Bonifacio V (23 diciembre 619 - 23 octubre 625)
Hijo de Juan y nacido en Nápoles hubo de esperar trece meses la llegada de la confirmación imperial que le permitiría ser consagrado. Las crecientes dificultades de comunicación movieron al emperador a delegar en el exarca de Rávena este cometido, con la consecuencia de que la legitimidad del papa parecía depender ahora de un funcionario de segunda fila. Las campañas en la frontera persa alejaban cada vez más a Heraclio (610-645) de los asuntos italianos. Bonifacio se situó en la misma línea de actuación que su antecesor, favoreciendo al presbiterado. Por ejemplo, rebajó el papel de los acólitos, a los que prohibió transportar reliquias o sustituir a los diáconos en sus ausencias. También procuró que la autoridad civil, en Roma y su entorno, quedara sometida a la eclesiástica. Fue un hombre generoso, que distribuyó en limosnas su cuantiosa fortuna y se sintió movido a verdadera caridad hacia una población que vivía en muy difíciles condiciones. Se le ha de atribuir un gran esfuerzo en la edificación de la Iglesia en Inglaterra, aprovechando los copiosos resultados de la misión comenzada más de veinte años atrás. A las provincias del sur, Londres y Canterbury, se sumaba ahora Northumbria, donde el rey Edwin (f 633) y su esposa Ethelburga se convirtieron al cristianismo. Benedicto mantuvo con ellos correspondencia epistolar, enviando además el palio a Justo de Rochester, titular de York, que iba a ser la segunda metropolitana entre los anglosajones.
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