Alejandro II (30 septiembre 1061 - 21 abril 1073)
El cisma de Cutíalo. La nobleza romana envió una embajada a Enrique IV con las insignias de patricio, pidiendo que, de nuevo, designara un papa sin tener en cuenta el decreto de Nicolás II. La regente Inés y sus consejeros aceptaron la idea. Pero los cardenales, guiados por Hildebrando, se adelantaron eligiendo el 30 de septiembre a Anselmo de Lucca, un milanés, antiguo discípulo de Laníranco (1010-1089), que había servido en la corte de Enrique III y figuraba, según C. Volante (La potaría milanese e la riforma ecclesiastica, Roma, 1955), entre los fundadores del movimiento de los patarinos. Como ya indicamos, era uno de los legados que restableció la paz en Milán en 1060. Esta elección, efectuada por los cardenales según el decreto de 1059, no fue consultada a la regente; los obispos alemanes, que rechazaban el mencionado decreto, la consideraron ilegítima. A finales de octubre de 1061, el canciller de Inés de Aquitania, reunió en Basilea a un grupo de enemigos de la reforma, predominando los obispos lombardos, y procedió a una nueva elección en favor de Pedio Cadalo, obispo de Verona, miembro de una acaudalada familia alemana establecida desde hacía tiempo en Italia, el cual tomó el nombre de Honorio III. En abril del 1062 pudo Honorio instalarse en Roma, adonde llegó Godofredo de Toscana, en mayo, con instrucciones precisas: ordenó a los dos electos que se retiraran a sus respectivas diócesis hasta que el emperador decidiera quién era el más conveniente. Seguramente Alejandro II temía que dicha decisión le fuera desfavorable.
lin este momento se produjo en Alemania un golpe de Estado: estando la corte en Kenilworth, Annon de Colonia, Otón de Nordheim y Egberto de Brunswick, se apoderaron de la persona de Enrique IV y declararon terminada la regencia. Fue Annon (1010? - 1075), convertido ahora en el principal de los consejeros, quien recomendó el cambio de política: había que atraerse a Alejandro II y a su equipo de reformadores como un medio para fortalecer la posición del futuro emperador. La experiencia demostraba que el decreto de las investiduras seguía sin aplicarse y la estrecha alianza podía ser un medio para que no se usase jamás. El reconocimiento vino acompañado, sin embargo, de golpes de autoridad: un sínodo celebrado en Augsburgo se erigió en arbitro de la disputa, examinando los Disceptatio synodalis; y fue Godofredo quien, en 1063, y siguiendo las órdenes del emperador, se encargó de reinstalar a Alejandro en Roma; finalmente el papa fue obligado a comparecer en mayo ante un sínodo en Mantua, jurando en manos de Annon que su elección no era simoníaca.
Se había logrado un acuerdo. Según S. G. Borino (L’investidura laica del decreto di Nicolo II al decreto di Gregorio VII, 1956), se apoyaba un principio pragmático: el decreto de las investiduras laicas quedaba en suspenso y reducido a un plano teórico, al no indicarse las penas en que incurrían los que fuesen de este modo posesionados. El sínodo laterano del 1063, que endureció las normas al prohibir la asistencia a misas celebradas por sacerdotes concubinarios, limitó la condena de las investiduras a aquellos que las recibían sin permiso del ordinario. Por su parte, Enrique IV renunció a sus demandas de divorcio respecto a Berta de Turín, sometiéndose a las disposiciones pontificias.
Se amplía la reforma. Sin éxito, hubo en estos años un intento de establecer contacto con el emperador de Bizancio, Miguel VII (1071-1078). Los bizantinos perdieron entonces su última posición en Italia, Bari, y encontrándose en grave peligro en su frontera oriental, perdieron interés en las relaciones occidentales. Eran los normandos los que ahora emprendían la reconquista de Sicilia.
El pontificado de Alejandro II se prolongó el tiempo suficiente para que la reforma cuajara. Por medio de legados, el papa iba tomando la dirección de los asuntos en los distintos reinos. Directamente mostraba a los monjes la importancia del rezo en común, estableciendo la misa comunitaria en cada centro, en la hora de tercia y como culminación del oficio divino. Respondió a los regalos que le hiciera Roberto Guiscardo (1015? -1085) a costa del botín de Sicilia, enviándole el estandarte de san Pedro; este mismo estandarte ondeó en la batalla de Hastings cuando Guillermo de Normandía logró la corona británica en 1066. Detrás de cada legado y de cada relación política marchaba lo que podríamos llamar la nueva Iglesia.
Los reformadores, al difundir los cánones aprobados en los sínodos, planteaban a los reyes un problema de muy difícil solución: los obispados, las abadías y en algunos casos las iglesias simples, poseían abundantes bienes materiales que constituían el patrimonio, del que dependían para su existencia y su acción pastoral y benéfica; algunos de dichos bienes eran de nuda propiedad («alodios»), pero en su mayor parte se trataba de beneficios, es decir, feudos entregados a cambio de una relación de vasallaje. Una solución simple, como hubiera sido la renuncia a tales feudos, cobrando automáticamente independencia, resultaba imposible porque hubiera reducido a los eclesiásticos a la impotencia. Los monasterios tenían un recurso supremo, entrar en la «encomienda» directa de la sede romana, pero esto no estaba al alcance de todos. En sentido contrario, la abundancia de bienes materiales despertaba codicia: se buscaba el oficio episcopal o abacial no por su ministerio, sino por su riqueza.
Primera cruzada. La península ibérica estuvo mejor preparada para la reforma porque en ella el vasallaje, aunque extendido, no había alcanzado la radicalidad de otras partes y porque abundaban las inmunidades. Por eso el cardenal Hugo Cándido en su acción como legado, cosechó abundantes éxitos. Por otra parte, el rey de Aragón, Sancho Ramírez (1043-1094), que temía el empuje que desde dos fronteras podía ejercerse sobre su reino, viajó a Roma para poner su persona y bienes al servicio de la sede romana. Como un signo de cambio se adoptaría en su reino desde 1071 la liturgia romana; no tardó en extenderse también a Castilla y León. Siguiendo el ejemplo de Sicilia, se predicó desde Roma una especie de guerra santa contra los musulmanes en 1064. ésta fue la «cruzada de Barbastro», un precedente para las expediciones posteriores a Tierra Santa. Los combatientes lucraban beneficios espirituales.
Milán, un conflicto. Apuntaba el conflicto. Guido, arzobispo de Milán, impotente ante la pataria, decidió renunciar a su mitra devolviendo a Enrique IV el báculo y el anillo con que fuera investido por el emperador al comienzo de su pontificado. Y murió muy poco después (23 de agosto de 1071). Enrique procedió de acuerdo con la costumbre, nombrando a un clérigo de nombre Godofredo. Estalló la revuelta colocándose al frente de la misma un noble, Erlembaldo, que enarbolaba el estandarte del papa: los reformadores se reunieron y procedieron a elegir a otro arzobispo, Aton. Como Enrique IV mantuviera su designación, Alejandro II, en el último sínodo que presidió, en la Pascua de 1073, excomulgó a cinco consejeros del monarca —aunque no al rey mismo— acusándoles de simonía. Una grave disensión quedaba abierta en el momento de la muerte del papa.
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