Bonifacio IV, san (15 septiembre 608 - 8 mayo 615)
Nacido en una pequeña localidad de los Abruzzos e hijo de un médico, pertenecía al séquito de san Gregorio, como su antecesor, cuyos pasos se proponía seguir, incluso en el detalle de convertir su casa en monasterio. Tiempo sumamente difícil el suyo: Italia estaba en guerra y Roma sufría verdaderos desastres, incluyendo el hambre y la peste. Bonifacio puso un gran empeño en conservar las excelentes relaciones con los emperadores; recibió de Focas, como regalo, el Panteón, que hizo adaptar arquitectónicamente para consagrarlo (13 de mayo del 609) como iglesia de Santa María de los Mártires in Rotondo. El papa la enriqueció luego con abundantes reliquias. Las amabilidades del emperador respondían a un fin concreto: que Bonifacio le ayudara a atraer a los monofisitas haciendo más rigurosas las censuras contra los Tres Capítulos. Cualquier concesión, en esta línea, provocaba reacciones desfavorables en Occidente.
Estos años aparecen llenos por la gran figura de san Columbano. Este monje irlandés, fundador de Luxeuil, conocido por su rigor, después de haber desarrollado una gran tarca como misionero, había tenido que refugiarse en Italia a causa de su enfrentamiento con Brunequilda. Fundó la abadía de Bobbio (613) y pasó a ser el principal consejero de Agiulfo (590-616) y su espoca católica, Teodolinda. Para estos últimos era de especial importancia conseguir que terminase el cisma que sostenía la antigua sede de Aquileia a fin de unirla al resto del norte de Italia, el cual se apoyaba en un rechazo de las concesiones que se hicieran por parte de Roma en la querella de los Tres Capítulos. Columbano, que se dirigía al papa como cabeza omnium totius Europae ecclesiarum, redactó un documento en que desaparecían todos aquellos matices y pidió su aprobación. El papa se resistió: no quería entrar en nuevos conflictos con Bizancio. Bonifacio IV, que trataba de ganar el apoyo de las Iglesias occidentales, envió el palio al metropolitano de Arles, a petición de Brunequilda, y convocó un sínodo en Roma para tratar, según se anunció, de la regulación de la vida monástica (610). Por primera vez un obispo de Londres, Melito, asistió a una asamblea de este tipo. Fue la oportunidad para que el papa enviara cartas al primado de Canterbury y al rey Ethelberto de Kent (560-616). Se recogían, pues, frutos abundantes de la iniciativa de san Gregorio.
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