Alejandro III (7 septiembre 1159 - 30 agosto 1181)
La elección. El colegio de cardenales se hallaba profundamente dividido: frente a los que defendían la plenitud de la autoridad en el pontífice, con predominio de la ley canónica sobre la civil en todos sus aspectos, no faltaban quienes, influidos por el derecho romano, compartían el punto de vista del emperador de que la Iglesia necesitaba la existencia de una soberanía temporal completa para su defensa. Otto de Wittelsbach, conde palatino, estaba en Roma en el momento de la muerte de Adriano e influyó seguramente en el desarrollo de los acontecimientos. Adelantándose a sus colegas, una minoría de partidarios del emperador, procedió a elegir al cardenal Ottaviano de Monticelli, un sabino de noble cuna que pertenecía al círculo de amigos de Federico, el cual anunció que tomaría el nombre de Víctor IV; en una de sus primeras cartas, usando los términos de Constanza, declaró su voluntad de velar por el «honor del Imperio». Ese mismo día la mayoría de los cardenales procedía a elegir a Rolando Bandinelli, el protagonista del enfrentamiento en la Dieta de Besancon, que lomó el nombre de Alejandro III y se presentó como defensor a ultranza del honor de Pedro».
Gracias a los trabajos de M. Pacaut (Alexander III, París, 1956) y de M. W. Baldwin Alexander III and the Twelfth Century, Londres, 1968) estamos ahora en condiciones de entender este complicado cisma de dieciocho años. Nacido en Siena hacia el 1100, Bandinelli era un reputado profesor de derecho de Bolonia, autor de dos libros muy importantes (Stroma, que es el primer comentario al Decreto de Graciano, y Sententiae, una especie de suma en que comenta y corrige a su maestro Pedro Abelardo), promovido cardenal en 1150. En calidad de tal llegó a convertirse en principal consejero de Adriano IV y en el más decidido defensor de su política. La polémica entre las dos soberanías no se redujo a Italia y Alemania: se hizo extensiva a otros reinos, en especial Inglaterra.
La doble elección fue origen de choques armados: los partidarios de Otlaviano invadieron el aula y, contando con la mayor fuerza, le pusieron en posesión de Letrán, donde el clero y el pueblo le aclamaron. Pero ninguno de los electos juzgó prudente ser consagrado en Roma: Alejandro lo fue en Ninfa, cerca de Velletri (20 de septiembre) y Víctor en Farfa (4 de octubre). Dadas las circunstancias, muchos, de buena fe, dudaban de dónde estuviese la legitimidad. Alejandro III tuvo que abandonar Roma. Fue una gran oportunidad para Federico Barbarroja, que comenzó declarándose neutral y reclamando para el emperador la decisión final, como si se tratara de una elección episcopal en discordia de las previstas en el concordato de Worms. Convocó un concilio en Pavía (febrero de 1160): pero lo que en él habría de decidirse estaba prejuzgado ya que Ottaviano era llamado Víctor IV y Bandinelli simplemente cardenal; se trataba de formular, en ausencia de este último, una doctrina que declarase como Ottaviano era la sanior pars. El obispo de Aquileia y algunos otros alemanes, comenzando por Eberhard de Salzburgo, se declararon contra el emperador. John de Salisbury se encargó de rebatir las tesis de Pavía: la elección de Alejandro III era la única válida porque, aparte de contar con la mayoría, se había efectuado en libertad. Entonces el legado Juan de Anagni pronunció dos sentencias de excomunión, contra Víctor IV y contra Federico (27 de febrero). El papa confirmó la primera pero no la segunda; seguía buscando vías de negociación con el emperador.
