398 Wenceslao, por propia iniciativa, haría una gestión semejante. Todas fracasaron. Pedro de Luna se atrincheró tras su propuesta de negociación y Tomacelli en su indiscutible legitimidad. De modo que se cumplieron los plazos del ultimátum (febrero de 1398) sin que ninguno de los papas diera un paso hacia la solución del cisma. El 22 de mayo de 1398, una nueva asamblea del clero francés acordó que el único modo de obligar a Benedicto a entrar por la via cessionis era «sustraerle» la obediencia, es decir, bloquear absolutamente las rentas que desde Francia se le suministraban. Francia ejecutó la sustracción el 27 de julio de este mismo año y Castilla el 13 de diciembre. Escocia, Navarra y Aragón, rechazaron el procedimiento.
En aquella asamblea, lo mismo que en la literatura doctrinal que siguió, se formularon ya tesis de sometimiento a la monarquía que forman el precedente del galicanismo y del anglicanismo. Se dijo que al rey corresponde velar por la salud espiritual de sus súbditos incluso contra el papa. Pierre Plaoul añadió que el pontífice es tan sólo mandatario de la Iglesia, elegido, mientras que el monarca, suscitado por Dios desde la cuna, es vicario del mismo Dios. Pierre le Roy sostuvo que, en consecuencia, el papa está sometido al concilio, que es la expresión de la Iglesia. Sin embargo, la sustracción revelaría, con su fracaso, lo que podía esperarse de un sometimiento de la Iglesia al Estado. Las universidades, privadas de libertad y de muchos de sus medios de vida, fueron las primeras que reclamaron el retorno a la normalidad.
Sin obediencia. Sobre Benedicto se ejercieron muy fuertes presiones. Tras la sustracción, sólo cinco cardenales permanecieron a su lado; los demás se trasladaron a Villeneuveles-Avignon, al amparo de las tropas francesas que, mandadas por Godofredo Boucicaut, sitiaron estrechamente el palacio, fuertemente defendido por doscientos soldados aragoneses que rechazaron incluso un asalto. Enrique III protestó de esta violencia y Martín I de Aragón (1395-1440)
envió una flota que remontó el Ródano hasta Arles, logrando una especie de tregua (10 de mayo de 1399) tras haberse obtenido del papa una promesa de abdicar en el caso de que su rival lo hiciese o muriera sin que se eligiese sucesor. Pero el papa había hecho levantar acta de que tal juramento era inválido al serle arrancado por la fuerza. El asedio se convirtió en bloqueo.
Estas circunstancias permitieron a Bonifacio IX afirmarse. Genova y Nápoles le ofrecieron obediencia, de modo que prácticamente toda Italia —pero sólo Italia— le obedecía. Para conservar la frágil fidelidad de Ricardo II y de Wenceslao —que sería sustituido por Roberto el Palatino en agosto de 1400— hizo concesiones, como la entrega de los diezmos eclesiásticos, que prácticamente desmantelaban la independencia de las Iglesias locales. Bonifacio se desprestigió porque la simonía y la venta de indulgencias eran el único medio desesperado que tenía para procurarse dinero. Había un terrible contraste entre el papa, desprendido y austero, y los abusos escandalosos de la curia.
En 1402 las cosas comenzaron a cambiar en favor de Benedicto XIII. Los eclesiásticos estaban cada vez más asustados ante la intrusión de los laicos. La Universidad de París, privada de beneficios y rentas, hubo de cerrar sus aulas en 1400. Las de Orléans y Toulouse se pronunciaron abiertamente contra la sustracción. Provenza restituyó la obediencia y Luis II de Anjou se convirtió en un firme apoyo para la causa del papa. En la noche del 11 de octubre de 1403, con hábito de cartujo, el papa abandonó el palacio, al que jamás regresaría, refugiándose en casa del embajador catalán, Jaime de Prades, desde donde pasó a Chateau-Rcnard. Entonces los habitantes de Avignon, en la mañana del 12 de octubre, se amotinaron contra las tropas francesas aclamando al papa. Los cardenales acudieron también a su lado. Enrique III restableció la obediencia y, al final, Carlos VI tuvo que hacer lo mismo.
Al finalizar el año 1403, don Pedro de Luna estaba instalado en Marsella anunciando que iba a poner en marcha la vía iustitiae. Envió una embajada a su rival que alcanzó Roma el 22 de septiembre de 1404. Bonifacio estaba muy enfermo. Los avignonenses proponían una entrevista personal entre ambos papas con el compromiso moral de abdicar si no se llegaba a un acuerdo. Las discusiones, especialmente el 29 de septiembre, fueron tormentosas. Como el papa murió a los dos días, los cardenales culparon a los embajadores de su fallecimiento, les redujeron a prisión y obligaron a pagar un fuerte rescate.
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