«Universitas christiana». En octubre de 1160 se celebró un sínodo en Toulouse, al que asistieron Enrique II de Inglaterra, Luis VII de Francia y numerosos obispos de ambos reinos y de España, todos los cuales reconocieron la legitimidad de Alejandro III. éste, no pudiendo instalarse en Roma y fracasado el primer contacto con el emperador, fijó durante más de dos años la residencia en Sens. El clero y las órdenes monásticas se dividieron: en general, los maestros teólogos y canonistas se colocaron al lado de Alejandro, que era uno de los suyos. Lo mismo hizo el Cister. En cambio, Cluny reconoció a Víctor IV.
Alejandro representaba un nuevo paso hacia esa forma de monarquía pontifi cia asentada sobre una comunidad (Universitas christianá) en relación con la cual él prefería llamarse vicario de Cristo en lugar de vicario de Pedro.
La comunidad, verdadero cuerpo místico, estaba siendo amenazada por desviaciones muy serias que fueron ya tratadas en los sínodos de Monipelier (1162) y de Tours (1163), en los cuales se reconoció la necesidad de recurrir a medidas de fuerza para desarraigarlas. Como un eco de las críticas que se levantaran contra la estructura jerárquica de la Iglesia y sus medios materiales surgían movimientos que reclamaban la pobreza absoluta, como era el caso de Pietro Valdo (1140-1217) y sus discípulos, o que rechazaban abiertamente los fundamentos mismos de la Iglesia, como sucedía con los cátharos («puros», en el sentido de elegidos) también llamados albigenses por ser Albi la ciudad don de más proliferaban. Alejandro confiaría el estudio del problema al legado car denal Pedro de San Crisógono. Mientras que en los valdenses se apreció en principio un riesgo de desviaciones si exageraban su doctrina de la pobreza, el catharismo aparecía como una amenaza a la estructura misma de la sociedad por su negación del matrimonio, en consecuencia de la familia, y de los principios de autoridad. Siguiendo las recomendaciones de este legado, Alejandro conminó al conde Raimundo de Toulouse (1194-1222) una tarea de represión, que debía incluir el encarcelamiento de herejes, la confiscación de bienes y la destrucción de castillos.
Alejandro retorna a Roma. Federico Barbarroja, que había rendido Milán (1 de marzo de 1162) disponiendo su arrasamiento, parecía por primera vez absolutamente dueño de Italia: hasta Genova y Pisa se le sometían. Venecia co menzó a temer en su dorado aislamiento. Pero también Luis VII y Enrique II. en la obediencia de Alejandro III, estaban aprovechando la oportunidad del cisma para incrementar el dominio que ejercían sobre la Iglesia. En 1162 el monarca británico impuso el nombramiento de su propio canciller, Tomás Beckel (1117-1170), un universitario formado en París y Bolonia, como arzobispo de Canterbury. El nombramiento fue mal recibido porque se pensaba que era únicamente un instrumento de su política. Entre Francia e Inglaterra se alzaba la misma mujer, Leonor de Aquitania, casada con Enrique II después de haberse divorciado de Luis VIL Luis proyectó una solución al cisma mediante un encuentro con Federico Barbarroja en el puente de San Juan de Losne, sobre el Saona, al que deberían asistir ambos papas, pero Alejandro rechazó lo que a fin de cuentas se traducía en un arbitraje ejercido por soberanos temporales entre dos candidatos. Cuan do el encuentro se realizó, el 19 de septiembre de 1162, Luis no encontró al emperador sino al canciller, Reinaldo de Dassel. La entrevista se convirtió en un fracaso. Pero también lo era la iniciativa de Enrique II. Tomás Becket afirmó desde el primer momento la superioridad del derecho canónico sobre el civil e impidió a los jueces temporales intervenir en el juicio de un clérigo de Sarum aunque se trataba de un horrible crimen. El monarca británico comenzó a trabajar en una ley, publicada en 1164 (Constituciones de Clarendon) que establecía una prohibición de los obispos de viajar a Roma sin su licencia y sometía a los clérigos a la justicia ordinaria cuando la materia del delito así lo requiriese. Becket apeló al papa, que declaró aceptables únicamente tres de los dieciséis artículos de la ley.
Conseguido el apoyo de los reinos occidentales y de una manera especial de sus obispos (en este momento otorga a Alfonso Enríquez el reconocimiento como rey de Portugal), Alejandro III comenzó a preparar su regreso a Roma. Víctor IV, que viajaba siempre en compañía del emperador, falleció en Lucca el 20 de abril de 1164. Los ciudadanos, que le consideraban un antipapa, se negaron a que le enterrasen allí. Dassel, temiendo que Federico se inclinase por la vía de la negociación, se apresuró a hacer elegir a Guido de Crema, que tomó el nombre de Pascual III. Hizo dos gestos hacia la popularidad en Alemania: la canonización de Carlomagno y el traslado de las reliquias de los Reyes Magos desde Milán a su catedral de Colonia. Ya se detectaba un movimiento de fuerte resistencia entre las ciudades que se proponían formar una liga contra el emperador. Como un signo, los lombardos comenzaron a construir una nueva ciudad, cerca de Tortona (1165), y la llamaron Alejandría, en honor al papa. También comenzaron a reconstruir Milán. Venecia se preparaba a respaldar dicho movimiento negociando con Guillermo de Sicilia, con el emperador de Bizancio y con algunas otras ciudades italianas: la consigna era frenar al emperador para no poner en peligro los esquemas económicos. Por el camino del mar Alejandro llegó a Sicilia y, desde aquí, escoltado por tropas normandas, pudo entrar en Roma el 23 de noviembre de 1166. Pascual III se retiró a Viterbo.
Asesinato de Becket. Por cuarta vez el gran ejército imperial descendió sobre Italia. Tomada Ancona, derrotadas las milicias romanas en Tusculum (29 de mayo de 1167) y huido Alejandro al seguro refugio de Benevento, pudo Federico entrar en Roma con Pascual III, que coronó en San Pedro a la emperatriz, Beatriz de Borgoña. Pero entonces —como dirían los partidarios de Alejandro— la mano de Dios descendió sobre él: una epidemia de malaria, el mal romano, se abatió sobre el ejército, causando la muerte de más de dos mil caballeros, entre ellos el duque Federico de Suabia, Welfo de Baviera y Reinaldo de Dassel (14 agosto 1167). Los invisibles microbios habían destruido el poderoso ejército alemán. Llegaba al mismo tiempo la noticia de que Mantua, Bergamo y Brescia, habían tomado la iniciativa (marzo de 1167) de constituir la Liga lombarda, con el propósito de que las cosas volvieran al estado en que se hallaban antes de la Dieta de Roncaglia. Cónsules elegidos por los ciudadanos comenzaron a sustituir a los podestá imperiales.
En 1168 murió Pascual III y Federico Barbarroja retiró prácticamente su apoyo al sucesor procurado por sus partidarios, Calixto III, porque comprendía que el cisma era ya un obstáculo para su política. Por medio de los abades de Citeaux y Claraval trataría de lograr un acuerdo. También Enrique II se rendía. Había intentado someter a juicio a Becket por el rechazo de las Constituciones de Clarendon, pero el arzobispo, tras pronunciar el entredicho, había salido de Inglaterra. Alejandro III no sólo confirmó su actitud sino que le nombró legado en las islas británicas (1166). Y Enrique II había decidido aceptarle en Canterbury, sin que Tomás levantara siquiera las excomuniones pronunciadas contra quienes le desobedecieran.
Las negociaciones se prolongaron mientras se afirmaba la posición del papa. Manuel Comneno llegó a proponer a Alejandro una fórmula para que, deponiendo a Federico, se le reconociese como único embajador, mientras él, garantizando la unión de las dos Iglesias, le reconocía como único papa. Aunque esa proposición no podía tomarse en serio, el pontífice no quiso desecharla radicalmente. Por su parte, Barbarroja estaba convencido de que sólo una victoria militar podía cambiar ahora el equilibrio de fuerzas, pero carecía del instrumento fundamental para lograrla: no poseía un ejército ni los príncipes alemanes estaban dispuestos a proporcionárselo. Para ellos, y especialmente para Enrique el León, el gran güelfo, el este era la verdadera meta para Alemania, mientras que Italia era tan sólo la tumba de las desilusiones.
Tampoco la posibilidad de lograr aliados. Luis VII se mostraba contrario y el retorno de Becket a Canterbury sólo había servido para afirmar la posición de la Iglesia en Inglaterra. Un desdichado comentario de Enrique II hizo que algunos caballeros de su séquito asesinaran a Tomás en la catedral el 29 de diciembre de 1170. El formidable escándalo obligó a Enrique II a ofrecer un acto de sumisión completo y las Constituciones de Clarendon quedaron sepultadas en el olvido. En 1172 el rey hizo penitencia por un crimen del que se declaraba inocente. Y Alejandro III declaró que Becket había muerto mártir de la fe.
Legnano. En septiembre de 1174 el emperador estaba nuevamente en Italia. Se celebraron algunos coloquios con el papa y las ciudades italianas, que fracasaron: la Liga y Alejandro demostraron estar dispuestos a no separarse. Tras un último intento de conseguir la ayuda de Enrique el León, Federico decidió arriesgar la batalla en el campo de Legnano y la perdió (19 mayo 1176). No puede considerarse como una victoria decisiva, pero sí suficiente para enterrar el dominium Mundi y abrir negociaciones. Fueron éstas muy largas y tuvieron por escenario Venecia, adonde había llegado el papa entre los días 10 de mayo y 21 de junio de 1177. El emperador abandonaba a Calixto III (también éste, tras un conato de resistencia, se sometería el 28 de agosto de 1178), firmaba una tregua con las ciudades lombardas, reconocía a Guillermo de Sicilia como rey, y prestaba obediencia a Alejandro. Al entrar en Venecia el 24 de julio, Federico se arrodilló humildemente delante del papa, que le aguardaba a las puertas de la basílica de San Marcos. Alejandro le dio el beso de paz, juntos entonaron el Tedeum y en la misa solemne del día siguiente, comulgaron. La paz fue promulgada solemnemente el 1 de agosto.
/// Concilio de Letrán. Se había previsto, en las negociaciones, la convocatoria de un concilio ecuménico, el tercero de los celebrados en Letrán. Se inauguró el 5 de marzo de 1179, exactamente un año después del triunfal regreso de Alejandro a Roma. Con trescientos obispos e innumerables clérigos y monjes —incluyendo un enviado bizantino, Nectario de Casula—, era indudablemente la representación de la Iglesia universal; así lo expresó, en su discurso de apertura, Rufino, obispo de Asís. Vencido el Imperio, la Iglesia se dibujaba como la gran monarquía prevista por los reformadores. Pero no era el poder lo que la caracterizaba, sino el profundo valor espiritual. Alejandro acogió a los valdenses, alabó su pobreza, y les pidió moderación, pero les prohibió predicar salvo con permiso de sus obispos. Se otorgaron plenos poderes al abad de Citeaux, promovido cardenal obispo de Albano, para ocuparse del catharismo. Muchas cuestiones se trataron en este importante concilio, cuyo análisis no corresponde hacer aquí. Se decidió que, en adelante, las elecciones pontificias serían realizadas por todo el colegio de cardenales sin distinción entre ellos, siendo necesaria una mayoría de dos tercios para proclamar al electo. Toda la jerarquía se implicaba en el deber de obediencia, de inferior a superior hasta el papa, debiendo someterse a examen previo a los candidatos. La Iglesia optaba por la enseñanza —nacían los estudios generales—, asignando beneficios con renta pero sin cura de almas a los profesores, dándose de este modo la razón a los maestros parisinos que escapaban al control de la catedral. Por vez primera se dio la voz de alarma contra ciertas costumbres de las órdenes militares. Y se renovaron los decretos contra la usura que englobaban también los créditos mercantiles.
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